Chapter 1. Introduction
1.5. Thesis outline
Tal vez haya quien imagine que las tres instancias que enunció Sigmund Freud sobre el funcionamiento subconsciente (Yo, Super-Yo y Ello) existen físicamente y que se corresponden con áreas cerebrales. Obviamente no es así. Constituyen una propuesta para explicar comportamientos patológicos y buscar soluciones. Tomarse las cosas demasiado literalmente da problemas. Si se duda de esta ase- veración, pensemos en cómo funciona el lenguaje publicitario. Alguien denunció en una ocasión a una empresa fabricante de ciclomotores. El anuncio mostraba
un hombre montado en la moto, rodeado de mujeres. El título sugería que ese vehículo facilitaba hacer amistades. El cliente lo compró. Observó después que su estado de soledad permanecía invariable. Así que decidió poner en marcha la denuncia. El juez dictaminó a favor del fabricante y, poco más o menos, acusó al denunciante de un exceso de literalidad al interpretar el lenguaje publicitario (Tellis y Redondo, 2001).
La simplicidad y la complejidad son propuestas para mirar y generan conoci- miento en consecuencia. Los conceptos de verdad, realidad, objetividad y el mismo conocimiento son constructos, es decir, conceptos que construimos para comunicarnos y que están sujetos a un continuo proceso de revisión y crítica. En términos abstractos, pensemos que necesitamos A para llegar a B y necesitamos a B para llegar a A. Es pues imposible comenzar por un extremo para buscar al otro. Se abren entonces dos posibilidades: o bien nos quedamos sin A ni B, o bien los vamos construyendo en paralelo, en aproximaciones sucesivas. A y B son realidad y conocimiento. Uno se basa en la otra y la otra en el uno. Así que vamos construyendo un poco de todo con el tiempo, recapitulando, valorando, cuestionando.
En ese proceso comandado de una forma especial por la mirada compleja, he des- tacado tres componentes fundamentales: una reflexión en torno a la realidad, una aproximación a la transdisciplinariedad y una forma de entender el pensamien- to complejo. Mediante estos elementos, junto con algunos anteriores, podremos realizar algunas sugerencias para la construcción de la Universidad comprometida en un marco de complejidad.
Realidad
A la hora de pensar en qué cosa es esa de la realidad no coincidimos. A partir de Descartes no se discute que “si pienso es que existo”, pero poco más hemos avanzado. Debatimos por ejemplo sobre si las cosas existen con independencia de quien las conoce. Debatimos sobre si la verdad se refiere al mundo tal cual es o a las imágenes del mundo. Debatimos sobre si la objetividad tiene sentido fuera del campo de los convenios, si constituye únicamente un intento de acuerdo para escapar del solipsismo (Chirinos y Puerta, 2006). El resultado es una discu- sión continua en el seno de la epistemología de las ciencias, con tal envergadura que comienza a ser muy difícil sistematizar los crecientes movimientos en torno a cómo se construye o debería construir el conocimiento, al menos en el seno de la ciencia (Padrón, 2007).
En este momento resultaría descabellado plantearme redactar un texto autosufi- ciente para abordar temas tan gruesos y ambiciosos como la verdad, la realidad o la objetividad. Lo que me propongo es sembrar dudas. Mi impresión es que buena parte de los desastres que observamos en el planeta se deriva de la confusión de quienes toman las decisiones más trascendentes y de quienes apoyan tales
movimientos por acción u omisión. La principal confusión consiste en creer que las representaciones del mundo en los modelos científicos son la misma cosa que el mundo en sí.
Para sembrar la duda acudo a varios ejemplos: muestreo, cuestionario, entropía, paseo hacia el colegio, los huevos de Genovilla, un pintor famoso... Espero que sirvan para el cometido. Insisto pues, no voy a resolver sino a problematizar. Des- de el realismo ingenuo (las cosas son tal cual las percibimos) hasta el solipsismo (solo existe y puede ser conocido el propio yo), son identificables multitud de pos- turas que intentan solucionar dudas como las planteadas: idealismo, relativismo, realismo crítico, construccionismo, positivismo, etc. En alguna medida, las dife- rentes propuestas intentan solucionar la constatación de que existe conocimien- to, de que compartimos la creencia de algo a lo que llamamos realidad y de que la incertidumbre y la subjetividad constituyen elementos intrínsecos del saber. El objetivo de este momento en el texto no es realizar un compendio en torno a qué cosa es esa de la realidad y qué cosa el conocimiento. Es más bien servir de base para abordar cuál debería ser la Universidad comprometida con el bien común desde la dimensión de la complejidad, que asume terrenos sin explorar entre la realidad extracognitiva y el conocimiento. Intentaré llevar la problematización ha- cia ese terreno en subapartados venideros.
Una encuesta
En cualquier momento puedo encontrar en la prensa una noticia al estilo de esta: “un estudio europeo muestra que los franceses prefieren comer en casa antes que en un restaurante”. En mis clases de Metodología de la investigación suelo acudir a noticias similares. En ocasiones, a medio camino hacia el aula cambio el diseño de la sesión al encontrar en el periódico algún estímulo mejor del que llevaba pre- parado. Tras las afirmaciones que se transmiten en los medios de comunicación se esconden cajas negras, procedimientos, creencias, mucha ciencia y, en dosis nunca menor, mucha fe en los métodos.
Si el estudio sobre el que se asienta la noticia del periódico está realizado según los más escrupulosos criterios científicos, habrá considerado al menos dos tér- minos: un muestreo aleatorio de la variable “los franceses” y un buen cuestiona- rio o una buena estrategia de observación que permita conocer “dónde prefieren comer”. El muestreo requiere acotar con la máxima perfección la población “ser francés”. Unos instantes de reflexión mostrarán que no es una tarea fácil ni de resultado constante. Depende de multitud de aspectos. Uno de ellos es considerar la población de hecho (los que viven en el lugar) o la población de derecho (los que constan en el censo). El creciente fenómeno de las migraciones constituye uno de los muchos inconvenientes para definir satisfactoriamente quién vive dón- de. ¿Quiénes prefieren? Por lo general se suele preguntar a quienes han cumplido la mayoría de edad o, en este caso, tienen la capacidad familiar de escoger dónde se come. A estos y otros problemas para definir la población se le añaden los
relativos al muestreo. Un muestreo perfecto no existe. Siempre hay personas que pertenecen a la muestra con mayor probabilidad que otras y personas que difícil- mente serán muestra alguna vez. Pero aun si el muestreo fuera perfecto, ocurre que no lo es la población. Para pensar con honradez reconozcamos que las pobla- ciones son instantáneas en el tiempo. La población de la que se extrajo la muestra ya no existe. Fue la del mes pasado. Ahora, un mes después, tal vez las conclusio- nes no serían las mismas. Es posible que los restaurantes bajen los precios para incentivar que los clientes salgan a la calle en plena crisis económica. Es posible que un conocido informativo televisado muestre una noticia sobre intoxicación en varios restaurantes. Siempre ocurren cosas. Es una de las características de la humanidad: jamás permanecemos en quietud. El movimiento es lo nuestro. Las opiniones cambian. El conocimiento cambia. Los procedimientos cambian. Si todo cambia, es iluso pensar que las poblaciones están quietecitas esperando que se publiquen los resultados de los estudios sobre ellas. Y aún más ¿qué es preferir? Tal vez no sea la misma cosa que responder a una pregunta sobre preferencias. No es mi intención abundar en exceso sobre este ejemplo, pero resulta ilustrativo para reflexionar en torno a qué cosas sentenciamos en las referencias a la reali- dad, la objetividad, el conocimiento, la verdad... Lo que el estudio sobre preferen- cias en franceses concluye se refiere a lo que algunas personas respondieron con respecto a una pregunta en un cuestionario. Lo que añadimos es mucho: no es su respuesta sino su preferencia, no son las personas de la muestra sino de una población, no es aquella población que fue sino la que está siendo ahora, etc. El núcleo fundamental del ejemplo es la tragedia. No es posible contar con crite- rios objetivos sobre la verdad. Aunque se haya recurrido a la máxima perfección posible según el estado actual del conocimiento para llevar a cabo un buen mues- treo y un buen cuestionario, lo cierto, lo inevitable es que no he trabajado con la población sino con una muestra, del mismo modo que no he trabajado con las opi- niones de las personas sino con sus respuestas a un cuestionario. La materia con la que trabajamos son representaciones de objetos (población y opinión), no los objetos en sí. He aquí la tragedia del conocimiento: los objetos en sí resultan inac- cesibles, por lo que carecemos de criterios de verdad basados en su accesibilidad.
De paseo hacia la escuela
De pequeño discutía con algunos amigos del colegio cuando nos encontrábamos en el camino hacia el centro de educación primaria. Las conversaciones versaban sobre el misterio de las chicas, si rana y sapo son la misma cosa, hasta dónde se puede lanzar una piedra o, por ejemplo, si podemos creer que hablamos de lo mis- mo cuando hablamos de cosas diferentes. En muchas obras de teatro o películas de humor, se recurre al equívoco entre dos personas de tal forma que solo quien lo observa se da cuenta de lo que está pasando. Las dos conversan durante un rato. Cada una de ellas cree que la otra está compartiendo sus significados, la semán- tica de las construcciones del lenguaje que utiliza. Pero ninguna está en lo cierto.
Cada una entiende algo diferente. Quien se encuentra en la sala observando la situación disfruta riéndose, le place el equívoco. Algo así podría estar ocurriendo en nuestras conversaciones cuando paseábamos hacia el colegio. Yo les pregun- taba a mis amigos: “¿Tú cómo sabes que eso que ves lo ves con el mismo color que yo lo veo, aunque ambos digamos que es verde? Imagina que ambos lo vemos con un color diferente. Según tus ojos, yo estoy viendo ese columpio pintado de color rojo. Pero lo llamo verde porque es así como me enseñaron desde pequeño que es su nombre. Por eso tú y yo nos podemos comunicar. Si pudieras visitar mi mente y ver desde mis ojos exclamarías «¡Dios mío! ¡Ves rojo ese columpio que yo veo verde!». Yo exclamaría lo mismo con respecto a lo que tú ves, es decir, las mis- mas palabras. Pero esto no ocurre porque no vemos las cosas con los ojos de los demás sino cada persona con los suyos propios”. Por este motivo, Canals (2003) afirma que el conocimiento no se transmite sino que se construye dentro de cada persona que conoce. Es importante el verbo “construye” y no “reproduce” o “re- construye”, ya que no hay evidencia de que las construcciones coincidan aunque guarden semejanza o correspondencias mediadas por el lenguaje, de tal forma que ha llegado a ser evidente que la comunicación y la cognición se corresponden con un mismo campo de estudio (Colle, 2005). En tal grado estas derivaciones tienen calado dentro de la epistemología, que la semiótica no solo ha mutado y está mutando con rapidez en las últimas décadas, sino que va adquiriendo un creciente protagonismo en la concepción sobre qué cosa es el pensamiento, cómo se construye y de qué modo se comparten sus productos. Desde el punto de vista del lenguaje, el giro semiótico (Chirinos y Puerta, 2006) está motivado por la irrup- ción de las aproximaciones sobre la complejidad e intenta dar una explicación simbólica sobre por qué se extiende la idea de que la realidad es un flujo prác- ticamente creado por el lenguaje. Y desde la biología, Maturana y Varela (1990) resaltan en qué medida la construcción del mundo es el resultado de una deter- minación estructural de los organismos y no tanto una existencia independiente de los supuestos objetos de percepción: “nuestra experiencia está amarrada a nuestra estructura de una forma indisoluble. No vemos el «espacio» del mundo, vivimos nuestro campo visual; no vemos los «colores» del mundo, vivimos nues- tro espacio cromático” (p. 18).
Recuerdo cuando la profesora de primaria me decía que el Greco pintaba las figuras de los cuadros alargadas porque padecía astigmatismo. Le discutí sin que llegára- mos a un acuerdo, pues me parecía una afirmación sin fundamento. El pintor hacía su trabajo como todo el mundo: compara lo que ve con lo que pinta. Él observa- ba sin problemas que su cuadro era más alargado que la realidad que construían sus ojos. Si el Greco tuviera astigmatismo vería alargada tanto la figura del modelo como la de su cuadro, con lo que las pintaría igual. Si el Greco viera todos los colo- res cambiados con respecto a como yo los veo, no habría forma de saberlo, pues él intentaría reproducir en el cuadro los mismos colores que observara en el modelo, aunque él y yo utilizáramos paletas distintas para mirar. No hay forma de saberlo. Repito, no hay forma de saberlo.
Cada día se demuestra científicamente que parte de lo que creemos en ciencia hasta ese día parece ser un error. El resultado no es una catástrofe, pues la ciencia permite no solo conocer, sino hacer. Y hacemos. Tal vez hagamos diferente, o tal vez lo mismo pero mirando diferente. Así, es bastante lógico afirmar que la tierra está quieta y que son los astros los que giran a su alrededor. Es obvio. Si la tierra se moviera, sería difícil caminar por ella. Si un objeto cayera desde lo alto de un edificio, llegaría no a sus pies, sino a unos metros más atrás o delante o al lado, en función de cuál sea el sentido del movimiento de nuestro planeta. Ocurriría esto porque mientras que el edificio está pegado a la tierra que se mueve, el objeto se encuentra cayendo por el aire, no sujeto a nada. Ese experimento demuestra que la tierra está quieta. Aun así, otras personas demostraron que la tierra se mueve, a pesar de lo cual el objeto que cae sigue cayendo en el mismo sitio por culpa de algo que llamaron inercia. La misma prueba, la misma observación, el mismo resultado sirvió para dos teorías contradictorias. Y en ningún momento podíamos poner en duda que el objeto caía donde nuestros ojos decían que caía.
Angustia y entropía
Cuando mi profesor de Física explicó en la clase del instituto el concepto de la entropía sentí angustia. Me parecía cruel que el universo llegara a morir en alguna ocasión. No importa lo que hagas ni lo que pienses, todo terminará. La entropía es el estado de máximo equilibrio, que se consigue con la ausencia de movimiento, con energía cero. Todo es materia congelada, puesto que la temperatura es tam- bién cero. Resulta imposible algo. Todo es nada. La física fue magistral en ese pun- to. Se observa que los astros se alejan por todos sitios. Así que ayer estuvieron más juntos que hoy. Y así seguirían en la película pasada al revés, hasta llegar al momento cero, el Big Bang, cuando el contador se puso en marcha y se estableció una explosión impresionante que disparó todo lo que existía hacia todas partes. Todas partes y todas direcciones es un concepto que, como el tiempo, comienza en el Big Bang. Los límites del universo son las paredes de un globo que no cesa de inflarse. Un día resolví la angustia.
En mi cabeza no podía caber el momento cero. De la nada no surge el todo. No tie- ne sentido pensar en una cabeza de alfiler en la que se encontraba el universo en- tero en una situación de absoluta inestabilidad, porque la inestabilidad y la mate- ria son productos del espacio y del tiempo. Y ninguno de los dos existía, pues todo comenzó en el momento y espacio cero. Así que pensé en un universo acordeón. Todo se expande hasta que llega un momento en que comienza a comprimirse. Las leyes de la macrofísica y las de la microfísica (y de la mesofísica, si existiera) mutarán. El tiempo será cada vez más lento hasta que parezca pararse y vuelva atrás, primero lentamente y después más rápido, acercándose a una cabeza de alfiler que esperará en el centro del universo. Hablo de tiempo y espacio físicos, no psicológicos. Posiblemente si las personas llegan a existir en ese momento, no serán capaces de percibir el enlentecimiento, pues su percepción psicológica se encontrará pareja a la motilidad física. Una vez las leyes se invierten con respecto
a las de ahora, pero coherentes con respecto a ese entonces, la gente de ciencia de ese momento del futuro-pasado concluirá que todo se acerca a todo. Y algún otro-yo, de muchacho, andará con angustia, rebelándose ante la idea de que el universo pueda terminar un mal día en el mayor agujero negro jamás imaginable, en el que prácticamente todo es energía y casi no existe materia, pues la que exis- te se encuentra tan comprimida que el concepto densidad sabe a poco. Llegado a ese punto máximo, volverá a ocurrir y una vez la materia y el tiempo se encuentren aglutinados en el mismo punto, tiempo y espacio volverán a explotar y expandirse en el siguiente paso del acordeón.
Aquel día respiré más tranquilo. Estaba seguro de ello. No importa qué puedan decir todos los conocimientos científicos del mundo. Llegados al Big Bang o a la expansión máxima, la ciencia no tiene nada que decir. O mucho, pero creerla es como creer en el ojo divino que todo lo ve o en Atlas sujetando la bóveda. No es su terreno. Es el de la fe.
Una de huevos
Pongamos que Carlos me regala una gallina. La llevo a casa. Queda aparentemente feliz sobre una cesta de mimbre que cuenta con un suelo de trapos. Al día siguien- te me levanto y voy a visitar a la nueva inquilina. Me llevo la agradable sorpresa de que ha puesto un huevo. Establezco una conclusión: “mi gallina pone un huevo al día”. Es una teoría arriesgada, puesto que solo he realizado una observación. Pero resulta coherente con el conocimiento que poseo hasta ese momento.
Al día siguiente, tras un intenso descanso nocturno, repito la visita a Genovilla (así la he llamado). Encuentro dos huevos en la cesta de mimbre. El nuevo descubri- miento obliga a modificar la teoría. Esta vez se me ocurre algo también coheren- te y que se adapta perfectamente a la experiencia: “mi gallina pone cada día un huevo más que el día anterior”. Me siento feliz por mi capacidad para establecer conclusiones. Continúo con mi jornada.
Por tercera vez, amanece en el hogar que comparto con Genovilla. Dispuesto a encontrarme tres huevos en la cesta de mimbre, levanto el ave y observo que no son tres sino cuatro los ejemplares que se encuentran sobre los trapos. Pienso durante unos instantes y dejo escapar un famoso “¡Eureka!”. Es obvio que estaba equivocado. Lo que hace la gallina es poner cada día el doble de los huevos que puso en el día anterior. Estoy deseando que transcurra una nueva jornada. Y transcurre. Corro como un poseso a la cesta de mimbre. Genovilla se levanta.