Si bien es cierto a esta deidad se le relaciona con la ciudad de México (se festeja el 15 de agosto como día oficial de veneración), sin embargo, la veneración de las momias, calaveras, difuntos, tienen sus bases en el culto prehispánico por los muertos. Los Incas con los “mallkis y en Centroamérica con sus dioses mayas y aztecas. Los mexicas heredaron de épocas antiguas a dos dioses Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, el señor y la señora del Mictlan la región de los muertos. En la colonia ocurre un sincretismo entre distintos elementos del catolicismo oficial y los ritos panandinos. Estas imágenes que son rechazadas por la iglesia oficial son veneradas con los mismos elementos cristianos: misas, procesión, oraciones, novena, altares domiciliarios. Las ofrendas son panes, dulces, flores, objetos de plata, placas de metal, cigarro, frutas, etc. De acuerdo a cada región se asiste a la imagen en el entendido que su posición terrenal exige atenciones a sus necesidades también terrenales.
Este culto tiene diferentes manifestaciones o representaciones, por ejemplo en Guatemala en la capilla en Olintepeque veneran la imagen del Rey San Pascual y se celebra el 17 de mayo una festividad en su honor. Una réplica de esta imagen (San Pascual Baylón) también se encuentra en Tuxtla Gutiérrez la capital de Chiapas, México. La imagen de San Pascualito representado por un esqueleto sentado en una carreta es la advocación del ángel de la muerte que se le apareciera en agonía al fraile de origen indígena Pascual Baylón en la ciudad de San Antonio Aguascalientes. La iglesia católica no lo reconoce como santo y rechaza su veneración, sin embargo se ha mantenido vigente hasta la actualidad; los fieles ofrendan ante la imagen en agradecimiento por los favores ofrecidos. Con el tiempo esta imagen de la muerte ha adquirido diferentes grupos de fieles y las peticiones se distinguen de acuerdo al color de las velas o el color del vestido que lleve el santo: la vela negra y el santo ataviado con prendas de este color servirá para las peticiones oscuras de venganza, maldad, muerte. En este sentido la población marginal se reflejará con esta deidad (otro santo no podría matar a nadie). Los otros colores también se relacionan con la naturaleza de la petición: roja para amor, rosa para salud, amarilla para protección, verde para negocio, azul para trabajo, celeste para dinero, púrpura para ayuda contra vicios, blanco para protección de niños. (Araujo, 2003)
La advocación de la Santa muerte por los narcotraficantes ha tenido un crecimiento intenso a partir del siglo XIX. Los capos de la mafia poseen altares en sus fincas, la fama de esta deidad se ha difundido y extendido rápidamente hacia el Norte de México. Existen una gran cantidad de capillas dedicadas a la flaca en ciudades como Tijuana y Nuevo Laredo. Las autoridades mexicanas han decidido atacar al narcotráfico incluyendo sus espacios de ritualidad, las capillas, santuarios construidos en las orillas de las carreteras.
Estas representaciones no oficiales de la religión también podemos hallar en Tambo, pues es común encontrar en las casas calaveras que las ubican en hornacinas en la pared, les asignan un nombre (si la calavera no es de un
familiar) y colocan velas, piedras para que en ausencia de los propietarios estás puedan cuidar la casa:
“(…) cuando salimos le dejamos la casa a Panchito, con sus piedras y su velita. Cuando hay un ladrón él se pone a silbar, habla como si hubiera personas en la casa. Si el ladrón ingresa entonces le lanza las piedras que hemos dejado, por eso todos tenemos una calavera en la casa porque nos cuida y tenemos que cumplirle con sus flores y sus velas.” (Entrevista Sra. Rosa, Tambo 26/09/14)
Fig. 2. Virgen del Carmen y dos cráneos sagrados, en la tienda de Mama
Nora Navarro en Tambo. Foto, Cazorla Zen 2014
Margarita E. Gentile (1994), recoge la información de esta festividad registrada desde la colonia. Utiliza un expediente que data del 29 de noviembre de 1784 solicitando la suspensión de la ceremonia del desentierro de cadáveres para fines rituales en el que se realizaba en Cochabamba el desentierro de las personas muertas el año anterior, a fin de llevar a cabo la ceremonia relacionada
con el pedido de agua para las chacras. La Procesión de las calaveras es similar a la de algunas presentaciones prehispánicas.
Desde los albores de la humanidad el mundo de los vivos y el de los muertos ha sido explorado por todas las culturas, porque no existe una respuesta que satisfaga a la humanidad sobre lo que hay después de la muerte. El imaginario recrea esa nueva vida de forma terrenal, por ello los ritos se circunscriben a los elementos terrenales. Las peticiones a los difuntos se sustenta en el traslape que realiza el individuo hacia esa otra vida, la inmanencia del/las almas adquiere una red compleja de símbolos: “las almitas nos cuidan” “las almitas interceden por nosotros”; existe una separación del sujeto como materia, su vida terrenal, sus oprobios y virtudes han sido enterradas y se transforma en un mensajero conector entre los vivos y las deidades. Este caso ocurre con Deolinda Correa “la difunta correa” en San Juan Argentina (Graziano, 2007), aquí se observa el culto del ser humano con singularidades específicas en su status post-morten, bajo la creencia que existe una forma comunicativa entre el humano y la omnipotencia, y esta se expresa en las practicas rituales de acercamiento (oraciones y ofrendas, velas, llantas, flores, caramelos, prendas de bebe, gaseosa etc.)
En casi todas las regiones del Perú la interpretación de la realidad con su propia historia e imaginario se recrea en diversos rituales y lo religioso no les es ajeno ni extraño, por ello no pierde vigencia. Las celebraciones oficiales en la iglesia católica en honor a los difuntos es instituida en honor a todos los santos, conocidos y desconocidos, según el papa Urbano IV; para compensar cualquier falta a las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles. Fue en el año 1311 donde la fiesta fue reconocida por el Vaticano y desde esa época se realizan los días 1 y 2 de noviembre, posteriores al equinoccio de otoño.
En las entrevistas realizadas en Tambo, encontré la referencia de un “Santo muerto”, y nos hicieron esta descripción:
“la mama Rudi, ella tenía al Santo muerto, estaba junto con la dolorosa, desde 1880, ella trajo esa imagen de Lima. Después ha pasado de generación en generación, yo lo he tenido en mi casa hasta 1983 cuando salimos de Tambo” (Entrevista profesor Rómulo, Tambo 26/09/14)
En Tambo no hay ninguna evidencia de continuidad de veneración a esta deidad y que esté relacionada al narcotráfico como sí ocurre en México; esta figura que personifica la muerte y es objeto de culto vinculado a distintos grupos sociales. En el imaginario popular mexicano la Santa Muerte puede cumplir cualquier petición a cambio de devoción absoluta. Es así que a partir de la década de los noventa, gente ligada al narcotráfico se convirtieron en devotos, realizando inclusive ritos sangrientos que efectuaban para asegurarse fortuna. Homero Arjidis lo describe en su narrativa como “la imagen de la muerte violenta”. Recrea la oración realizada por el capo del narcotráfico mexicano de esta manera:
“Oh Santa Muerte, protégeme y líbrame de mis enemigos, embóscalos, tortúralos, enférmalos, mátalos, hazlos picadillo. Oh Santa Muerte que dominas el mundo, en nombre de los que están aquí postrados, te pido poder contra mis adversarios. Que no me quiebren, que no me arresten, que no me maten. Te pido, Santa Muerte mía, que no me desampares ni de noche ni de día y que me defiendas de la traición de amigos y enemigos. También te pido la muerte violenta de los que desean mi mal…” (Arjidis, 2009: 2)
A manera de contraste podemos decir que la vida cotidiana en Tambo se ve reflejada en sus rituales religiosos, oficiales y populares como una expresión de organización cultural, política y social. El acercamiento a la muerte a través de la celebración de estos rituales se debe a que el hombre no acepta la muerte como algo natural, la idea de la eternidad habita en su mente, la muerte se expresa como algo que no debería ocurrir, algo sencillamente intolerable y repugnante, algo metafísicamente deficiente. Desde el punto de vista fenomenológico, el festejar a la muerte es una prolongación de esa vida terrenal, es la negación de la destrucción y desaparición del ser.