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4.5 Evaluations

4.6.2 Using Athletic Data

Borger y Frank Cioffi, Cambridge University Press, Cambridge, 1970, pp. 480-481.

La propuesta de tratar los sueños como, de algún modo, “recuerdos nocturnos” constituye otro típico ejemplo de lo que Wittgenstein llamaría una extensión de un concep­ to, en este caso del concepto de recuerdo, que Freud tie­ ne tendencia a presentar como un descubrimiento. Según Grünbaum, los críticos que encuentran muy sospechosas afirmaciones como las que acaban de citarse comenten el error de olvidar que Freud ha estimado, al menos durante cierto tiempo, que estaba en posesión de un argumento decisivo que constituía una respuesta adecuada a sus obje­ ciones.

Si el argumento de la concordancia hubiera sido real­ mente probado, habría permitido afirmar que “el éxito del tratamiento psicoanalítico en su conjunto testimonia sobre la verdad de la teoría freudiana de la personalidad, inclui­ das sus etiologías específicas de las psiconeurosis e incluso su teoría general del desarrollo psicosexual” (ibíd., pp. 140- 141). Igualmente habría tenido como corolario que el méto­ do psicoanalítico “tiene la extraordinaria capacidad de vali­ dar sus aserciones causales mayores por investigaciones esencialmente retrospectivas, sin tener que asumir la obli­ gación de estudios longitudinales prospectivos utilizando controles (experimentales). Sin embargo, estas inferencias causales no están viciadas por la falta del post hoc ergo

propter hoc ni por otras conocidas trampas de la inferencia

causal” (ibíd., p. 141). Es inútil insistir sobre lo que una conclusión de este tipo tendría de fatal para todas las inter­ pretaciones que, como es el caso, en particular el de W itt­ genstein, niegan que Freud haya conseguido poner a pun­ to un método, inédito y absolutamente nuevo en su género, para la investigación y el descubrimiento de causas. Pero el mismo Grünbaum no piensa que Freud haya logrado darle al argumento de la concordancia una forma realmente pro­ baba y estima, por otro lado, que ha sido obligado a recon­ siderarlo a partir de 1926 hasta terminar por abandonarlo, porque se ha dado cuenta de que sus dos premisas causa­ les, que durante decenios había considerado empíricamen­ te justificadas, estaban seriamente puestas en cuestión, por una parte, por la existencia de remisiones espontáneas, y por otra, por la inestabilidad y precariedad de los resulta­

dos terapéuticos obtenidos por el tratamiento psicoanalíti- co (cfr. ibíd., p. 160).

No estoy del todo seguro, por mi parte, de que el pasaje crucial de las Vorlesungen tenga realmente el sentido de la “afirmación audaz” de la tesis de la indispensabilidad cau­ sal. Más razonable me parece suponer que Freud ahí sim­ plemente responde, como lo hace en otras ocasiones, a la objeción que plantea la sugestionabilidad del paciente, des­ tacando, más modestamente, que, si las sugestiones realiza­ das por el psicoanalista no correspondieran a hechos que le concerniesen, sus conflictos no serían reparados y sus resis­ tencias suprimidas, lo que no implica, parece, ninguna con­ secuencia que directamente concierna a las posibilidades de éxito o los riesgos de fracaso de otros métodos de tratamiento distintos de los del psicoanálisis. Sea lo que sea, el argumento de la concordancia prueba quizá que Freud era, como lo afir­ ma Grünbaum, un epistemólogo mucho más consciente e incomparablemente más sofisticado de lo que han recono­ cido incluso sus críticos más simpáticos. Pero no es posible -y en el fondo es lo único esencial- extraer, de la opinión del propio Grünbaum, una respuesta adecuada al escepticismo causal de críticos como W ittgenstein, incluso aunque sea exacto que éste tiene necesidad de ser argumentado bastan­ te más de lo que el mismo Wittgenstein ha hecho o incluso ha podido hacer.

Lo menos que puede decirse es que la posición a la que finalmente llega Freud respecto a la realidad de las escenas infantiles que el análisis hace volver a la memoria del pacien­ te no es ni muy clara ni muy satisfactoria. En el relato del caso del hombre de los lobos, dice de la escena primitiva que tiene por contenido “la imagen de una relación sexual entre los padres en una actitud particularmente favorable a ciertas observaciones”:

Tomemos como premisa indiscutida que una esce­ na semejante haya sido técnicamente bien reconstrui­ da, que sea indispensable para la solución bien coordi­ nada de todos los enigmas de la sintomatología que posee la neurosis infantil, que todos los efectos emanan de ella, incluso que todos los hilos del análisis ahí con­

ducen; entonces, atendiendo a su contenido, es impo­ sible que sea otra cosa que la reproducción de un hecho real vivido por el niño. Porque éste, y en eso se parece al adulto, no puede producir fantasmas sino en cone­ xión con material que ha tomado de una fuente o de otra; y, en el niño, los caminos de esta adquisición Qa lectura, por ejemplo) están en parte cerrados, el tiem­ po que dispone para la adquisición es limitado y fácil de explorar en cuanto a esas fuentes (Cinco psicoanáli­

sis, pp. 364-365).

Sin embargo, aunque se opone a la teoría según la cual las escenas infantiles no serían a fin de cuentas sino fantas­ mas regresivos, Freud admite que podrían serlo sin que eso cambie algo en el problema que tiene que resolver el analis­ ta y en su modo de tratarlo: “El analista deber hacer exacta­ mente como alguien que tuviese una ingenua confianza en la realidad de esos fantasmas. No será sino al final del análi­ sis, cuando esos fantasmas hayan sido puestos a la luz, que se manifestará una diferencia” (ibíd., p. 360). Sería pues, de todos modos, indispensable, aunque sólo fuese para obte­ ner la cooperación del enfermo, hacer como si esos fantas­ mas se correspondiesen a sucesos reales. Finalmente, Freud admite que el asunto de saber si los fantasmas en cuestión tienen o no un valor objetivo no tiene importancia real:

Ciertamente me gustaría saber si la escena primiti­ va, en el caso de mi paciente, era un fantasma o un suce­ so real, pero, teniendo en cuenta otros casos parecidos, es preciso convenir en que en el fondo no es muy impor­ tante que esta cuestión sea zanjada. Las escenas de obser­ vación del coito de los padres, de seducción en la infan­ cia o de amenaza de castración, son indudablemente un patrimonio atávico, una herencia filogenética, pero tam­ bién pueden constituir una adquisición de la vida indi­ vidual. En el caso de mi paciente, la seducción por la hermana mayor era una realidad evidente; ¿por qué no habría de ocurrir lo mismo con la observación del coi­ to paterno?

La prehistoria de las neurosis nos lo enseña: el niño ha recu­ rrido a esa experiencia filogenética allí donde la experiencia

personal no es suficiente. Completa las lagunas de la verdad individual con la verdad prehistórica, reemplaza su propia expe­ riencia por la de sus ancestros” (ibíd., pp. 399-400).

La impresión que dan es que esos sucesos de la infancia están de un modo u otro necesariamente exi­ gidos, pertenecen a la constitución de hierro de la neu­ rosis. Si son contenidos reales, bien; si la realidad los ha refutado, entonces es que han sido instaurados a partir de indicaciones y complementados por la imaginación. El resultado es el mismo, y hasta ahora no hemos lle­ gado a establecer alguna diferencia en las consecuen­ cias, según haya sido la imaginación o la realidad la que ha tenido la mayor parte en estos sucesos infanti­ les (Vorlesungen, p. 292).

En otros términos, siempre es posible, en caso de nece­ sidad, reemplazar el recuerdo de un suceso que realmente ha tenido lugar en la vida del individuo, por el recuerdo, depositado en la memoria de la especie, de sucesos que tal vez tuvieron lugar en una época remota de su historia. La segunda posibilidad es capaz de asumir exactamente el mis­ mo papel etiológico que la primera. El inconveniente de esta suposición es que vuelve, repentinamente, casi inútil todo intento de probar realmente la interpretación respecto a los hechos de la historia individual cuya realidad es, bastante a menudo, imposible de establecer con certeza, despejando cualquier duda. No es fácil, así, no concluir sobre este pun­ to, lo mismo que Cioffi: “Con la posibilidad de remitirse a la herencia filogenética Freud se priva a sí mismo de toda manera de descubrir que sus reconstrucciones son erróneas y sus principios de interpretación inválidos, lo que quiere decir que se priva de toda razón para creer que son verda­ deros” (Wittgenstein s Freud, pp. 202-203).

Pero efectivamente no tiene mayor importancia el que las reconstrucciones de Freud sean verdaderas o falsas si, como cree W ittgenstein, son aceptadas esencialmente en razón de la enorme atracción que poseen, es decir, recibi­ das espontáneam ente como explicaciones que deben ser verdaderas, y no como hipótesis de las que es importante saber si son o no verdaderas. Los sucesos a los que se refie­

ren son, como aquéllos de los que se trata en los mitos, acontecimientos que han debido de ocurrir, y no sucesos de los que se tenga que saber si lo han hecho o no. La cues­ tión de su realidad histórica es, quizá, imposible de resol­ ver, pero sobre todo es una cuestión que carece de toda per­ tinencia. Si Wittgenstein hubiera tenido la ocasión de leer los pasajes que acabamos de citar, habría encontrado una confirmación suplementaria de su idea de que el alivio apor­ tado por las explicaciones “históricas” que propone el psi­ coanálisis es comparable al que procuran los relatos que conectan los aspectos y los episodios más problemáticos de la vida individual con los sucesos míticos que alcanzaron, en una época lejana, a la vida de la especie. Lo que nos satis­ face en estas explicaciones es, primordialmente, la necesi­ dad y el carácter trágico que confieren a sucesos que están a primera vista desprovistos de todo ello:

Freud se refiere a distintos mitos antiguos [...] y pre­ tende que sus investigaciones explican cómo han podi­ do ser concebidos y propuestos mitos de ese tipo.

Pero de hecho Freud hace algo diferente. No da una explicación científica del mito antiguo. Lo que hace con­ siste en la propuesta de un nuevo mito. El carácter atra­ yente que tiene, por ejemplo, la sugerencia de que toda ansiedad es la repetición de la ansiedad del trauma del nacimiento, es exactamente el carácter atrayente de toda mitología. “Todo esto es el resultado de algo que ocu­ rrió hace mucho tiempo”. Es casi como si se refiriese a un tótem. Podría decirse casi lo mismo de la idea de una “Urszene”. A m enudo tiene el efecto seductor de dar una suerte de configuración trágica a la vida de cual­ quiera. Todo es la repetición de la misma configuración que ha sucedido hace mucho tiempo. Como un perso­ naje trágico que porta los decretos que el destino le ha impuesto en su nacimiento. Muchas personas, en un cierto m om ento, tienen un profundo tedio - lo sufi­ cientemente grave para llevarles a ideas de suicidio-. Es natural que esto aparezca ante los demás com o algo sucio, como una situación demasiado repugnante para ser un asunto trágico. Y por eso puede ser un inmenso alivio el que sea posible mostrar que nuestra vida tiene una configuración que más bien es la de una tragedia

- e l desarrollo trágico y la repetición de una configura­ ción que ha sido determinada por la escena primitiva (Urszene)-. En el buen entendido de que permanece la dificultad de determinar qué escena es la escena primi­ tiva - s i es la escena que el paciente reconoce como tal o si es aquella cuya rememoración produce la curación. En la práctica estos criterios están mezclados (Lectores

and Conversations, p. 51).

Capítulo 4

La psicología pertenece a un dom inio ratioide y la multiplicidad de sus hechos no es infinita en absoluto, como lo ilustra la posibilidad de que exista como cien­ cia empírica. Lo que es de una incalculable diversidad , son los motivos psíquicos, y la psicología no tiene nada que ver con ellos [Roben Musil, Skizze dar Erkaintnis des

Dichters (1918)].

Moore recuerda que, en sus Lecciones de los años 1930-1933, Wittgenstein decía de los discípulos de Freud que la confu­ sión cometida inicialmente entre la causa y la razón les había conducido a cometer un “abominable enredo” (p. 316). En el Cuaderno azul, Wittgenstein se explica del modo siguiente respecto a la diferencia que Freud habría ignorado:

La proposición según la cual una acción tiene tal o . cual causa es una hipótesis. La hipótesis está bien fun­

dada si se ha tenido un número de experiencias que, hablando toscamente, concuerden en mostrar que la acción es la secuela regular de ciertas condiciones, que entonces llamamos causas de la acción. Para conocer la » razón que se tuvo para formular un cieno enunciado, para actuar de un modo determinado, etc. no se nece­ sita ningún número de experiencias concordantes, y el enunciado de la razón no es una hipótesis (p. 15; trad. cast., pp. 42-43).

Para que el suceso A pueda ser considerado como la cau­ sa del suceso B, es preciso que se haya verificado sobre un número suficiente de casos particulares que sucesos del tipo A son regularmente seguidos por sucesos del tipo B. Pero en el buen entendido de que es concebible que se produzca un suceso del primer tipo sin que sea seguido por uno del segun­ do. La relación de causación (Veursachung) es, pues, hipoté­ tica en un sentido en que la relación que une una razón a la acción que ella explica (Begründung) no lo es. Lo propio de la razón es poder ser reconocida como tal por aquel para el * que lo es, sin que sea necesaria una inferencia inductiva. Aho­ ra bien, o Freud formula hipótesis causales y en ese caso tie­ ne que intentar verificarlas por métodos que no pueden ser

los que él emplea, o bien propone e impone razones, y la aceptación de una razón nada tiene que ver con la acepta­ ción de una hipótesis explicativa de tipo causal, ni siquiera con hipótesis alguna. Desde luego, es posible que el psico­ analista se vea conducido, a lo largo de la cura, a proponer a título hipotético razones de diversa índole, puede incluso estar convencido bastante antes del fin del proceso de cono­ cer la verdadera razón del comportamiento del analizado, y que, pese a todos sus esfuerzos, fracase a la hora de hacerle admitir que ésa era la razón de su conducta. Pero Wittgens- tein sostiene que una razón simplemente posible es bastan­ te diferente de una supuesta causa, en el sentido de que aqué­ lla es presentada como algo que el agente podría en principio (re)conocer; y cuando es aceptada, lo que hace esencialmente de ella la razón del comportamiento por explicar es el hecho de que el interesado la reconozca como tal.

A decir verdad, la situación es más complicada de lo que podría parecer a primera vista, pues es difícil, por ejemplo, subordinar en todos los casos la percepción de una rela­ ción causal a una experiencia repetida de la consecución de los dos sucesos concernidos. ¿No hay y no tiene que haber casos en los cuales estam os en situación de apre­ hender instantáneamente la causa y conocerla inmediata­ mente con una certeza total? En las Investigaciones filosófi­

cas, después de haber evocado la idea de que, en la lectura,

experimentamos interiormente una suerte de causalidad de los signos que vemos sobre las palabras que pronunciamos, Wittgenstein añade:

¿Por qué me dices que sentimos una causación? La causación es seguramente lo que establecemos median­ te experimentos, observando, por ejemplo, la coinci­ dencia regular de procesos. ¿Cómo podría yo decir, pues, que sentí lo que se establece de esa manera mediante experimentos? (Es bien cierto que no sólo establecemos la causación mediante la observación de una coinci­ dencia regular.) Más bien pudiera decirse que siento que las letras son la razón por la que leo tal y cual. Pues si alguien me pregunta “¿Por qué lees así?” -entonces yo lo justificaría mediante las letras que están ahí (§ 169; trad. cast., p. 173).

En un manuscrito de 1937 sobre la causa y el efecto, Witt- genstein se pregunta si se puede decir, como hacía Russell, que la causa es conocida por intuición antes de serlo por la repetición de experiencias. Y admite que hay una experien­ cia que cabe llamar “experiencia de la causa” (sabemos inme­ diatamente que el dolor proviene del golpe recibido), “pero no porque nos muestre infaliblemente la causa, sino porque ahí tenemos, en el hecho de buscar la causa, una raíz del jue­ go de lenguaje de la causa y el efecto”68. El juego de lenguaje de la determinación de las causas no habría nacido si no exis­ tiese en su origen un comportamiento instintivo consisten­ te en buscar la causa e intentar suprimir el efecto suprimiendo la causa:

Nosotros reaccionamos a la causa.

Llamar a algo “causa” es análogo a señalar y decir: ¡Es culpa suya!

N os alejamos instintivamente de la causa, cuando no queremos el efecto. Miramos instintivamente desde lo que es golpeado a lo que golpea. (Supongo que lo hacemos.) (ibíd., cfr. p. 399).

Aun teniendo en cuenta esta importante precisión, el jue­ go de lenguaje de la investigación de las causas no es por ello menos diferente, en lo que respecta a su “gramática”, del jue­ go de lenguaje que consiste en buscar razones o justificacio­ nes. Wittgenstein, como siempre, descarta la posibilidad de considerar como una diferencia secundaria el hecho de que las razones y las causas no sean descubiertas y reconocidas del mismo modo. Y, como tuvimos ya la ocasión de subrayar al comienzo, entiende que el peor modo de intentar recons­ truir la unidad perdida entre ellas sería considerar a las razo­ nes como causas “sentidas”, causas experimentadas desde el interior. Rechaza, pues, explícitamente la teoría defendida por Schopenhauer según la cual: “La motivación es la causalidad vista desde el interior. Y en consecuencia se presenta de otro modo, en otro medio, y para otro tipo de conocimiento: por