A la hora de designar los movimientos de población entre diferentes zonas geográficas se puede echar mano de diferentes términos, como “migración”, el par “emigración”-”inmigración” o el término “movilidad”. Sin embargo, no es baladí el hecho de que se emplee a lo largo de este trabajo el término “migración” en lugar del resto de opciones. Aunque todos los términos remiten a un mismo fenómeno, la diferente perspectiva y carga teórica que acompaña a cada uno de ellos no es menor, de ahí que los diversos enfoques en el estudio de las migraciones hayan optado también por términos distintos y que no exista unanimidad en los círculos académicos acerca de la mayor o menor pertinencia de ninguno de ellos.
Por un lado, los términos “emigración” e “inmigración” se han empleado para dar cuenta de la direccionalidad de las migraciones en relación con los Estados de origen y de acogida a través de los prefijos e- e in- (del mismo modo que ocurre con los correspondientes términos que designan al agente que se desplaza, el “emigrante” o “inmigrante”). La primera crítica a estas categorías se ha planteado porque su uso privilegia la perspectiva del Estado en la comprensión del proceso migratorio. Además de dar preferencia al marco analítico que ofrece dicha institución (bien sea el Estado de origen o el de destino), subyace la idea de que la comprensión de la movilidad humana se puede abordar desde un esquema que se mantenga dentro de sus fronteras, sin prestar atención al hecho de que se trata de un fenómeno social que excede con creces sus límites territoriales.
La segunda crítica que se ha formulado a estas categorías ha cuestionado su uso porque llevan implícita la idea de que las migraciones se desarrollan conforme a un esquema teleológico binario que además es reduccionista y lineal (Harzig y Hoerder, 2009: 3). Desde este punto de vista se advierte de que la experiencia migratoria no tiene por qué estar concebida como un proyecto definido que fije desde el inicio un país de destino. Aun en el caso de que éste exista, es frecuente que el migrante recorra distintos países en la fase de tránsito, que puede prolongarse durante años, lo que dificulta catalogarle en estas fases dentro del término “inmigrante”, pues su estancia es temporal. No es improbable tampoco que no llegue a alcanzar el territorio que en un primer momento era el objetivo y que su residencia se establezca en algún otro Estado. Las categorías “emigración”- ”inmigración” también resultan insuficientes a la hora de dar cuenta de fenómenos frecuentes como la circularidad migratoria en los que se combinan temporadas en el país de origen y en el de destino. Por último hay que tener en cuenta que aquello que en el esquema emigración-inmigración es definido como país de origen y de destino no son categorías fijas y estables. Se puede encontrar el caso extremo de poblaciones que no se han desplazado pero que han pasado a ser extranjeras por morar en un territorio sometido a reconfiguraciones políticas, razón que no justifica que sean categorizados como “inmigrantes”.
“inmigración” ha venido acompañada del auge de categorías más laxas, como “movilidad”. Esta categoría incluye todos los desplazamiento de población de un territorio: desde movimientos desde el lugar de residencia hasta el puesto de trabajo hasta los cambios de residencia dentro de un Estado y las migraciones internacionales (Godenau, 2003: 128). Uno de los equipos de investigación que se ha erigido en defensa de esta nomenclatura es el liderado por el geógrafo John Urry en la Universidad de Lancaster. Para este autor existen cinco tipos interdependientes de movilidad: a) desplazamientos que las personas llevan a cabo con motivo de trabajo, placer, vida familiar, migración o fuga; b) movilidad de objetos físicos enviados por productores a consumidores; c) desplazamientos a través de imágenes a cualquier lugar, por ejemplo mediante la televisión; d) desplazamientos virtuales en internet; e) desplazamientos comunicativos a través de mensajes persona-a-persona mediante fax o móvil. Urry sostiene que si bien las ciencias sociales se han centrado hasta el momento en un tipo concreto de movilidad, es necesario afrontar las interconexiones entre estas movilidades porque son centrales para mantener las conexiones complejas de una sociedad en red. Este novedoso enfoque no descuida el hecho de que determinadas movilidades son impugnadas, intentan ser controladas o directamente suspendidas. En todo caso, el uso de la expresión “movilidad” para dar cuenta de los movimientos migratorios destila una cierto contenido de ausencia de límites. Considero que este término es oportuno para hacer referencia a un tipo de desplazamiento que no presenta ninguna restricción territorial ni ningún control, como puede ser el caso de migraciones de ciudadanos de Estados firmantes del Tratado de Schengen dentro del espacio que lleva su mismo nombre. Sin embargo, puede resultar poco apropiado emplear “movilidad” para designar al resto de las migraciones internacionales. Este segundo tipo de desplazamiento no se caracteriza por una mera movilidad, sino también por el hecho de estar sujetos a múltiples impedimentos y trabas en la forma de controles fronterizos, visados, limitaciones en el tiempo de estancia, restricciones en las condiciones de trabajo, etc.
El tercer término que se tomará en consideración es “migración”, y el correspondiente “migrante” que designa a quien la protagoniza. En el campo de la demografía se entiende por migración el cambio de lugar de residencia habitual, que puede ser tanto
dentro del territorio de un Estado dado, lo que se conoce como migraciones interiores, como pueden tener lugar entre Estados, generando migraciones internacionales (Godenau, 2003: 128). Su uso ha sido defendido por autores como Suárez-Navaz (2005), Ngai (2004), Harzig y Hoerder (2009), entre otros. Las razones que se han aducido a su favor son variadas y lo cimentan de forma suficientemente consistente para que pueda ser empleado a lo largo del resto de la investigación1. En primer lugar se
considera que el empleo de la expresión “migración” salva el escollo de quienes interpretan el fenómeno migratorio como si estuviese organizado desde el punto de vista exclusivo de los Estados de acogida y desde una perspectiva teleológica. Con esta categoría la salida de un territorio – la emigración – y el establecimiento de la residencia en otro Estado – la inmigración – ya no son concebidas como flujos unilineales. No se trata de que el desplazamiento implique el asentamiento definitivo y la residencia en el nuevo Estado. Se trata, sin embargo, de integrar la perspectiva de la circularidad migratoria. En este sentido, Harzig y Hoerder han aducido a favor de este concepto el hecho de que permite comprender la movilidad en múltiples direcciones espaciales y temporales. Puede dar cuenta de desplazamientos transitorios o permanentes, pues no implica una finalidad ni un lugar fijo de destino (Harzig y Hoerder, 2009: 3).
En segundo lugar se ha sostenido que el uso del término “migración” permite superar la lógica “estatocéntrica” con la que tradicionalmente se han estudiado los flujos migratorios porque incluye tanto la perspectiva de la e-migración (y por tanto del país de origen), la perspectiva de la in-migración (el enfoque del país de destino) y la experiencia transnacional (Suárez Navaz, 2005). En este sentido, se podría afirmar que permite pensar el desplazamiento de población como un proceso al que no es fácil marcar un punto de inicio ni de fin. De todas formas, el cambio de terminología debe venir acompañado en la investigación de un enfoque más amplio que el propio del Estado, si no de poco sirve cambiar únicamente el término mediante el cual se designa. En este sentido hay que tomar en consideración que en el estudio de la irregularidad 1 Si bien el término “migración” y “migrante” será empleado a lo largo del trabajo para dar cuenta de la población que reside en un Estado del que no es natural, también se utilizará el término “inmigración” para calificar las leyes y las políticas que ponen en marcha los Estados y que en este caso sí que toman como referencia el marco de esta institución para definirlas.
migratoria, cuestión sobre la que se centra este trabajo, existe desde el principio un punto de vista privilegiado que remite al Estado de acogida, pues es éste quien establece las condiciones de entrada y residencia. En el análisis de la irregularidad migratoria se impone el punto de vista del Estado receptor sobre todo el proceso migratorio. La irregularidad no está marcada por normativas internacionales (Abraham y Van Schendel, 2005: 4), pues las únicas directrices que existen en el ámbito internacional para las migraciones serían el derecho humano a emigrar que establece la Declaración Universal de Derechos Humanos y las condiciones que marca el Pacto Internacional de los Trabajadores Migrantes y sus Familias. Por otro lado, tampoco existen muchos casos en los que el estudio de la irregularidad migratoria haya sido planteada desde el punto de vista del Estado de origen (una excepción es el libro de Sanz Díaz, 2004). En definitiva, en el estudio de la irregularidad resulta difícil desprenderse y superar completamente el marco del Estado, pues la propia definición del objeto de trabajo se localiza dentro del marco de actuación de las instituciones jurídicas y políticas que en la mayor parte de las ocasiones se ejercen en el ámbito estatal.
Dado que la forma con la que designar los desplazamientos internacionales de población no es obvia e indiscutible, las mismas dificultades se encuentran a la hora de nombrar los sujetos que los protagonizan. Considero que las dos razones presentadas anteriormente para justificar el uso del término “migración” se pueden extrapolar al caso de la persona que se desplaza y justificar la utilización de la “migrante”, en lugar de “inmigrante” o “emigrante”. Además, existe una tercera razón que juega a su favor y que ha sido desgranada por la historiadora Ngai. La autora de Impossible Subjects (2004) ha señalado que el uso del término “migrante” permite salvar la diferencia que se establece desde un punto de vista legal entre los extranjeros inmigrantes y los extranjeros no-inmigrantes, es decir todos aquellos extranjeros que residen en el territorio del Estado en calidad de estudiantes extranjeros, trabajadores temporeros, visitantes, etc. Ngai sostiene que hablar de inmigración supone privilegiar un punto de vista particular, aquél de quienes se establecen, y con la utilización de la expresión “migrante” éste desaparece. La modificación de perspectiva no consiste tanto en su ampliación para integrar espacios que exceden al país de acogida, sino en su ampliación para integrar a diferentes tipos de migración que no son únicamente migraciones
indefinidas en el tiempo.