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Recogido, guardado dentro de mí mismo, en el […] he reunido toda mi esperanza y el placer de

la llegada –que paseaban por mi cuerpo, desconcertados– en los ojos y el pensamiento. Me duele

el pensamiento como si al hacer esfuerzos por concentrarlo, le hiciera segregar un líquido […]

Ahora pienso que estoy pensando que no pienso en nada.

El capitán en el timón y yo en el piso de tablas, sentado, no hablamos. Se cruzan nuestros

silencios […] entre capas de noche. Creo oír rumores. Rumores infinitesimales. Ruiditos que se

ocultan cuando todavía no se les ha oído.

Únicamente estamos despiertos nosotros. Todos duermen y sus sueños aligeran el viaje. Recuerdo a Meme. Cuando ella estaba aquí en la goleta, me sobraba algo. Todo me parecía

naturalmente […]. Ahora, en cambio, me siento solo. Por qué esta soledad? Vuelven a salir por la

ventada del recuerdo las 2 cabecitas rubias, la estatua de platino, y el hombre fuerte por cuyas venas corren todos los trenes del vigor. Los veo más lejanos, borrosos, confusos. Perdidos? Mi imaginación vuelve a recorrer las opacas callejas de la ciudad aquella. Otra vez pego mi sombra a sus paredes. Todo está oscuro, desierto, solo. Como yo. Las calles centrales, huérfanas de gente, como a las 2 de la mañana. Hora de la ciudad, las 2. Todas las puertas de espaldas a la calle, desdeñosas, ocultando la vida nocturna, el sueño, todo. Las agujas de las torres siguen tejiendo un complicado encaje de silenciosas plegarias. Por las chimeneas de las fábricas salen

brujas con antifaces de hollín, ocupando […] de 2 puestos. Pero quiénes son los conductores?

Esos choferes cuyos rostros no puedo ver. Serán ellos? Sí. Deben ser ellos. Es terrible. Dentro de unas bolsitas –pequeñas, con misteriosos jeroglíficos– llevan las heridas de los obreros. Líneas de heridos. Círculos de los mordiscos de las máquinas, todo aquello que no vemos. Los nombres

[…].Perdida también la ciudad? Para siempre perdida?

Ahora la recuerdo con cariño. Todo lo mío está allí. Y allí está todo lo que quise por mucho tiempo y no pude lograr. Me da vergüenza confesarlo, pero unas lagrimitas largas saltan de mis ojos como 2 pelotas de tennis que lanzó la raqueta de la dúctil tristeza.

Yo que durante tanto tiempo roí esta tierra con los dientes de la ansiedad, ahora, cuando la tengo cerca, lloro por esa ciudad lejana y fría, brumosa, de las 125,000 mujeres, los 1,500 automóviles y la reina de los estudiantes que no he visto nunca. Yo, que he levantado y derrumbado figuras como si jugara con pedacitos de madera, que he construido playas, con olas y sin arena. Playas únicamente arrulladas por aguas tranquilas. Indias de miembros dislocados. Miradas, todo, todo lo que es una vida desconocida, me encuentro solo, desesperado, sin que oprima mis espaldas el peso de una resignación dolorosa. Todo, todo perdido?

Amanece. Llega galopando a mi memoria el verso de Gregorio, a quien no he conocido aún. Gregorio Castañeda Aragón :

“Alba Gris. Arponeros zarpan rumbo a Levante …”

Gris duro, soñoliento el de esta alba marina. No ha salido el sol, pero se creyera que uno excepcional, gris de aluminio, estuviera haciendo grises el mar y la tierra y el cielo. Las olas gruñen con una pereza mañanera. Pereza de bostezos y mantas tibias que no tienen. Nos

acercamos a la costa. Costa que delimita el ciclo. Le pone barreras a esta estúpida invasión de las nubes, que quisieran ocupar todo el mundo con su grasa robusta de jamonas. El sol asoma su filo superior. Corre por toda la ondulación del mar el primer reflejo amarillo. Porque no es dorado el color del sol. Es un amarillo de crema. Y dulzarrón como la crema y los versos de Víctor Hugo.

Debiera ser un color acre, salado. Como el “Viaje a Citerea” de Baudelaire. Baudelaire sí que

hubiera construido un sol maravilloso. Negro y rojo. Con lacras, baboso, repugnante. Así hubiera debido ser el sol del silgo XIX. Pero ese disco que se han atrevido a comparar con una moneda de oro, es perfectamente anacrónico. Yo lo reemplazaría por una hélice que girara siempre –e

hiciera un ventilador […]–o por una llanta “Goodyear” o “Firestone”. Así se le daría el aspecto

moderno que tanta falta le hace. Estaba bueno para los tiempos de Josué, pero no para los de Lindbergh. Sol detestable!

El capitán grita, con sus gritos alegres, sonoros, aun cuando esté triste, porque vamos a llegar a la costa. Los marineros salen rascándose los parásitos del sueño. Todos tienen las caras borradas, con los rasgos difundidos por el esfumino de la noche.

–Vamos, muchacho echa el ancla!

–Abajo el foque!

Hemos llegado a “El Pájaro”. La goleta se detiene bruscamente, sujeta por el ancla, como una

señora a quien pisaran el largo vestido de cola en el siglo pasado. Hubiera querido seguir seguramente, por entre los nopales –olas de la tierra guajira– quién sabe hasta dónde! Yo la

hubiera querido ver romper con su quilla y empujar con el […] elegante como un índice

femenino, montículos de arena. Pero el ancla lo ha detenido. Quizá piensa que se hubiera quedado clavada –como una barquita de papel– en las espinas de un nopal.

No hay puerto. Es la playa virgen, sagrada, a la cual adoraría yo místicamente. La playa sin

cementos, […] gritos. Playa ausente de […] Adornada de manglares. Los manglares de las ramas

ocres. No se alcanza a ver sino un techo de zinc. Las láminas, cuadriculan el cielo. Qué bien está eso! Parece que hubiera venido volando ese techo, con motores ocultos, desde quién sabe cuál factoría inglesa. A mí las láminas de zinc siempre me hacen pensar en el mar y en Inglaterra.

Han salido a recibirnos todos los habitantes de “El Pájaro”. 13 personas. Todas alegras, todas

LOS 5 BLANCOS:

Augusto. Bogotano. Gran barba oscura enviudándole el rostro como una toca. Sonrisa apretada. Manos generosas. Profusa simpatía.

Rodrigo. Anciano. Barba de 15 días –Escasez de Gillete. Le regalaré la mía –. Descalzo. Miserable. Ojos tapados por las cejas.

Manuel. Cartagenero. Blanco, con una blancura granulosa de papel de lija. Tal vez bueno.

Siempre sonriente. Fuma cigarrillos venezolanos “Bandera Roja”. Peinado en […]. Joven. De

ignorada inteligencia.

Rosita. 3 años. 2 meses. 5 días. Hija de Augusto. Desnuda. Por lo tanto, desconocida.

Rosa. Bogotana. Morena. Blusa. Falda. Seriedad empalagosa. Aburrición de Augusto. Celos de las indias. Negociante. Manos en las caderas.

LAS 2 INDIAS:

Anashka. Redonda, redonda, redonda, como un mal pensamiento. Muslos de tintura de ratania. Boca. Boca. Boca. Mujer de Manuel. No se puede decir nada más.

Ingua. Quién sabe cuántos sacos de maíz habrá comido esta mujer. Pero no se le nota. Ni una cana. Ni una arruga. Ni un desmayo en su carne morena. Su marido la odia porque considera un abusa esa longevidad extremada. Generosa.

Pankaí. Soltera. 8 años y medio. Hermana de Anashka. Envuelta –solamente la cintura– en un cirapo multicolor.

LOS 3 MESTIZOS:

Nipak, Roberto, Daniel, 1, 5, 9 años respectivamente. Hijos de Rodrigo y –probablemente– de su mujer.

LOS 2 NEGROS:

Roque. Encantador, con su eterna boca llena de tabaco. Ama a Anashka.

Pablo. Bloque de músculos que sujeta la piel con sus finas cadenas. De lo contrario estallaría en fuerzas. Qué bueno! Me abraza como si fuera su hijo de 6 meses.

Cómo agradezco ese abrazo espontáneo! Pero después reflexiono y me avergüenzo. Es un abrazo de lástima. Tal vez de compasión. Pero, a pesar de todo, lo agradezco y le quiero. Es solo. Seremos dos soledades. Una negra, fuerte, robusta,, cariñosa, y otra morena, semicivilizada, tímida e infantil.

Pablo me invita a comer a su casa, donde vive en compañía de su chinchorro y su tabaco. Es lástima que no fume pipa. No tiene nada de raro que le regale la mía –ya curada– que me devolvió Lole esta mañana. Augusto me interroga largamente acerca de la ciudad nuestra,

Bogotá, la ciudad de ambos. Hacía tanto tiempo q‟ no venía a la Guajira ningún bogotano. No le

llegan periódicos y él quiere saber, deseando que yo lo sepa todo.

–De veras, es usted bogotano?

–Sí señor, bogotano.

–De qué familia?

–……

–Ah! Es usted pariente de un primo mío en segundo grado– No me importa el parentesco y me disgusta encontrar un remoto allegado en la Guajira–.

–Tal vez sí. Pero no lo conozco.

–Bueno, y qué tal el general Ospina? Progresista, no?

–Bien, muchas gracias. Yo no sé si será progresista. Eso dicen …

–Pero usted no sabe de Bogotá?

–No señor. No sé nada de Bogotá.

–Pero viene de Barranquilla?

–No. De Cartagena.

–Ah! Aquí sí que tarda en llegar el correo. Siquiera usted tienen en Bogotá quién le escriba. A mí me olvidaron. Nadie se acuerda de uno cuando está en la Guajira, sino para que les mande perlas y conchas. Como si las perlas se dieran silvestres. Acuérdese de mí y verá que es cierto. Yo hace 11 años que me vine. Durante todo ese tiempo, he recibido únicamente 2 cartas. Se me

Entonces dejaron de escribirme. Las 3 cartas llegaron en un año. Después no he vuelto a saber nada. Por eso me he casado. Esta –señala a Rosa con su dedo árido– llegó un día a Riohacha, y me casé con ella. Es buena. Pero le gusta mucho la aventura y es muy celosa. –Rosa ríe mostrando los dientes simétricos como una peinilla de bolsillo ––. Ahora no me importa nada. Vivo con mi mujer. A veces me acuerdo de Bogotá, con algo de tristeza, pero no volveré nunca.

Este hombre me ha contado en breves palabras su historia. Es como una previsión de lo que ha de sucederme. Me olvidarán? Que me olviden! Y –arbitrariamente– miro a Anashka. Qué me importa? Nada. Me hace sufrir la mal disimulada emoción de Augusto que rueda por entre la barba espesa. Ama aun esa ciudad. No se ha entregado completamente a la arena, al mar y a las indias. Por el contrario, ha cometido una falta inaudita casándose en la Guajira con una mujer blanca y paisana, para tener a todas horas en los labios y en los ojos el perfume y el recuerdo de Bogotá solidificados en carne femenina.

–Vamos a tomar el café.

El capitán acepta y todos –yo detrás de Roque y al lado de Pablo– nos encaminamos haciendo caprichosos esquines con el cuerpo para evitar los agudos saludos de los nopales que quisieran detenernos para saber si el general Ospina es un hombre amante del progreso.

Pablo y yo hablamos.

–Cuéntame, cachaco, por qué te vinite para la Guajira? Aquí no podrá nunca hacé ná. Se lo tiran a uno la india. Son mu mala y le dan a lo blanco ya lo negro uno bebedizo que sacan de lo animale y la yerba. Tú no volverá nunca a Bogotá. Fijate en el blanco Auguto. Ese ya ta agarra opa siempre. Quiere irse y no puede. Yo no sé qué é lo que pasa. Pero yo etoy hace 5 año aquí y no he vuelto a Galera. Yo soy de Galera y conoco a u tío el dótor. No vuelvo a ver a la negra. Pero aquí vivo sabroso. Duermo. Como. Fumo. Pesco. Esa é mi vida. Te queda´ra aquí en “El

Pájaro”? O te va pa Manaure. Te puede estar aquí un poco de tiempo mientra llega la peca.

Todavía no é tiempo. Te va a vivir a mi rancho y por la mañana a la 4, no vamos lo 2 a pecar ahí afuera. No desayunamo a la 9 con pecao freco y dormimo un rato. Tengo otro chinchorro bonito, pero si no te gusta te doy el mío. Tú cómo te llama? Yo soy Pablo Ojeda. A la orden. Toda esta charla incongruente de Pablo, mezclada de interés y cariño, azuzada con la curiosidad

preguntas. Lo haría de buen grado. Es una curiosidad salvaje la suya. Y su cariño, es fuerza de protección.

La casa –mejor dicho, el rancho– de Augusto, está relativamente bien arreglado. Una salita llena

de […] y recortes de periódico. Varias butacas y un chinchorro dividiéndola en 2 triángulos. Von

Tirpitz de ríe de la Guajira desde el ángulo de la pieza. Sus barbas dejan escurrir 2 grandes chorros de ironía. 4 gringos que corren detrás de una liebre, parece que quisieran devorar a un Napoleón que tiene en las rodillas al Rey de Roma. Algunas damas –dentro del mismo cuadro– juegan desgarbadamente con florecillas y guirnaldas.

Rosa trae el café tinto –como un humo líquido, negro y profundo– y nos da a todos. A las indias no les gusta el café. Pero lo beben. Sorprendo entre Anashka e Ingua –que se envuelve el collar de oro en los dientes– un diálogo en guajiro. Qué lengua tan bella! Hablan de mí y sonríen maliciosas. Podían hablar del capitán o de Dick que no ha bajado a tierra. Estará solo el pobre. Talvez converse con el cocinero.

Rosa Me ha traducido lo que dicen. No quiere Igua que vengan más “arijunas” a la península. Dice que se acabarán los indios. Anashka protesta. Nos defiende. Dice que somos buenos. Qué feliz es Manuel!

El capitán sabe que voy a quedarme. No puede ocultar su desagrado. Creo que habla mal de mí a Pablo, porque este me mira con curiosidad y extrañeza. –Todo eso son chismes. Mentiras. Mentiras. Mentiras. Me quedo. Y si no quieres que me quede solo, quédate tú también–.

De pronto, todos nos quedamos callados. Yo miro detenidamente todos esos rostros […] y no hay

ninguno que me desagrade. Qué bien voy a estar con ellos.

Rosa me trae un pedazo de plátano asado. Maduro. […] de maderas usadas, como los pasamanos

de las escaleras.

Anashka sigue […] Ingua en su delicioso idioma. No oigo sino las palabras arijuna– civilizado –,

–[…] – goleta –[…] – mala – etc.

Rodrigo busca su pipa […] Todos estamos callados, silenciosamente, Augusto se ha […] en el chinchorro, haciendo […] la atmósfera–[….] por entre los huecos del [–––]

–Vamos a almorza –[…] estoy […]

–Bueno, vamos. Pero […] a Manuel y a Anashka. –Para qué? Pero si […].

–Vén Manué a […] mujé a mi rancho. Esta […] pequé un mero grande.

–Los cuatro: 2 blancos, 1 india y un negro, salimos de la […] de Augusto y nos vamos a comer

mero.

La Tarde. Martes 27 de mayo de 1930. Página 4.

4 años a bordo de mí mismo (Memorias de Uchi Siechin Kuhmare)

LA CIVILIZACIÓN LLEGARÁ A LO QUE HAN LLEGADO HACE SIGLOS LOS