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The open source business process engine JBoss jBPM

3.5 Simulation-based optimization of business process performance

4.1.1 The open source business process engine JBoss jBPM

La historia de la relación entre los pueblos indígenas y los distintos gobiernos (colo-

nial, provincial y nacional) incluye de modo protagónico la firma de tratados de paz entre las partes. No todos eran iguales, no incluían las mismas obligaciones ni concedían similares derechos, sin embargo, a grandes rasgos, puede asegurarse que pasaron de buscar un “ordenamiento para la convivencia” (Briones y Carrasco, 2000: 38), en tiempos coloniales, sin que esto cuestionara el derecho de conquista que se adjudicaba la Corona, a una negación de la existencia de estos tras las campañas militares impul-

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Comparación entre el territorio ocu- pado por las tolderías, las suertes del Azul y el reticulado de las chacras. Elaboración sobre la base del “Plano del Partido de Azul” del sargento Juan Cornell, de 1859 y el “Plano del Egido de Olavarría”, de 1899. (Pedrotta, Lan- teri y Duguine, 2012).

sadas por el gobierno nacional en las décadas de 1870 y 1880. Es decir, de un tácito acuerdo entre esferas relativamente autónomas (algunos en el siglo XVII, pero más y mejor documentado en el siglo XVIII) se arribó a tratados que imponían duras condicio-

nes y obligaciones a las parcialidades en la segunda mitad del siglo XIX.

En el medio de esos dos extremos temporales (de los primeros contactos hasta el sometimiento final), se establecieron decenas de acuerdos, al principio orales y luego escritos, conforme los líderes aumentaron su conocimiento de la lengua castellana, que contaron con la participación consensuada de las comunidades.

En el período que ocupa este capítulo, es decir, entre la caída de Rosas (1852) y la Conquista del Desierto (1879-1885), se intensificó la firma de tratados. Esto se explica porque se trató de una política buscada e impulsada por las autoridades con el fin de in-

tervenir y controlar las alianzas indígenas, con el objetivo de eliminar resistencias y ganar aliados para encarar el avance sobre los territorios ancestrales. Al mismo tiempo, fueron avalados y propiciados por muchos caciques porque así podían acrecentar su poder y/o posicionamiento para negociar mejores condiciones o tratos y/o frenar y resistir la ambición expansionista gubernamental.

En un contexto de conformación de un mercado mundial y el cada vez más real y palpable objetivo de las elites de insertar a la Argentina en ese sistema como exporta-

dora de materias primas, el proyecto de un Estado nacional organizado parecía marcar un rumbo de expansión inexorable de la “frontera sur” sobre el espacio panaraucano y limitar la continuidad de las autonomías indígenas. Si bien, como vimos, en la década de 1850 la coexistencia de dos estados favoreció la consolidación de la Confederación indígena de Calfucurá, el proceso de organización nacional (1862-1880) marcaría una

continua presión sobre todo el arco político indígena y recortaría, sin prisa pero sin

pausa, el margen de maniobra de las parcialidades.

Desde esa lógica, las comunidades buscaron combinar estrategias más agresivas con otras diplomáticas a las que cada vez en menos oportunidades arribaban en condi-

ciones de fijar las pautas de los acuerdos. Esto no impidió que los tratados hayan sido larga y arduamente negociados por los jefes de frontera y los caciques, y que en ellos se observen concesiones de diverso tipo por parte del gobierno, muchas de ellas acce- diendo a una integración o inserción en la sociedad estatal.

Sin embargo, como propone la antropóloga Ingrid de Jong, los tratados deben ser considerados como “dispositivos de poder” estatal (Foucault, 1979), cuyas modalida-

des de aplicación y sus efectos de ordenamiento del campo político indígena terminaron siendo funcionales a los objetivos de avance territorial del estado (de Jong, 2007a: 15). Es decir, los tratados sirvieron para “entretener la paz” hasta tanto se pudiera avanzar de manera unívoca y unilateral sobre las autonomías indígenas y no hubiera necesidad de negociaciones. Esto explica porque a fines de 1870 el gobierno nacional dispuso el fin de los tratados y luego negó la existencia de una tradición pactista que había confi-

gurado la relación entre indígenas y Estado durante más de un siglo.

En la segunda mitad del siglo XIX, los diversos y selectivos acuerdos lograron condi-

cionar ciertos liderazgos, dividir alianzas y configurar las relaciones intra e interétnicas con resultados que se cosecharían tiempo después. Un ejemplo claro de ello es la política de pactos con distintos dirigentes que permitieron desgranarle seguidores a la Confederación de Calfucurá. Así, ofrecimientos y convenios3 desgajaron la participación,

entre otros, de Catriel, Coliqueo y Yanquetruz, ex aliados del líder salinero durante el apogeo de la Confederación Indígena en la década de 1850.

De este modo, uno de los efectos de la política de tratados fue acrecentar las par-

cialidades “amigas”, disminuir (a las parcialidades o a su poder) las renuentes u hostiles, aunque estas iniciativas no tuvieron el mismo alcance respecto de la relación entre los caciques y sus seguidores, la cual se mantuvo vigente hasta el sometimiento final.

Nuevamente de Jong nos advierte que ingresar a la condición de ‘indio amigo’ no fue necesariamente percibida por estos caciques como un proceso de sometimiento sino como un proyecto compatible con el mantenimiento de cierta cuota de autonomía polí-

tica (de Jong, 2007b).

Con todo, el panorama a partir de los tratados parece heterogéneo, con algunos líde-

res como Calfucurá quien fue perdiendo poder hasta su muerte, en 1873, mientras que otros, como Sayhueque(ver recuadro), lograron cierta preeminencia tal vez ayudados por la lejanía del centro de poder (Buenos Aires) y las dificultades –por el momento– de

avanzar sobre sus territorios.

Así, los tratados influenciaron de tal manera que sin romper la estructura segmental de las parcialidades, las fortalecieron y aumentaron en número cuando se trataba de grupos

3 No nos detendremos aquí en las diferencias jurídicas y semánticas entre tratados, capitulaciones, acuerdos y convenios, dado que se busca entender las lógicas estatales e indígenas a la hora de recurrir a la vía diplomática y no abrir el debate sobre las características per se de cada uno de estos dispositivos.

4 El término académico que Martha Bechis toma de Morton Fried para explicar este proceso es “efecto sesgante de las relaciones se- cundarias”. Esto supone “un cambio en la complejidad de las instituciones políticas (indígenas en este caso) en presencia de sociedades más desarrolladas políticamente” (Fried, 1975, cit. en Bechis, 1999).

“amigos”, mientras que apuntaron a dividir y hasta provocaron la ruptura de contingentes

renuentes a la presencia estatal en los territorios.4 Incluso es tema de debate la presencia

de grandes cacicazgos o jefaturas a mediados del siglo XIX, en torno a si estos líderes fueron producto de lógicas propias del mundo indígena o inducidas por el accionar estatal.

No obstante, los esfuerzos por abrir canales de diálogo y negociación no debieran

dejar de lado las intenciones finales del accionar estatal. En tal sentido, en 1863, a modo de confesión, el sargento Juan Cornell, quien se desempeñaba en la “frontera sur”, re-

conocía en una carta al ministro de Guerra, que se trataba de “entretener la paz para ir conquistando la tierra” (de Jong, 2007a). En vista de lo que sucedió luego, puede afir-

marse que Cornell no mentía.

Valentín Sayhueque, líder de la Gobernación de las Manzanas

Sayhueque fue un importante líder indígena del sur cordillerano, hijo del cacique Chocorí y madre tehuelche, que construyó un sistema de alianzas con caciques como Ñancucheo, Inacayal y Foyel y diversos capitanejos en un espacio territorial conocido como Gobernación Indígena de las Manzanas durante el período que coincidió, aproximadamente, con la organización nacional del Estado argentino (1862-1880).

Según Julio Vezub, “La Gobernación Indígena de las ‘Manzanas’, consistía en un conjunto de jefes emparentados, organizados militar y jerárquicamente. Durante varias décadas Sayhueque, primo de Yanquetruz, mantuvo relaciones pacíficas e intentó frenar el avance del gobierno mediante la vía di-

plomática. Así firmó un tratado en 1863 que tuvo como base el acordado con Yanquetruz en 1857.” Vezub agrega que “esos pactos se basaban en la distribución de áreas de influencia y respeto de au-

tonomías. Los longko se comprometían a no incursionar en las estancias ni los territorios controlados por la provincia, y el Estado a su vez les retribuía con mercaderías y raciones de ganado, especial-

mente yeguas”.

La particularidad y emblema del caso de Sayhueque es que este sistema de acuerdos y alianzas fue violado por el avance de las tropas argentinas y de este modo el cacique pasó a ser el referente de la resistencia. Su poder era tal que recién en 1879, Roca, ya ministro de Guerra y con la Conquista del Desierto en marcha, ordenó atacarlo en una emboscada en donde se había acordado una entrega de raciones y que terminó con el apresamiento de decenas de capitanejos y guerreros.

Antes, durante la etapa de la organización nacional, fue adquiriendo prestigio hasta convertirse en el sucesor de sus primos Yanquetruz y Chingoleo. En contraste con la declinación del poder de Calfu- curá, Sayhueque fue concentrando recursos y prestigio a partir del acuerdo con las autoridades y el

entramado de alianzas en Puelmapu y el Gulumapu, nombres en mapudungun, la lengua mapuche, para designar a los territorios al este y al oeste de la cordillera, zona que recibe el nombre de Wallmapu. El viajero inglés George Musters visitó a la gente de Sayhueque y en sus escritos aseguró haber presenciado un parlamento en el que se discutió apoyar o no a Calfucurá en una incursión al sur de Buenos Aires.

Cuando las columnas de la Conquista del Desierto arrasaron con las poblaciones indígenas de la Patagonia, Sayhueque y su gente resistieron hasta que en 1885, su rendición en el fuerte de Junín de los Andes resultó el hito que marcó la finalización oficial de las campañas militares. Seguiría luego un derrotero similar a otros grupos, con desmembramientos, traslados, confinamientos, etc., hasta su muerte producida en 1903.

Mucha de la información sobre Sayhueque proviene del intercambio de cartas que mantuvo con dis-

tintas autoridades del gobierno argentino en las décadas de 1860 y 1870 y que fueron capturadas por una expedición al mando de Vintter en 1881.

A continuación se reproduce la visión de un marino inglés sobre Sayhueque:

Después de los acostumbrados apretones de mano entre los jefes, el gran Cheoeque (por Sayhueque), hombre de aspecto inteligente, como de treinta y cinco años de edad, bien vestido con poncho de tela azul, sombrero y botas de cuero, recorrió a caballo nuestra línea, estrechando la mano a todo el mundo y haciendo una que otra observación. Cuando llegó a mí el individuo, me sentí un poco avergonzado de mi traje, una simple manta no en muy buen estado de conservación. Él, por su parte, pareció sorprenderse algo cuando, habiendo pre-

guntado quién era yo, supo que era inglés, y como se le dijera además, que yo había escrito las cartas en español que se le habían enviado anteriormente […]

Después de eso se celebró un parlamento durante el cual todos permanecieron montados, y la discusión duró hasta la puesta del sol, a cuya hora todos sentían ya mucha hambre. Las conclusiones a que se llegó se referían principalmente a efectuar una paz firme y duradera entre los indios presentes, punto sobre el cual hubo feliz unanimidad. Se fijó otro día para discutir la proposición de Casimiro referente a la guarda de Patagones y […] así como para considerar el mensaje de Calfucurá acerca de un malón a Bahía Blanca, y en general, la fron-

tera bonaerense. (Musters, 1911)

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