Después del desembarco de Normandía, me ordenaron que me trasladara al continente con un personal de seis oficiales de seguridad como jefe de la Misión de
Contraespionaje de los Países Bajos, agregada al Cuartel General Supremo de la Fuerza Aliada Expedicionaria. En este carácter se me asignó, conjuntamente con el servicio de seguridad británico, la tarea de efectuar una "limpieza" y de mantener luego la seguridad de las líneas de
comunicación entre los ejércitos aliados que avanzaban y que entonces se habían lanzado desde la cabecera de playa de Normandía y avanzaban por Francia y Bélgica hacia Holanda.
La tarea no era fácil para un hombre que estaba en visperas de cumplir los cincuenta y cinco años. La vida de campaña, con sus comidas irregulares. sus viajes en automóvil por caminos llenos de baches y sembrados de cráteres de granadas, robando unas pocas horas de sueño sin el lujo de desvestirse cuando se presentaba la oportunidad, era en sí misma muy ardua. No quiero que el lector me acuse de un falso heroísmo ni de compadecerme de mí mismo, porque mi suerte no tenía nada de lamentable si se la comparaba con la de las tropas de primera línea cuyas privaciones y peligros decuplicaban los míos. Pero yo no era joven ya y aunque podía aguantar aquel ritmo de vida, había perdido la inestimable
ventaja de la juventud, la elasticidad del cuerpo y del alma que le permite a un hombre agotado recobrar sus fuerzas normales con sólo unas pocas horas de sueño.
Había suficientes cosas que hacer para llenar el doble de las veinticuatro horas del día y aun dejar un sobrante. En cada localidad liberada, había acusaciones y contraacusaciones de que tal o cual funcionario de menor cuantía era colaboracionista. Cualquier persona con alguna vieja cuenta a cobrar se presentaba para formular los cargos más realistas de haberle ayudado al enemigo, dirigidos contra algún adversario político o comercial. Todos esos cargos debían ser materia de investigación, era necesario formular preguntas, debían efectuarse interrogatorios y más interrogatorios. Tarde o temprano se llegaba a la verdad o a una
aproximación a la verdad, pero todo esto insumía un tiempo precioso y en el ínterin, los casos no estudiados se acumulaban. Los alemanes, fieles a su costumbre y tenaces hasta el fin, dejaban saboteadores y espías detrás de sus fuerzas que se retiraban, con órdenes de volar tal puente o arsenal o simplemente de transmitir informaciones sobre el avance y colocación de las tropas aliadas que avanzaban. Había que capturar a aquellos hombres y mujeres y hacerlos inofensivos. Al margen y como agregado a mis deberes normales, sentí la tensión y emoción adicionales de tener a mi alcance un caso que resultó
el más importante de los que debí solucionar y que me propongo analizar en detalle en el capítulo próximo.
Luego, para acrecentar más aún mis preocupaciones, mi selecto grupo de seis oficiales de seguridad comenzó a emular a "los diez negritos". Las fuerzas norteamericanas, que necesitaban desesperadamente más hombres adiestrados, tomaron en préstamo a dos de ellos y cuando les dije "hasta la vista", más valía haberles dicho "adiós". No volvi a ver a ninguno de ellos durante el resto de la guerra. Luego, me ordenaron que les "prestara" otros dos a los ejércitos británicos y éste fue otro caso de "adios". Finalmente, el ejército canadiense se apoderó de mis dos sobrevivientes y aunque intenté repetidas veces presionar a las
autoridades superiores para que me los devolvieran, fue inútil. De modo
que me vi obligado a emprender, solo y sin ayuda, la tarea para la cual siete de nosotros no nos habíamos bastado antes. Al recordarlo, comprendo que si yo hubiese podido planear mi personal sobre las generosas bases con que lo hiciera el cuartel general superior, habría hallado suficiente labor para cien oficiales y soldados, por lo menos. Sin embargo, durante varias semanas, sin la jerarquia ni la autoridad que me habrían allanado el camino, tuve que
registrar los centenares de kilómetros de territorio existentes detrás del ancho frente de los ejércitos que en esos momentos se internaban velozmente en Holanda.
Al tiempo en que la S.H.A.E.F. se había instalado en Bruselas y yo había llegado a Eindhoven, en la Holanda meridional, me sentía al borde de un colapso nervioso. Había trbajado casi 28 horas... y, normalmente, no me sobra mucha carne. A diario, padecía fuertes jaquecas, acentuadas de noche por penosos insomnios. Mi apetito había desaparecido, tan totalmente como si nunca hubiese existido. A causa de una neuritis, era para mí un tormento conservarme en una misma posición durante mucho tiempo y sobre todo me sentía
demasiado cansado, mental y físicamente, para querer moverme. Sentía que mis fuerzas se agotaban y a poco la naturaleza confirmó mis sospechas. El 22 de diciembre de 1944 sufrí un colapso.
Un amigo me llevó presurosamente al cuartel de seguridad de Bruselas y de allí me condujeron a un hospital militar para someterme a un examen. El especialista, un comandante, me sometió al más concienzudo y agotador de los exámenes que me hicieran nunca. Duró una hora y media, durante cuyo tiempo me preguntó toda clase de detalles sobre mi familia, mi historia clínica, mi modo de vivir, y detalles sobre muchos otros puntos que, a mi espíritu de profano en la materia le parecieron poco pertinentes. Me sondeó y golpeó y hurgó por todas partes, examinando mi corazón, mis pulmones, mi estómago, mi espalda: en realidad, pareció inspeccionar todos mis órganos. Como especialista en otra clase de exámenes, me quité el sombrero, en sentido figurado, ante aquel médico,
al ver su escrupulosidad.
Luego, mientras me vestía, garabateó su diagnóstico sobre un trozo del papel, lo firmó y poniéndolo en un sobre, que selló, me lo tendió. Dijo con aire negligente que yo debía volver a Inglaterra sin tardanza y cuando llegara, entregarle aquella carta a mi médico.
Yo había interrogado a demasiada gente para que aquel aire displicente me engañara. Además, como muchos de nosotros lo sabemos, cuando el tema del momento es la propia salud, uno se vuelve hipersensible en punto a matices de lenguaje y a modales.
-No soy un niño, doctor -dije. Además, confío en que, sea lo que
fuere, yo no soy un cobarde. Dígame sin ambagues que pasa. El facultativo murmuró algo sobre el ceremonial profesional.
-Al diablo con el ceremonial. Tengo que saberlo cuando llegue a Londres... ¿verdad? Pues entonces, dígame qué sucede ahora.
Se encogió de hombros.
-Perfectamente. En mi opinión, usted tiene un cáncer avanzado en el abdomen, con secundarios en ambos pulmones. No quería decírselo, pero usted me lo ha pedido.
Al oír la palabra "cáncer", me pareció que mí corazón dejaba de latir. Aquella palabra sonaba a algo tan definitivo...
-¿Es demasiado tarde para operar? - pregunté. Me miró en los ojos y asintió.
Me lo temo - dijo.
-¿Cuánto tiempo de vida me da? -inquirí.
-Resulta difícil decirlo. En algunas personas eso demora mucho, en otras no.
-¿Y en mí caso?
-Bueno. Si me apremia, diré que... dos meses, quizás tres. Pero es imposible decirlo con exactitud.
Se interrumpió y sonrió, con una sonrisa forzada plena de piedad.
-Lo siento -declaro. Es muy duro dar estas noticias. Pero usted insistió en que le dijera la verdad. Adiós... y buena suerte.
Me estrechó la mano y no sé cómo conseguí salir, en procura de aire fresco. Repentinamente, comprendí la acuidad perceptiva que logra de improviso el hombre
condenado. Hasta el aire parecía morderme y causarme un hormigueo que ya había olvidado. Mientras estaba parado allí, aspirando profundamente el aire en aquellos pulmones que, al parecer, se desintegraban ya bajo la acción de la mortífera y taladrante enfermedad, los nitidos contornos de las casas, el fragor de los camiones militares, los chales y pañoletas coloreados de las mujeres belgas que usaban cerca de alli se revestían de una extraña claridad. Dos días más y estaríamos en Nochebuena. Y entonces, comprendí. Sería la última Navidad que vería sobre la tierra. Cada latido de mi pulso era como un redoble de tambor
que me acompañaba por ese camino y yo me acercaba al fin de éste.
Durante horas, aturdido, vagabundeé por las frías calles de Bruselas. Aquello parecía una pesadilla de la cual no tardaría en despertar sano y salvo, pero las filosas esquinas del sobre que contenia mi "sentencia de muerte" me recordaban la realidad cada vez que mis dedos se escurrían hacia mí bolsillo. Como pude, llegué al cuartel general y presenté una solicitud en que pedía un pasaje en avión de regreso a Londres. Quería irme inmediatamente, como un animal que busca su agujero cuando se acerca el fin, pero como la Navidad estaba próxima, todos los aviones que volvían a Inglaterra estaban atestados. Sólo pude obtener pasaje para el 27 de diciembre. Después de sobreponerme a mi decepción
inicial, me encogi de hombros cinicamente. Los moribundos debian dejarles
paso a los vivos en esa fecha de júbilo. ¿Qué importaba un día aqui o un día allá para un hombre que no podía huir de su destino?
a Inglaterra exigia explicación, por lo menos a los pocos amigos de verdad que yo tenía. Las malas noticias viajan con rapidez y pronto todos los oficiales del comedor supieron la razón por la cual yo los abandonaría a los pocos días. La turbada compasión, tan mal expresada y tan conmovedora, de aquellos dignos ingleses, sólo podría ser descrita por un artista de la palabra. Todo lo que yo diría es que ésa fue ciertamente la peor Navidad que haya pasado en mi vida y que les estropeé positivamente la fiesta a la mayoría de mis camaradas. Yo era
"la calavera de la fiesta".
El 27 de diciembre, emprendí vuelo a Londres. Lo primero que hice al llegar, fue concertar una entrevista con mi médico. Le presenté el diagnóstico del especialista y me examinó. Poco después, me preguntó:
-Supongo que su especialista del ejército lo habrá sometido a un examen radiológico antes de llegar a su conclusión... ¿no es así?
-No - dije.
-¡Cómo! ¿No le hizo un examen radiológico? ¿Cómo diablos pudo llegar a una conclusión concreta en un asunto tan grave sin darle sulfato de bario y someterlo a los rayos X? Francamente, Pinto, en este examen preliminar no logro hallar rastro alguno de cáncer en usted; pero, naturalmente, le hago notar que no es posible ser categórico sin pruebas más detalladas, inclusive los rayos X. Por lo menos, así es para un simple y atareado médico civil. Al parecer, el ejército opina de otro modo -concluyó mi médico, con una sonrisa.
En algún rincón de mi alma, el fulgor de una esperanza empezó a derretir el glacial envaramiento que me dominaba.
-¿Qué hacemos, ahora? - dije.
-Le concertaré un minucioso examen por un especialista de la calle Harley - me replico. Cuanto antes, mejor. ¿Podría usted ir mañana; por ejemplo?
Asentí. A duras penas lograba hablar. Y así quedó convenido. Al día siguiente, visité al especialista de la calle Harley, y después de haber conseguido ingerir el nauseabundo sulfato de bario, me sometieron a los rayos X en la forma más minuciosa. Dos días después me llamó mí médico. Enfermo con aquella espera y preguntándome aún cuál sería la respuesta final, entré en su
consultorio. Comencé a comprender cómo se siente un condenado la víspera de su ejecución. cuando sabe que se ha pedido con urgencia un indulto de último momento. Mi médico me saludó jovialmente.
-Bueno, Pinto - dijo -. Le traigo buenas nuevas. A ningún médico le
gusta disentir públicamente de su ilustrado colega, pero debo decirle que su especialista del ejército se equivocó esta vez. En su organismo no hay ni rastros de cáncer. Ciertamente, usted sufre de un total agotamiento y debilidad nerviosa. Eso se advierte a simple vista. Un par de
meses de reposo total repondrán el ciento por ciento de sus energias y podrá saltar como un gorrion. Vamos, diga algo. Cualquiera diría que deseaba morir. No pude decir nada. En ese momento, descubrí la sensación del condenado a quien indultan la víspera de su ejecución.
Durante los tres meses siguientes disfruté de un descanso absoluto. Al ser detenida la ofensiva de las Ardenas el último y desesperado esfuerzo de los alemanes por atacar, parecía inevitable que la guerra europea hiciese un alto. Yo comprendía que muchos trabajos estarían esperando mi regreso, pero me encogia de hombros con el aire de quien dice "Que esperen". Me alegraba descansar y dejar que los días transcurrieran a la deriva, sabiendo que aquél era el primer período de inactividad mental y física que se me había presentado durante cerca de cinco años y medio.
Mientras tanto, advertí que la noticia de la inminente muerte del teniente coronel Pinto se difundía rápidamente en los círculos de seguridad británicos y era transmitida sin duda al enemigo. Comprendi que serían pocos los que lamentarían su "muerte". Yo no había tenido tiempo ni oportunidad de hacerme muchos amigos en mi tarea. Habría sin duda muchas otras personas -en el bando enemigo- en quienes la noticia provocaría júbilo. Entregado al lujo de mi apacible descanso, yo difícilmente podía culparlos.
A fines de marzo de 1945, mi salud y mis fuerzas se habían repuesto totalmente y volví a mi puesto en el continente. Antes de seis semanas llegó el Día de la Victoria y con él la liberación total de las provincias septentrionales de Holanda, donde resistían aún
fanáticamente bolsones de tropas alemanas. Mi deber me llevó a La Haya a principios de junio y una de mis primeras tareas fue interrogar a un hombre de las tropas de asalto que no era alemán, sino un colaboracionista holandés.
Estaba detenido en la cárcel política apodada "El Hotel Orange" ubicado en el popular balneario marítimo de Scheveningen, cerca de La Haya. La prisión era gobernada por las autoridades militares canadienses y había un ala especial reservada a los presos políticos y a los hombres que se sospechaba eran espías o colaboracionistas.
Aquel prisionero había sido capturado tan repentinamente por el movimiento de resistencia holandés que vestía aún el uniforme negro completo de las tropas de asalto. Una cinta negra y roja sobre la blusa revelaba que era (sin duda) el orgulloso poseedor de una Cruz de Hierro. Mientras yo contemplaba su cabellera hirsuta y recortada, sus ojillos porcinos y su altanero porte, que le daban el aspecto de algo exagerado, de una caricatura de las cualidades que distinguían a las tropas de asalto, pensé que ese asunto debía ser un caso fácil. Ningún hombre capturado así "in fraganti", ostentando todos los distintivos del enemigo, podía hallar una excusa plausible. Pero me equivocaba.
Abordamos directamente el punto en el interrogatorio.
-De modo que usted es colaboracionista -dije. Le resultará un poco difícil explicar este bonito uniforme... ¿eh?
-¿Cómo se atreve acusarme de ser colaboracionista? Soy un buen holandés que ha hecho bien a su patria.
Lo miré, absorto.
-¿Usted... un buen holandés? De acuerdo con ese punto de vista, habrá que creer que Goering es el hombre más flaco del mundo e Himmler un maestro de escuela dominical. Si usted es tan buen patriota... ¿cómo se explica que lo hayan arrestado con ese uniforme? ¿Y lo honraron los alemanes con la Cruz de Hierro por ser un buen holandés? Este mundo es extraño, pero esto ya excede toda mi credulidad.
-Usted lo ha interpretado todo mal, señor -repuso-. Admito que parece extraño que un holandés vista así, pero puedo explicarlo todo -y poco a poco, mi interlocutor reveló una creciente ira-. Es una tremenda injusticia que arrojen a esta cárcel, sin advertencia previa, a un hombre que ha arriesgado repetidas veces la vida por su país, mientras todos los verdaderos colaboracionistas y amigos del sucio huno se están paseando en libertad y hasta son objeto de distinciones. Ahora que han expulsado a los alemanes, todos ellos han salido de sus
madrigueras y se han instalado en cargos cómodos. Al verlos pasearse en sus automóviles y vivir a costa del país, uno nunca se imaginaría que han sido carne y uña con el enemigo. Y aqui me tiene a mí, un hombre honesto y que ha hecho
una labor ardua, pudriéndose en la cárcel. Eso no es justo. Dejé que concluyera su parrafada. -Bueno, hombre arduo -le dije-. Dígame algo más. Esto me intriga.
-¡Oh! Ya veo que no me cree, señor, pero es la verdad. Lo juro. Ingresé a las tropas de asalto porque me ordenó hacerlo un oficial de alta jerarquía del Servicio Secreto. Me dió instrucciones muy concretas: me dijo cómo debía enrolarme, qué debía contestar a las preguntas de los alemanes, etcétera. Y me explicó qué debía averiguar y qué cosas necesitaba descubrir cuando estuviera enrolado. Hasta concertó que le presentara un informe una vez por mes a uno de sus oficiales de enlace. Yo debía encontrarme con aquel hombre en Rotterdam. En el muelle, en el Boompjes, como lo llaman.
No creí en este relato porque había oído demasiadas variantes del mismo durante muchos años. Se me ocurrió, con todo, que un consejo de guerra podía aceptarlo, a menos que se consiguiera una prueba concreta en contrario. Había, en realidad, muchos casos auténticos en que los agentes se habían infiltrado entre las fuerzas enemigas, y esos hombres no sólo habían arriesgado su vida a diario, sino que al término de las hostilidades habían corrido el riesgo adicional de que los acusaran y condenaran como colaboracionistas. Era posible, pues, que aquel hombre fuera sincero, pero yo no lo creía. En cualquier caso, había que tomar una decisión en un sentido u otro, de modo que el interrogatorio prosiguió.
-Perfectamente -dije-. Usted tenía que encontrarse con aquel oficial de enlace una vez por mes en Rotterdam y comunicarle toda información útil que hubiese obtenido. ¿Cómo se llamaba ese hombre, para verificarlo en nuestros archivos?
-En el servicio secreto, señor, un hombre no pregunta nombres y direcciones. Cuanto menos se sabe personalmente sobre un hombre, menos se puede divulgar. Nunca le pregunté su nombre ni le dije el mío. Teníamos demasiados asuntos importantes que tratar para perder el tiempo canjeando nuestras tarjetas.
-Comprendo. Gracias por ese dato que me ha dado sobre el trabajo del Servicio Secreto. Quizás me sea útil. Y a que no puede decirme el nombre de ese oficial de enlace anónimo... ¿podría decirme alguna otra cosa sobre él?
Medito durante un momento.
-Lo conocía, señor, como le dije, mediante las instrucciones de ese alto funcionario del Servicio Secreto.
-¡Ah, sí! -dije-. Ya vamos llegando a algo concreto. Sin duda, usted sabrá algo más positivo sobre él, su apellido y otras cosas. Le bastará con decirme su nombre y podré conseguir que me confirme su relato. Si lo hace, usted saldrá de aquí volando.
El preso meneó la cabeza y pareció apesadumbrado.
-Eso es lo malo, señor. Si pudiera ponerme en contacto con mi viejo amigo, no me estaría pudriendo en esta celda. Él me habría hecho poner en libertad desde hace muchisimo