La génesis del concepto de resiliencia viene de la ciencia física y fue utilizado para hacer referencia a la elasticidad y capacidad de un cuerpo para re- cuperar su tamaño y forma original después de ser manipulado (Kotliarenco, Cáceres y Fontecilla, 1997; Masten, 2001; Monroy y Palacios, 2011; Villalba, 2003). En lo concerniente al estudio de los seres humanos, el concepto fue en un inicio relacionado con los procesos de adaptación positiva de niños que viven condiciones de adversidad. Lo anterior, desde una mirada psicológica y psiquiátrica, relacionada a que durante la década de los setenta, grupos de psicólo- gos y psiquiatras enfocaron sus esfuerzos al estudio de la resiliencia en niños que se desarrollaban en contextos de riesgo (De Klinkert 2003).
El término de resiliencia da paso a un amplio paraguas conceptual, el cual abarca diversos conceptos rela- cionados con respuestas positivas en contextos de adversidad. De esta manera, las diferentes acepciones de resiliencia responden a conceptos vinculados con adaptación, capacidad y proceso (Masten y Obradovic, 2006). En particular, coincidimos con la concepción de Cyrulnik (2001), quien define a la resiliencia como un proceso que requiere de diversos factores internos y externos que faciliten un desarrollo para sobre- ponerse frente a la adversidad. De esta manera, se entiende la resiliencia como un proceso y no como una condición permanente.
Entre los componentes esenciales de la resiliencia se encuentra la capacidad de rehacerse y resistir. El sujeto expresa su capacidad de afrontamiento, fortaleza y de lucha frente a la destrucción, es decir, se repone del dolor, la desesperanza, la angustia, la depresión y demás secuelas del evento traumático, para resurgir fortalecido (Hoyos, 2014). Esto permite visualizar a la resiliencia como una posibilidad para la construcción de una nueva forma de concebir, conceptuar y permitir “ser” a una persona que vive adversidades. En esencia, se trata de lograr una nueva visión del mundo con innumerables posibilidades
Resiliencia, convivencia en bienestar y solidaridad colectiva como alternativas para construir comunidad en tiempos de Covid-19. Karla Salazar Serna, Erika Rivero Espinosa y María del Carmen Orihuela Gallardo
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ARTÍCULO
(Quiñonez, 2007).
Reconocer la resiliencia como un proceso dialéctico y no como una condición lineal, nos permitirá enten- derla como una progresión evolutiva que responde a nuevas condiciones, nuevas vulnerabilidades y nuevos contextos, como los que se han generado a partir de la pandemia COVID-19. Para Cyrulnik (2001) ante la adversidad tenemos dos opciones: sobreponernos o someternos. Para sobreponernos, es importante conocer y re-conocer cuáles son los principales retos y obstáculos que se enfrentan; hay que identificar cuáles son los problemas reales.
En este sentido, es importante que como sociedad desarrollemos pensamientos positivos/optimistas como un hábito, creer en el ser humano, tener con- fianza en el sentido de humanidad, ver la vida como un proceso y reconocer la adversidad como parte del ciclo vital, tener una dimensión ética de la supervi- vencia por lo que es preciso contemplar el bienestar colectivo, dar sentido y significado a la adversidad. Dentro de la experiencia en investigación con víctimas de violencia, y en particular con personas que tienen familiares desaparecidos, es posible hacer el siguiente señalamiento: podemos estar frente a escenarios de horror y aun así construir procesos resilientes que nos permitan replantear proyectos de vida.
Existen tres cualidades fundamentales en la resi- liencia: 1) comprensión y aceptación de la realidad; 2) creencia en que la vida tiene un significado; y 3) habilidad para generar estrategias o alternativas de solución. Además, algunas características peculiares en el individuo que facilitan la resiliencia, son: inte- ligencia; sentido del humor y optimismo; capacidad de control; alta autoestima; gestión de capital social; autonomía para la toma de decisiones; capacidad para tener iniciativa, y formar un proyecto de vida (García y Domínguez, 2013). Importa puntualizar dos elementos imprescindibles para un proceso resiliente: 1) la capacidad de discernir la dimensión real del problema; y 2) realizar una práctica cons- tructiva encausada a realizar acciones propositivas que permitan desarrollar mecanismos y estrategias para encararlo.
Bajo este tenor, Quiñonez (2007) señala que dentro del proceso resiliente es sustancial conocer la capacidad de reconocimiento que el sujeto logra de sí mismo en tres dimensiones: cognitiva, emocional y actitudinal: - En la dimensión cognitiva el sujeto podrá crear, proyectar y construir planes de solución a la proble- mática que vive. En ella un aspecto fundamental es el reconocimiento del problema propiamente dicho y, en oportunidades, la necesidad de una resignificación de la situación que debe afrontar.
- La dimensión emocional permite al sujeto experi- mentar una amplia gama de estados emocionales que acompañan la vivencia, donde surgen estados emocionales que permiten manifestaciones como respaldo, solidaridad, comprensión, apoyo, lealtad y estrechamiento de vínculos hacia otras personas que padecen situaciones similares.
- Desde la dimensión actitudinal se da origen a construir de manera inmediata alternativas de supervivencia de sí mismos, de las personas que conforman sus núcleos familiares o de las personas del entorno que estén presentes. Asimismo, permite buscar informa- ción o ayuda de carácter instrumental para construir formas alternas de solución.
Los señalamientos anteriores apuntan a factores personales, aunque es importante considerar que existen factores que dependen de las interacciones con los otros, pues la resiliencia se forja a través de la adversidad, por lo cual es necesario reconocerla, y esto implica integrar la experiencia en la identidad individual, familiar, grupal y comunitaria. Es decir, se teje en forma relacional, y a través de un razona- miento narrativo se descubren las posibilidades de autorrestauración y crecimiento en la adversidad (Cyrulnik, 2001; Quiñonez, 2007).
Para Gómez y Kotliarenco (2010) el estudio de la re- siliencia ha dado paso a un paradigma, en el cual los lazos relacionales que unen a personas y sistemas les permiten caminar hacia una trayectoria compartida. Esto ocurre porque promueve una serie de capaci- dades comunicacionales que permiten compartir
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creencias y narrativas, fomentando sentimientos de coherencia, colaboración, eficacia, confianza para afrontar las dificultades (Quiñonez, 2007).
Acorde con los estudios de Cyrulnik (2014; 2008; 2001), los factores relacionales que se identifican para promover la resiliencia son: flexibilidad (donde se pueda procesar un cambio para encarar nuevos retos); claridad (poder compartir información clara acerca de las crisis situacionales y las expectaciones futuras); expresión emocional (que se refiere a la importancia de no guardar emociones y compartir sentimientos sin emitir juicios); y la colaboración en la resolución de problemas.
Acorde con Granada (2018), la resiliencia que se gene- ra en la comunidad tiene una estrecha relación con la inteligencia colectiva. Esta última es entendida como la capacidad generativa para producir nuevas prácticas sociales y de entornos de protección, que minimizan el caos frente a la adversidad y ofrecen entornos de confianza. Conforme con lo señalado por esta autora, la resiliencia comunitaria hace uso del conocimiento en el contexto apropiado, a través del engranaje de saberes para la resolución de problemas y el cuidado de la vida. En este sentido, se enfatiza que las acciones de solidaridad en situaciones de necesidad generan mayores capacidades grupales para procesos resilientes.