La Rezeptionsästhetik, traducida como Estética de la Recepción, se interesa por la manera y las condiciones en las que se efectúa la recepción de un texto. El punto de partida es el pensamiento hermenéutico-filosófico de H.G.Gadamer, quien en su obra magistral de 1961, Wahrheit und Methode, planteó la relación entre texto y lector según la lógica de pregunta y respuesta. El texto es la respuesta a una pregunta que el lector se hace a sí mismo, o dicho de otra manera, éste solo percibe en un texto aquello que tiene algo que ver con él. La respuesta que el texto ofrece nunca es del todo satisfactoria, de manera que el propio texto sugiere también preguntas que el lector deberá intentar contestar. La lógica de pregunta y respuesta se erige de forma dialéctica, lo que en
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M. Worton & J. Still , o.c., págs. 20-1.
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términos epistemológicos podría definirse como la forma del círculo hermenéutico.46 Los principios de Gadamer fueron adaptados a la crítica literaria posteriormente por varios de sus antiguos alumnos, de entre los que destaca, sin duda, Hans Robert Jauss, cuyo discurso inaugural de 1967 fue acogido como el manifiesto de la nueva escuela.47 En uno de sus estudios más conocidos, Pour une esthétique de la Réception, introduce el concepto de “horizonte de expectativas”, derivado de la noción de “horizonte de preguntas” de Gadamer. Jauss parte de la premisa de que todo conocimiento sólo se adquiere en y desde una cultura y una visión del mundo determinada, de la que necesariamente participa cada individuo. Esta experiencia del mundo es lo que provoca que la lectura sea siempre un proceso de especulación e inferencias, en el que el lector se aproxima al texto habiendo realizado previamente unas anticipaciones, que luego se dedicará a contrastar con las marcas que el texto realmente le ofrece. El Erwartungshorizont de Jauss alude a los implícitos compartidos entre texto y receptor que facilitan que se produzcan tales inferencias. Al comparar los códigos de la obra con los que dimanan de su horizonte de expectativas, el lector puede hacer una interpretación y valoración del grado de originalidad de ese texto. Los códigos implicados de una obra literaria incluyen siempre viejos y nuevos sistemas: los tradicionales aseguran la base de la inteligibilidad, mientras que los nuevos constituyen la actualidad histórica de la creación.48
La contribución de Wolfgang Iser fue también decisiva en el desarrollo de esta escuela. En un ensayo titulado Der Akt des Lesens, Iser distingue entre el texto, considerado como pura potencialidad, y la obra, definida como conjunto de sentidos constituidos por el lector a lo largo de la lectura. La lectura es concebida como la constitución de sentido a partir de las reglas inherentes al texto y es un proceso paulatino, en la que el lector se somete a una serie de estadios marcados por la propia estructura del texto. Primero, busca el sentido a partir de los elementos textuales que prometen esa unidad buscada del sentido; luego acaece la detección de los huecos del
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H.G.Gadamer, Wahrheit und Methode, J.C.B. Mohr, Tubinga, 1960. Citado en José Antonio Mayoral (ed.), Estética de la Recepción, Arco/Libros, Madrid, 1987, págs.16-7.
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H.R.Jauss, Literaturgeshichte als Provokation der Literaturwissenschaft, traducido en H.U. Gumbrecht
et al, La actual ciencia literaria alemana, págs. 37-114. Aludido en obra de José Antonio Mayoral, o.c., p. 17.
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texto, que desorientando al lector, incitarán a que éste intente llenarlos o a cerrarlos con la base de sentido constituido anteriormente, ejercicio intelectual que convertirá al lector en co-autor. Obviamente, la efectividad de la lectura depende del “repertorio del texto”, o conjunto de convenciones comunes entre autor y lector, y de la disponibilidad o conocimiento de dicho repertorio. Observamos, por tanto, que el lector es, según Iser, el agente catalizador de la significación del texto, pues éste sólo puede mostrar su potencialidad discursiva, expresiva y comunicativa con relación a lo que el lector aporta, es decir, el archivo de su memoria receptora y sus conocimientos literarios, en el momento de la lectura.49
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A partir de las ideas clave de la Escuela de la Recepción, Michael Riffaterre estudió la intertextualidad lectora bajo el prisma de la semiótica, siendo su aportación una de las más interesantes en este ámbito. Cercano a los formalistas rusos, Riffaterre se volcó en el estudio de las modalidades de percepción de la obra literaria. El texto sólo adquiere condición de obra de arte si es capaz de imponerse al lector, provocándole una serie de reacciones cognitivas que repercutirán en un conocimiento más profundo de los significados escondidos en los pliegos del texto.50 La grandiosidad de una obra literaria dependerá pues de su capacidad de engendrar interpretaciones infinitas. En palabras de Riffaterre, “les interprétations successives d’un monument son inhérentes à sa monumentalité. Dire qu’un monument est fait pour durer, c’est dire qu’il est fait pour continuer à susciter des réactions.”51 Bajo estos planteamientos, Riffaterre estaba planteando una teoría de la intertextualidad como cohesionadora de la textualidad y de las características de la lectura, estableciendo una significativa transición hacia la recepción, lo que se alejaba de la obsesión por la producción literaria que predominaba en la teoría de Kristeva.
La semiótica intertextual de Riffaterre está aplicada ante todo al estudio detallado de un texto, proponiendo hipótesis de lectura e interpretaciones concretas. Su
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Wolfgang Iser, “El proceso de la lectura: enfoque fenomenológico,” en J.A. Mayoral, o.c., págs. 215- 244.
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Michael Riffaterre, La production du texte, Editions du Seuil, París, 1979, p. 11.
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interés puesto en el lector exige una revisión terminológica de los conceptos clave de la teoría; de ahí que en un ensayo posterior titulado “L’intertexte inconnu ” defina el intertexto como “l’ensemble des textes que l’on peut rapprocher de celui que l’on a sous les yeux, l’ensemble des textes que l’on retrouve [...] à la lecture d’un passage donné ”, y la intertextualidad como “un phénomène qui oriente la lecture du texte, qui en gouverne éventuellement l’interprétation, et qui est le contraire de la lecture linéaire.” 52
Riffaterre comparte con Roland Barthes y Julia Kristeva el interés por la semiótica, pero en cambio, no se considera un estructuralista porque no cree en la existencia de una gramática abstracta de la que deriven todas las enunciaciones lingüísticas. Considera que la estructura de la obra literaria se genera mediante la expansión de una palabra o frase, que denomina el “mátrix” de esa obra, de tal manera que aunque varias obras compartan un mismo mátrix, la estructura que resulta de la transformación de este mátrix en un poema o novela es única. Por ello, el análisis de la estructura de una obra debe centrarse en su texto, pues en él hallaremos una serie de elementos que, como lectores expertos, estamos obligados a percibir y que suscitarán el proceso cognitivo de la interpretación lectora.
La lectura es un proceso que percibe en dos estadios: una primera lectura mimética, en la que cada palabra adquiere significado a partir de una relación unidireccional con referentes a la realidad. Esta primera lectura, de naturaleza heurística, proporciona un conocimiento del significado de la obra, una descodificación lineal partiendo de la base de que el lenguaje es referencial, y que, por tanto, las palabras denotan elementos de la realidad. En el transcurso de esta lectura, el lector detecta aberraciones – dificultades, oscuridades, figuras poéticas – cualquier tipo de enunciado inaceptable en un contexto mimético que requiere que el lector se proponga buscar y descubrir la significación de la obra, la cual sólo puede aparecer en un segundo estadio de la lectura, que esta vez será de carácter retroactivo o hermenéutico. Riffaterre introduce el concepto de “catacresis” para definir tales aberraciones del texto, las cuales, considerando que todo texto constituye un todo unificado, pasarán a formar parte de otro sistema denominado “semiosis”, en el cual el lector tendrá que descubrir el germen lingüístico, o hipograma, del cual cada parte de esa obra es una variante. Esta visión tan
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particular del proceso de la escritura le conduce a contemplar la actividad intertextual como una aberración en uno o varios niveles del acto de comunicación. Todo intertexto que aparece como fisura en un texto determinado es un enunciado correcto en otro texto; de ahí que todas las expresiones textuales “aberrantes” sean consideradas como la otra cara de gramaticalidades intertextuales. Así lo indica en su trabajo de 1978,
Semiotics of Poetry.
“[...] any ungrammaticality within the poem is a sign of grammaticality elsewhere... The poetic sign has two faces : textually ungrammatical, intertextually grammatical ; displaced and distorted in the mimesis system, but in the semiotic grid appropriate and rightly placed.”53
El pensamiento de Riffaterre se aleja de la concepción de textos infinitamente abiertos y plurales que defendían Kristeva y Barthes. Toda aberración textual, sea a modo de ambigüedad, indecisión, indeterminación, ilegibilidad o agramaticalidad, es síntoma de que el lector se encuentra todavía en algún estadio transitorio de la lectura y debe alertarle de la presencia de un intertexto que, una vez descifrado, resolverá las dificultades de la obra. En este sentido, comprobamos que Riffaterre considera la intertextualidad como el camino hacia la lectura correcta, la guía indispensable para la interpretación del texto. De ahí que insista en la “rentabilidad” del saber literario, pues permite el desciframiento de textos a partir de sus intertextos.
En artículos recientes Riffaterre distingue entre la intertextualidad aleatoria, aquella que le concede al lector la libertad de acercarse a un texto sin contemplar todos los demás textos que conoce, y la intertextualidad obligatoria, aquella que exige que el lector tenga presente la existencia de un origen hipogramático. También distingue entre intertextualidad e intertexto; un énfasis excesivo en este último podría conducir a un indeseable retorno al convencional estudio de fuentes y a una visión tradicional de la historia literaria.
Riffaterre ha recibido duras críticas por parte de Jonathan Culler quien no comparte con él esa visión tan normativa de la lectura, según la cual sólo existe una posible interpretación válida para todo texto. También le critica por afirmar que los enigmas del texto pueden ser descifrados con la competencia lingüística que todo
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hablante de una lengua posee desde su nacimiento; sin embargo, sus interpretaciones de obras literarias están repletas de alusiones propias de un gran erudito y buen conocedor de la literatura. Culler opina que Riffaterre denomina competencia lingüística lo que en realidad es una competencia literaria, un concepto que por sí solo es ya problemático, porque determinar qué autores forman parte de un bagaje literario idóneo es una cuestión que incide plenamente en el acalorado debate del canon que tantas polémicas ha suscitado en los círculos intelectuales norteamericanos de las últimas décadas. 54