Chapter 2 Trust in construction projects and supply chains
2.1 Trust: what is it?
El Abigeo en persona atravesó la plaza de Yanahuanca a las seis de la mañana balando un magnífico castaño, rumbo a la panadería donde el Niño Remigio dormía. El Niño Remigio no dormía: esperaba vestido. Llegó el Abigeo conduciendo de las riendas a Tordillo y volvió a cruzar la plaza con Remigio. El Niño lucía una camisa de franela roja, un pañuelo anaranjado y un sombrero del Abigeo. Los madrugadores se restregaron los ojos. Que el propio, altanero Abigeo descendiera de Yanacocha para traerle un caballo —¡el mejor sillonero después del volador Triunfante, que en ese momento se ensillaba para el Nictálope!—a la insignificante persona del Niño Remigio, parecía brujería. Fachendosamente atravesaron los jinetes la plaza. La Niña Consuelo salía de misa. La doncella no resistió el esplendor de la visión y abrió la boca. El desdeñoso jorobado ni la miró. Hacía diez años que la Niña Consuelo despreciaba al Niño Remigio.. El objeto de la pasión que arrasaba el alma del estevado era una enana de rojizos ojos saltados, de cuerpo vencido por una enorme barriga y de cabeza crinada por una casposa cabellera. Belleza sólo tenían los tizones de sus ojos encendidos por el odio a los gatos y el desprecio al Niño Remigio. A los gatos los lavaba en agua hirviendo y al Niño Remigio lo insultaba públicamente: ¿Por qué la idolatraba Remigio? Si la Niña Consuelo, maquillada por los ángeles, con el cabello peinado por la mano del propio Creador, compareciera ante todas las generaciones y el Señor preguntara: «¿Quién quiere por mujer a esta doncella?», los mismos condenados volverían la cara. Pero el destino, que se complace en la burla de los humanos, mandó que el único varón capaz de hospedar una pasión por la Niña Consuelo viviera en el mismo siglo, en la misma nación y aun en el mismo pueblo. No lo agradecía la Niña Consuelo. Si alguien, por molestarla, le decía «Tu novio te espera en la esquina», la dulcinea escupía plomiza de rencor, «¡Algún día voy a agarrar a ese cojo y lo voy a ahogar en el río!», y amargamente predecía que a Remigio «pronto la joroba se le pudriría». El Niño no se atrevía a escalar el campanario para acecharla. Las malas lenguas murmuraban que una vez unos tusinos los hallaron enredados entre las malezas del río. ¿Explicaba eso el odio enfermizo de la Niña Consuelo y la fidelidad de perro del Niño Remigio? Paso a paso, gozando de los arreos de plata, el jorobado enrumbó hacia la última mañana de su vida, en un caballo reservado a los subprefectos. Treinta y nueve horas antes el Niño Remigio se había atrevido a ofrecerle, en aquella misma esquina, un ramillete de campanillas a la Niña Consuelo. Remigio se le acercó con la mansa sonrisa que le conquistaba hasta la simpatía de los más avaros comerciantes —le regalaban las galletas rotas— y entregó, intentó entregar, las flores inocentes. La Niña Consuelo le escupió en la cara.
—¡Llama, vicuña! —respondió la palidez del afrentado.
En su desesperación el Niño Remigio calumniaba. Las vicuñas, misteriosas exhalaciones de delicadeza, escupían, pero caminaban con una elegancia que jamás igualaría la virgen. La Niña Consuelo babeó de asombro. Sin rebajarse a mirarla el jinete torció y retorció el paso de Tordillo. El Abigeo se detuvo admirado; demasiado tarde la Niña Consuelo alargó los ojos al jinete inflexible.
En Yanacocha, el Personero entraba en la casa de Héctor Chacón, el Negado. La noche o su mujer lo habían calmado.
—¿Estás listo, Héctor? Chacón levantó los brazos.
—Hoy me mancharé las manos con la sangre de un hombre abusivo.
El Personero se rascó la cabeza; sus dedos insistieron, largamente, en las picaduras de un piojo.
—Héctor, el Inspector sospecha algo. Volvieron las caras al mismo tiempo. —¿ Cómo sabes ?
—Esta mañana fui a saludarlo a su alojamiento.
Me recibió mientras se desayunaba. «Oiga, usted —me advirtió, muy serio—, le notifico que al comparendo sólo iremos las autoridades.» «Pero, señor, la comunidad está avisada.» «No hay tu tía. Si insistes, no voy.»
—¿Eso dijo?
El Personero se confundió. —Dijo más.
—¿Qué?
—«Entre las cinco personas que me acompañarán, no vendrá, de ninguna manera, Héctor Chacón.»
—¡Pero si el Inspector no me conoce! —Te conoce.
—Será por algún hijo de puta que ha hablado. —Nadie ha hablado.
—Ustedes, con su miedo, proclaman. El Personero sudaba.
—Héctor, Bustillos aconseja que no cometamos ese crimen. Él ha sido autoridad muchos años. Él conoce la justicia. Estamos muy abajo, Héctor .
En un descuido del Personero, el Abigeo le guiñó el ojo al Nictálope. —No cometas ese crimen —suplicó el Personero—. No te manches. —¿Para qué me he preparado? ¿Soy un juguete?
—No cometas ese asesinato. —No es asesinato. Es justicia. —Solo no puedes proceder .
—Está bien —se resignó Chacón más decidido que nunca. —¿Estás armado?
—Regístrame si quieres. Oyeron la tercera campanada.
—Salgamos —dijo el Abigeo—. Es tarde.
Montaron sus caballos. La plaza de Yanacocha engordaba de jinetes. El barrio Rabí y el barrio Tambo esperaban detrás de sus banderas. Arrebañadas alrededor de Sulpicia, aguardaban las mujeres: las casadas, detrás de una bandera roja; las solteras, detrás de una bandera amarilla; las viudas, detrás de una bandera negra.
Sulpicia distinguió a Chacón y avanzó hacia Triunfante. Los encargados del coso, que como todos los yanacochanos sabían que el alma de Chacón florecía, le habían escogido a
Triunfante, el mejor caballo de la comunidad.
—¡Jesucristo Coronado te acompañe! —dijo la vieja—. ¡Jesucristo, el Protector, te vigile! ¡El Señor guíe tu mano, papito!
La nublada cara de Chacón no cedió.
—¿Sabe usted que el Inspector ha prohibido que vaya la comunidad? Sulpicia envejeció.
—¿Quién dice?
—El Personero mismo dice.
—Sólo irán las autoridades —confirmó, confuso, el Personero. En sus ojos se encharcaban el miedo y la confusión.
—La tierra no es de uno —dijo Sulpicio—. Es de todos y todos iremos. Montenegro quiere poquita gente para ultrajarla.
Ignorando al Personero se volvió. —¿Qué hacemos, Héctor?
—Iremos de todas maneras, mamá. Las autoridades acompañarán al Inspector, pero ustedes nos seguirán ocultos.
—El Abigeo y el Ladrón de Caballos me acompañarán. Usted, Sulpicia, queda al frente de la comunidad. Nos seguirán por el atajo. Nos darán el alcance en Parnamachay. Yo acompañaré alas autoridades, pero me volveré para avisar. Si levanto la mano y agito un pañuelo, acudan corriendo.
Salieron. Silentes las cornetas y los tambores inútilmente alquilados, desfilaron en silencio a Huarautambo. Las autoridades esperaron que la comunidad doblara la curva y se dirigieron al alojamiento del Inspector Galarza. El Inspector, reposado por una noche de sueño, se calentaba al sol en el patio.
—Buenos días, señor Inspector —saludó el Personero—. ¿Qué tal durmió? —¡Muy bien, muy bien! -contestó el hombre deI rostro colorado.
—¿Estuvo bueno el desayuno?
Melecio de la Vega acercó un espléndido zaino ensillado con arreos huancavelicanos. —¡Muy buen caballo! —elogió el Inspector y se volvió al Personero—: ¡Ya sabes; si la gente insiste, yo no voy!
—¿Por qué, señor Inspector? —preguntó Chacón con voz tan respetuosa que Galarza no tuvo más remedio que contestar .
—Yo tengo muchos años de experiencia. He asistido a muchos comparendos. Cuando hay multitud no se puede hacer nada.
—Pero la tierra —insistió la aterciopelada voz de Chacón- pertenece a todos. Atravesaron las últimas casas. La mañana se plateaba en los eucaliptos