Chapter 5 Structuration theory and the theoretical framework
5.1 Theoretical framing
PALIDECER AL DOCTOR MONTENEGRO
En la confianza de disponer aún de millares de horas para escoger entre millares de duraznos, la rechoncha mano del doctor Montenegro seleccionó un melocotón. La pequeña mano de dedos cortos se demoró en la rosada piel del abridor. A tres leguas del aparador donde el Magistrado vacilaba ante la frescura, el Inspector Galarza y las autoridades de la comunidad de Yanacocha voltearon la loma Parnamachay. Héctor Chacón sofrenó a
Triunfante. En el mismo escalón de roca rojiza, veinte años antes, otro Triunfante había
metido los belfos en un charco. Triunfante no logró beber. Chacón hundió las espuelas.
Triunfante descendió en un escándalo de piedras. Un kilómetro más abajo la comunidad
avanzaba tras sus tambores silenciosos. El Nictálope agitó un pañuelo. Sulpicia contestó ondeando una desteñida bandera peruana. La penetrante dulzura del durazno no convenció al doctor, ahíto por el desayuno. El doctor Montenegro miró las manecillas del Longines. Eran las once y cuarenta y dos minutos de la última mañana de su vida. El escándalo de los perros rajó la lejanía. Se levantó y atravesó la puerta del dormitorio. El Inspector Galarza se deslumbró ante las siete caídas de agua del río Huarautambo.
—¡Qué maravilla! Verdaderamente esta tierra es bendita —y se detuvo extasiado sobre la roca blanquinegra donde veinte años antes el pedorro Arutingo había contado los espantos sufridos el día en que la Culoeléctrico le regaló una avispa a la Nalgapronta. El Inspector Galarza admiró la mocedad de las siete cataratas. Se volvió y se le nubló la cara: medio kilómetro abajo distinguió la mancha de la comunidad.
—Ustedes no obedecen —se amargó.
Los dirigentes de Yanacocha agacharon la cabeza.
—Perdón, señor Inspector —se disculpó el Personero—. Son caseríos de la otra banda. Estaban citados desde hace siete días —se quitó el sombrero—, no hubo tiempo de cancelar la orden.
El señor Galarza no quiso enfrentar una descarada desobediencia. —Sigamos —suspiró.
El Chuto Ildefonso acercó servilmente la mecedora. El doctor Montenegro se sentó a tomar el sol. Se acercaron los caporales adulones. Sulpicia levantó el pie para rebuscar el picotazo de una espina. Un jinete incendiado por la llamarada de una camisa roja emergió por el atajo.
—¡Ahí está el Niño Remigio! —se persignó Sulpicia.
—Es necesario —dijo el juez Montenegro abriendo apenas los labios, manchados por la mala educación del durazno jugoso— que esos piojosos aprendan, de una vez. Esos yanacochanos sólo entienden los golpes. —La voz se endureció-. Hoy tropezarán con Montenegro. Hace tiempo que se sufren robos de ganado por estas alturas. Las autoridades de Yanacocha son los abigeos. Hoy entrarán en la cárcel o no me llamo Montenegro.
Para congraciarse con el Inspector Galarza, el Personero se acomidió a levantar una mata espinosa. La hacienda Huarautambo emergió de las rocas del camino. Era el momento en que un caballo sudoroso descendía por la otra banda y entraba desalado en las caballerizas. Un traje amarillo, opaco de sudor en las axilas, saltó del zaino. Lala Cabieses atravesó los corredores y entró ahogándose, en el patio empedrado donde el doctor Montenegro se reconfortaba.
—¡Doctor, doctor!
El traje negro se volvió. Lala Cabieses gritaba sin aliento. En el rostro descompuesto del traje amarillo que avanzaba agitando un papel en la mano, el traje negro reconoció el color de la gravedad.
—¡Lea, doctor, lea! -dijo Lala Cabieses alcanzándole una hoja.
El magistrado conoció entonces el poder de la literatura. Unas palabras trazadas por un escritor que ni siquiera podía ufanarse de buena letra o correcta ortografía (no se reconocía la palabra «huye» desprovista de «h» ); unas pocas líneas borroneadas por un artista que acaso jamás rebasaría la oscuridad de su provincia, lo conmocionaron hasta la palidez. Allá, en los años en que la pobreza lo obligó a transitar, en sus días de universidad, el áspero camino de las bibliotecas, el doctor se había humedecido en las emociones de Vargas Vila. Pero ni Flor de Fango ni Aura, la de las violetas lo habían estremecido tanto. Se encenizó. ¿Eran versos? ¿Era prosa? Fuera cual fuese el fruto de la inspiración del desconocido artista, su obra rebajó al magistrado al mismo color del papel palúdico.
—¿Qué pasa, don Paco? -se alarmó Arutingo.
Ya la cabalgata divisaba la arboleda de la hacienda. Los perros mordían la bienvenida. La multitud atravesó los árboles castigados por los dientes de un invierno prematuro.
—¡Héctor! —gritó Fidel y le alcanzó un costalillo mugroso a Chacón. Sus ojos eran dos ascuas. Los del Niño Remigio calentaron desde lejos la mano del hombre que se proponía infligirle la muerte.
—¡Héctor! —repitió ronco, Fidel-, ¡que te vaya bien!
Los montados se arremolinaron, se mezclaron las cabalgaduras cansinas.
—Ustedes agarren los fusiles de los guardias civiles —dijo Chacón, levemente pálido—. No los dejen disparar .
Melecio de la Vega miró la cabeza de Héctor Chacón tostada por el doble fuego del mediodía y de su cólera y se le estremeció el corazón. «Nunca olvidaré a Chacón», pensó.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no avanzan? —preguntó el Inspector alanceado por presentimientos. En los rostros deshabitados, en el pedregal del silencio, donde sólo se hospedaban relinchos y ladridos, descubría un malestar .
—El puente está cerrado —dijo el Abigeo. Hacía nueve noches había soñado el puente pesado de muertos. Sentados en extrañas posturas o despatarrados por las descargas, los cadáveres miraban el cielo con los ojos vacíos. Sofrenó el caballo menos sudado que sus manos.
—¿Quién tiene la llave? —insistió el Inspector .
—El doctor Montenegro ha mandado cerrar el portón. No hay paso —informó el Chuto respetuosa, torvamente.
—¡Apártense! ¡Salgan del puente!
La voz del Nictálope soltó un vuelo de invisibles lechuzas. El Inspector Galarza quiso replicar, pero chapoteó en los ojos del Nictálope y retrocedió hacia el puente vacío.
—¡Apártense! —repitió Chacón y obligó a recular a Triunfante y se lanzó contra el portón que clausuraba el puente. La puerta se estremeció. Tres veces Chacón obligó a Triunfante a forzar sus pechazos.
El portón vaciló. Ese fue el momento en que en la cabeza del Niño Remigio se posó la avispa verde del huayno.. La puerta se encorvó. El Abigeo se acomidió a meter una barreta entre los goznes oxidados. Saltó Triunfante sobre la madera desvirgada y se lanzó al galope por la callejuela. Los hombres lo siguieron. Veinte años antes, Juan, el Sordo, había insultado allí a la fatalidad. La comunidad se vistió de polvareda. Héctor Chacón penetró en la plaza de Huarautambo. En la plaza calva, entre anémicos yerbajos, sorprendió aun solo hombre, Julio Carbajal, el maestro de Huarautambo.
—¿Dónde está el doctor? —preguntó Chacón, arrasado por la sospecha. —Ha salido para la cordillera.
—¿No sabía que hoy era el comparendo? —Esperaban.
—¿Y?
—Hace media hora llegó Lala Cabieses. —¿Por dónde?
—Por el atajo. —¿Y?
—Traía un papel en la mano. El doctor leyó la comunicación y ahí no más mandó salir para la cordillera.
—¿Y los guardias? —Salieron con él.
—¿Por qué escapa si ha sido notificado? —preguntó el Abigeo. Hacía tres noches había soñado que oyendo el nombre de Chacón el doctor Montenegro palidecía. Lo descreyó. Su cabeza, experta para el husmeo de los sueños, no concebía que el doctor Montenegro alojara miedo a un simple humano.
—¡Que lo alcancen! —gritó el Inspector Galarza, burlado. —¡Rivera, Reques, Mantilla! —ordenó el Personero.
Los jinetes relampaguearon en las espuelas. No alcanzaron al doctor. Una hora después volvieron los caballos canosos de espuma.