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Una de las raíces de las pretensiones desmesuradas sobre los cometidos de la teoría del conocimiento, y de las falsas pistas para encontrar dónde y por qué se articula dicha teoría como parte de la filosofía, estriba en la idea de que no toda creencia verdadera es conocimien- to, sino únicamente aquella que satisface ulteriores requisitos, y en la medida en que los satisfaga; requisitos como, en primer lugar, el de estar justificada. Que, por ahí, viene eso de que el estudio filosófico del conocer es una disciplina normativa que tiene que ver con la justificación, en una acepción bastante fuerte de esta palabra.

La discusión sobre si conocimiento es, o no, lo mismo que creencia verdadera requiere, ante todo, precisar ciertos temas. Por ‘creencia’ entendemos aquí una convicción, un parecer que se tiene o se emite con seguridad, en la medida en que así suceda. Es pertinente tal preci- sión porque el verbo ‘creer’ cuando se usa en primera persona vehicula en general otra relación, no la de estar convencido de que, sino la de inclinarse a pensar que; empleado en tercera persona, puede significar cualquiera de esas dos relaciones, pero más comúnmente la primera. Que, en primera persona, se use para la segunda obedece a razones de pragmática lingüística: por economía comunicacional prodúcese un reparto de papeles, adjudicándose «creo que p» el papel de vehicular [mera] inclinación a creer que p, pues para vehicular genuina creencia en el hecho de que p basta aseverar «p».

Una creencia es verdadera en la medida en que es vehiculable o expresable por un aserto verdadero, e.d. afirmando una oración «p» tal que existe el hecho de que p. Esa definición plantea problemas, pero ya entraremos en ellos más abajo.

Hechas esas dos aclaraciones, cabe ahora delimitar exactamente el ámbito del problema entre manos. La pregunta acerca de si conocimiento es lo mismo que creencia verdadera puede significar dos cosas. Una es la cuestión lexicográfica de si, en el uso común, son o no intercambiables ‘sabe que’ y ‘cree con verdad que’ (‘cree’ en el sentido de ‘está convencido de que’, ‘está seguro de que’, o ‘es del parecer que’). Otra es la de si, sea cual fuere el uso común, es filosóficamente interesante una “noción” de conocimiento más fuerte que la de creencia verdadera, o si, por el contrario, ésta es suficiente, o más ventajosamente utilizable para los propósitos de lo que se suele denominar ‘teoría del conocimiento’.

No siempre vienen claramente deslindadas esas dos cuestiones, con lo cual a veces resultan algo confusos los argumentos en uno u otro sentido. Sin embargo, acaso quepa buscar un término medio, a saber: la cuestión de si al menos uno de los usos de ‘conocer’ o ‘saber’ en el habla común es el de ‘creer con verdad que’ [en la indicada acepción de ‘creer’] y si, siendo así, resulta filosóficamente más útil atenerse a tal sentido. Y es ésa la tesis que me propongo demostrar.

Mi tesis presente es, pues, la conyunción de dos: la de que se emplea ‘saber que’ en el sentido de ‘creer con verdad que’ [tesis que abreviaré en adelante como (E)] y la de que es filosóficamente ventajoso atenerse a esa acepción [lo cual vendrá en adelante abreviado como (V)].

En este acápite voy a defender (E), aduciendo casos en los que se ve cómo basta con estar seguro de que alguien cree con verdad que p para aseverar que ese alguien sabe que p. Discuten Andrés y Julián acerca de si, como lo sostiene el primero, la desviación hacia Caboalles se encuentra en el Km. 3, o, según lo dice el segundo, se encuentra en el Km. 7. Pedaleando llegan al Km. 3 y allí está, allí ven, la desviación. Andrés dice: ‘¿Lo ves? Yo sabía que estaba aquí’. Julián reconoce que así era: lo sabía Andrés, no porque tuviera “justi- ficación” en su creencia —es a veces tan mala la memoria de Andrés, y hacía tanto tiempo que no iba por ahí, que en verdad Julián se da cuenta de que tenía él sobradas razones para poner más que en duda lo que dijera Andrés al respecto—, sino sencillamente porque estaba seguro de lo que decía, y ha resultado estar en lo cierto.

Sí, se dirá, pero en un caso así está claro que, de todos modos, Andrés no hubiera llegado a la opinión de que la desviación estaba en el Km. 3 de no haberlo visto antes; y esa previa experiencia visual le da justificación; luego estaba justificado; es diferente de un caso en que alguien, sin más ni más, se “sugestiona” con una opinión que luego resulta verdadera; en tal caso —continuaría el objetor— no hay conocimiento; así, si a Matilde se le mete en la cabeza que ha sido Leoncio quien ha robado la olla, y si efectivamente ha sucedido así, no

diríamos por eso que Matilde lo sabía, sino que lo creía; si ella, luego que se confirme la verdad de su anterior convicción, dice: ‘¿Lo veis? ¡Yo lo sabía!’, se le replicará: ‘No, saberlo, no lo sabías, sólo lo creías’.

A esa objeción respondo que no hay opinión alguna que surja en la mente de alguien sin más, así porque sí, al buen tuntún, sin ninguna base ni de experiencia ni de razonamiento. Mas eso no significa que cualquier base tal constituya una justificación. Si Andrés hubiera resultado estar equivocado, ¿a que no hubiéramos dicho, a que no hubiera dicho Julián, que su creencia estaba justificada? Con lo que se equivoca la memoria de Andrés, no le da justificación a su convicción el que esta vez su “vivencia” de recordar se haya revelado certera, pues en general no es fidedigna esa vivencia suya.

Similarmente, pero por el otro lado, Matilde no pudo llegar a la idea de que Leoncio había robado la olla sin ningún indicio; lo que pasa es que los indicios en que se basó son débiles, y poco de fiar. Cuando se le dice luego a Matilde que no sabía eso sino que sólo lo creía, quizá algo que se quiere significar es que ni siquiera estaba segura Matilde de lo que decía, sino que sólo tenía una inclinación a creerlo más o menos fuerte. (‘No me quita nadie de la cabeza que’ se usa —salvo rarezas— sólo cuando uno no tiene gran seguridad de eso, o sea: cuando tiene alguna propensión a que le quiten de la cabeza eso mismo, y sólo está requiriendo los argumentos que causen o acarreen ese quitar.)

O tomemos otro ejemplo: ¿sabía Colón que, navegando desde España hacia el oeste, encontraría tierras al cabo de pocos meses de navegación? Para concluir eso, basábase en cálculos erróneos sobre la magnitud del planeta —cálculos que iban incluso en contra de fiables estimaciones disponibles desde muchos siglos antes y, por ello, desautorizados por casi todos los expertos de la época. Sin embargo, como estaba seguro de ello, y como era verdad, parecería ridículo no admitir que lo sabía.

Otro ejemplo: viene a supervisar las obras del inmueble un arquitecto que está seguro de que, si se hacen así o asá las cosas, el resultado será bueno; se hacen como él lo indica, y el resultado es bueno. Pero luego nos enteramos de que basaba su seguridad en la fe con la que había estudiado cuanto le enseñaron; ahora bien, si en esa asignatura le habían enseñado la verdad, en otras, como la Formación del Espíritu Nacional, lo que le habían enseñado era en buena parte falso; mas él creía a pie juntillas cuanto le decían sus profesores. ¿Sabía que había que construir el inmueble de tal o tal manera? ¿O sólo lo creía, sin saber? Sin duda habrá opiniones al respecto, pero a mí me parece que lo sabía: cuando se rechaza eso, seguramente lo único que quiere decirse, en general, es que ese saber era un saber metodológicamente no modélico; o que, aunque el arquitecto sabía lo que decía saber; no sabía cómo lo sabía; o algo así. Pero no atacaremos al presidente de la junta de obras por, al contratarlo, haber incumplido la resolución previa de que se contratara a un arquitecto que supiera lo que había que hacer, alegando que el contratado sólo creía.

Finalmente, supongamos un ser tal que, en la medida en que sea real un estado de cosas, él cree que lo es, y viceversa. ¿Diremos que lo sabe todo —que es omnisciente? ¿O diremos que, si no cree algo con justificación, no lo sabe? Podría alegarse que, como lo único que da justificación a una creencia es un cúmulo de creencias (vide infra), ese ser tendría toda la justificación posible; porque, para cada creencia verdadera suya, él tendría otras creencias que la entrañen, reflejando eso los vínculos entre sendos estados de cosas en la realidad. Sí, cierto, pero eso significa también que ese ser no necesita justificación; de cada verdad él cree que es verdadera, incluida la verdad de que así es; nada más requiere para su creencia; ni le sirve de nada un algo más que lo ayudara a elevar su grado de creencia, ya que, como lo tiene tan alto cuan existente sea el estado de cosas en cuestión, se encuentra en una situación en la cual no sólo se aplica la consideración de que de nada sirve creer en la verdad de algo en medida

mayor que esa misma verdad, sino que, además, malo sería que algo elevara su grado de creencia en la verdad de algo por encima del grado de esa misma verdad. Supongamos que no tiene justificación en sus creencias (porque no tiene un contacto con las cosas cual sería una vivencia o experiencia inmediata y fehaciente, p.ej.). Supuesto eso, entonces cabrá, según cómo conciba uno al conocimiento, decir que tiene conocimiento o que no. Supongamos esto último: ¿No sería, así y todo, envidiable, desde un punto de vista epistemológico? Creer lo verdadero, sólo todo lo verdadero, y en la misma medida en que lo sea. ¿Qué mejor se puede querer o tener que eso, en cuanto a conocimiento se refiere? Luego, sin ser conocimiento, su situación al respecto es óptima. Tan óptima que —eso me parece— la gente en general diría que ese ser sí sabe, lo sabe todo. Aunque a lo mejor algunos que reconocieran eso alegarían que, en cambio, nosotros no sabemos algo por el mero hecho de creerlo con verdad, pues nosotros sí necesitamos justificación, por nuestra ignorancia y nuestras muchas equivocaciones. Sin embargo, si es conocimiento una creencia de ese ser, entonces resulta extraño que no sea conocimiento, en absoluto, una creencia nuestra igual sobre lo mismo, meramente porque a ese ser no le haga falta justificación, ni le sirva de nada, mientras que a nosotros nos conviene y nos es menester. No es menos conocimiento del alemán el que tiene Jorge que el que tiene Ernesto por el mero hecho de que el primero lo tenga que aprender en la Escuela de idiomas y el segundo lo haya adquirido en la comunicación, por lo cual al primero le venga bien, y hasta le haga falta, remitirse a diccionarios y gramáticas, y al segundo no: si hablan, por lo demás, igual esa lengua, pero si Jorge procede, en su hablar, a analogías que no estaban autorizadas por sus libros de consulta, aunque él no se fija en eso y cree que tales analogías son correctas, ¿se dirá que en esos puntos Jorge no conoce el alemán, aunque consigue hablarlo correctamente, sino sólo cree con verdad que el alemán es así, al paso que Ernesto, aunque sin justificación, sabe que así es? (¿O se dirá que tiene justificación por cómo aprendió el idioma?)

No quiero entrar demasiado a discutir tales ejemplos. Me parece claro aquello a lo que apuntan: a que, al menos en un uso llano, quizá el más llano, creer con verdad parece ser condición suficiente para saber.