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The 6-C Protocol: Critical variables for studying implementation

STAGES IN THE POLICY LIFE CYCLE

5. Policy evaluation: Where results are monitored, and problems and solutions reconsidered.

2.8 Critical Variables that Shape the Process of Policy Implementation

2.8.1. The 6-C Protocol: Critical variables for studying implementation

Praxis y acción

Pero antes echemos una ojeada al reciente resurgimiento del in- terés por Marx. Durante las últimas décadas ninguna otra figura ha sido tan discutida ni ha ejercido tan profunda influencia en el pen- samiento mundial. La influencia de Marx no es condición suficiente para justificar la validez de su orientación, pero puede proporcionar claves de la penetración y fuerza de su pensamiento. El resurgimiento del interés en que pienso, no tiene nada que ver con la dogmática de la interpretación marxista que se ha convertido en una variante esco- lástica en muchos países y para muchos partidos comunistas. Se trata de un resurgimiento que representa un contramoximiento y sale al paso de la dogmática comunista. Cortando por lo sano, podemos clasificar este resurgir del interés por Marx en tres tipos: académico, religioso y político.

Recientemente ha habido un interés académico enorme por in- terpretar y redescubrir al Marx «histórico». En parte ha sido estimu- lado por la publicación de las primeras obras de Marx que única- mente se han hecho accesibles desde 1930. En estas investigaciones han participado estudiosos de casi todos los países del Este y Oeste y lo propio ha ocurrido con los problemas y conflictos generados por la diversidad de interpretaciones. Aun cuando podemos dejar a un lado este aspecto del resurgir marxista como un interés académico «objetivo», frecuentemente existe una motivación o fundamento latente para esta interpretación académicamente «nueva» de Marx. Es demasiado simple pensar que este interés queda suficientemente explicado por el hecho de que Marx es considerado el filósofo «ofi- cial» o el portavoz intelectual de las sociedades comunistas. El Marx que está siendo redescubierto es drásticamente diferente del Marx «oficial» de los ideólogos comunistas. Como frecuentemente ocurre en la historia de las investigaciones académicas, el examen de un pen- sador se convierte en tema central porque existe una creencia profun- da en la relevancia de sus ideas para nuestra situación presente. Cierta- mente esta motivación está clara en muchos de los mejores escritores

sobre Marx de nuestro tiempo. A pesar de que los profesionales de la historia han de atenerse a los cánones de la investigación y de la objetividad históricas, pueden seleccionar y a menudo seleccionan sus materias porque sienten especial simpatía por ellas, porque piensan que la comprensión adecuada de las reflexiones de los gran- des pensadores no sólo nos puede enseñar cosas acerca del pasado, sino también sobre nosotros mismos. ¿Pero qué es lo que hay en Marx que aún puede «decir algo» a muchos intelectuales? Podemos ensayar una respuesta parcial considerando el interés «religiosb» por la obra de Marx.

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el problema del hecho y del valor, o la dicotomía del «es-debe». Lo que estoy sosteniendo, no obstante, es que aproximarse a Marx desde la perspectiva de estas dicotomías es desfigurar lo que él creyó haber conseguido. Marx sólo se interesó accidentalmente por cues- tiones metafísicas y epistemológicas, y después de sus escritos de juventud pasaron al plano de los presupuestos. Encontramos, cuando más, indicaciones y sugerencias, no una teoría bien desarrollada. A pesar de ello no hay peligro de excederse al señalar el cambio de perspectiva sobre la realidad social que Marx intentó llevar a cabo —aquella que justificaría una comprensión del hombre desde la cual se podría afirmar con entera legitimidad que «En la economía política burguesa —y en la época correspondiente de su producción— esta

elaboración completa de lo que se encierra en el hombre, aparece como la alienación total...» (subrayado mío).

Las complejas cuestiones implicadas aquí son fundamentales no sólo para la comprensión de Marx —su desprecio del pensamiento utópico, su crítica implacable de las instituciones existentes en la eco- nomía política, sus ataques a los kantianos de todas las variedades— sino que también han constituido la problemática esencial de gran parte de la historia del pensamiento marxista desde Marx. Muchos han leído a Marx como si fuera un cripto-moralista y algunos como un cripto-positivista que anuncia la llegada de una ciencia del hombre nueva y última. Ambos extremos, así como las innumerables variacio- nes de los mismos, menosprecian las formas en que la comprensión de Marx de la praxis y la alienación presentan un desafío básico a la dicotomía de lo descriptivó y lo prescriptivo que ha configurado gran parte del pensamiento moderno y su presuposición por parte de un gran sector de la ciencia social contemporánea. Para aquellos que intentan desarrollar una perspectiva marxista, la tarea más im- portante y ardua es desarrollar ulteriormente, explorar y justificar la «antropología radical» de Marx.

Hemos intentado justificar nuestra afirmación de que la praxis es el concepto central del punto de vista de Marx y sistematizar el sig- nificado que le confiere. Lo que en principio parece ser una maraña caótica de significados — praxis. como actividad humana, producción, trabajo, alienación, crítica implacable y práctica revolucionaria— son aspectos de una teoría del hombre y su mundo única, abarcadora y coherente. Nuestra atención ha estado concentrada ante todo en el desarrollo de una interpretación del significado y del lugar central de la praxis en Marx, pero ahora debemos preguntarnos de manera más directa, en qué medida han contribuido Marx y el marxismo a nuestra comprensión de la acción humana.

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90 Richard J. Bernstein Praxis y acción 91 En principio podría parecer sorprendente que Marx, un crítico

acerbo de la religión y de la teología tuviera una relevancia especial para pensadores religiosos. Pero algunas de las mejores interpreta- ciones y discusiones de Marx en Francia, Alemania y aun en América se deben a pensadores religiosos. Tal vez se pueda pensar que esto no va más allá del puro y simple «conocer al adversario», pero una vez más pienso que ésta es una respuesta excesivamente superficial. En nuestra discusión de la praxis y de la alienación humanas vimos que Marx puede ser interpretado como desarrollando una antropolo- gía «filosófica» sistemática y comprensiva. Cuanto más se penetra en la quintaesencia del pensamiento de Marx más se aprecia la presen- cia de temas (en formas secularizadas) que han preocupado a los pensadores religiosos a través de los tiempos —la gravedad de la alienación humana, el sentido apocalíptico de la eminencia de la revolución que se avecina, y la aspiración mesiánica que infunde gran parte del pensamiento de Marx. Hasta el mismo temperamento y la visión de Marx están en la vena de los profetas bíblicos. Paradójica- mente, del mismo modo que Marx creyó descubrir la verdad oculta en el ascetismo religioso, muchos intérpretes religiosos contemporá- neos de Marx pretenden descubrir el sentido religioso de su pensa- miento secular. Teólogos contemporáneos afirman que Marx habla mucho más directamente a la condición religiosa del hombre de lo que muchos «pensadores religiosos» estarían dispuestos a admitir. Marx, en especial el de la primera época, ha llegado a ser utilizado como base de crítica de las más superficiales creencias religiosas y teológicas. El pensamiento de Marx no solamente expresa los temas dominantes de la historia de la Cultura Occidental, también habla a nuestras aspiraciones y esperanzas más arraigadas: que llegará el día en que el hombre será libre y creativamente

El tercer aspecto del resurgir del interés por Marx es, según creo, el más relevante y de más considerable importancia. A pesar de que se disfraza de interés académico —especialmente en los países del Este— tiene una significación política explosiva. En países como Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia, el redescubrimiento del «autén- tico» marxismo ha constituido el arma intelectual básica para criticar las tendencias burocráticas y totalitarias de los regímenes comunistas existentes. Implícitamente —a veces explícita— el argumento funda-

mental que surge es que las sociedades comunistas no representan la realización histórica del marxismo, sino su traición. Este interés político subterráneo encuentra su contrapartida en el Oeste. Dos pensadores prominentes que han intentado enriquecer al marxismo con la intención de que proporcione el contexto adecuado para llegar a captar los problemas políticos, económicos y sociales del presente

son Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty. En Alemania Occi- dental y aun en círculos no oficiales de Alemania del Este, Ernst Bloch ha servido para estimular esta dimensión del interés contem- poráneo por el marxismo. La «Escuela de Francfort», incluidos Adorno, Horkheimer, Marcuse y Habermas, representan uno de los desarrollos más creativos del pensamiento marxista. En Italia se está redescubriendo la obra de Antonio Gramsci. Y para muchos marxistas del Este y del Oeste la figura central de la nueva lectura humanista de Marx ha sido el marxista húngaro Georg Lukács. Hasta en América, que jamás ha sido acogedora con el marxismo como una orientación política válida, se puede ver que los temas básicos que han jugado un papel predominante en el reciente resurgir europeo del marxismo, han suscitado una respuesta similar entre un grupo redu- cido, pero compacto, de pensadores radicales alienados en una orien- tación política para afrontar y criticar las instituciones existentes.

Lo que es común a los diversos tipos de interés por Marx —aca- démico, religioso y político— y a los diversos pensadores interesados

en Marx no es tanto un acuerdo fundamental acerca de qué prin- cipios del marxismo son correctos o aun más importantes. Penetra todo este resurgir un sentimiento generalizado de que Marx y el marxismo constituyen un fondo de intuiciones, propuestas audaces, sugerencias e hipótesis altamente significativas para entender lo que es el hombre, para afrontar problemas existentes, y para proseguir la «crítica radical de todas las instituciones existentes». Y aunque no hay ni una sola afirmación o tesis de las establecidas por Marx que no exija una revisión crítica significativa, el partir de las refle- xiones de Marx sobre la praxis constituye uno de los indicadores más claros para comprender críticamente nuestra realidad social presente, y para llegar a una comprensión mejor de lo que el hombre es y puede llegar a ser.

Una manera de juzgar el valor y la significación de una orienta- ción intelectual es por los problemas que plantea, los desafíos que nos fuerza a afrontar, las hipótesis que sugiere y las intuiciones que aporta sobre diversas cuestiones —por lo cual Whitehead lo deno- minó alguna vez el «sentido de importancia. Sobre estas bases el marxismo —y en especial la concepción marxista de la praxis— debe ser visto como una de las orientaciones más ricas y vitales de nuestro tiempo. Se ha sentenciado la «muerte» del marxismo repe- tidas veces, pero sería tremendamente difícil determinar otra orienta- ción intelectual que haya producido un pensamiento tan original.

Como llevaremos hasta el final los temas de la praxis y la acción en los otros pensadores y corrientes a explorar, veremos vívidamente hasta qué punto el pensamiento de Marx funciona como correctivo

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de muchos países comunistas) continúa perpetuando la alienación y la explotación del hombre. Si somos honestos con la inadecuación de la fe de Dewey en la inteligencia creativa, en su creencia funda- mental de que mediante la educación podemos crear un tipo nuevo de hombre y una nueva sociedad, no nos está permitido echar en saco roto las críticas de Marx. Las crisis que estamos atravesando

en América en las relaciones entre las razas, en la desintegración

de nuestras ciudades, en los fracasos de nuestro sistema escolar, en la constatación de la impotencia del control gubernamental ante la polución creciente, son indicadores de la inutilidad de un liberalismo reformista para afrontar enérgicamente los problemas sociales y las crisis que a todos nos hacen frente. Pero desde el lado de Dewey y los pragmatistas no podemos olvidar la facilidad con que la exigencia de un humanismo y una emancipación humana absolutos puede dege- nerar en su contrario: el absoluto totalitarismo. El radicalismo, no simplemente como ideal intelectual que se profesa, sino como práctica politica actual, presenta un doble filo. A veces puede terminar, y de hecho así ha ocurrido, destruyendo los ideales básicos profesados por los radicales más celosos. Podemos decir, desde la posición ven- tajosa de la objetividad académica, que los crímenes cometidos en nombre del marxismo «ortodoxo» constituyen la más grande perver- sión tanto de la letra cuanto del espíritu de la obra de Marx, y que el marxismo representado por Stalin es una tergiversación absoluta de Marx. Pero una afirmación como ésta, muy socorrida hoy en día, tiende a ser ingenua respecto a los elementos del marxismo que dan pie a tales malinterpretaciones y perversión. Reconozco que no se puede condenar a Marx por las barbaridades cometidas en su nombre. Pero creo que debemos prestar seria atención a aquellos elementos que pueden ser la raíz de estas perversiones. Pienso que aquí los pragmatistas podrían ser de utilidad Pues ellos poseían una com- prensión más afinada de cuáles deben ser las normas de una investiga- ción objetiva y autocrítica. Epistemológica y prácticamente, han sido conscientes de que cualquier teoría, hipótesis o doctrina puede con- vertirse en dogma demasiado fácilmente. El propio Marx practicó lo que los pragmatistas predicaron acerca de la investigación auto- correctiva. Aunque propone y defiende sus tesis valientemente y ataca a sus adversarios con polémicas punzantes y críticas severas, siempre estuvo dispuesto a volver sus críticas contra sí mismo y rechazar lo que creía poco claro, desviado o superficial. Pero no se puede decir lo mismo de los que se autodenominan «marxistas». Con demasiada frecuencia y con resultados trágicos caen en una nueva forma de dogmatismo acrítico. No creo que haya una solución élara a las propuestas y contrapropuestas de un Marx y un Dewey, pero

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y a la vez como estimulante (sí bien también él necesita ser comple-,, mentado por estos otros movimientos). Al trazar la «lógica» del penb: samiento existencialista hemos de ver cómo arrostra el riesgo de,, derivar hacia una modalidad del solipsismo romántico en el que eliak interés obsesivo por el existente individual lo expone a perder de < vista todo contacto con la realidad social. Esta tendencia está ardua-, mente ilustrada en la biografía intelectual de Sartre, quien después, de haber desarrollado una esmerada ontología en la que el individuo, queda aislado virtualmente de sus conciudadanos (a despecho de las. ,..11

protestas del mismo Sartre), durante los últimos treinta años ha • estado intentando desesperadamente encontrar la salida de este ato-, lladero. No es accidental el que en su intento sistemático por llegar a los problemas de la realidad social y a su compleja facticidad y. dinámica, Sartre se haya vuelto a Marx —y, en particular, al con- cepto de praxis en busca de inspiración.

Veremos también cuando entremos en discusión con el pragma- tismo que hay semejanzas y diferencias con el marxismo. Los prag-, autistas han poseído una sensibilidad aguda para las consecuencias epistemológicas y metafísicas de la orientación centrada en el hom- bre como ser activo que da forma y a la vez es formado por las prácticas existentes. El papel dominante de la categoría de lo práctico; el énfasis en las categorías sociales para entender al hombre y sus_ formas de funcionar en una comunidad, y hasta para entender las , actividades cognoscitivas del hombre desde la perspectiva de su acti-,

vidad práctica, son temas que impregnan las investigaciones de los pragmatistas. A pesar de que Peirce fue casi enteramente indiferente a los problemas de la filosofía social y política, Dewey los considera nucleares para una filosofía reconstruida. Paradójicamente Dewey —entre todos los pensadores considerados— es el más profunda- mente alejado de Marx. Dewey, en el fondo, es un reformador. Es profundamente escéptico ante la exigencia de una revolución tal como la entiende Marx. La defensa de Dewey de una reforma liberal ha podido ser interpretada como una amenaza no pequeña a la praxis genuinamente revolucionaria, y no me cabe la menor duda de que Marx hubiera atacado a Dewey tan implacablemente como lo hizo con los «verdaderos socialistas». La dialéctica que puede prender entre Marx y Dewey es la dialéctica política de nuestro tiempo. En el lado marxista subsiste la dura crítica de que el liberalismo puede autoen- gañarse y sanciona lo que intenta cambiar. Desde un punto de vista marxista, el liberalismo reformista que constituye la variante de Dewey, no va hasta las raíces y su fallo está en no darse cuenta de que las condiciones de la economía tal como ahora existen en las sociedades capitArstas avanzadas (incluido el capitalismo de Estado

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estoy convencido que las cuestiones que surgen de esta confrontación' son las que ocupan el núcleo de la filosofía social de nuestro tiempoK

Las cuestiones y la orientación características del marxismo y dé' la filosofía analítica están extremadamente alejadas entre sí. Histó-' ricamente esto es innegable. Pero también aquí existe la posibilidad` real de una dialéctica creativa. Por lo que respecta a la filosofía atm--

lítica tal vez ningún otro movimiento en la historia de la filosofía ha concedido tan alta prioridad a la claridad, al rigor y a la sutileza.) Nos ha hecho tomar conciencia de los modelos intelectuales que hay 1

que aplicar a cualquier posición intelectual válida, incluido el marxis mo. Emplaza al marxismo a encarar seriamente las intuiciones, dis-' tinciones y propuestas en que han fructificado las investigaciones, analíticas. Condenar todo el movimiento analítico como si fuera una excrecencia monstruosa de una superestructura idealista y burguesa es incurrir en la peor clase de provincialismo. Es traicionar algo que para el mismo Marx tenía enorme importancia, la voluntad y la capa- cidad de realizar una crítica cuidadosa de orientaciones intelectuales alternativas. Pero la filosofía analitica ha pagado un alto precio por su' claridad y su rigor. También se ha hecho culpable de incluir pre-: misas y convicciones solapadas. En mayor medida de la deseable la filosofía analítica se ha aislado de los intereses prácticos de los horn-1 bres, de aquellos que Dewey denominaba los «problemas de los hombres». Su contribución a la filosofía política y social ha sido virtualmente inexistente, y la ética analítica se ha convertido en

uw

laberinto árido y escolástico. Los filósofos analíticos y en especial T los estudiosos jóvenes de este movimiento se están haciendo implaj cables con los límites artificiales autoimpuestos por el movimiento.1 No estoy haciendo la socorrida pero falsa acusación de que la filosofía analítica fracasa ante los «grandes e importantes» problemas de la vida. Veremos que esto no es verdad. Mi queja es inmanente, y sólo podrá ser justificada cuando hayamos examinado en detalle la filo- sofía analítica, pero algo podemos adelantar aquí. La filosofía analí- tica ha afirmado desde diversos ángulos la relevancia de las institu- ciones y prácticas sociales para entender al hombre desde diversos puntos de vista —su lenguaje, su moral, y sobre todo su actividad. Pero los filósofos analíticos tienden a detener sus investigaciones justo allí donde Marx y los marxistas comienzan a plantear los pro- blemas. Entre los filósofos analíticos no ha habido virtualmente