Pocos pasajes en la literatura romana como algu- nas cartas de la vastísima correspondencia de Plinio el Joven (Plin. Ep. 10, 8, 2; 3, 4, 2 y 4, 1, 5), resultan, a nuestro juicio, tan esclarecedores para la definición de los móviles que inspiraron la frecuente apuesta de la elite romana por la construcción pública como vehícu- lo de contribución a la vida municipal y, seguramente, como mejor concreción de la imitación del Princeps como prètoj kaˆ mšgistoj kaˆ koinÕj eÙergšthj: «primero, mayor y común evergeta» (Philo, Leg. 149). En la primera de las cartas citadas –dirigida al empera- dor Trajano–, Plinio cuenta que ha pedido permiso al ordo decurionum de la comunidad itálica de Tifernum Tiberinum para construir en ella un templo que, ade- más, proyecta convertir en museo de muchas de las obras de arte que había venido coleccionando en los años precedentes y que, por tanto, ha decidido legar para el disfrute comunitario. En la segunda epístola referida –esta vez dirigida a uno de sus amici, Ceci- lio Macrino–, Plinio se jacta de que el citado templo –construido mea pecunia, «con mi dinero», subraya– esté ya terminado y de que debe, por tanto, desplazarse a Tifernum lo antes posible para su inauguración, pues dilatar ésta en el tiempo resultaba un evidente acto de impiedad o, cuando menos, una acción de carácter im- popular. Por último, en la tercera misiva –dirigida por el autor a Calpurnio Fabato, el abuelo de su esposa–, Plinio el Joven recapitula los motivos por los que la comunidad en cuestión lo había designado patronus y
le había erigido en destacados lugares del espacio urba- no tituli que recordaban su apretado cursus honorum, relatando, además, ufano, a Calpurnio la habitual ce- lebración en Tifernum –y a sus expensas– de banquetes públicos (epula) con motivo no solo de la dedicación del templo en cuestión sino también de la erección de muchas de las referidas estatuas y de sus habituales via- jes a la citada comunidad de la Umbría de la que, ni siquiera, era natural.
Lo que Plinio cuenta casi como confidencia a va- rios de sus amici y familiares sanciona con total nitidez una realidad que la documentación epigráfica hispana arroja por doquier: junto al protagonismo del Princeps (el conjunto tardoantiguo relacionado con la refacción y la ampliación del circo de Augusta Emerita, por ejem- plo, resultaría un buen ejemplo: AE, 1915, 33; 1935, 4 y 1975, 472, comentadas en: Ramírez Sádaba 2002, n.º 62 y 63) –manifestación clara de la bautizada como liberalitas Principis (Kloft 1970)– y a la intervención en este asunto de las instancias municipales (templum Pietatis [Aug(ustae)] uetustate conlapsum r(es) p(ublica) R(eginensium) sumpto suo refecit en: CIL, II2/7, 976 de
Regina), la participación de la elite local en la construc- ción pública municipal fue uno de los rasgos más coti- dianos de las comunidades hispanas (con un inventario de ejemplos en: Melchor 1992-1993, 162-170) y, des- de luego, uno de los más singulares casos de reparto de responsabilidades municipales que ha documentado la praxis administrativa romana (Jouffroy 1986; Goffin 2002). La perennidad de este tipo de construcciones (Dig. 50, 10, 7 y 1, 16, 7, entre otros), su popularidad a los ojos del juicio público (Rodríguez Neila/Melchor 2001, 154-162, 228), su vinculación con la mejora de las condiciones de vida de los conciudadanos (Melchor 1999, 42-47), el orgullo cívico (Andreu 2004a, 26-28), la aemulatio de la monumentalidad de ciudades veci- nas (Dig. 50, 10, 3), la gratitud por los honores recibi- dos en el pasado (Navarro 1997) o incluso la habitual conexión de los notables con negocios inmobiliarios que pudieran verse beneficiados por intensas políticas edilicias (Melchor 1993-1994, 347), pueden rastrearse como las motivaciones más frecuentes para explicar la verdadera cupiditas aedificandi (Lactant. De mort. Pers. 8, 30) que caracterizó a la clase dirigente romana y que nos ha legado tan intenso recuerdo epigráfico.
Como puede suponerse, al margen de arrojar datos sobre los réditos políticos que el auxilio a la construc- ción pública tributaba a los notables y sobre los más habituales protagonistas de este tipo de actos de mu- nificencia, los tituli operum publicorum nos permiten –por ejemplo– constatar la existencia en las comuni- dades de edificios de los que no se nos han conser- vado datos arqueológicos. La gramática de este tipo de inscripciones es, además, prolija en detalles sobre éstos (un elenco de términos habituales en este tipo de textos puede verse en: Andreu 2009) de tal modo que
la epigrafía hispánica nos ilustra sobre la construcción de grandes conjuntos públicos como amphitheatra ([a] m[phit]h[eatru]m [cum] g[radib]us [pul]pit[o p]o[dio et] po[rt]i[s refecit], en: AE, 1997, 882 de Tarraco: «res- tauró el anfiteatro con (sus) gradas, (su) púlpito, (sus) puertas y (su) podio»), cívicos como fora (templum et signum et forum d(e) s(ua) p(ecunia) f(acienda) c(urauit) en: CIL, II2/7, 276 de Ipolcobulcula: «se ocupó de cons- truir a sus expensas el templo, la estatua y el foro») o basilicae ([basili]cam cum hypa[ethro] en HEp9, 64 de Abdera), religiosos como templa (templum d(e) s(ua) p(ecunia) r(estituit) i(dem)q(ue) p(robauit), en: CIL, II, 3563 de Lucentum: «restauró a sus expensas el tem- plo y también lo inauguró») y de complemento como oraria, arcus o porticus (orarium donauit Igaiditanis en AE, 1992, 9151 de Ciuitas Igaeditanorum –«ofreció un reloj a los Igaeditanos»–, ex [p]atrim[onio suo arc] us porticu[s de sua] pecunia [dedit idemq]ue dedicauit, en: CILA, 2, 382 de Italica –«con cargo a su propio patrimonio dio e inauguró con su dinero los arcos y pórticos»–, porticus [op]us faciu[ndum cur(auit)], en: AE, 1991, 1116 de Emporiae –«se ocupó de que se completase la obra del pórtico»).
Al margen, pues, de los datos que este tipo de tex- tos nos proporcionan sobre el paisaje arquitectónico urbano, en los últimos años, la mejora de las técnicas de trabajo epigráfico y, especialmente, la sistemática autopsia de emblemáticas inscripciones hispanorro- manas ha colocado a Hispania en un lugar de privile- gio en la bibliografía sobre epigrafía latina en general y sobre epigrafía de obras públicas en particular. Así, del mismo modo que en el último lustro, por ejemplo, se ha procedido a revisar la lectura de la –seguramen- te– más emblemática inscripción de toda la romanidad –la que Tito hizo grabar en el amphiteatrum Flauium de Roma para dejar constancia de la construcción del mismo (CIL, VI, 32098 y AE, 1995, 111b; Alföldy 1995, 210)–, el desciframiento del texto alusivo a la construcción del trajaneo acueducto de Segovia (AE, 2002, 65; Alföldy 1997, 1-56) o del domicianeo arco de Medinaceli (AE, 2002, 796; Abascal/Alföldy 2002, 71-118) –con textos producidos a partir de la técni- ca de las litterae aureae, es decir, de letras de bronce aplicadas sobre agujeros previamente establecidos al efecto en el soporte epigráfico y que, a la postre, ha sido lo único que se nos ha conservado del texto– y la propuesta de restitución de la –hasta la fecha– más ex- tensa inscripción latina del Occidente romano –la que conmemoraba la restauración del anfiteatro de Tarraco por Heliógabalo en el 221 d.C. (AE, 1990, 654; Al- földy 1997, 59-95) con un larguísimo texto a lo largo de casi 150 metros de balteus del citado edificio– han colocado a la epigrafía hispánica –como anotábamos más arriba– en una posición preponderante en los es- tudios sobre las inscripciones monumentales (Horster 2001), uno de los tipos que mejor sintetizan la imagen
casi popular que se tiene del mundo romano y su ex- traordinaria capacidad de modificar el paisaje (Salama 1951, 30).
Pero, aparte de la dimensión cívica de los tituli ope- rum publicorum, la mayor parte de clasificaciones de la tipología epigráfica latina (Cagnat 1914, 272-276; Battle 1946, 82; Lassère 2005, 917-919) han englo- bado dentro de estos a todas aquellas inscripciones vinculadas con la organización, balizamiento y verte- bración de los territoria ciudadanos, a saber –y de un modo especial–, las que tomaban la forma de miliarios y de hitos terminales. Sabido es que la investigación sobre los mojones kilométricos de las uiae romanas que surcaban el territorio de las provincias hispanas cuenta ya con una notable tradición bibliográfica en nuestro país, al abrigo de estudios bien estrictamen- te epigráficos (como el de Lostal 1992), bien también de carácter arqueológico (como el de Sillières 1990). Sin embargo, en los últimos años, la proliferación de grandes obras modernas de infraestructura viaria o el rastreo de la documentación epigráfica de rutas cons- tatadas en las fuentes han devenido no solo en la con- signación de nuevos ejemplares de miliarios (Stylow/ Atencia/Vera 2004), sino también en el mejor estu- dio de algunos de los conjuntos más representativos de este tipo de documentos (Rodríguez Colmenero/ Ferrer/Álvarez 2004), todo ello al abrigo, además, de nuevos enfoques multidisciplinares en el estudio de la red viaria romana (Moreno 2004). El muchas ve- ces grato azar de los hallazgos epigráficos nos ha ob- sequiado, en los últimos años, además, con extraor- dinarios documentos vinculados a la administración y funcionamiento del entramado viario romano. En ese sentido, pueden citarse el mojón de El Laderón, cerca de la antigua Corduba (CIL, II2/5, 343), que, con el texto uiator uiam publicam dextra pete («caminante, para la carretera principal, dirígete hacia la derecha») nos informa sobre el balizamiento y señalización de las uiae publicae y también de una tupidísima red de iti- nera y diuerticula secundarios que ponía en conexión las rutas principales con otras de menor rango; y, por supuesto, también merecen un comentario particular las tablas del denominado Itinerario de Astorga (AE, 1921, 6-9), con indicación de las mansiones que salpi- caban las rutas que conectaban diversas comunidades del siempre atractivo noroeste peninsular y que cono- cíamos ya gracias a los conocidos Itinerario de Antoni- no y Cosmógrafo de Ravena.
De igual modo, la proliferación de los estudios so- bre organización y administración territorial (Castillo Pascual 1996; Settis/Gabba 2003) han puesto en valor la información que sobre la cuestión de las delimitatio- nes nos arrojan los hitos terminales, de los que el catá- logo hispano ofrece abundantes ejemplos (AE, 1976, 263; CIL, II, 460; CIL, II, 857 y 859; AE, 2000, 709, por citar varios casos del área central de la prouincia
Lusitania; con un inventario de los de época flavia, es- pecialmente atractivos, en: Andreu 2004b, 184-185; y otro genérico en: Cortés 2002-2003) y que, última- mente, además, han empezado a estudiarse bien para ámbitos en los que la plasmación de la consuetudo lo- cal respecto de este tema no tomó la forma habitual que suele presentar este tipo de documentos –sencillos cipos pétreos frecuentemente moldurados y emana- dos por la autoridad imperial, a la que normalmente aluden como criterio de datación– sino que, grabados sobre roca, sus textos pudieron venir a sancionar un equilibro territorial que –como aún sucede hoy con los territorios rurales– debió de ser motivo habitual de confrontación comunitaria (un caso peculiar pue- de verse en: Ariño/Paule 2001-2002: AE, 2002, 706) y, por tanto, objeto de sucesivas revisiones de las que estos termini son elocuente testimonio.