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Use of big data in the case organization

4. CASE SOK CORPORATION

4.2. CONTROLLER’S ROLE IN THE ORGANIZATION

4.3.1. Use of big data in the case organization

Después de la anterior afirmación de principio, afrontamos la primera relación de Jesús que nos ayuda a comprender el misterio de Dios: su re- lación con el Padre. Por un lado, este Dios no es otro que Yahvé, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, el Dios del AT; pero, por otro, él tiene con Dios una relación especialísima y singular que puede ser expresada en la invo- cación Abba. No obstante, la novedad no creemos que esté en la expresión, sino en quien la dice. En este sentido, la invocación Abba es una palabra que tiene que ser descifrada desde la totalidad de la vida de Jesús: sus ac- ciones, sus palabras, sus actitudes, su muerte, su propia conciencia. Sólo desde aquí puede adquirir la fuerza y la importancia que se le ha dado en la teología contemporánea. Desde esta totalidad de vida que revela su ser personal, debemos descubrir quién es el Dios que él nos revela desde su anuncio del Reino y su relación personal con él. Es la totalidad de la per-

sona de Jesús, la que nos descifra e interpreta la revelación de Dios en el tiempo de la Nueva alianza. Jesús es el exegeta del Padre (cfr. Jn 1,18). El tema primero de la doctrina trinitaria es la relación de Jesús y el Padre en su misión por el Reino.

Desde aquí surge una pregunta fundamental. ¿Hay una continuidad o novedad en la imagen y revelación que Jesús nos hace de Dios? Jesús es un judío. Y todo lo que digamos sobre su humanidad lo tenemos que referir a esta condición particular. En este sentido participa de la religiosidad del pueblo de Israel: en su lenguaje, en su piedad y en la comprensión general de Dios y de la religión. El Dios al que él invoca como Padre no es otro que el Dios de Israel al que todo judío piadoso tiene que orar dos veces al día y amar con todo el corazón, alma y mente (Mt 22,36-40). Pero es un judío singular, único. Por eso no podemos subrayar tanto la continuidad de la teología judía y la teología de Jesús que nos lleve a una simple identifi- cación. Se da una continuidad en la mayor discontinuidad. En este sentido, creo que es muy válido el juicio del exegeta Peter Stuhlmacher: «Jesús ha- bla de Dios como Israel y a la vez se hace visible en sus discursos sobre Dios una nueva dimensión de la comprensión de Dios, que es la del Abba: Yahvé puede ser comprendido como Padre (amoroso) de todos aquellos que Jesús ha acogido y que siguen su llamada a la conversión» (Biblische

Theologie des Neuen Testaments, I, Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen

21997, 88). Veamos esta continuidad en la discontinuidad que nos ofrece la

revelación que Jesús hace de Dios como Abba y como él implícitamente se manifiesta como el Hijo (de Dios). Primero en relación con el contexto más amplio de otras tradiciones religiosas y después con el contexto próximo del Judaísmo.

Dios como padre en la historia de las religiones. Hoy está prácticamente

asumida la tesis de los historiadores y fenomenólogos de la religión según la cual la designación de Dios como padre es uno «de los símbolos religio- sos originarios de la humanidad» (G. Mensching, F. Heiler, etc.), uno «de los fenómenos primordiales de la historia de las religiones» (G. Schrenk), aunque no en todas aparece con el mismo valor (J. Martín Velasco). La de- signación a Dios como «padre» es un símbolo originario donde el hombre ha querido significar la prioridad que Dios tiene en el orden de la creación; a la autoridad universal que él tiene sobre todos los hombres; la miseri- cordia y ternura con la que atiende y trata a todas sus criaturas; la relación adoptiva o familiar que tiene el hombre respecto de él; el engendramiento o generación del hijo. Esta forma de designación incluye las ideas de crea- ción, adopción y generación.

Dios como padre en el Judaísmo. Quizá por esta vinculación y relación

excesivamente estrecha entre Dios y la creación, la utilización del título padre en la religión judía es bastante escasa. Esta religión subraya la tras-

cendencia de Dios y no puede concebir que se comprenda la relación entre el mundo de Dios como si se tratase de una generación biológica. El mundo no es una realidad sagrada; es radicalmente distinta de Dios. Dios es Dios y el mundo es el mundo. Aunque la afirmación de esta trascenden- cia y alteridad de Dios respecto a Israel y la realidad mundana no impide que se subraye, por otro lado, la cercanía de ese Dios, su intimidad con el pueblo de Israel, en una palabra, su inmanencia. Nunca en términos de generación biológica, pero no por ello menos íntima y cercana. Por esta razón, no faltan testimonios en los que se habla claramente de la paterni- dad de Dios, no en relación con la creación y generación del mundo, pero sí para expresar cuál es el fundamento de la elección de Israel por Yahvé y para referirse al cuidado providente y paternal que ese Dios realiza con su pueblo. En otras palabras, con la expresión «padre» referida a Yahvé se quiere mostrar la relación que existe entre Yahvé y el pueblo de Israel, tal como podemos apreciar en textos como Ex 20,2-3; Dt 4,7-8; 5,6-7. En este sentido el fundamento para hablar de una relación entre Dios y los hombres como paternidad y filiación no es biológico sino soteriológico. La filiación divina no representa una cualidad natural, sino que se basa en la elección y la redención divinas. Con J. Schlosser podemos decir que hay dos rasgos dominantes que los textos dejan ver con claridad: la autoridad y la bon-

dad. Cuando se considera la relación de paternidad desde el punto de vista

del hijo el acento dominante recae en la autoridad del padre. Considerada desde la perspectiva del padre el acento dominante de la paternidad es la bondad, la solicitud y el amor (cfr. Is 1,2-3; 63,7-64,11; Os 11,1-4).

Dios como Padre en labios de Jesús. Que Jesús se dirigiera a Dios como Abba representa una auténtica novedad en la tradición religiosa judía. En

lo que esta expresión presupone respecto a la conciencia e identidad de Jesús (Hijo) y a la revelación que este hace de Dios (Padre) podemos decir que estamos en el mensaje central del Nuevo Testamento (J. Jeremías). No obstante, no podemos quedarnos con esta única palabra. La revelación que Jesús hace de Dios no se reduce ni puede reducirse al uso y significado de la expresión Abba. La revelación nueva que Jesús nos ofrece tiene que ser comprendida a la luz de su vida y de su destino. Jesús nos revela a Dios como Abba a través de sus parábolas (Lc 15,11-32; Mt 20,1-16; Lc 18,9-14); de los dichos donde explicita la condescendencia de Dios para con los pecadores; y sus acciones mesiánicas, como puede ser la purificación del templo, la comunión de mesa con los pecadores y los milagros que hacen presente y eficaz la soberanía de Dios en el mundo y el inicio de la nueva creación (Mt 11,2-6).

Desde la experiencia única y singular de Jesús expresada en el término

Abba que funda su pretensión manifestada a través de sus acciones y pa-

paternidad de Dios. Yahvé es comprendido desde Jesús, el Padre desde el Hijo. La relación íntima, única y singular de Jesús con Dios, cambió el len- guaje de los discípulos, su conocimiento de Dios. Nunca para ponerse en igualdad de relación con Jesús, el Hijo de Dios, sino para entender desde él la nueva posibilidad de relación con Dios. San Pablo vuelve a reproducir la expresión Abba en Gal 4,4 y Rom 8,15, no para referirse a la oración de Jesús, sino para indicar el don escatológico que reciben aquellos que han recibido el Espíritu del Hijo, el Espíritu del Señor. También es digno de mención que el uso del término «Padre» para referirse a Dios experimentó en la comunidad cristiana un progresivo crecimiento. De los cuatro lugares donde aparece en el evangelio de Marcos (Mc 8,38; 11,25; 13,32; 14,36) a las 120 referencias en el evangelio de Juan hay un desarrollo considerable. Entre ambos extremos están las 17 del Evangelio de Lucas y Hechos y las 30 veces que aparece en el evangelio de Mateo. Esta explosión y proliferación del término Padre en el NT para hablar de Dios no puede entenderse más que por el uso nuevo que Jesús hizo de él para expresar su relación única con Dios y la forma de su relación con los hombres. Ni el uso en el AT o en el judaísmo antiguo, ni el residuo de culturas paganas y patriarcales, expli- can la proliferación de su uso y la riqueza de matices que tenemos en el NT. La razón es cristológica. El NT ve a Dios Padre a través de los ojos de Jesús.