Si examinamos los capítulos finales del primer seminario pu- blicado de Lacan (1953-1954), podemos ver que la contradic- ción de las relaciones puede emplearse para clarificar su análi- sis de la relación de la verdad con el lenguaje, el engaño, la falsedad, el error y el deseo reprimido y su manifestación en el discurso cotidiano, procurando una estructura para la compren- sión del sujeto auténtico.
La relación de la verdad con el lenguaje, el engaño y el error
En el análisis de Lacan, la verdad se encuentra más allá de la consciencia, más allá del ámbito del signo, más allá del lenguaje, pero se manifiesta en el lenguaje. El problema es cómo pasar del sistema de signos, de la relación del signo con el signo, a aquello a lo que éstos se refieren, a la verdad, «el auténtico amo» (p. 399
[ed. cast. cit.: p. 381]). Es con la parole como esta conexión entre el lenguaje y la verdad surge. En cuanto alguien intenta com- prender la verdad más allá del lenguaje, ya ha supuesto la verdad como la base de la investigación. Por supuesto, uno podría en- gañarse sobre lo que es. Pero el engaño mismo presupone la ver- dad y, en el curso del tiempo, puede revelar la verdad que está intentando ocultar. El error, por otro lado, es diferente, por cuan- to no hay nadie que intente engañar a otro. El error y la verdad -lo mismo, añadiría yo, los pares de Hegel arriba / abajo, amo / esclavo- están determinados en referencia recíproca. Pero, como Lacan señala, la conexión implica mucho más que «decir que, si no hubiese ninguna verdad, no habría ningún error» (p. 401 [ed. cast. cit.: p. 382]). Puesto que el engaño y la falsedad son distor- siones externas de la verdad, de hecho podría pensarse que la verdad existe sin ellos. Para Lacan, sin embargo, éste no es el caso con el error, pues es sólo en el error como la verdad puede manifestarse en el discurso. La verdad debe pasar por el error. La- can expresa esto de muchas maneras: «No hay ningún error que no se presente y revele como verdad». «El error es la encarnación habitual de la verdad». «Si queremos ser bastante rigurosos, dire- mos que, en la medida en que la verdad no se revele por ente- ro, es decir, con toda probabilidad, hasta el final de los tiempos, su naturaleza será propagarse bajo la forma de error.» «Las sendas de la verdad son esencialmente las sendas del error» (p. 401 [ed. cast. cit.: pp. 382-383])- En último término, la verdad debe expli- carse en términos de lo que, en referencia a Hegel, se ha llama- do aquí una contradicción de las relaciones, según la cual el ám- bito mismo del error da lugar, genera y presupone la verdad; esto es, en el sentido hegeliano de Voraussetzung, postulado como no postulado, como independiente. La verdad es a la vez indepen- diente y no independiente del error. Pero ¿cómo podemos deter- minar lo que es verdadero en el discurso?
El descubrimiento de Freud y la parole
Para Lacan, el proyecto de Freud persigue el hallazgo de la verdad y la detección del error. Como prueba de la verdad, La- can considera el criterio de la experiencia y el de la «iluminación de la verdad interior» (p. 401 [ed. cast. cit.: p. 383]). El primero
está gobernado por el principio de contradicción; al rechazar lo que es contradictorio, rechazaríamos el error. Pero los diversos sis- temas simbólicos ^religioso, jurídico, científico, político» (p. 402 [ed. cast. cit.: p. 384])- están en irresoluble conflicto mutuo, lo cual hace imposible un concepto de verdad en el sentido de un sistema de enunciados lógicamente consistentes en el discurso correspondiente a los objetos de la experiencia. Y, lo que es más importante, como Lacan dice, «el sistema simbólico no es como una prenda que se ciña a las cosas, y tenga su efecto sobre és- tas y sobre la vida humana» (p. 403 [ed. cast. cit.: p. 385]). Un sis- tema lingüístico no simplemente refleja las cosas, sino que tam- bién en cierto sentido hace de ellas lo que son. Para Lacan, el lenguaje está con respecto a las cosas en una posición muy pa- recida a la que, en el idealismo alemán, están las categorías con- ceptuales con respecto a los objetos. En lugar de ver el lengua- je como etiquetas que representan la realidad, se ha de ver que un sistema simbólico se desarrolla como un orden independien- te que se mueve según principios independientes de las cosas que representaría y entonces, cuando a pesar de todo se utiliza en referencia a la realidad, la realidad cambia.
Para Lacan, la respuesta que Freud nos da no implica buscar el criterio en el mundo exterior, sino volverse hacia dentro y ver en el lenguaje, el ámbito del error, una manifestación inmanen- te de la verdad interior. Tal como Lacan lee a Freud, en el psi- coanálisis «el discurso del sujeto se desarrolla normalmente... en el orden del error, del desconocimiento, de la denegación: ésta no es simplemente la mentira. Está entre el error y la mentira» (pp. 403 ss. [ed. cast. cit.: p. 385]. En el error nadie está enga- ñando conscientemente. Se ha cometido una equivocación sin querer. Pero en la equivocación puede haber, de hecho, un au- toengaño inconsciente. Y donde hay engaño, está también la verdad. Para descubrir esta verdad, debemos comprender la na- turaleza de la mentira que aparece en la forma de una equivo- cación. Una equivocación, para Freud, es una verdad distorsio- nada, como los llamados actos fallidos freudianos. Si uno puede darse cuenta de lo que causa la equivocación, puede llegar a la verdad detrás de ella. La verdad que surge en el ámbito del error se identifica con lo que Lacan llama la parole, mientras el ámbi- to del error se identifica con el sujeto socialmente determinado, el sujeto consciente. La parole aparece en el discurso, por ejem-
pío, a través de la función de la condensación (Verdichtung), tal como se ilustra en la obra de Freud sobre la interpretación de los sueños. El contenido significado subyacente se manifiesta en muchos elementos en el contenido de los sueños, mientras que cada elemento en el contenido de los sueños puede referirse a diversas cosas diferentes en el contenido latente, inconsciente.
La parole aparece en el discurso cotidiano de la misma manera, de una manera disfrazada; su propósito se le oculta a la cons- ciencia del sujeto. El método de Freud -su descubrimiento del in- consciente- implica el intento de encontrar la verdad distorsiona- da en el discurso: «Nos vemos así conducidos a escuchar en el discurso esta parole que se manifiesta a través, o incluso a pesar del sujeto (p. 405 [ed. cast. cit.: p. 387]). Mientras que el funcio- namiento del sujeto en el orden simbólico es un autoengaño y una desviación de la verdad, también causa la aparición de la verdad. Esta aparición de la verdad en lo que dice es la parole. Al expre- sar la parole -parole de vérité, como dice Lacan-, el sujeto no es consciente de expresar el significado más profundo. Al pronunciar
la parole, el sujeto «siempre dice más de lo que quiere decir, más de lo que sabe que dice» (p. 405 [ed. cast. cit.: p. 387]).
La «estructura y función» de la parole es capturada por la con- tradicción de las relaciones. La verdad no es algo que exista de modo completamente independiente del error, pues su manifesta- ción básica ocurre en «el discurso del error». Para Lacan, la parole no es lo primero en el tiempo, sino que llega con retraso: del mis- mo modo que, añadiría yo, lo absoluto de Hegel es mal entendi- do cuando se lo toma como algo temporal anterior. Su indepen- dencia es postulada (en el sentido del «voraussgesetzt» de Hegel) en y por el discurso. Lacan dice de la laguna en lo real causada por su verdad fundacional: «Este ser y esta nada están vinculados esen- cialmente al fenómeno de la parole» (p. 412 [ed. cast. cit.: p. 3931). En paralelo con la expresión de Hegel, a la parole se la podría llamar el «no-ser del discurso», aquello que puede dar cuenta del «discurso del error», explicando por qué olvidé ese nombre, ese número, tomé aquel rumbo equivocado, etcétera. Al poner invo- luntariamente en circulación este significado más profundo y (para la consciencia cotidiana) oculto de la parole, el sujeto expre- sa la verdad en la única forma que puede adoptar en el discurso del error. Es esta estructura -decir una «verdad» como la parole que aparece en nuestro discurso manifiesto- lo que caracteriza a la
existencia humana, a la experiencia humana. Como dice Lacan: «Si no es así como se estructura, entonces nuestra experiencia no tie- ne estrictamente sentido alguno» (p. 405 [ed. cast. cit.: p. 387]).
La parole aparece en el discurso, pero no es el discurso. No es, como Jung hizo del inconsciente, «le lieu réel d'un autre dis- cours» (p. 406 [ed. cast. cit.: p. 388]). En este contexto, Lacan pre- gunta: «¿Son estos arquetipos, estos símbolos hipostasiados que residen de manera permanente en la base del alma humana, más verdaderos que lo que supuestamente está en la superficie? ¿Aca- so es más verdadero lo que está en los sótanos que lo que está en el granero?» (p. 406 [ed. cast. cit.: p. 388]). Lacan, a la mane- ra de Hegel, evita el error de hipostasiar, reificar, naturalizar un fundamento. Para Lacan, la parole no es otro discurso separado del errado, una realidad inefable que existiría antes que la reali- dad superficial y sería privilegiada con respecto a ésta; más bien,
la parole -como el concepto hegeliano de sustancia o el abso- luto como no-ser de lo finito- es lo que debe existir para que el discurso superficial funcione como debe. La parole apunta a la verdad de ese discurso superficial: por ejemplo, en una inte- rrupción del flujo habitual del discurso social.
La contradicción y la verdad del inconsciente
Lo inconsciente que Freud descubrió detrás de la parole no re- conoce la ley de la contradicción. Por desplazamiento, un perso- naje de un sueño, por ejemplo, en términos del contenido oníri- co latente, puede ser a la vez otra persona y la misma persona que sueña. En la Verneinung, la palabra «no» puede significar «sí». ¿Sig- nifica esto que el inconsciente es impensable? La palabra «pensa- ble» tiene diferentes significados. Si «pensable» significa «conforme con la ley de la contradicción», entonces la realidad empírica, en cuanto tratada por la ciencia positiva -para Hegel, el ámbito del
Verstand-, es lo «pensable». Pero lo inconsciente -en cuanto el ám- bito de la Vernunft de Hegel, cuyo aspecto inconsciente es captu- rado con la expresión «la astucia de la razón» [dieLustder Vernunft]- no está sujeto a las mismas leyes de la contradicción. Como dice Lacan: «La auténtica parole tiene otros modos, otros medios, que el discurso corriente» (p. 406 [ed. cast. cit.: p. 388]). Entonces ¿cómo funciona? La verdad no es la consistencia del discurso cotidiano,
sino precisamente su inconsistencia, el surgimiento en el discurso de algo que lo perturba, que lo niega. La verdad inconsciente no sólo contradice el discurso cotidiano, sino que en sí misma cons- tituye una contradicción de las relaciones en referencia a ese dis- curso. En último término, la verdad implica el deseo reprimido creado por su misma exclusión del discurso por las restricciones del orden social. El discurso mismo crea la verdad como algo más allá de ese discurso, independiente, el otro del sujeto parlante. Esto reprimido (re)aparece en el discurso como su negación, como una parole «que va más allá del discurso» (p. 407 [ed. cast. cit.: p. 3891). Determinada por el discurso como su más allá, como independiente, la parole implica una contradicción de las relacio- nes. Lo mismo que la Schranke y el Sollen de Hegel, que apare- cen en lo finito como lo que más allá de éste apunta a lo infinito,
la parole es un producto del discurso finito que apunta más allá de una verdad independiente del discurso: incluso da lugar a ella. Solamente en y por medio del discurso existe una verdad inde- pendiente de éste. La verdad está determinada por el discurso a la vez que es independiente de éste, no determinada: una contra- dicción de las relaciones.
El deseo y el ser
Para Freud, el pivote sobre el que el mundo gira y se confi- gura es el deseo: en paralelo con el papel metafísico del primer motor para Aristóteles, o el ego cogito para Descartes. Por un lado el deseo es reprimido, por otro es un producto de la re- presión. Y es producido a la vez como deseo «nombrado por el Otro» (el deseo que uno tiene al desempeñar un papel en el or- den social) y como deseo negado por el Otro (el deseo exclui- do del orden social). Esto adopta muchas veces la forma de la
Verdrängung, de la represión, manifestada en una interrupción, una ruptura o un fallo en el discurso social -como en los fallos de memoria o cuando se dice lo que conscientemente no se tie- ne intención de decir-, y puede caracterizarse como un lugar en el que el deseo reprimido irrumpe en el discurso social de for- ma disfrazada, creando un lapsus linguae, etcétera -recuérdese, por ejemplo, al legislador de Freud que abrió una sesión parla- mentaria con las palabras: «Y por tanto declaro aplazada esta se-
sión>—, o se lleva al inconsciente parte del discurso, el cual con ello queda interrumpido. En el ejemplo con que se abre la Psi-
copatología de la vida cotidiana, Freud se ocupa por extenso de las numerosas asociaciones con las que el contenido reprimido del sexo y la muerte interrumpían y distorsionaban el curso de su pensamiento al hablar del pintor y de los frescos en la cate- dral de Orvieto. El contenido reprimido de la muerte se llevó el nombre del pintor, Signorelli (que contiene la palabra «signor», «amo») al inconsciente, interrumpiendo el discurso, mientras que los nombres recordados -pero incorrectos- que se le venían a la mente como sustitutos, Botticelli y Boltraffio, eran llevados a la fuerza a la consciencia como formaciones de compromiso del contenido reprimido. El olvido inducido por la represión ocurre cuando un deseo reprimido se asocia de múltiples maneras (quizá sólo fonéticamente, como en un jeroglífico, o mediante una especie de etimología popular, una conexión completa- mente válida en el inconsciente) con una palabra, y la palabra es enviada al inconsciente igualmente, mientras que las palabras que acabamos usando quizá contienen un contenido reprimido desplazado, pero normalmente irreconocible. Así, en el discur- so social las palabras «nunca son simplemente palabras», como nos dice Lacan (p. 411 [ed. cast. cit.: p. 292]). Se las carga con una multitud de asociaciones con el contenido reprimido pro- cedente del inconsciente, el cual en determinados puntos pue- de irrumpir en el discurso social y perturbarlo, haciendo que se detenga o funcione mal. La ley de no-contradicción falla en- tonces en el nivel superficial, en el nivel del discurso, porque
la parole entra en juego. La parole funciona en el discurso cuan- do los desplazamientos en las referencias cruzadas de las pa- labras en el discurso, en su asociación con el contenido repri- mido de un deseo, cambian la estructura simbólica de ese contenido. Cuando la naturaleza de la distorsión que oculta el deseo se entiende y elabora, puede producirse un desplaza- miento simbólico, de lo cual resulta un cambio en el ser mis- mo, pues éste está configurado por el orden simbólico. Para Lacan, el deseo es a la vez la llave del ser y la meta de su se- minario: «El deseo reprimido manifestado en el sueño se identi- fica en el registro en el cual estoy en el proceso de intentar ha- cerles entrar a ustedes: es el ser que espera ser revelado» (p. 411 [ed. cast. cit.: p. 392]).
III. EL AMO ABSOLUTO Y LA CRÍTICA SOCIAL La resolución a «ser uno mismo» -«Yo soy, seré, he sido, quie- ro ser— siempre implica «un salto, una laguna» (p. 424 [ed. cast. cit.: p. 405], el salto simbólico que separa al ser de lo real. Lo que soy siempre es más de lo que es inmediatamente real (digamos, en la configuración mecánica o química del mundo). Ser un ser humano implica este salto simbólico. Desempeñar un particular papel humano lo lleva más lejos. Este salto simbólico se produce siendo un analista, lo mismo que siendo un rey. La capacidad del analista, como la del rey, depende del papel simbólico que de- sempeña. Aceptar un papel simbólico implica tal salto en lo real. Pero el rechazo de un papel simbólico constituye un acto, algo diferente de la mera aceptación de un papel. Al aceptar la reali- dad, uno asume un papel ofrecido por el orden simbólico, uno existe como un individuo por medio del orden simbólico dado. Si bien en el acto de rechazar la aceptación del papel de rey, «por el hecho mismo de rechazarlo, uno no es rey» (p. 424 [ed. cast. cit.: p. 405]). Y, como Lacan podría haber añadido, el reino care- ce de rey, y por tanto no es un reino; la realidad misma ha cam- biado por medio del acto. Al rechazar el papel simbólico de uno, uno puede cambiar el orden simbólico, y por tanto la realidad.
En la última sesión del seminario 1953-1954, Lacan emplea como ejemplo el arcaico sistema de exámenes de calificación em- pleados en los saltos simbólicos de la academia. En términos de su contenido, estos exámenes carecen de sentido. Pero, como La- can dice, «un concurso, en la medida en que inviste al sujeto de una calificación que es simbólica, no puede tener una estructura por entero racional, y no puede inscribirse simplemente en el re- gistro de la suma de cantidades» (p. 425 [ed. cast. cit.: p. 406]). Cualquiera que conozca el sistema de exámenes en la China pue- de apreciar de qué va esto. Un tercio aproximadamente de las pre- guntas en un examen nacional de inglés tendrá más de una res- puesta correcta, de manera que incluso un hablante inglés nativo sólo podría adivinar la respuesta correcta. Puesto que los exáme- nes no sirven más que para producir una cierta jerarquía entre los estudiantes -debido a la cantidad limitada de puestos, no todos pueden ser promovidos al siguiente nivel educativo-, ¿por qué tendrían que reflejar ningún conocimiento real? Lo que sí miden es la buena disposición para empollar con vistas a exámenes sin
objeto; esto es, la capacidad para aceptar un sistema de exámenes absurdo, para aceptar el mundo tal como es: para algunos, en el mundo actual, por supuesto un rasgo deseable. Pero, en cierto sentido, quienes simplemente critican los exámenes por su caren- cia de sentido se equivocan. A quienes critican tales exámenes La- can los compara con «personas que golpean los muros de la pri- sión construida por ellos mismos» (p. 425 [ed. cast. cit.: p. 406]). Él está pensando en los golpes de los prisioneros encerrados. Noso- tros somos los constructores de nuestra propia prisión, de nuestro propio orden simbólico. Criticamos instituciones particulares, sin percatarnos de que todo nuestro orden social está construido a par-