Indias en ángulos y en cilindros – Poliédricas indias – Doña Rosa, la hostelera que tiene los ojos como si fueran pliegos de papel de luto
Por Eduardo Zalamea Borda, exclusivo para LA TARDE
Todos vamos callados en el bote. El capitán, sentado frente a mí, fuma distraídamente, con la mirada fija en el puerto. Yo estoy preocupado por averiguar dos cosas. Dónde está Meme, y quién es la Perú. Aquella risita del capitán, irónica, me hace pensar muchas, muchísimas cosas. De manera que el viejo cocinero, que ha vivido durante toda la travesía vigilado por mi antipatía constante, ese viejo feo y ridículo, sobre todo feo, que hace el santo, mientras abre el vientre de los pescados con una delectación cruel, apenas tiene oportunidad, se va en busca de la mujerzuela que le ha faltado?
Y Meme? Seguramente estará sola, triste. Es posible que piense no volverme a ver. Yo pienso lo mismo.
El bote entra con el último impulso marino de la ola y el remo, hasta cerca de la arena. Tenemos necesidad de descalzarnos. No hay fondo suficiente para llegar hasta la orilla. El capitán salta e intencionadamente nos da un chapuzón frío, salado, que desaloja el calorcillo del sueño, guardado cariñosamente hasta ahora. Nadie protesta. Todos nos reímos, como si fuera en verdad una chanza. No lo es, pero a nadie le importa. Vamos a pensar ahora si es o no chanza!
Como todos tenemos en la mirada un aire de viaje, lleno de brisas enredadas entre los cabellos, se nos mira con una curiosidad interesada. Yo antes de ir a la ciudad, me pongo a caminar un rato por la playa, sobre esa arena tibia, que ya empieza a calentar los pies de los cargadores, que hacen gestos dolorosos bajo la opresión de los fardos.
Todo el puerto se ha llenado de pequeñitos negros, con las caras de madera quemada embadurnadas de una sonrisa eterna, como si la sudaran. Porque, principalmente del rostro, es de donde sale esa sonrisa empalagosa, que cansa. Tienen los vientres hinchados, con un aspecto grotesco de señores de 45 años, rentistas. Cómo hace de falta a esos vientrecillos la gruesa cadena de reloj que los atraviese. Ya tienen aire de marineros. Conocen los nombres de las velas, de los aparejos, y comentan de manera burlona las maniobras que consideran mal hechas. Todos los marineros viejos que están ahora en servicio también fueron lo mismo. El viento de afuera les
limpió de la cara la sonrisa esa pegajosa como almíbar y únicamente les dejó a los lados de los labios dos anchas zanjas de seriedad grave.
Sin darme cuenta, voy por una calleja que en la noche debe ser extrañamente oscura. Ahora está toda llena –hasta los aleros de los tejados y desde el nacimiento de las paredes– de un sol alegre, lustroso como el calzado de ceremonia. En la puerta de una casa, hay una muchachuela con traje de holán claro. Adopta una actitud melancólica de tarjeta postal, con el brazo a lo largo del batiente y los ojos persiguiendo la fuga de una hoja caída de un árbol de la casa vecina. No me mira. Yo, para conocer el haz dde su mirada, sigo también la ruta de la hoja que huye.
En la esquina, hay un almacén ventrudo, que echa sobre la calle su embriaguez de colores. Zarazas, holanes, driles, cotones, todo pone al aire banderolas de trajes que no se han hecho. Están bien los collares de grandes cuentas. Los hay de todas clases. Desde pequeñísimas cuentas de vidrio azul y rojo, hasta grandes de madera, cada una como un bolo. Dicen que les gustan a los indios. Pero yo no he de comprar esas tonterías. Vamos a ver si puedo comerciar con ellos de otra manera menos burda.
He de buscar un hotel donde pasar estos tres días. Entraré al primero que encuentre. Me da lo mismo. Ya me hace falta la tierra, y no quiero volver a embarcar sino cando nos vayamos definitivamente para la Guajira. Aún no he resuelto definitivamente si vaya con el capitán en persecución de la aventura, o me quede en la tierra tan largo tiempo atraída por el deseo. He llegado a fastidiarme de un modo extraordinario con esa vida oscura de la goleta, golpeada siempre por las olas, como el rodillo de una máquina de escribir. Esa constancia del mar, es verdaderamente mortificante. Si callara un poquito por la noche, para sentir esa respiración tranquila que tiene a veces, sería muy agradable. Pero fastidia como una mujer a quien se ha besado más de 112 veces. La mujer en sus 10 primeros besos, pone particulitas de alma que les dan un sabor indefinible. Después, hasta el beso número 50, tienen lentejuelas de pasión. Los 40 siguientes, hasta el número 100, se han ido recogiendo, no siendo ya sino un remedo de fugitivas uniones de labios. Los 10 que van en seguida, casi nunca alcanzar a serlo, pero lo pretenden. Y por último, los 2 que completan el número no se dan jamás. Quizá por eso son los mejores, con los 10 que tienen ralladitos de alma. Conclusión: de una mujer no sirven sino los 10 primeros y los 2 últimos besos.
Aquí está el hotel que necesitaba. Me ha salido al paso , con la tablilla atravesada, como una
visera de kepis: “Hotel Libertad”. Me parece absurdo ese nombre, pero no quiere decir nada. Me
darán el catre de lona que necesito, con sus patas de tijera y su estera de chingalé y el mosquitero que ha visto pasar inútilmente generaciones enteras de insectos. Además, pueda ser que cambie aquí la comida. Esa comida del barco, que me va haciendo perder el gusto, encaminándolo por tres senderos únicos de sabores: el del pescado, el del plátano y el del café. Tal vez me den carne
salada. Y algo de papas. Las papas que son aquí artículo de lujo. El “vil tubérculo”, como decía
un poeta muy admirado en mi tierra. La de las colinas con iglesias, y del frío con abrigos de lluvia.
No hay necesidad de llamar, para entrar al hotel. Desde la puerta, grasienta –como si la acabaran de sacar de la sartén– se ven las mesas donde comen varias personas. Creo que son empleadillos modestos. Todos están vestidos de dril blanco. Uno de ellos mete la corbata entre el plato de la sopa, que va midiendo lo que come. Hay uno miope, con anteojos grandísimos, cuyas lentes tienen por lo menos 0,044 metros de diámetro. Les sirve en bandejas esmaltadas una mujer flaca, flaquísima, embarazada. No parece que lo estuviera, sino que ejercitara un complicado ejercicio gimnástico para hacer flexible la cintura. La mujer se me dirige, con sus grandes ojos orlados de ojeras, como pliegos de papel de luto.
–Qué quiere, compa?
–Vengo, señora, a ver si me puede dar comida y alojamiento.
–Comida sí. Pero qué é lo otro? Aloja qué?
–Que si puedo dormir aquí.
–Sí. Pero mucho respeto. A mí no me guta darle posada a lo “cachaco”, porque son muy
atrevíos.
–Pierda usted cuidado. No cometeré ninguna falta en su casa. Cuánto vale el día?
–Por ser a uté, se lo dejo en 2 peso. La alimentación e muy buena, pero tiene que pagarme por adelantao.
Destruyo la plancha que habían formado mis 98 pesos y le doy un billete de $5 y otro de $1. Entro escoltado por las miradas de todos los que comen, que –claro! Están untadas de manteca como sus labios– detrás de la dueña. Atravesamos unos cuartos oscuros, llenos de calor y de sombra, donde no se ve nada pero se adivina que hay alguien durmiendo. A esta hora! Dormir a las 12 del día!
El que me destinan a mí, da sobre un patio pequeño. Hay unas gallinas atareadas en la búsqueda de granos de maíz que no han existido nunca sino en su imaginación. Un cerdo lleno de gruñidos una artesa. Hay –colgados de una cuerda– varios calzoncillos y franelas. Deben ser del hombre que decoró con ojeras los ojos de doña Rosa la hostelera.
El cuartito es pequeño. El catre de lona, con patas de tijera, define uno de los ángulos rectos. El mosquitero cuelga lacio, sobre la estera que mira boquiabierta y extendida el cielo raso agrietado. En el otro extremo hay un trípode amarillo con una jarra y un platón. La toalla. La toalla sobre un panorama de limpieza para la tierra de mi rostro. Una silla con las patas abiertas, como para no caerse. Y en la cabecera del catre de lona –sujeto con 3 alfileres torcidos– un retrato del general Uribe Uribe.
Este cuarto inodoro, no tiene olor ni sabor. Oliera siquiera a cocina. Pero no. La cocina está en el lado opuesto y únicamente alcanzo a ver a una mujer que destapa una olla tras otra, para enterarse si los manjares están ya suficientemente cocidos. Tiene un muchacho en los brazos. Todas las mujeres que he visto en la costa, o casi todas, tienen un niño en los brazo. Únicamente Carmen y Meme no. Talvez por eso nos gustaron al capitán y a mí.
Me siento en la silla que hace esfuerzos para no caerse y como no hay ninguna otra cosa que mirar, miro el retrato del general Uribe Uribe. Recuerdo que yo vi cuando era pequeño pasar el entierro. Pero eso no tiene ninguna importancia. Ahora, llena todo el cuarto de liberalismo. Bueno. Está bien. A mí me da lo mismo. Si fuera Núñez, el cuarto no tendría ángulos rectos. Los ojos del general Uribe están sostenidos en las guías de los mostachos largos Y esos ojos perseguidores y agudos, me buscan, como para clavarme contra la pared.
Le vuelvo la espalda y me quedo solo. Solo. Cierro los ojos y siento clavadas sobre el pulmón derecho las miradas del jefe asesinado.
ausencia de 3 meses se abre con dificultad. Todo está lleno de soledad. Del chinchorro al techo han tendido las arañas telas grises que el tiempo ha llenado de tierra, para darles un aspecto decoroso de crepones. Meme –activa– busca un plumero; limpia, sacude y pronto queda todo lo mismo que cuando estaba allí.
Meme, cansada, mete el manojo de curvas de su cuerpo entre las del chinchorro, y piensa.
–Qué bueno era el “cachaco”. A mí me gustaba un poquito, pero el capitán lo notó. Lástima. Sin
embargo, no era tan buen mozo como aquél. Si él se hubiera querido comprometer conmigo, viviríamos sabroso. Aquí, y en la Guajira, cuando la pesca. Él ya no tiene dinero suficiente, pero yo, con mis negocios, he logrado hacer un capitalito pequeño como para comprarle perlas
a los indios… Si parece que se estuviera humando el arroz… Pondríamos un ventorrillo…
Tenía los ojos oscuros, como a mí me gustan. Pero, no. Todo eso ya ha pasado. Él se irá y no vuelve a verme. Me siento un poco enferma.
Meme duerme unas horas, después de haber retirado el caldero del fuego. Se siente un poco
enferma. La cabeza se le va. Ya no puede ni pensar en el “cachaco”. Sale donde la comadre Francisca a pedirle un poco de yerbas para hacer una tisana.
–Comadre, usté tiene de la yerba buena para el dolor de cabeza, de esas que traen de Fonseca?
–Sí, comadre. Aguárdeme un momentico y ya voy a traérsela. Pero ni saluda uté. Cuándo vino? Está más pretenciosa que si se hubiera traído de por allá algún gringo, no?
–Yo qué pretenciosa ni qué gringo! Lo que estoy e má mala que quién sabe qué! Présteme la yerba, comadrita.
La comadre Francisca sale corriendo con su carga de gordura a cuestas. Llega con las manos frescas, envejecidas por el color terroso de las yerbas, quién sabe cuánto tiempo guardadas entre una mochilas, detrás del Divino Rostro, para que tengan más poder curativo.
No es fea esta comadre Francisca. Los ojos vivos, y en el pecho, en la mitad, una medallita cae sobre una hendidura, que hace pensar en las huchas para aprender a ahorrar.
–Tome, comadre, y que se alivie. Vuelva por acá y me cuenta qué hubo del “cachaco”.
Meme se ruboriza y sale corriendo, con las manos envejecidas. La frescura que tenía en ellas, ha pasado a las de la comadre Francisca.
He pasado la tarde en el patio del hotel. Había en el aire bandadas de alcatraces curiosos, volando bajo y dándole un ambiente marino a la casa. Me he asoleado y salgo ahora que ya son las 7 a pasear por la ciudad. Quiero conocerla de noche. Y averiguar muchas cosas. Si encontrara a Meme!
Riohacha, de noche, es una ciudad tranquila y antigua. Corren “Fords” desvencijados con gran
ruido de carrocerías. En las puertas de las casas hay gentes que conversan mientras mueven los mecedores. Parece que con las patas arqueadas y el pio de losas, quisieran hacer un sándwich de silencio.
Oigo, a lo lejos, gritos que apedrean mis oídos. Qué será aquello. Me voy aprisa, llevando el hilo de la curiosidad ceñido al cuello.
Una plaza. Exclamaciones alrededor de una mesa. Ah! Es la ruleta. Hay como 40 negros y blancos jugando.
–30 colorao.
–Upa! ganáte! grita una voz empapada en ron blanco.
–Y tó lo que llevo perdío? – responde otro con palabras de 2 matices. El del placer y el desagrado.
–Qué hubo. Tomá, no juega má? Despué de que te gana plata en pila, te va ponde la niña Lola a emborracharte. Camína me da un trago.
–Qué va hombre!
En un fondo de penumbra, se ven unos rostros, cortados por luces y sombras diversas. Quiénes serán?
Me acerco. Dios mío! La primera india! Me da un poco de miedo, su mirada oscura y espinosa, que me detiene como una alambrada.
Qué bella! Geométricamente perfecta. Con su manta que la desnuda. Boca roja, tensa, apretada en un imaginario mordisco. Brazos en cilindros y en ángulos. Cabellos lacios, duros, perfumados con aceite de coco. El primer olor de la Guajira! La visión de esta india –la primera!– despierta mi sangre de un largo sueño molecular. Quisiera estar cerca de ella, pero no puedo ahora. Hay
muchos indios que me miran con caras recelosas. Siguen llegando a mis oídos las pedradas de los números de la ruleta.
–5, negro!
–1, colorao!
–Quién juega? A ver, a ver quién juega? No pone má!
–30 colorao!
Ya ha salido 2 veces el 30 colorao. Por qué, mientras puedo hablar con la india de la mirada dura y los pies en arco, no juego 1 o 2 pesos? No. Es mejor dejarlo todo para la Guajira. Es decir, para ella, para quién?...
Me meto entre los que miran el juego, con una envidia acre del placer que experimentan los ganadores. Se guardan las fichas blancas entro el bolsillo y colocan pausadamente 5, 10, 15 pesos, distribuyéndolos en complicadas martingalas.
No dejo de mirar a la india. Qué felicidad! También ella me mira ahora, y creo que su mirada ya no tiene las puntas agresivas de antes. Parece que le hubiera cortado con la cuchilla de la simpatía brotes ariscos y espinas curvadas. Está más cerca de la luz y puedo verla mejor. Tiene un pañuelo rojo amarrado en la cabeza, que le da un ligero aire de odalisca. Yo no estoy muy seguro de que las odaliscas usen turbantes rojos, pero se me ocurre que debe ser así. La manta es de un color azul claro, transparente. Me detengo en la transparencia del vestido. Calza unas sandalias de cuero con grandes borlas de lana verde y roja. Cuando anda, parece que fuera arrastrando una gran cola metálica. Pero no. Son las ajorcas que le ciñen los tobillos. Ajorcas de vidrio que musicalizan su andar. Qué bella! Le hablaré y le diré que la amo. Esto será verdad? No sé. Pero me gusta. Me gusta extraordinariamente, toda en cilindros y en ángulos.
La Tarde. Miércoles 21 de mayo de 1930. Página 4.
4 años a bordo de mi mismo (Memorias de Uchi Siechin Kuhmare)
LOS NÚMEROS – 30 , 28, 25 – CUANDO SE GRITAN HACEN PENSAR QUE SE