Principle IV argues that water has an economic value in all its competing uses and should be
3.4 Research methodology
3.5.2 Variance institutional approach
«Dedicar la propia vida a Cristo a través del servicio al prójimo, la lectura espiritual, la oración, la meditación, la dirección espiritual individual, la asistencia frecuente a Misa y la recepción asidua de los sacramentos de la Reconciliación y la Sagrada Eucaristía»
(Segundo objetivo de Courage).
Un capítulo sobre la relación entre el sacramento y la virtud de la castidad solo puede revelar, como otros de los capítulos de este libro, la punta del iceberg de un tema mucho más amplio. Solo muy lentamente he caído en la m venta de que participar en los sacramentos es compartir íntima y corporalmente la misma vida divina. Algo tan profundo podría necesitar el trabajo de miles de escritores d ti rante miles de años. Sin embargo, como no soy aún un santo y mis lectores no tienen una paciencia infinita, me limitaré a lo que creo que son los tres aspectos más importantes de la relación entre la vida sacramental y un intento por vivir castamente: la naturaleza del sacramento, la Iglesia como signo sacramental y el papel de la confesión y la comunión. Con esto no quiero decir que la lista sea la última palabra, pero, para lo que pueda servir, he aquí mis ideas.
Los sacramentos en general y la castidad
Muchos católicos más mayores recordarán aún, probablemente, la definición de los sacramentos que aparecía en el viejo Catecismo de su infancia:
«Un sacramento es un signo visible instituido por Cristo para comunicar la gracia».
Como definición es bastante clara. Los sacramentos, continúa explicando el viejo Catecismo, han de contener un signo visible exterior (y de este modo, ser comprensible para nuestros sentidos), deben haber sido instituidos por Cristo y deben comunicar la gracia. El más reciente Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que hay siete sacramentos instituidos por Cristo: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio; y estos sacramentos se corresponden con todos los momentos importantes de nuestras vidas cristianas. Desde el nacimiento hasta la muerte, proporcionan curación y dirección en la vida de fe, y siguen las etapas de nuestra vida natural y espiritual (cfr. CCE 1210).
Creo que la combinación de estos aspectos hace que los sacramentos sean esenciales en mi intento de vivir una vida cristiana, es particular una vida de castidad fuera del matrimonio. No quiero decir con esto que no se pueda llevar una vida casta sin los sacramentos. Sé que otros muchos lo hacen un día tras otro. Pero en mi caso, con la particular mezcla de mi personalidad y de mi historia personal, la totalidad de los sacramentos me hablan en muchas dimensiones diferentes, y me ayudan a hacer de la castidad un modo de vida. Han actuado en mi vida como consuelo y fuente de vida, como espuela para mi conciencia y para el perdón, y también como manantial de fortaleza y de ánimo.
Creo que, para vivir castamente, es muy importante que los sacramentos sean signos visibles e inteligibles que están en relación con la experiencia vivida.
Todo mi ser -cuerpo, mente y espíritu- tiene importancia para Dios y, además, me importa porque yo soy importante para Dios. Dios no confía solamente en el intelecto para la comunica-ción y la comprensión, sino que también se apoya en mi cuerpo. Dios salió de sí mismo para asegurarse que, cuando fui bautizado, no simplemente comprendiera su amor intelectualmente, sino que, consintiendo al Bautismo, lo sintiera también cuando el agua se derramó sobre mi cabeza para limpiar mi alma de todo pecado. Lo volví a sentir, muy profundamente, cuando Jesús, en la persona del sacerdote, me confirmó en la fe y untó aceite en mi rostro de manera similar a como el profeta Natán lo hizo para ungir como rey a un pastorcillo, y como Dios ha estado haciendo con sus elegidos durante siglos. Lo oí cuando
Jesús, de nuevo en la persona de un sacerdote, me dijo las mismas cosas que Él había dicho a la mujer adúltera y al hombre con la mano seca: no te condeno, tus pecados te son perdonados, ve y no peques más. Lo gusté y bebí cuando literal y misteriosamente lo introduje en mi cuerpo en la forma de pan y vino.
El hecho de que yo sea una unidad de cuerpo, alma y espíritu tiene tanta importancia porque Jesucristo atravesó una distancia infinita para convertirse en un ser humano como yo. Todos estos signos sacramentales visibles y exteriores hablan de dicha realidad porque sirven para recordarme, una y otra vez, que no puedo dividir mi vida o mi propio ser en compartimentos estancos. No puedo, por ejemplo, que el David Morrison que se sienta los domingos en la iglesia sea un hombre diferente del que elige hacer lo que está bien o, para mi dolor, lo que está mal. Los sacramentos no me permitirán hacer eso. Incluso si pudiera mentir o engañarme intelectualmente creyendo que algún aspecto del pecado sexual o de cualquier otra caída es «aceptable» o «bueno para mí», mi propio cuerpo da testimonio contra esa falsedad. Mi padrastro describe a veces la diferencia entre conducir un coche y llevar una moto como algo parecido a la diferencia entre mirar un cuadro y estar realmente en el cuadro. Vivir una vida sacramental es algo así. Es vivir en la realidad como algo opuesto a simplemente mirarla.
Me parece que vivir en la realidad me ayuda a buscar la castidad por otra razón. En un cierto nivel, los sacramentos me aclaran que tanto mi cuerpo como mi alma y mi espíritu pertenecen a Dios. Pero en otro nivel, la conexión corporal con los sacramentos me ayuda a reforzar mi identidad como hijo de Dios y me asegura una plaza a los pies de mi Padre. Quizá soy demasiado optimista, pero mi propia experiencia ha sido que relativamente pocas personas eligen sinceramente hacer lo que saben que está mal. Algunos lo hacen, es verdad, pero muchos otros eligen poner otras cosas que parecen ser buenas por delante de las que, sabiéndolo o no, son verdaderamente buenas. Este error es más fácil de cometer si uno olvida, o si a uno nunca le han dicho, quiénes somos realmente en cuanto seres humanos. El modo en que los sacramentos ponen de relieve un conocimiento corporal de la experiencia de la fe, el modo en que, arrodillándome para la absolución, siento en mi propia rodilla el daño, el gusto de la comunión bajo las especies del pan y del vino, o cómo la vista de la luz del sol se expande por los colores de una vidriera cuando la nube que la cubría pasa de largo, todas esas cosas refuerzan mi identidad de cristiano, alguien que busca seguir a Cristo y que espera llegar al cielo.
En cuanto signos visibles, los sacramentos dan también una inmediatez a mi relación con Cristo. La arquitectura de una iglesia, o al menos la de una vieja iglesia, puede servir de ejemplo. La iglesia de la Trinidad, donde Nicholas me bautizó, es un edificio anglicano de la «low church» que tiene poco de la sensibilidad católica tanto en su arquitectura exterior como en su decoración interior. Lo que marcaba los oficios a los que asistía era una buena predicación, una buena música y, después, la asamblea. Sin embargo, la experiencia se quedaba en algo desencarnado, especialmente cuando la congregación no celebraba la Eucaristía y, en su lugar, rezaba laudes. No quiero decir con esto que Cristo no estuviera presente en esos momentos, porque era evidente que sí estaba. Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, dijo Jesús, allí estoy yo en medio de ellos, ya sea en la catedral o en un auditórium. Sin embargo, hay algo maravillosamente tangible que habla claramente en la arquitectura de una vieja iglesia católica, con un interior tradicionalmente católico que sirve como seno de la celebración de Cristo en los sacramentos. El encuentro con Cristo en ese lugar, en presencia de iconos y estatuas de los santos, el encuentro con Él de forma tan tangible en las palabras de la absolución o en el Cuerpo de Cristo, establece firmemente la experiencia en el tiempo y en el espacio. Como diré más adelante, es en ese momento, en ese lugar donde yo encuentro al Señor resucitado.
La Iglesia, por su misma existencia, me proporciona la segunda ayuda sacramental para vivir una vida casta, aunque resulte un poco más frustrante. El Catecismo de la Iglesia Católica se expresa, en parte, del mismo modo:
«775 "La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión
unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es "signo e instrumento" de la plena realización de esta unidad que aún está por venir».
«776 Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo
"como instrumento de redención universal" (LG 9), "sacramento universal de salvación" (LG 48), por medio del cual Cristo "manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre" (GS 45, 1). Ella "es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad" (Pablo VI, discurso 22 de junio de 1973) que quiere "que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un única templo del Espíritu Santo"» (AG 7; cfr. LG 17).
Esencialmente, es la Iglesia, no solamente la Iglesia teórica, fácilmente idealizada O el prototipo de Iglesia del Catecismo, sino la Iglesia desmañada, defectuosa, la Iglesia de carne y hueso de mis amigos y conocidos cristianos, y la de la gente que no me gusta, la queme ayuda a consolidar mi intento de vivir una vida cristiana en castidad. Me parece que esto es un misterio profundo e irónico. ¿Cómo puede ser un sacramento y, en cambio, ser tan frustrante?
Como sugerí en el último capítulo, la castidad sería una virtud más difícil de adquirir si se estuviera aislado. Sé que, en épocas anteriores, la Iglesia ha apoyado a comunidades de eremitas llamadas lauras. En una laura, los eremitas viven la mayor parte del día en ermitas individuales, pero se reúnen para celebrar la Misa, para recoger el correo y, a veces, para comer juntos. Sé que algunos santos han sido canonizados por la santidad adquirida siguiendo este tipo de vida. Sin embargo, sigo creyendo que, para mí, y quizá para la mayoría de los cristianos, una vida virtuosa sería más difícil de vivir (y no más fácil) como eremita, aunque quizá fuese menos frustrante.
La Iglesia como sacramento sirve en mi vida como mortero y almirez de la virtud, que hacen polvo mi propio ego: egoísmo, codicia, impaciencia y lujuria son molidos entre la implacable llamada a la santidad del Espíritu Santo y las duras superficies a las que se parecen los demás cristianos y no cristianos. Es brutal y perseverante, pero es algo necesario. ¿De qué servirían las virtudes de la paciencia y del autocontrol, por ejemplo, si no hubiera nadie con quien ejercerlas, aunque yo lo haga tan imperfectamente? Y sin personas con defectos en mi vida, ¿cómo alcanzarían su perfección tales virtudes?
De la misma manera que los sacramentos sirven para recordarnos la fe corporalmente, así la Iglesia como sacramento me recuerda el necesario sentido práctico de la fe. Sería demasiado fácil llegar a creerse equivocadamente que llevamos una vida virtuosa si se midiera el grado de la virtud por lo bien que realizo las acciones exteriores o por el número de rosarios que rezo diariamente. Jesús se encontró a gente con una actitud muy parecida y les llamó «sepulcros blanqueados». Pero vivir cotidianamente en una iglesia de carne y hueso, y adoptar ciertas disciplinas como el examen regular de conciencia, hace que siga siendo consciente de mi posición real en la búsqueda de la virtud. El examen de conciencia nos revela lo que hemos hecho bien y lo que hemos hecho mal, por supuesto, pero son más importantes las tendencias, los modelos y los hábitos que también nos revela. Los seres humanos se han denominado durante mucho tiempo como «criaturas de costumbres»; sin embargo, muchos no se dan cuenta en profundidad de la poderosa influencia que los hábitos tienen en nuestras vidas, ya sean buenos o malos. Vivir con otros cristianos me pone en mi sitio cuando resbalo y me conserva centrado donde he de estar. Quisiera dejar clara la importancia que tiene el hecho de que a uno le centren, a pesar de que a veces lo encuentro frustrante.
Escribir sobre la influencia de los demás en un libro como este puede parecer a algunos algo más o menos simplista, pero en realidad es bastante difícil y profundo, en especial cuando se trata de animar a la castidad. No creo que nadie piense que la evaluación de sus acciones a los ojos de los demás sea fácil ni especialmente gratificante. Es mucho más fácil
quejarse y justificarse que admitir que nuestros amigos hagan un juicio sobre nuestra conducta o nuestra actitud, pues quizá somos nosotros los que necesitamos cambiar. Sin embargo, es precisamente en el crisol de esa comunidad donde oigo más claramente el mensaje del cambio, si mis oídos están bastante abiertos para escuchar. Reconocer la voz de Dios, en los demás me ayuda a reconocer su identidad de hijos de Dios y creados por Dios a su imagen. Esto ayuda enormemente en la batalla por la castidad. Hacer de las personas meros objetos es uno de los contrastes más bruscos que existen entre la lujuria y el amor auténtico. Por ello, vivir en el crisol de otra persona es elemento disuasorio más fuerte contra la lujuria, impidiendo a esta última reducir a nadie a una caricatura fraudulenta de dos dimensiones.
Por supuesto, hay que dar algunos pasos prácticos cuando un examen de conciencia nos revela algún problema. El primero es intentar disculparme y compensar el modo en que he fallado a alguien. Luego, cuando haya pasado bastante tiempo para reflexionar, dirigirme a una iglesia cercana y al sacramento de la penitencia: un ritual de limpieza que el mundo moderno malinterpreta completamente y que, en su incomprensión, ridiculiza. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma lo siguiente sobre la confesión:
« 1422 Los que se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de
Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones (LG 11)».
«1423 Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la
llamada de Jesús a la conversión (cfr. Mc 1, 15), la vuelta al Padre (cfr. Z,c 15, 18), del que el hombre se había alejado por el pecado».
Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.
La confesión puede ostentar el dudoso título de ser el elemento de la fe católica más discutido por los cómicos. Sencillamente, el mundo no puede entenderlo. Muchos cristianos no católicos preguntan frecuentemente por qué los católicos necesitan un sacerdote que les oiga en confesión. «¿Para qué necesitas un sacerdote?», me preguntaba un hombre hace poco una vez que yo había acabado de hablar. «Basta arrodillarse, hacer la confesión a Dios y ¡zas!, ya está todo hecho». Otros afirman que la confesión con un sacerdote sirve para poco más que para darles poder. Aún hay otros que ponen como objeción la aparente facilidad de todo. Ningún Dios verdadero, parecen querer decir, podría escuchar una retahíla de pecados, perdonarlos y luego dejar que el pecador se marche con poco más que unas oraciones y, si tiene suerte, algún consejo sobre cómo evitar pecar de nuevo.
La práctica de la confesión es una de esas cosas que podrían discutirse, describirse y representarse eternamente y no haberla entendido nunca hasta que uno la realiza, pero hay tres características del sacramento que me hablan más profundamente y que me ayudan a llevar una vida casta.
La primera es que mi confesión expresa el deseo de que Dios siga escribiendo conmigo el texto de mi vida, el anhelo de mantener mi conversación con Él aun nivel al menos tan profundo como ha sido hasta entonces, si nomás profundo. Mucha gente cree que el sacramento de la Penitencia se produce cuando el penitente está en el despacho o en el confesonario (la «caja» como a veces la llamamos mis amigos y yo) con el sacerdote. Pero, en realidad, eso representa solo la culminación del sacramento, la cima de la montaña, el momento final. La mayor parte de mi experiencia vital en este sacramento ha tenido lugar fuera, del confesonario o de la iglesia, a veces, dos o tres días antes, y empieza con el examen de conciencia.
La mayoría de las personas de las sociedades occidentales, incluido yo mismo, lleva la vida de ocio más ocupada de la historia de la humanidad. Muy pocos de entre nosotros han de trabajar duro cultivando, cazando o cosechando durante diez o doce horas al día
simplemente para tener un poco de comida en la mesa o un techo sobre nuestras cabezas que nos cobije. La educación y la tecnología nos han dado una gran libertad respecto al trabajo manual que nuestros ancestros no hubieran sido capaces de imaginar. Sin embargo, muchos de nosotros dilapidamos el tesoro de nuestro tiempo libre en poco más que pasatiempos (los más virtuosos) o en una lasitud disoluta (los teleadictos). Pero parece que siempre hay algo que hacer, ya sea ver la televisión o montar en bici.
El examen de conciencia, el primer paso de la confesión, representa una pausa consciente en medio de todo eso. Una vez cada semana o cada dos semanas, durante un tiempo variable entre veinte minutos y una hora, encuentro un lugar tranquilo y me pongo conscientemente en presencia de Dios. Por supuesto, estamos todos siempre en presencia de Dios, pero la palabra clave de la última frase es ese conscientemente. La mayor parte de nosotros corre por la vida casi totalmente inconsciente de ante quién estamos hasta que nos obligamos a sentarnos o arrodillarnos para pensar en ello. Una vez que me he dado cuenta de dónde estoy (y que he recordado quién soy), rezo brevemente para pedir la ayuda divina a la hora de revisar lo que ha pasado desde mi última confesión y luego empiezo a examinar cada día, pidiéndole a Dios que me señale lo que necesito recordar.
La intimidad rodea los conceptos clave del examen de conciencia. Al revisar honestamente mis motivaciones y acciones, aprendo a asumir riesgos con Dios y cosecho el tesoro de la confianza que eso conlleva. Sé que otras personas hacen su examen de forma diferente. Las editoriales católicas han producido de todo sobre el tema, desde pequeños folletos hasta libros enteros, y me sorprendería si hay dos personas que hacen el examen de la misma manera. Pero es importante comprender que, ya desde el principio del examen de conciencia, uno ha comenzado el sacramento de la confesión. Siguiendo con el lenguaje de