CHAPTER 6: DISCUSSION 6.0 Introduction
6.8 Theme 8: Behaviour and attitudinal change
Tras lo visto en este estudio podríamos concluir que el mito de Orfeo y en especial el misterioso orfismo forman un sustrato indispensable para comprender la evolución del pensamiento y de la religión occidentales, cuya identidad terminará perfilándose a lo largo de la Edad Media. El orfismo, siendo la primera corriente europea que plantea un más allá con aspectos de salvación, exclusivo para iniciados, apunta ya hacia los esquemas del cristianismo y refleja, cuando menos, un cambio de mentalidad en el seno de la cultura griega, cuyo cenit es el helenismo. Un cambio hacia el pensamiento alegórico, es decir, hacia el racionalismo, con la consecuente pérdida del politeísmo en aras de un progresivo monoteísmo de carácter solar de clara influencia egipcia. Su origen podemos encontrarlo en la zona de Tracia, paraíso hasta entonces de los rituales agrícolas relativos a Dioniso, que serán remplazados por las reformas de un grupo de guías espirituales entre los que se reconoce como principal a la figura mítica de Orfeo, personaje que en ocasiones es tratado como semidios, otras como rey o simplemente como profeta. De hecho, ese acercamiento hacia el monoteísmo, representado en este caso por el dios Apolo, precisa de la aparición de un profeta: un cantor que con el tiempo parece abandonar su función épica para convertirse en emblema del canto lírico, al que las leyendas le atribuyen un poder mágico y conciliador. En su identificación con Apolo, Orfeo será asimismo iniciador de una estirpe patriarcal en la que no importan los vínculos de sangre, sino los vínculos del vino, la hermandad de los iniciados, como posteriormente reflejarán las costumbres pitagóricas, únicos herederos directos del orfismo que no han permanecido del todo ocultos a la historia. El cristianismo, así pues, parece recoger muchas de las actitudes propias de los órficos, aunque no se puede vincular directamente una tendencia con la otra, a pesar de los restos arqueológicos que las vinculan y que apuntan al sincretismo de figuras como Cristo y Orfeo. Con todo, la
figura del buen pastor se encuentra ya en el Antiguo Testamento, y no son estas las únicas analogías de una época de por sí dada al sincretismo —fenómeno acentuado, si cabe, tras la caída del Imperio heleno primero y más tarde del romano. Estos imperios aglutinaban multitud de regiones distintas, por lo que eran dados a la fusión de culturas, pero actuaban a su vez como elemento de cohesión, bajo una religión y pensamiento oficial, por lo que la mayoría de corrientes se mantienen vivas en lo subterráneo.
En ese sentido no es extraño que el arte de carácter más simbólico sirva de cauce para recoger las influencias espirituales de unas corrientes que permanecen ocultas para la mayoría de mortales. La poesía en particular hereda la imagen de Orfeo, a quien se le atribuye el propio origen de lo poético, y cuyo mito se conforma como uno de los más reiterados y reinterpretados a lo largo de la historia. La leyenda que le relaciona con la bajada a los infiernos para rescatar a su esposa Eurídice, triunfa especialmente en la conciencia de los artistas que tienden a una visión romántica de la vida. Pero a nivel inconsciente parece ser aún más rico e interesante dicho episodio, por lo que se presenta como necesario un acercamiento exhaustivo y profundo en el caso de abordar las obras de los artistas vinculados a Orfeo. La pérdida de Eurídice parece representar algo más intenso y complejo que la mera alusión a una historia de amor más allá de la muerte. Según nuestras investigaciones, se referiría primero a la pérdida de la conciencia femenina, contrapuesta a la dimensión patriarcal órfica que hemos desarrollado, y más allá, a la propia pérdida del alma o de la esencia de uno mismo, cuya recuperación se vuelve inmediatamente necesaria a través de la imaginación creadora y, en especial, del pensamiento poético con tendencia a trascender los hechos cotidianos de cara a una búsqueda espiritual que resuelva las dudas agónicas de la existencia.
En nuestro caso hemos tomado como punto de referencia a Juan Eduardo Cirlot, ya que se trata de un autor declaradamente cercano al mundo de la simbología, del
esoterismo y de la psicología profunda, la cual se alza como herramienta indispensable para dilucidar la actuación del mito a nivel psicológico. Hemos visto así que Cirlot posee los rasgos idóneos para ser considerado un poeta órfico, incluso a nivel temático, puesto que la mayor parte de su poesía, abismada en la búsqueda de un sentido de la existencia, recurre constantemente a la imagen de la mujer como entidad superior que facilita el encuentro del “sí mismo” del poeta, de su alma, de su razón de ser.
También hemos demostrado que calificar a un poeta de órfico es más complejo de lo que parece en un principio. Son muchos los elementos a tener en cuenta, y no sólo las referencias alegóricas, las referencias textuales relativas al mito. Se trata de la búsqueda de algo que trasciende al propio texto y cuya revelación se convierte en un objetivo vital del poeta. Con todo, cabe señalar que el sustrato órfico —a pesar de su tendencia sectaria, colectiva— no impide la evolución de un estilo propio. Más bien todo lo contrario. El orfismo es una corriente que favorece un marcado individualismo, por lo que facilita la activación de un proceso de individuación en el poeta una vez que éste ha asimilado la ausencia, la pérdida de lo desconocido, y es capaz de enfrentar sus sentimientos al vacío de la muerte. No en vano, el existencialismo contemporáneo, a pesar de su tendencia al ateísmo, ha encontrado refugio en la mística y en las corrientes esotéricas, planteamientos que le ayudan a evadirse de unas realidades cotidianas que le provocan insatisfacción.
En este sentido hemos tratado de aportar un grano de arena a la elucidación de un tema que se muestra complejo e irresoluble, pero que sin duda se vuelve atractivo y necesario para afrontar las propias dudas del investigador. De hecho, se nos hace difícil concebir un acercamiento a esta temática con instrumentos puramente objetivos. Somos de la opinión de que todo interpretar es de entrada subjetivo, por lo que exige cierta identificación con el objeto de estudio. Un trabajo que se aleja así de las afirmaciones
cerradas y que se convierte en un proceso abierto y vivo que expresa, en último término, la propia individuación del investigador, cuyo conocimiento nunca es suficiente —y en ocasiones incluso innecesario.