• No results found

Posiblemente cuando el mariscal don Jorge Robledo escogía en Murgia o puedo de la sal (Hoy Heliconia), en la última década del mes de agosto de 1541 los veinte infantes que el mando de su teniente Jerónimo Luis Tejelo y provistos de doce caballos debían pasar la cordillera por una marcada depresión que en ella se observaba, no llegó a imaginarse que este pequeño grupo de bravos conquistadores estaría bien pronto hollando con sus plantas el valle donde en un pretérito, si bien un poco lejano, se asentaría una de las más bellas y progresistas ciudades, centro de una raza fuerte y altiva que ha dado a la república varones de talla consular y matronas que honrarían a la misma Roma. Pero lo que no se imaginó Robledo quizá sí lo pudo prever don Gaspar de Rodas, pues parece que fue bien nítida su clarividencia hacia el porvenir cuando después de conocerse todo lo que hoy es el departamento de Antioquia consiguió que el cabildo de la ciudad madre, cuyo cuarto centenario está conmoviendo las fibras todas de la raza, y con la aprobación de don jerónimo de Silva, gobernador de Popayán, le hiciese la concesión de tres leguas de tierra cercanas al morro que antes llevó el nombre de Marcela de la Parra, luego de los Cadavides y actualmente de Nutíbara, como homenaje al valiente cacique de ese nombre que con su hermano Quinunchú como lugarteniente se enfrentaron a los españoles, según lo refiere Fray Pedro Simón, con un ejército numeroso “en tan compuesto orden y disciplina militar, tan relumbrantes de brillantes joyas y patenas de oro fino, con tan levantados penachos de fina y vistosa plumeria” que produjeron positivo asombro a los acompañantes del bizarro conquistador don Francisco César.

Del cruce de estas razas, de la fusión de la sangre del braco conquistador español con la descendencia del valiente indígena americano debía surgir la de este conglomerado antioqueño que tan eficaces servicios prestó a la causa de la independencia americana.

Fueron tantos los antioqueños que en la hora de la emancipación americana contestaron a lista que bien pueden quedarse muchos sin llegar a mi memoria, pero para ellos consagro primeramente el más emocionado tributo de agradecimiento y ante sus tumbas coloro ramos de laurel recogidos en estas montañas.

Bien pudiera exclamar imitando a Darío: Allá viene el cortejo, el gran cortejo de los paladines.

En orden alfabético encabeza JUAN DE DIOS ARANZAZU, quien vino al mundo el 8 de marzo de 1798 y fue hijo único del matrimonio de don José María Aranzazu, caballero español de las provincias vascongadas, y doña María Antonia González, dama culta e inteligente. Sus primeros años los pasó recreando su espíritu con la visita de los muy hermosos valles de La Ceja y Rionegro y cuando ocurrieron en Santafé los sucesos del 20 de julio de 1810 el niño Aranzazu estaba en el colegio mayor y seminario de San Bartolomé siguiendo el curso de filosofía que dictaba el muy ferviente patriota doctor Custodio García Rovira: a pesar de su corta edad era tal su entusiasmo por las ideas de independencia que en asocio de compañeros mayores que él salió a las calles a satisfacer su patriótica curiosidad. Luego lo enviaron a Maracaíbo, donde algunos de sus familiares tenían una casa de comercio, profesión a la cual querían que se dedicara, pero ya las ideas de emancipación habían entrado muy hondo en su espíritu y por ello se comprometió en la tentativa que para sacudir el yugo hispano hicieron algunos patriotas de la región del Zulia, pero frustrado este movimiento la familia se vio precisada a alejarlo de Venezuela enviándolo a España a continuar sus estudios, ya que solo por el crédito de que gozaban sus familiares pudo escapar de Sr. juzgado.

Víctima de un naufragio, ante la orden de aligerar el peso del barco, su criado Martín se vio precisado a arrojar sobre las enfurecidas olas del mar de las Antillas el baulito que contenía los fondos para la subsistencia. La nave llevada fuertemente por la furia del mar se apartó completamente de su ruta para internarse en el golfo de México y llegar a Veracruz donde desembarcaron sin un centavo. Allí el fiel criado se colocó como enfardelador, pero Juan de Dios, a quien su nobleza no le permitía soportar esta situación, buscó empleo y lo halló en una casa de comercio donde le pusieron como tacha la forma de su letra; mediante el esfuerzo de su voluntad adquirió otra forma clara, unida y hasta elegante.

En sus viajes por las Antillas y otros países más civilizados leyó mucho y por ello adquirió bien marcado desarrollo en sus facultades intelectuales, consiguiendo al mismo tiempo una gran experiencia de la vida que se puso en evidencia al regresar a la provincia de Antioquia atacado por cruel enfermedad nada podía hacer por la causa de la independencia en forma persona, pero sí la favorecía en todo cuando lo permitían sus circunstancias. Formó parte de los congresos de 1823 en adelante y en ellos se destacaron siempre sus actuaciones dando claras muestras de su preparación en política, en economía y en legislación. Tocóle ejercer como gobernador de Antioquia en 1831, poco después de haber

sido debeladas en el combate de Abejorran (abril 13) las fuerzas que al mando del coronel Carlos Castelli sostenían en esta sección del país la dictadura del general Urdaneta; propendió durante su gobierno por el bienestar de la provincia y abogó por un camino que pusiera en comunicación la ciudad de Antioquia con un punto del río León que cómodamente fuese navegable para facilitar la salida al golfo de Urabá. Más tarde le tocó ejercer la presidencia de la república en su carácter de presidente del consejo de Estado y en circunstancias por cierto bien difíciles, pero supo resolver con gran acierto todos los problemas que se le presentaron.

JOSE MARIA ARRUBLA Y MARTINEZ. –Nació este dilecto hijo de la señorial ciudad de Santa Fe de Antioquia el día 4 de mayo de 1780 y su nacimiento debió constituí la más sana alegría en el hogar de sus padres don Juan Pablo Pérez dice Arrubla y Doña Rita Martínez. Verdadero privilegio nacer y pasar los primeros años de la niñez oyendo los rumores del Cauca y del Tonusco y sumergir el cuerpo entre sus aguas al mismo tiempo que se contempla el abanicarse de las palmeras mecidas por la brisa y los abundantes frutos de los cocoteros y demás especies que la naturaleza regó a manos llenas donde se mecía la cuna de la raza.

Coronó el señor Arrubla sus estudios en la carrera de las leyes en los claustros del colegios de San Bartolomé en Bogotá donde tuvo profesores de la talla del doctor Crisanto Valenzuela y luégo se dedicó al comercio y viajó por Europa, de donde regresó para contraer matrimonio en la capital del virreinato en el año de 1803 con la distinguida dama doña Ignacia de Herrera.

El movimiento del 20 de julio lo pudo contar entre los más entusiastas sostenedores, militó en el partido centralista e hizo parte de la junta de gobierno que Nariño, como presidente de Cundinamarca, dejó en la capital cuando en 1812 las circunstancias lo forzaron a salir para Tunja con la expedición militar y en tal carácter el señor Arrubla, según lo refiere el historiador Restrepo, “dio una proclama en que hablaba mal de los reyes y procuraba extender las ideas republicanas”.

Por sus actuaciones su nombre entró a figurar entre toda esa pléyade gloriosa de próceres y mártires que se sacrificaron para legarnos patria grande y libre. Por orden de Morillo fue fusilado el 10 de septiembre de 1816, en asocio de don Manuel García, don Manuel Bernardo Álvarez y don Dionisio Tejada; estos dos últimos habían desempeñado los cargos de gobernadores de Cundinamarca y Antioquia respectivamente. Fue asombrosa su serenidad en el momento de subir al patíbulo, pues con su pañuelo sacudió el polvo que lo cubría.

Hay qué abrirle paso ahora a la gallarda figura de JOSE MARIA CORDOBA, que nació el 8 de septiembre de 1799, trayendo en sus venas sangre del gran capitán DON GONZALO FERNANDEZ DE CORDOBA, pues de ese bravo de la ciudad de los Califas descendía su padre don Crisanto, quien deseaba que José María se dedicase a las actividades comerciales y por ello lo llevó en su compañía hacia el Atlántico en asuntos de esa índole, pero quiso la diosa libertad que cayeran prisioneros de una cuadrilla de realistas con cuyo tratamiento el joven José María se fue empapando del ambiente revolucionario que ya se agitaba y por ello lo vemos, después de estudiar matemáticas con el sabio Caldas, entregarse de lleno a la lucha por la libertad, sentar plaza en las filas de los patriotas como ayudante del bravo Coronel Serviez, lleno de júbilo asistir al combate de El Palo que se decidió a favor de los patriotas y seguir en una gloriosa carrera de triunfos a través de Veinticuatro y Achaguas, El Yagual, Ortiz, El Sombrero y Calabozo, Boyacá, Chorrosblancos, Majagual, Tenerife, Cartagena, Pichincha y Junín, hasta llegar a Ayacucho, donde con su voz de mando no conocida hasta entonces de “Armas a discreción, paso de vencedores” enardeció hasta el infinito los soldados de su división y contribuyó eficazmente al definitivo rompimiento de las cadenas con las cuales la madre patria tenía los pueblos de América, desde cuatro centurias antes, atados a su poderío. Esa frase pronunciada por quien era un Apolo en hermosura y a quien la gloria no dejaba de sus manos, para lanzarse al mismo tiempo sobre los escuadrones enemigos, debía producir el efecto que produjo. Es doloroso recordar cómo terminó su vida este valiente, asesinado villanamente por un mercenario extranjero, quien después de ser juzgado y condenado a muerte se fugó de la prisión para refugiarse en Venezuela, cuyo gobierno no sólo negó la extradición sino que lo incorporo a su ejército, lo rodeó de garantías y después de concederle pensión vitalicia la ciudadanía caraqueña lo hizo miembro de la municipalidad y profesor de inglés en algunos establecimientos de educación.

Del brazo de José María debe pasar a la senda que conduce a la inmortalidad su hermano SALVADOR CORDOBA, que nació el 17 de mayo de 1801, el 29 de agosto de 1819 entró a servir como cadete, obtuvo que a los dos meses justo se le expidiera el despacho de alférez abanderado del batallón “Cazadores de Antioquia” con funciones de subteniente de granaderos y le tocó asistir a la batalla de Chorrosblancos, que se considera como una de las quince que decidieron la independencia, pues con ella se impidió la reunión del virrey Sámano que estaba en Cartagena con el Presidente de Quito y las fuerzas de éste que tenían ocupado el Cauca. El 14 de mayo de 1820, con célebres y audaces estrategías ocupó el Nechí, que como llave de entrada a la provincia de Antioquia era de suma importancia para los republicano y el 25 del mismo mes con don Manuel Dimas del Corral y solo 40 soldados se enfrentaron a tres buques enemigos que tenían a bordo 120 soldados, lograron capturar dos de los buques, al jefe enemigo y algunos elementos, acción que le valió su ascenso a teniente. Tomó parte activa en el sitio de Cartagena desde el 1º. De julio de

1820 resistiendo tenazmente al pie de sus murallas los quince meses que duró el sitio y cuando el 10 de octubre d 1821 entraron los republicanos a la ciudad heroica Salvador iba a la vanguardia de ellos haciéndose acreedor del ascenso a capitán. En la retirada de Berruecos, de una gran estrategia militar, en el avance de Popayán a Pasto y a Quito hecho triunfalmente, para asistir luego a la famosa batalla de Junín el 6 de Agosto de 1824 le tocó ir a la vanguardia y cuatro meses más tarde se llenó de gloria en el campo de Ayacucho, que fue donde descolló su valor, pues al frente de la primera compañía del batallón Caracas “guirnalda de reliquias beneméritas” como la llamara el Mariscal Sucre, peló con rojo y valentía y regó con su sangre ese campo inmortal, mereció figurar en primera línea entre la oficialidad y fue ascendido por Sucre, diez días después, a teniente coronel, grado con el cual siguió el alto Perú con los ejércitos libertadores. Cuando la patria todavía podía esperar mucho de él le fue arrebatada la vida en forma cruel y despiadada en el Escaño de Cartago y con sólo la orden verbal de un caudillo que ese día ensombreció para siempre las páginas de la historia colombiana.,

JOSE MIGUEL DE LA CALLE. –Nació este ilustre varón el 31 de agosto de 1755; principió sus estudios en una especie de seminario que tenían sus tíos paternos los doctores Jerónimo y Alberto María y luego los terminó en Santafé, donde recibió las sagradas órdenes y el doctorado en filosofía y ciencias eclesiásticas, según algún historiador, aunque opina otro que no llegó a doctorarse y que las órdenes sagradas posiblemente las recibió en Popayán , a cuya diócesis pertenecía una parte de Antioquia. Tocóle concurrir al Serenísimo colegio constituyente y electoral que inició sus tareas en la ciudad de Antioquia el 29 de diciembre de 1811 y que en enero del año siguiente se trasladó a Rionegro para continuarlas allí y le tocó firmar la Constitución expedida por dicho cuerpo el 21 de marzo del mismo año. Se trataba en ese Serenísimo colegio de un auxilio de diez mil peso que había ofrecido el gobierno para la defensa de Cartagena, amenazada entonces por los enemigos y el doctor de la Calle se expresó así: “Aunque las demás provincias no concurran, debe hacerlo ésta, pues en caso de que por falta de auxilios pecuniarios se perdiera Cartagena, le quedaría la gloria a Antioquia de no haber tenido parte en su ruina”. En los años de 1813 y 1814 apoyó como miembro de la soberana representación del Estado la política del Dictador don Juan del Corral y a la muerte de éste (abril 7 de 1814) fue nombra}del 15 del mismo mes presidente interino del Estado, como a tal le tocó el honor de firmar la muy benéfica y humanitaria ley sobre libertad de los esclavos, que el Dictador había propuesto. De sus propios haberes contribuyó con sumas de consideración para el sostenimiento de la causa de la independencia. En su tiempo fue le más elocuente de los oradores sagrados, elocuencia que igualmente se exteriorizaba en discursos a favor de la libertad.

JORGE RAMON DE POSADA.-Hijo de acaudalados y nobles padres que tenían sus ascendientes entre una alta clase de la nobleza asturiana, vino al mundo el doctor Posada en esta ciudad de Medellín el 23 de abril de 1756 y cuando

sólo contaba 24 años, el doctor Caballero y Góngora como prelado de la Iglesia granadina lo consagró sacerdote instándolo a quedarse en Bogotá como vice-rector del Colegio Seminario, donde ya había regentado las cátedras de filosofía, derecho canónico y literaturas griega y romana, a lo cual no accedió por el deseo de ver a sus familiares.

Fue el doctor de Posada el tipo perfecto del verdadero sacerdote, lleno de virtudes y de merecimientos repartía a manos llenas el dinero entre los menesterosos y difundía por doquier sus vastos conocimientos. Ejercía el curato de Marinilla cuando los sucesos de la capital el 20 de julio de 1810 y cuando los ayuntamientos de los cuatro grandes poblaciones de la provincia de Antioquia unánimente resolvieron secundar el movimiento libertario. Marinilla eligió como representante al primer cuerpo legislativo al doctor Posada, pro por motivos de enfermedad declinó el honor e indicó como su reemplazo a don Juan Nicolás de Hoyos, quien con Juan Elías López, Manuel A. Martínez, José Maria Ortíz, Lucio de Villa, José María Montoya y José Manuel Restrepo, constituyeron la primera junta Suprema que hubo en la provincia y que bajo la presidencia del gobernador don Francisco de Ayala se reunió en Antioquia el 1º. De septiembre de 1810 y decretó la separación de la provincia, del gobierno español. Para el Serenísimo colegio constituyente y electoral que debía reunirse en Rionegro el 1º. De Enero de 1812 fue elegido diputado por Marinilla y asistió a todas las sesiones, ejerció la vicepresidencia en un periodo legal y allí contribuyó a la expedición de la constitución publicada el 21 de marzo y donde el republicanismo del doctor Posada hizo consagrar la mayor suma de libertades ciudadanas a que podía aspirarse. Terminadas sus labores de legislador vuelve al desempeño de su curato y allí, en el más bello rasgo de genuino republicanismo y democracia, hace que sus ochenta y tres esclavos asistan, con vestidos de gala, a la misa que ha de oficiar su propio amo y ante una inmensa concurrencia habla elocuentemente de la caridad y luego dice a los esclavos: “Hijos míos, desde hoy sois libres, iguales a mí. Pero este beneficio que dios os ha hecho por intermedio de vuestro amigo, os impone un grande y sagrado deber: que seáis honrados hasta morir y entregando a cada uno su carta de libertad y haciéndoles donaciones de terrenos y dineros jamás consistió en que le volviera a decir “mi amo” sino mi amigo”. Uno de los libertados fue el coronel Bernardo Posada que heroicamente luchó por la libertad desde la más temprana edad y obtuvo su grado como recompensa al heroísmo y a los servicios a la patria.

A raíz de Boyacá, Bolívar con su clarividencia resuelve que es José María Córdoba quien debe libertar su territorio patrio, que aún gime bajo el tiránico gobierno del español Carlos Tolrá. Logra Córdoba penetrar en Antioquia debido en gran parte a las informaciones y auxilios suministrados por el doctor de Posada y una vez en Rionegro éste se entrega a la tarea de proporcionarle al futuro León de Ayacucho, avíos, caballerías y dinero y como si esto fuese poco se entrega él mismo para acompañarlo en la campaña y estar al lado de sus feligreses. Contaba entonces Antioquia con sesenta y

seis sacerdotes y sólo con excepción de cinco de ellos, todos los demás prestaron valioso y oportunos servicios a la causa de la libertad, contándose entre ellos a Juan Francisco Vélez, Lucio de Villa, Manuel A. Valenzuela.

Llega ahora la gallarda figura de don JOSE FELIX DE RESTREPO, el magistrado íntegro en cuyo corazón jamás encontraron asidero ni la venganza, ni la cólera. Se distinguió como gran estudiante y buscó fuera de las aulas lo que en ellas no se enseñaba o se hacía en forma deficiente y así, cuando se presentó a examen para la clase de filosofía se reveló como un adelanta humanista. Al concluír sus estudios ya tenía una bien ganada fama y un grupo de ilustres payaneses hicieron cuantos esfuerzos les fue posible para conseguir que don José Félix se trasladase a esa ciudad y en ella se consagró a la enseñanza, implantando modernos sistemas hasta entonces desconocidos o nó admitidos en los establecimientos del virreinato.

Tocóle asistir al famoso congreso de Cúcuta y después formar parte de la Alta Corte de justicia de Colombia. La modestia fue siempre uno de sus más bellos atributos; espíritu generoso y magnánimo nunca llegó a cegarlo la idea de llamar la atención de sus conciudadanos. Al servicio de la causa de la libertad puso todas sus energías y Colombia con