(2006), ICAEW (1997) Kothari et al.
5.7 The Recording Unit and the Coding Instruction
Al adentrarnos en el terreno de la relación de los objetos y las biografías, debemos tener la precaución de especificar a qué nos referimos cuando hablamos de biografías, y a quién pertenece la biografía a la que nos referimos.
Estrictamente hablando, la biografía refiere a la escritura de la vida: señalamos con este término, generalmente, a las historias de vida que se construyen sobre un sujeto, no por parte del sujeto mismo ya que estas entrarían en el terreno de la autobiografía. “La vida” parece un concepto bastante esquivo, pero tomaremos como punto de partida las reflexiones al respecto que hace Piña:
“Supongo que definir qué es «la vida» de una persona constituye una labor especialmente ardua. Para evadirla utilizaré el cómodo expediente de proponer que ella consiste en la sucesión discontinua de acontecimientos, hechos, actitudes y, sentimientos, referidos a una individualidad delimitada – a un nombre propio –, desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte. Esta definición debiera resaltar el que tal sucesión no es necesaria ni usualmente coherente, en el sentido que su desenvolvimiento no corresponde a
un «plan» trazado previamente por el mismo sujeto o por otro, o por algo externo ni anterior al individuo. También defiendo la posición según la cual se trata de emociones, relaciones y acciones entrelazadas, a través del tiempo, con las de otros individuos, en el contexto de una totalidad social y cultural que no determina, absolutamente, ni entrega, tampoco, un campo de libertad absoluto. Esto último implica que hablar de la vida de una persona obliga a situarse al interior de una ambigüedad que fluctúa entre la representación de una individualidad consistente y, simultáneamente, el reconocimiento de un fenómeno supraindividual” (Piña, 1988:6-7).
Destaquemos algunos elementos de esta definición. En primer lugar, se vuelve imprescindible para poder hablar de una vida circunscribirla de algún modo: en el caso de esta definición a una individualidad delimitada. Piña refiere a esta unidad como aquella que tiene un nombre propio y que va desde el nacimiento a la muerte, aunque diversas etnografías dan cuenta de cómo a través de diversos ritos iniciáticos podemos nombrar y señalar diversos comienzos y finales de ciclos vitales que no coinciden con el mismo cuerpo físico, es decir, diversos nombres e identidades en lo que en otras sociedades constituiría un mismo individuo (ver al respecto Prat, 2007). ¿Quiere esto decir que una vida se ha acabado y otra vida comienza? ¿Cómo sería posible hacer la biografía de un individuo que no continúa con esta identidad nominativa, pero sí con una identidad corporal, dado que es el mismo cuerpo el que nace, se transforma, y eventualmente, morirá? Estas cuestiones también aparecen en la propia definición de Piña ya que no hay idea de vida, ni de biografía, ni de individuo, si no consideramos el contexto social y cultural en el cual esta se ubica.
La idea de una vida como una unidad a la cual se le atribuye la experiencia vital necesita de numerosos esfuerzos. Y más esfuerzos aún son necesarios para hacer de ella una experiencia inteligible, transmisible, continua, trazable, si partimos de la idea de que, como dice el mencionado autor, se trata de una “sucesión discontinua”. Es decir, la idea de individuo, continuidad en la experiencia vital, requieren esfuerzos de elaboración de dichos elementos a partir de experiencias que se presentan por demás episódicas, múltiples, desbordantes. Así es que Bourdieu (1997) habla de una “ilusión biográfica” para señalar estos esfuerzos de dotar de continuidad y unidad a la experiencia vital, que se convierte en una sucesión de eventos presentada como una experiencia coherente y continua, gracias según Bourdieu, a la fuerza del habitus que posibilita estas elaboraciones. El autor señala la aceptación general de la existencia de una historia o proyecto de vida, pero advierte que no debemos perder de vista que esto supone esfuerzos e implican regulaciones que lo hacen posible. También refiere Bourdieu a la fuerza de la nominación y de la identidad biológica y social: “A través
de esta forma absolutamente singular de nominación que constituye el nombre propio, resulta instituida una identidad social constante y duradera que garantiza la identidad del individuo biológico en todos los campos posibles en los que interviene en tanto que agente, es decir en todas sus historias de vida posibles” (Bourdieu 1997: 78)
Me interesa remarcar la importancia del contexto social, cultural, que posiciona al sujeto en un campo de relaciones, donde el individuo es agente en cuanto a sus vidas posibles. Como también vimos anteriormente con Piña, la dificultad frecuente en el terreno de las biografías es la de conjugar un conjunto de cuestiones estructurales, con la experiencia vivida, irrepetible, del individuo. Entiendo que esta idea de “vidas posibles” de Bourdieu nos permite acercarnos a aquel nivel que antecede a la propia vida del sujeto: el sujeto nace en un contexto en el cual ya existen unos caminos, unas “vidas posibles”, que le anteceden y con las cuales se deberá relacionar; pero esto no implica que su trayectoria sea una réplica de las mismas. Aquí es que el concepto de habitus de Bourdieu nos parece interesante pero insuficiente para dar cuenta del elemento de agencia – que también introduce y ocupa a Bourdieu – ya que sus análisis ponen un acento importante en la cuestión estructurada, en tanto la cuestión de la agencia aparece más difuminada.
El planteamiento de Deleuze sobre la subjetividad citado anteriormente requiere eliminar la idea de “interioridad” como lugar donde se encuentra la subjetividad, sino que plantea la idea del pliegue sobre sí mismo, es decir, el sujeto se encuentra en la multitud de relaciones, fuerzas, discursos, que están en permanente movimiento y que se pliegan sobre un sujeto, no sobre un interior sino sobre un exterior. La subjetividad es ese movimiento de pliegue, y el sujeto es un posicionamiento fugaz, exterior.
Esto descarta la distinción entre el yo y el sujeto que aparece en el planteamiento de Piña, en tanto no hay un sujeto que produzca múltiples yoes en el relato biográfico como señala Piña, ya que no hay un sujeto previo, interior, ni anterior, a la producción de dicho relato. Esto tampoco equivale a decir que el sujeto es exclusivamente narrado, ya que no es éste el único plano de la experiencia vivida. Comenzábamos el capítulo señalando el aspecto escrito de la palabra biografía, pero debemos señalar que esto implica una limitación propia de dicho registro.
Por ende, dos elementos serán relevantes a la hora del análisis al trabajar con la relación sujeto-objeto desde un punto de vista biográfico. Por un lado, cuál es el papel de dichos esfuerzos de continuidad en la elaboración de una experiencia vivida, y por otro, qué otros registros, efectos, fuerzas, permean dicha relación más allá de la narración de las historias de vida. Antes de continuar, conviene detenernos en la posibilidad de biografiar las vidas de los objetos, tan relevante en el desarrollo de los estudios dedicados a la cultura material.
La posibilidad de trazar una biografía cultural de los objetos, así como señalar las vidas sociales posibles de los objetos, es una de las aportaciones clave de Kopytoff y Appadurai (2009 [1986]), que señalan así los diversos registros en los cuales los objetos pueden circular, y que puede implicar cambios en su valor. Debe notarse que estamos hablando de circulación y valor, debido a que una amplia gama de estudios en torno a objetos y cultura material los abordaron desde el punto de vista del intercambio, el don y contra-don, la reciprocidad; por lo cual una ingente literatura antropológica se ha dedicado al estudio de las mercancías y a los objetos pasibles de ser intercambiados. Una de las aportaciones de Kopytoff es la posibilidad de ahondar en cómo un mismo objeto, a lo largo de su vida, puede “entrar y salir” del dominio de las mercancías (cabe decir que estas reflexiones se dan en el marco de discusiones en la antropología sobre los dones y las mercancías1), de la posibilidad de ser o no intercambiable, y la posibilidad de trazar diversas biografías de los objetos en su paso por diversos registros o contextos. Al seguir los recorridos en tiempo y espacio de los objetos podemos observar cómo se conecta con múltiples relaciones sociales y con la producción de múltiples significados.
En esta tesis no nos centraremos en mercancías para explorar su valor económico, sino que ahondaremos en la relación con los sujetos. Pero igualmente los estudios dedicados al consumo han sido provechosos al explorar cómo objetos y sujetos pueden ser mutuamente constituidos en relaciones de apropiación (Miller, 1988), donde aquellos objetos identificados como más “impersonales” como las mercancías producidas en serie pueden tener un papel prominente en la relación con los sujetos y en la producción de identidades. Debe notarse aquí cómo los estudios pasan de centrarse en la producción para centrarse en el consumo.
1 Referimos para consultar una buena investigación al respecto llevada a cabo en nuestro contexto, la tesis doctoral de Rosa Povedano “Historia de vida dels objectes. Aportacions del mètode biogràfic als estudis culturals sobre disseny: la batedora elèctrica de braç” dirigida por Joan Josep Pujadas y Anna Calvera i Sagué.
Desde nuestra posición, potencialmente cualquier objeto es un objeto biográfico en tanto se establezca este tipo de relación entre las biografías de sujetos y objetos. Aquí nos servimos a la vez que nos distanciamos de la categorización de Violette Morin (1969) cuando habla de la distinción entre objetos protocolarios y objetos biográficos. Los objetos protocolarios son para la autora, aquellos que representan la eterna juventud, que no mantienen relaciones localizadas en cuanto a lugares y tampoco relaciones identitarias con respecto a sus poseedores. Los objetos biográficos son aquellos que acompañan a través del tiempo, que se relacionan con lugares específicos y con quienes los sujetos tienen una relación estrecha. Esta categorización traza una línea importante entre aquellos objetos que son producidos en forma masiva y serial, que siempre son sustituidos; respecto a aquellos que acompañan a través del tiempo. Esto no debe sorprendernos ya que el transcurso del tiempo es un elemento clave para hablar de biografías que demanda una perspectiva diacrónica, y además para elaborar una cierta coherencia o continuidad en esa sucesión forzada que es la vida del individuo. Sin embargo, discrepo con la idea de que es el acompañamiento a lo largo del tiempo lo que hace a un objeto biográfico, ya que esto transpira una idea específica de lo que debería ser la relación con los objetos, que se relaciona con la idea de autenticidad que desarrollaremos más adelante. La perpetua renovación e inclusive la destrucción de los objetos puede marcar relaciones que podemos entender como biográficas en tanto pueden participar directamente en la elaboración de la experiencia vital. Así, entendemos que potencialmente todos los objetos son biográficos en tanto tengan un papel en la construcción del transcurso de la biografía de una persona.
De todas maneras, el planteamiento de que existen unos objetos que están “predestinados” a ser objetos de memoria u objetos personales o biográficos parece bastante incuestionable: si nos detenemos un momento podemos comprobar que estamos rodeados de diversos objetos que son producidos e intercambiados con una intención clara de ser “objetos de memoria” u “objetos biográficos”. Pero esto no quiere decir que la producción en serie y el consumo de productos permanentemente nuevos predetermine un tipo exclusivo de relación y de subjetividad. Es por esto que encuentro particularmente relevante el aporte realizado por Miller y su concepto de apropiación en relación a los estudios sobre el consumo, que hace referencia a cómo objetos y sujetos se ven embuidos en una relación que tiene que ver con la producción de identidades. Así, a través de la apropiación los sujetos son capaces de actuar junto con los objetos en la producción de identidades (Carrier, 1990; Hoskins, 1998). Pero,
como veremos en el siguiente apartado, debemos tener cuidado en decantar la balanza únicamente hacia el lado del sujeto que selecciona “libremente” aquellos objetos y aquellas biografías, ya que los objetos también participan y actúan en dicha relación, provocando, afectando, constriñendo, las vidas posibles y los efectos biográficos que se producen. Es así que a pesar de que como veremos a lo largo de la tesis, hay una selección realizada por los sujetos sobre aquellos objetos biográficos, podemos observar que los objetos también tienen capacidad de actuar en dicha relación, de “hacerse un hueco” en los equipajes seleccionados.
El concepto de apropiación es utilizado por Janet Hoskins (1998) en su trabajo sobre los objetos biográficos en la isla de Sumba. En dicho trabajo, la autora utiliza las historias, las biografías de los objetos, para lograr relatos biográficos de los sujetos en un contexto cultural donde nadie narra la propia vida. A través de las historias narradas de ciertos objetos la autora logra acercarse a las biografías de las personas, y reflexiona sobre dicha relación comparando con la sociedad estadounidense contemporánea, a través del concepto de apropiación. Es por esto que la autora propone el concepto de “posesiones” (possessions), como aquel que podría obrar de puente entre la manera de Sumba y la manera estadounidense de relacionarse con los objetos: “objects that bear a personal identity”, como define Carrier (en Hoskins, 1998:194).
Carreras y Nadal (2002-03) también puntualizan algunos de los elementos que estamos destacando aquí: selección, registros materiales que no son narrados, elaboración de la biografía:
“Finalmente, cada individuo realiza una selección de objetos que sólo tienen significado para él y la gente más próxima, son objetos biográficos, que se explican a partir de las claves que la misma persona define (Kopitoff, 1998; Hoskins, 1998). La mayoría de estos objetos personales se encuentran en la propia vivienda o en el lugar de actividad del individuo, y su ubicación, en una posición más o menos destacada, representa la importancia concedida por la persona al objeto o bien si su valor es más íntimo o compartido. Ruesch y Kees (1956: 94) enfatizan la importancia de la selección de los objetos que realiza cada persona, ya que constituyen un lenguaje no verbal sobre aspiraciones, experiencias, emociones, entornos que el individuo nunca acostumbra a expresar en palabras. En arqueología o etnografía, cuando no se dispone del testimonio directo de la persona o de su círculo más próximo resulta muy complicado realizar una lectura profunda” (2002-03: 69). Sobre la relación con la narración de la propia vida los autores apuntan:
“Cada objeto está ligado a la vida de una persona, si bien hay objetos que adquieren tal valor personal que se convierten en narradores de la propia historia de uno mismo. Desde los simples objetos decorativos que recuerdan países visitados, experiencias de momentos nunca olvidados, libros, regalos o fotografías a objetos utilitarios que recuerdan los instantes de su adquisición (p.e. muebles, un televisor). Si se pide a una persona que escoja aquellos objetos que más han significado en su vida, posiblemente podrán explicar sin palabras la biografía de su propietario (Hoskins, 1998), en ocasiones de forma más sincera que el propio interesado (p.e. una fotografía). Una vez se entra en el entorno personal, el objeto narra la historia de uno mismo, cuáles serían las razones de su adquisición y su uso, pero a la vez nos indica que antes pertenecía a alguien”. (Carreras y Nadal 2002-03: 73).
Kirshenblatt-Gimblett (1989) señala la importancia de la relación de los objetos de memoria y el relato de vida (“life review”) otorgando especial atención a la relación de los diversos tipos de objetos y el tiempo. La autora distingue entre tres tipos de objetos según el tipo de relación establecida entre estos dos elementos: aquellos que perduran en el tiempo y adquieren valor justamente por dicha razón (por ejemplo, los objetos que se encuentran en una casa); aquellos que se relacionan con un evento en particular, que son conservados porque hay voluntad de otorgar un significado especial a dicho momento e incorporarlo a la biografía como memorable (los souvenirs o mementoes), y aquellos que adquieren su valor en relación con el pasado pero son conservados con miras a un futuro como parte de una colección (collectables) (sobre estos elementos también es interesante ver Pearce, 2003).
Como vemos, la perdurabilidad y la relación de los objetos con el tiempo es un elemento clave en lo que plantea Kirshenblatt-Gimblett. También Andrew Jones (2007) toma esta relación para indagar sobre los procesos de reproducción cultural. El autor se centra en cómo las personas actúan en los objetos y estos afectan las relaciones sociales, es decir, cómo los objetos ayudan a las sociedades a recordar (2007: 4-5).
La relación íntima entre memoria y biografía es prácticamente indisoluble. También es abordada por Weiner (1992) cuando describe lo que denomina “inalienable possessions”, objetos con gran valor subjetivo que sirven para conformar relaciones sociales y actúan como mediadores en procesos de “autenticación cosmológica”, es decir, en aquellos procesos que entrelazan la dimensión productiva, material, con la dimensión ideológica o cosmológica que permite la reproducción y cambio de dichos procesos. La autora escribe dicha obra fruto de un trabajo de campo en las islas Trobriand y revisitando teorías del intercambio - como los estudios de Malinowski sobre el Kula - que considera centrado en aquellos objetos y dominios masculinos y que por ende ignora el papel de las mujeres y de
cierto tipo de objetos valiosos en cuanto a significados y producción de relaciones sociales. Las posesiones inalienables son aquellas cuyo valor reside en su permanencia a través de las generaciones dentro de un mismo grupo, y cuya pérdida provoca efectos negativos a dicho grupo (1992: 6). La pérdida puede ser producto de diversos procesos, entre los que la autora señala robos, la propia descomposición material, fallas en la memoria o maniobras políticas. Es el valor de estos objetos el que los sitúa fuera del circuito del intercambio, (a la vez que tiene efectos en la circulación de otro tipo de objetos) y los vincula con la creación y mantenimiento de la memoria: “Inalienable possessions do not just control the dimensions of giving, but their historicities retain for the future, memories, either fabricated or not, of the past” (1992:7). El punto interesante de la autora es que a la vez que señala que es la permanencia física, esa parte de conservar (keeping) la que se destaca como relacionada con el valor de estos objetos, eso no significa que se relacionen con la permanencia de un orden de las cosas. Para Weiner, conservar estos objetos no es sinónimo de permanencia sino de cambio: “Although possessions, through their iconographies and histories, are the material expressions of ‘keeping’, the most that such possessions accomplish is to bring a vision of permanence into a social World that is always in the process of change. The effort to make memory persist, as irrational as the combat against loss can be, is fundamental to change. The problems inherent in ‘keeping’ nurture the seeds of change” (1992: 8). Así, la autora coloca a este tipo de posesiones inalienables como parte de los procesos de cambio en identidades sociales (1992: 11), donde la transmisión de los mismos forma parte de la reproducción de relaciones sociales como el parentesco; pero como señalábamos el argumento interesante es que tanto son parte de conservar estas relaciones como del cambio en las mismas.