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Director de la Biblioteca de San Marcos y viaje a Estados Unidos

En 1930 vacó la dirección de la Biblioteca universitaria por fallecimiento de quien estaba a cargo de ella. Deustua, bondadoso conmigo una vez más, no obstante que era conocedor de mi falta de simpatía para el gobierno que lo había rehabilitado, me confió este cargo.

Poco después, desde setiembre de 1931, gracias al apoyo entusiasta del gran rector José Antonio Encinas, me trasladé a Estados Unidos para estudiar organización de bibliotecas con una beca de la Fundación Carnegie. Debo gratitud a Julio C. Tello por sus insistentes consejos para que aprovechara esta oportunidad que, según él, sería decisiva en mi vida, desechando las tentaciones de la política y de otros señuelos criollos. Fui el primer peruano que recibió aquel cargo. Entre setiembre y junio del año siguiente trabajé en duro esfuerzo como “interno” en varias bibliotecas tiempo y en algunas Escuelas de bibliotecarios especialmente

seleccionadas para mi programa de actividades por la Asociación Norteamericana de bibliotecarios y bajo la supervigilancia constante y estricta de ella. Durante mi ausencia, la Universidad de San Marcos fue declarada en receso por un acto dictatorial. En esa época viajé primero a Alemania y luego a España. (VH, pp. 430- 431)

Estadía en Alemania

En el ejercicio de la beca para estudiar la técnica bibliotecaria, permanecí en Estados Unidos entre setiembre de 1931 y mayo de 1932. Como otras veces he regresado a este país -en 1940, 1941, 1947, 1948, 1951 1952, 1954, 1969, 1970, 1978 y 1979 (en estas últimas oportunidades por motivos de salud)-, aplazo hasta una oportunidad posterior lo que creo necesario decir acerca de él.

Omito pues aquí mi experiencia norteamericana en la época de "depresión" y empiezo a tratar de la primera visita a Europa, que comenzó con el viaje a Alemania, ante la clausura de la Universidad de San Marcos, de la que era bibliotecario y catedrático. Realicé dicho viaje por mi propia cuenta, aunque con facilidades y recomendaciones del Instituto Ibero Americano de Berlín, gracias a la gestión de la doctora Edith Faupel, que había sido alumna de mi curso inaugural en la Facultad de Letras en 1928 y que desde entonces me animó a que viajara a Alemania cosa que me había parecido imposible.

Encantadora fue la travesía de Nueva York a Bremen en el Europa en junio de 1932. Lo recuerdo como uno de los momentos culminantes en mi segunda juventud. Todos los camarotes de la zona perteneciente a los pasajeros con boleto de turismo en la nave estaban llenos. En su gran mayoría mis camaradas de viaje eran alemanes con residencia en los Estados Unidos de vuelta a su patria, o hijos de inmigrantes de la misma nacionalidad. La mayor parte estaba formada por hombres y mujeres jóvenes; algunos, en los linderos de dicha edad, hallábanse ansiosos de conservarla y no faltaba quien, ya más entrado en años, vivía en esa desesperada rebelión contra el tiempo que alguien ha llamado "el demonio e mediodía". Fácilmente, entre quienes convivimos entonces, se establecieron cordiales relaciones y, a veces, amistades que podían parecer entrañables. Las charlas estimulantes, los cánticos y los bailes del hermoso país a donde íbamos fueron tan animados que algunos pasajeros de la primera clase rompían estrictas restricciones para acudir a contemplarlos; y a veces parece mezclarse con ellos. A todos nos envolvió el espejismo de aquellos días y aquellas noches de excesos fugaces. Cuando llegamos a Bremen cada persona o cada familia, por cerca que hubiese estado una de otra, siguió su propio destino como si entrara en ignotas cavernas. Si alguna vez volví a tropezar luego en Berlín con algún compañero en la travesía del Europa, pareció el hallazgo extraño del sobreviviente de un mundo encantador desaparecido para siempre.

Al desembarcar en Hamburgo, encontré hospedaje generoso en la casa de la señora Fera, acaudalada dama que hacía gala del más amplio espíritu internacional. No sé si la señora Fera era judía. Imagino que sí. En todo caso trabajaba en vinculación muy estrecha con el Instituto Ibero – Americano, que era una entidad oficial. Me parece que en su generoso espíritu alentaba la tradición abierta y hospitalaria de la vieja ciudad libre hanseática. Su esposo se dedicaba a negocios de exportación. Ella distraía sus ocios haciendo el bien a profesores, o estudiantes, o estudiosos que a Hamburgo llegaban de distintas partes del mundo. Su casa tenía todas las características de un viejo hogar alemán. Alojaba allí, siempre por corto tiempo, a gente de las más diversas nacionalidades. Recibía a esos huéspedes gratuitamente y sin alardes, como si se tratara de viejos y estimados amigos. Se interesaba por el pasado, la ocupación, los gustos, los problemas de cada cual. Había creado en aquella morada la atmósfera que, sin duda, se respirará algún día en Europa cuando las fronteras de ese continente

sirvan sólo como señales que demarquen una vasta federación.

Cortos fueron los días que viví en la ciudad natal de mi abuelo materno, puerto lleno de historia y de vida. Me pareció inútil seguir la indicación que se me hizo de indagar acerca de los parientes o relacionados con él. En realidad, hubiese sido una búsqueda quizás satisfactoria para la vanidad familiar, pero sin ninguna consecuencia importante.

Para ir de la casa de la señora Fera al distrito mercantil, había que viajar en bote por un lago azul poblado de cisnes y de velas triangulares que flotaban como pétalos. En lontananza los árboles tapaban la cinta de los caminos y en las riberas plácidas crecía, sumisa la yerba. Había en la ciudad rincones de la Edad Media y también edificios llenos de un desafinante modernismo cuyas líneas horizontales se levantaban como rieles entre la tierra y el cielo. La huella profunda de las alzas y bajas economías de Alemania durante la década posterior a la paz de Versalles surgía hasta en el mapa de la ciudad; y una calle donde vivían muchos “nuevos ricos” era llamada popularmente “Inflationtrasse”. La enorme estatua granítica de Bismarck hallábase a corta distancia del barrio de San Pauli, hasta ahora vivo, con cafés, salas de cine y cantinas para marineros, prostitutas y turistas.

BERLÍN EN UN PASADO DOS VECES MUERTO. LA UNIVERSIDAD

Viajé luego a Berlín en tren, admiré los bellos paisajes de Alemania del norte al final de la primavera, inspiradores de ideas tan lejanas de los odios y de las fraticidas que separaban a los hombres. Paisajes bellos, alegrados por el sol, vivo contraste con la sombría perspectiva de las guerras y de las matanzas que luego vinieron.

No fui, por cierto, el único peruano visitante de Alemania en esa época que tuvo en la doctora Edith Faupel algo así como un hada madrina de su viaje. El Instituto no era entonces -en la era prehitlerista un órgano de agitación política sino un centro de estudios e investigaciones históricas, geográficas y lingüísticas, prestigiado por la magnífica biblioteca que le dejara el polígrafo argentino Ernesto Quesada y por una revista científica llamada Ibero-Amerikanisches Archiv. Funcionaba, a la vez, oficina de informaciones y de servicios a los latinoamericanos que llegaban a Alemania.

El idioma alemán aprendido en el colegio y en la infancia volvió a mi memoria con la rapidez con que una máquina antes arrinconada pone en movimiento. En Berlín asistí puntualmente a la universidad, fui a teatros y conciertos, visité museos y bibliotecas, traté con mucha gente. Viví en no pocas ocasiones dentro de la mayor pobreza, después de que se terminaron mis ahorros y lo que me concedió el Instituto; entonces hice, con alternativas entre la bonanza relativa y las penurias, traducciones de folletos u hojas sueltas de empresas alemanas interesadas en su propaganda en América Latina. Cualquier sacrificio resultó valioso ante la necesidad de demorar todo el tiempo que fuese dable de la experiencia alemana. Quizás de un fondo ancestral indígena me vino, cuando fue necesaria, la aptitud para la vida de frugalidad, y secretamente supe ser orgulloso porque nada hizo contrario a su dignidad este viajero en Berlín sin renta propia no cargo oficial.

¡Que lejana, extraña e irreal parece ahora la Alemania que conocí! Primero fue asesinada por Hitler y después quedó en escombros durante la Segunda Guerra Mundial, para renacer, con otro espíritu y otras características, en las décadas siguientes. Ante un noticiario cinematográfico con las ruinas de Berlín en 1945, me sentí un anciano sobreviviente de un pasado arqueológico. ¡Cuántas eruditas mañanas pasé en la Universidad hay desdoblada en las zonas occidental y de la República Democrática! ¡Cuántas alegres noches en la calle Kurfürstendam luego destruida y ahora rebosante de la vitalidad que le infunde una nueva juventud a la

que también llegará en su día, como a mí ahora, el momento de las añoranzas! A pesar de todo. Alemania sigue siendo Alemania y, debajo de las catástrofes, borbota en ella, indeclinable, nueva vida.

El Berlín que conocí en 1932 tenía un espíritu epicúreo a pesar de la tradicional rigidez prusiana y de la creciente psicosis política y social.

Innumerables eran los cabarets, los cafés, los bares, los lugares de recreo que encendían sus luces en las noches de aquella primavera, aquel verano y aquel otoño, los últimos de una Alemania libre. Había Lokale de todo precio, de todo tamaño, para todos los gustos. En la calle llamada Kurfürstedam, en algunos cafés se bailaba en un piso con música clásica y en el piso tercero ya no había orquesta alguna. La Haus Vaterland, “la casa Patria”, era un enorme establecimiento con diversas secciones que tenía bebidas y comidas de las distancia zonas del país y aun de varias naciones extranjeras, servidas por muchachas con vestidos típicos. Por la calle Kant, (¡oh sarcasmo!) iban y venían hombres pintados, vestidos de mujer, Bien conocidos eran los cabarets para homosexuales, mujeres y varones; y ciertas guías para turistas las anotaban. Quien llegaba de un modo u otro a tomarle el pulso a la ciudad, aprendí a distinguir entre los centros de perversión, los lugares fáciles para las masas anónimas y los aislados rincones refugio de unos cuantos estudiantes, escritores o artistas. Allí iban muchas muchachas de buenas familias burguesas, representantes típicos de una generación nacida dentro de las tensiones de la Primera Guerra Mundial, crecida en la locura increíble de los años de la inflación en la década de 1920, distanciada de toda norma de estabilidad y de continuidad en la vida. Muchas salían por las noches no tanto con objetivos mercenarios, sino a buscar un poco de aturdimiento después del trabajo gris o en contraste con el hogar triste, o pobre, o inseguro o ya inexistente.

La ayuda del Instituto Ibero – Americano y mi asistencia a la Universidad gracias a una tarjeta de “oyente” me suscitaron relaciones muy valiosas. Richard Thurnwald me interesó sobré manera por sus estudios sobre los pueblos llamados primitivos, superando las separaciones geográficas y englobando sus distintas formas sociales, o sea la familia, la economía, la cultura, el estado y el derecho. Era con este ultimo aspecto con el que quería familiarizarme dentro de la finalidad de saber algo de la llamada “etnología jurídica” en sus más recientes expresiones, por su posible utilización para el estudio del derecho prehispánico; ya que incurre en un error quienes estudian nuestras viejas culturas utilizando sólo las huellas que de ellas han quedado y desprecian el método comparado, que sea necesario utilizar pero, evidentemente, con suma cautela. Me sirvieron más tarde mucho aquellos estudios para organizar la sección sobre derecho inca en mi cátedra de Historia del Derecho Peruano. También llegué a acercarme a la técnica y a la metodología de la historia del Derecho como disciplina con identidad propia.

Evoco a los muchachos y a las muchachas con las que iba a las clases, a los lagos cercanos, o a las excursiones cantando las canciones que de niño aprendiera yo en el colegio, o enfrascados en indeterminables debates políticos. Con ellos subía a las altas localidades del teatro renovado bajo la influencia de Edwin Piscator y de Bertold Brecha; o a ver y oír a Elizabeth Bergner, entonces en la madurez de sus facultades artísticas; o a escuchar conciertos cuyas obras varios de mis amigos conocían en detalle y en torno a las cuales podían ellos discutir interminablemente, sin que me fuera dable aventurar una opinión [...]

Estoy de acuerdo con quienes creen que, a pesar de todo, por vez primera en Alemania contemporánea, fue entonces Berlín una capital no sólo convencional sino europea en el campo cultural y artístico. [...]

Los amigos y las amigas alemanas que he citado y otros cuyos nombres y cuyos rostros me acompañan ahora fueron en todo momento gentiles con este viajero de un país distante; y en su naturalidad y sencillez alentaba ese fondo de cultura de siglos que los europeos llevan como algo innato, adherido a su

personalidad, a pesar de todos los desvaríos racistas que después surgieron. Ante las muchachas berlinesas de entonces quienes no eran pura raza blanca, contra lo que cabe suponer entonces, tenían a veces un atractivo especial. Así, un joven Quiroga, de Puno, acentuaba artificialmente el tono café con leche de su piel; y un buen amigo médico, criollisimo, connacional nuestro que mediante un hábil truco fotográfico, logró aparecer con su mandil blanco a la derecha con un gran especialista retratado junto a sus ilustres colaboradores. Por su origen africano, en aquellos años en Washington, capital de la república democrática de Roosevelt, no hubiera entrado en los mejores hoteles, teatros y restaurantes; si bien llevaba en Berlín una vida de nabab. Y me pregunto: ¿Cuántos de estos hombres y mujeres alemanas, por sincera ilusión o por contagio del ambiente, o por necesidad, se agolparon entonces o después, al lado de las masas del nacionalsocialismo; y cuántos de ellos han muerto ya? El único alemán de aquella época que volví a ver después fue Kart Posner, a quien conocí en el archivo de Berlín y llegó a ser más tarde catedrático de la Universidad Americana de Washington. [...]

UN PERUANO EN UNA CEREMONIA NACIONAL SOCIALISTA

Me acompaño en aquella ocasión la señora Faupel; y nos distraíamos en el tedio de la espera larga hablando en castellano, cuando un hombre se levantó de su asiento y, dirigiéndose con enojo a nosotros, exclamó: “Ésta es una reunión para alemanes y aquí no se habla sino alemán”. La señora Faupel, muy cortésmente, se identificó y dijo que yo era profesor de una Universidad de América del Sur con sangre alemana por mi lado materno, interesado en el nacionalismo. Así quedo detenido este incidente; pero nuestra charla, que todavía duró bastante tiempo, fue reanudada en el idioma de mi generosa amiga.

El espectáculo ostentaba una liturgia muy análoga a la del catolicismo preconciliar en sus grandes ocasiones. La señal para un verdadero comienzo fue un interminable e impresionante desfile de bosques movibles de banderas portadas por apuestos jóvenes que marchaban en maravillosa disciplina con sus uniformes pardos, cuya prohibición acababa ser levantada.

Jose Paul Coebbels empezó su discurso. No era rubio y atlético, símbolo solar, expresión viva de la superioridad racial aria. Tenía, por contrario, una figura menuda, un rostro pálido, con ojos y cabellos Oscuros semblante hundido. Daba una impresión de fragilidad engañosa porque en la tribuna su figura era impresionante y su magnífica voz de barítono resultaba ayudada por las manos expresivas y por la diversidad, la agilidad y la cáustica agudeza de su talento. [...]

La parte final y, ante el público, la más importante de aquel comicio, estuvo a cargo de Adolfo Hitler. Es innecesario que repita ahora todo lo que se sabe de él. Lo vi de lejos, frescos los carrillos como los de un niño suave al principio la voz para llegar, en el momento oportuno, dentro de un torrente de palabras, al grito y al paroxismo acompañados por golpes en la mesa. Estaba vestido con el uniforme partidario, dentro de una limpieza y una sencillez absolutas. Como siempre, se manifestó totalmente decidido, totalmente enfático, totalmente seguro de si mismo y de su causa. Este hombre que a lo largo de casi toda su vida no quiso tener una esposa ni una amante fija, sentina una pasión por la multitud equivalente al connubio con ella. ¿Qué sería de mí sin todos ustedes?, exclamó una vez ante sus adeptos. Estos encuentros le producían, sin duda, un orgasmo emocional. El espectador llegaba quizás a la conclusión de que su mente estaba guiada sólo por ideas fijas. De otro lado, ¿Cómo atreverse a negar el hipnotismo de su carisma sobre la muchedumbre? [...]

Aquella tarde inolvidable vi surgir a mi alrededor al clima de entusiasmo infeccioso que, sin duda, hace y ha hecho posibles los mesianismos y los milenarismos, fenómenos increíbles de todos los tiempos y todas las latitudes, cuidadosamente estudiados ahora por un grupo creciente de hombres de ciencia. Vi

mujeres fuera de sí y en trance sólo porque miraban y escuchaban a este hombre por tanta gente despreciado (VH, pp. 529,551)

Viaje a España

Cuando resultó obvio, con una claridad meridiana, que, económicamente, no era posible ya que siguiera viviendo en Alemania más tiempo, la solución lógica fue mi regreso al Perú. Sin embargo, aquí no me esperaban sino amarguras. La Universidad de San Marcos seguía clausurada. Mi único medio de vivir hubiera sido unas clases mal retribuidas en colegios pobres. Del gobierno no me era dable recibir sino hostilidades. El país hallábase frente a la cuestión de Leticia. Un grupo de civiles, junto con algunos militares sueltos, bajo la influencia del hacendado peruano Enrique A. Vigil, dueño del fundo La Victoria, o con la finalidad política de crear dificultades al régimen de Sánchez Cerro, o por sincero entusiasmo loretano, o por todos esos motivos entremezclados, habíanse hecho dueños por la fuerza de ese lugar a orillas del río Amazonas, cedido en el pacto Salomón – Lozano a Colombia, aprobado en 1927. Cierto es que dicha entrega implicó una tremenda claudicación. Una vez más, el Perú cedió fácilmente como había ocurrido con Brasil y con Brasil y como ocurrió en 1929 con Chile. [...]

Adopté entonces una decisión crucial: ver la manera de quedarme en Europa. Pero ¿a dónde ir? Acabábase de establecer la Republica en España, y desde lejos, tan novísimo experimento parecía interesante. Se me ocurrió viajar a Madrid y creí que quizás me serían útiles, desde París, las recomendaciones de mis parientes Francisco y Ventura García Calderón. Se trataba de un salto en el vacío. Para los gastos de viaje y para una corta estada en la capital española no tenía sino el dinero guardado celosamente con la finalidad de viajar en barco desde Ámsterdam o El Havre hasta el callao. Si fracasaba, mi situación era gravísima. A mis familiares, de quienes me había independizado desde tiempo atrás en mis actos y en mis orientaciones, no les hubiese sido fácil socorrerme. No tenía derecho alguno para exigirles, casi a los treinta años de edad, sacrificios a favor mío. En esta actitud se ocultaba una buena dosis de dignidad personal.

Preocupado aunque sereno, subí al vagón de tercera clase en el expreso de Berlín – París en una húmeda tarde. Dejaba para siempre, amortajado en el sudario ceniciento de aquella llovizna, a un muerto: el hombre que había vivido, varios meses, feliz instalado en la capital alemana. Me convertí luego en un huésped