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Use of Excel Program

3. Methodology

3.6 Use of Excel Program

En las tres décadas que siguieron a la consolidación de la independencia la austeridad fue la característica principal de las condiciones de vida de los sectores de mayores ingresos del país, así como la precariedad fue la de los más pobres.

Esos rasgos, que se encontraban presentes a lo largo del territorio, eran más evidentes en el mundo rural. El atraso y la pobreza eran particularmente marcados en los campos, en donde la tenencia de la tierra, las técnicas y herramientas de cultivo y las formas de organización de la fuerza de trabajo hacían -según Darwin- que la “extrema pobreza” fuese un rasgo casi universal. Pues si bien había algunas casas patronales que se destacaban por sus dimensiones, lo cual no necesariamente las hacía confortables, todo lo demás –viviendas, predios, bodegas, cercos, el ganado y las escasas obras de riego- tenían un común denominador y sello distintivo: las instalaciones y los instrumentos eran rudimentarios y estaban marcados por un rasgo similar: el atraso.93

Las casas de la gran masa rural eran generalmente chozas "construidas de ramas de árbol y barro, cubiertas por ramas de totora, rara vez por tejas". Los campos presentaban una apariencia general de descuido y de muy limitado trabajo para su mejoramiento. El “descuido” de las pequeñas propiedades superaba toda descripción; comúnmente contaban con una pequeña choza en cuyo interior era extraño encontrar elementos de “fineza o comodidad”, siendo más habitual una extrema suciedad. El mobiliario era limitado: no eran comunes las sillas y en la “única verdadera habitación [había] sólo una mesa rústica de madera”. En lo que correspondía al dormitorio común de una familia, se encontraban esparcidos por el suelo de tierra jergones confeccionados con sacos y hojas de maíz. Ajenos al mercado, la subsistencia y las necesidades de vestuario del campesino eran

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cubiertas con su propia producción, la recolección, y alguna forma de trueque que realizaba en las haciendas. La dieta estaba constituida fundamentalmente por legumbres y hortalizas producidas en las pequeñas explotaciones, ocasionalmente complementadas con grasa, charqui y, raramente, con carne fresca. Los predios eran trabajados en forma manual, con el auxilio de herramientas rudimentarias, sin que se conociera la preparación de terrenos para la siembra o el empleo de fertilizantes.94

No era mejor la calidad de la vida en las ciudades, salvo la de los reducidos sectores de ingresos altos y medios. Unas pocas aglomeraciones urbanas podían ser calificadas como tales; las más eran pueblos y villas que, como Quillota, San Felipe, San Fernando o Valdivia eran agrupamientos de quintas más que propiedades urbanizadas, con hermosos y dispersos huertos y viviendas; sus calles eran más bien senderos entre las frondosas arboledas.95 De hecho, sólo tres conglomerados calificaban como ciudades: Santiago, Valparaíso y Concepción, pero aún en ellos la vida era austera y junto a limitadas expresiones de bienestar material, era posible encontrar manifestaciones agudas de miseria. Pero, a fines de la década de 1820 y comienzos de la del 30, la apertura al comercio exterior hacía ya sentir sus efectos, especialmente vía Valparaíso.

Internándose en el país, el viajero quedaba impresionado tanto por la majestuosidad del paisaje cordillerano como por la feracidad de los suelos de los valles intermedios. Pero no así por los conglomerados de población; ni siquiera por Santiago. Acerca de ella, tras una breve estadía, Darwin escribió que “nada tenía que decir en detalle: no es tan hermosa o grande como Buenos Aires, pero está construida de acuerdo con el mismo diseño”. Otros fueron más severos y llegaron a declarar que no era de ninguna manera favorable la impresión que la ciudad producía al recién llegado, “aún cuando este [hubiese] vivido suficiente tiempo en América”.96

94

. Bladh., pp. 36-37. Darwin, p. 255. Para una caracterización de las explotaciones agropecuarias en este período, ver Bauer, Chilean, Capítulo I.

95

. Darwin, pp. 247 y 284.

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Hacia fines de los años 1820, Santiago, estructurada según la planta de tablero de damas con manzanas regulares de 125 metros por lado, tenía una población de alrededor de 40.000 habitantes que en su gran mayoría vivían entre la Cañada, el cerro de Santa Lucía, el canal de Negrete y el río Mapocho en un área de casi cuatro kilómetros cuadrados. El núcleo principal de la ciudad estaba constituido por la Plaza de Armas, en torno a la cual se concentraban, el gobierno, la catedral católica, el comercio y las residencias de los sectores de más altos ingresos. La ciudad tenía la apariencia y el ambiente de una gran aldea colonial. No existían, como en otras capitales hispanoamericanas, las grandes construcciones ni las entretenciones públicas.97 El ritmo de la vida capitalina era lento y bucólico, alterado sólo por las convulsiones políticas o alguna festividad religiosa con manifestaciones callejeras, las únicas que tenían carácter masivo. Pero ya las festividades relativas a la Independencia comenzaban a cobrar una creciente popularidad que ayudaban a quebrar la quietud colonial. Así, el solaz público de los santiaguinos estaba confinado a los paseos por la Cañada - boulevard y paseo de los sectores acomodados- y a la Chimba, al norte del río, en donde el pueblo se entretenía en las célebres “chinganas”.

Las mejores aquellas cercanas a la Plaza de Armas; eran amplias y rectas, pero en general su rudimentario pavimento de piedra canteada estaba mal tenido. Contaban con aceras a ambos costados y era muy común que por el centro de la calzada corrieran acequias con aguas del Mapocho; constituían el sector residencial por excelencia. Hacia el costado oeste, por donde se entraba a la ciudad al venir de Valparaíso, las calles eran más estrechas, polvorientas en verano y barrosas en invierno. En ellas había una alta concentración de actividad artesanal cuyos practicantes tenían por costumbre trabajar en las puertas de sus talleres-habitación. También en ese sector eran abundantes los almacenes de los cuales era característico que emanaran “olores no muy agradables al olfato”. Las viviendas de ese sector eran modestas, de no más de dos habitaciones. Por lo general eran

97

. Respecto de este último punto para el caso de México, Juan Viqueira Albán, ¿Relajados o reprimidos?

Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces (México, 1987). Muy

construidas de barro, cuando no de una combinación de ese material y caña, con techo de paja o totora.98

Las casas del sector central, si bien poco atractivas, eran naturalmente de mejor calidad en cuanto a materiales de construcción y de mayores dimensiones. Estaban edificadas en amplios terrenos, eran austeras, pobres en ornamentación y, por lo general, eran oscuras pero espaciosas. La gran mayoría de ellas era de un piso, edificada con “los dichos adobes” y formaban tres o varios cuadrados o patios cerrados, en línea. El primero, que siempre era limpio y bien pavimentado con cantos rodados, con un jardín y terraza en el centro, encerraba el corpus logis de la casa; el segundo patio contenía la cocina, las habitaciones de los sirvientes y algunas bodegas de comestibles; el tercero era usado para algunas dependencias, los animales domésticos y para bodegas en donde se guardaba los alimentos, el carbón y la leña; habitualmente también se encontraba una noria en este recinto y se guardaban animales: aves de corral y caprinos. Las puertas de entrada a estas casas eran de madera y de grandes dimensiones y la bóveda que las contenía formaba un hermoso frontispicio que era la única decoración destacable de su exterior. En el interior, las habitaciones eran altas y espaciosas, dotadas de grandes ventanas que se abrían hacia el interior y flanqueadas en su exterior por pesadas rejas de fierro forjado enclavadas en las paredes; formaban ellas elegantes formas que representaban diversas alegorías, lo cual contribuía a alegrar la sobria apariencia de la edificación.99 En términos de edificios públicos destacables, éstos eran muy escasos. Entre los religiosos se contaban un vasto número de iglesias, capillas, seis monasterios, cuatro conventos y la catedral, un gran edificio de piedra sin terminar. Entre los públicos, se destacaba la casa de Moneda, “más grande que la catedral, sin estuco y deteriorado".

En el costado norte de la Plaza de Armas se encontraba el palacio de gobierno, cuyo frontis ocupaba casi la mitad de la cuadra. Los juicios sobre él eran implacables: “un edificio feo, sin simetría, con tres torres. También funcionaban en ese edificio la Corte Suprema de Justicia y la policía de la ciudad, las oficinas del

98

. Poeppig, p. 82.

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notario público y un recinto para detenidos”. Se destacaban por sus dimensiones más que por su estilo, el antiguo edificio del Consulado, en donde funcionaba temporalmente el Congreso Nacional. En la calle de la Compañía estaba el de la aduana, el que aunque de buena construcción más allá de sus puertas y en sus oficinas albergaba “la más absoluta suciedad, de lo cual sus escalas eran un repugnante testimonio, como también la flojera de sus empleados”.100

En el costado sur, en un amplio portal había un buen número de tiendas "decentes, algunas hasta elegantes y bien provistas de toda especie de artículos". Pero en términos generales, el comercio de Santiago seguía siendo limitado; tanto así que una gran proporción de él, en particular el de alimentos perecibles y de vestuario y calzado, continuaba siendo callejero. Muchos de los productores de las chácaras de los alrededores de la ciudad concurrían a ella a tempranas horas a ofrecer sus productos en las calles para terminar su actividad en plena plaza; al atardecer, esta era ocupada por los artesanos, especialmente, quienes desarrollaban allí otra dimensión de su actividad, la comercial.101

Un rasgo de la vida capitalina que comenzaba a destacarse como complemento del auge comercial, al igual que en Valparaíso, eran los robos. Los esfuerzos que se hacían para combatirlos, aunque serios, no eran del todo exitosos. A fines de los años 1820 se estableció en Santiago un cuerpo de “serenos” con el objeto, entre otros, de prevenir asaltos; “conocidos y honorables ciudadanos” se ubicaban cada noche en las esquinas de la parte más poblada de la ciudad. Con relación a los asaltos, su labor parece haber sido efectiva. Estos disminuyeron considerablemente en los años 1828 y 1829. No así los robos, especialmente en las tiendas que vendían artículos importados: el despertar de la fascinación chilena por los bienes importados era más fuerte que el resguardo policial.102

Hacia el sur, en un medio convulsionado por una década de acciones militares, montoneras y bandidos, sólo Concepción podía recibir, con alguna generosidad, el calificativo de ciudad. Situada en territorio de frontera, vivía a fines

100

. Ibid., p. 108.

101

. Ibid, p. 45. Aún a comienzos de la década de 1850 la práctica del comercio callejero y de plaza continuaba siendo común; véase Alberto Blest Gana, Martín Rivas (Santiago, 1956), pp. 23-24.

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de la década de 1820 más bien de las venturas de antaño, cuando era la cabeza de una campiña próspera en ganadería y cultivos e importante plaza militar.103

Con cerca de seis mil habitantes y una actividad social estimulada por los acontecimientos políticos, Concepción no era, sin embargo, atrayente para el recién llegado. La entrada a ella era desde ya poco auspiciosa, pues se cruzaba “a través de una larga fila de chozas aisladas, construidas sobre las ruinas de edificios más hermosos y se llega[ba] a la plaza en medio de muchos restos de incendios”. La ciudad no se recuperaba aún de sus heridas de guerra ni del rigor de la naturaleza. De importante centro administrativo y militar durante la administración hispana, había derivado a la condición de empobrecida y reducida capital provincial; a ser residencia de los empleados de la aduana de Talcahuano y asiento de una pequeña guarnición. Pero antiguas familias continuaban residiendo allí, aunque fuese alimentándose sólo de “sus linajes y riquezas acumuladas antaño” y después de que la ciudad fuese duramente castigada por el terremoto de 1835.104

Sin embargo, la ciudad, a través de muestras de su anterior prosperidad, que en términos de riqueza, prestigio social y aún de poder político, la hicieran rival de Santiago, comenzó a remontar los efectos que sobre ella habían dejado sentir las campañas militares recientes. De tal manera, a fines de los años 1820, sus rectas y amplias calles de aceras pavimentadas con piedra canteada conducían a amplias plazas rodeadas de jardines y hermosas casas. Pero el otrora espléndido palacio arzobispal mostraba serios deterioros, al igual que el edificio que cobijaba las oficinas del gobierno provincial. En el área residencial, las casas eran “generalmente amplias, espaciosas y construidas con un delicado gusto, muchas de ellas de dos pisos”.105

Por aquellos mismos años se apreciaban algunas señales de reactivación, especialmente por el lado de la reanudación de las exportaciones de cereales al Perú a través de Talcahuano. Allí, desde comienzos de la década de 1820, el comercio se incrementó significativamente. También comenzaron a recalar

103

. Marcello Carmagnani, "La producción agropecuaria de chilena. Aspectos cuantitativos, 1680-1830", en

Cahiers des Ameriques Latines, Nº 3, 1969, pp. 3-21. 104

. Bladh, p. 137. Para los daños causados por el sismo, Darwin pp. 134-135.

105

numerosos navíos de diferentes procedencias, que sólo cargaban trigo y harina como antaño, sino también tablas, listones, vigas y sebo, tanto para Valparaíso como para Callao, después de haber descargado manufacturas. Ese incremento en el tráfico comercial constituyó un muy oportuno estímulo para las actividades regionales deprimidas por largo tiempo.106

Las ciudades chilenas de la época, si bien no eran complejas en cuanto a su composición social, eran altamente estratificadas. Los sectores de más altos ingresos estaban constituidos por dueños de la propiedad urbana, la tierra suburbana y rural, que en algunos casos también eran grandes comerciantes que desde mediados del siglo XVIII habían adquirido tierras.107 Más abajo en la escala había un reducido número de empleados públicos - civiles y militares- y del comercio. En Valparaíso, esa norma era rota por la presencia estimada de alrededor de tres mil extranjeros, la mayor parte de los cuales se hallaba comprometida en la actividad comercial y fueron muy influyentes en determinar las características que adquirió la ciudad desde los puntos de vista físico, social y cultural.

La mayoría de los pobladores de las ciudades estaba constituida por individuos que se desempeñaban en el sector servicios -especial aunque no exclusivamente en el doméstico -, la producción y comercialización de bienes artesanales, y en el trabajo agrícola en las chacras de los extramuros. Existía además un número considerable de “peones urbanos”, cuyas ocupaciones comprendían todos los oficios “que excluyen toda inteligencia profesional”, como el de “auxiliares a los albañiles, a los carpinteros, a los fabricantes de tapias, a los cultivadores, etc.”, ocupaciones que desempeñaban “siempre con una desesperante lentitud”.108

106

. Poeppig, pp. 153-155. Carmagnani, pp. 4-5.

107

. Según Mario Góngora, los sectores de altos ingresos en el período colonial constituyen una “Clase terrateniente y ciudadana, medianamente abierta, y en que el poder procede de varios factores acumulativos, nunca de uno sólo: posesión de casas principales, de chacras, viñas, estancias importantes, grandes ganados,…de la ascendencia, del matrimonio prestigioso, los cargos públicos”, cf, Encomenderos y

estancieros (Santiago, 1970). pp. 125-126. Estas características no parecían haber variado fundamentalmente

hasta 1840.

108

También entre los trabajadores manuales existía una marcada estratificación. Reflejo de prácticas forjadas a través de casi tres siglos y de un sistema económico en que todo giraba en torno a la figura del patrón - urbano o rural -, la servidumbre doméstica se consideraba por encima del artesano y del pequeño comerciante, quienes a su vez miraban “con desdén”, al peón. Entre los artesanos las jerarquías dependían de las destrezas, el consumidor y el ingreso; el oficio más lucrativo era el de cigarrero, aunque a fines de los años veinte ya había comenzado su declinación. Más abajo en la escala venían los curtidores, los relojeros y los joyeros, todos oficios lucrativos; más atrás aún se situaban los carpinteros, los fabricantes de instrumentos, los panaderos, los vidrieros y los pintores, que “rendían lo suficiente”. Finalmente, como consecuencia de la creciente competencia de los productos importados los menos prósperos: los zapateros - exceptuados los boteros de damas- y los sastres.109

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