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El ser humano no se satisface con algo perecedero, finito, comerciable, con un bien material; existe un deseo de algo inagotable, de algo infinito. Hay un hambre continua de lo que no puede acabarse, de poder tener o vivir en algo permanente, de ser cada vez más, anhela continuamente el infinito, «... la idea de los infinito cuyo contenido consiste en sobrepasar permanentemente todo contenido y por la cual se contiene más de lo que se puede contener» (Levinas, 2006, p. 25). Se expresa así la conciencia de la limitación frente a la nostalgia de lo inabarcable, de lo interminable. El Conde de Lautréamont citado en Nostalgia de infinito decía: «Yo siento la necesidad del infinito» (Figari, Nostalgia de infinito, 2002, p. 7) frente a esta realidad el pensador latinoamericano afirma que «se trata de la realidad más profunda del ser humano. Esas palabras manifiestan una tendencia, una tensión-hacia que persiste hoy y persistirá siempre a pesar de cuantos cambios se produzcan en el mundo.» (Figari, Nostalgia de infinito, 2002, p. 8) Es un interesante complemento el que se da entre Levinas y Figari en la medida que los

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dos descubren, de la realidad humana, la permanencia infinita de la naturaleza humana, contra la realidad finita de cada ser humano, así como el deseo de esa infinitud cuya raíz y fuente es la naturaleza misma del ser.

La ontología más pura y base de su ser como creatura humana, no puede perecer sino con la muerte. Se convierte así en un pilar fundamental de la antropología y de esta mirada, si no se entiende el hombre como un ser con hambre permanente de más, no se le pueden ofrecer sino paliativos y sucedáneos dentro de las esferas sociales donde se encuentra.

Esta dinámica y deseo es también una apertura natural y una tensión constante hacia otro, más allá de sí mismo, que debe, necesariamente, ser también infinito, solo lo infinito logra saciar el hambre de algo infinito. Un antojo, un hambre, solo se suscita en aquello que lo ha conocido y es así como San Agustín afirmará «nos hicisteis para Vos [refiriéndose a Dios], y nuestro corazón está inquieto mientras no halle descanso en vos» (Agustín de Hipona, 1971, p. 61). En Dios, el ser infinito, es donde se puede encontrar el sosiego y la paz, un hombre educado no puede ser un hombre sin conciencia de su propia capacidad del infinito, sin su semejanza con él, «solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar. Hay en él un llamado previo y gratuito que lo invita y mueve a la búsqueda» (Figari, Nostalgia de infinito, 2002, p. 10).

Así, dentro de este parámetro de la necesidad de Dios, el sujeto educado no puede ser alejado o prescindir por él mismo de aquello que lo llama por dentro. Parte de la problemática de hoy, como antes se planteó, es la vida como si Dios no existiera, el agnosticismo funcional que también deriva de la misma educación. Si esta dinámica se mantiene, el hombre en formación, se convierte en máquina útil para una sociedad útil, en hombres que sirven para hacer y no necesariamente ser, con sistemas de este tipo la crisis puede seguir agudizándose sin un final determinado.

En espacios como la educación, particularmente, el hombre se muestra de forma más abierta y vulnerable a las influencias externas, existe una fe implícita en la educación y quienes la componen. Una agrupación de iguales que busca esa verdad que todos anhelan, en una comunión de ideas y esfuerzos. Sobre la educación cae la atención de aquello que puede y no reflejar desde sus propias capacidades, desde su propia filosofía. Un hombre educado, debe poder reconocerse como tal, reconocerse como ser y de allí como hombre con toda la responsabilidad que esta respuesta ontológica trae consigo.

El encuentro de los ecos similares puede ser opacado, silenciado o amplificado para encontrar caminos en común que puedan recorrerse en conjunto. Dado que

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las cosas no pueden saciar lo infinito, sencillamente porque son desproporcionadas a la magnitud de la realidad humana, dentro del espíritu similar de iguales se encuentra un horizonte abierto para el deseo de comunión, también natural, del ser humano. Y es así como se convierte en un deseo permanente por avanzar en torno a una meta similar, que, desde lo más profundo del corazón clama por avanzar. La educación es así un espacio de encuentro entre los bienes y anhelos espirituales de aquellos que buscan crecer en ella.

Estas mociones e impulsos que se suscitan en el corazón requieren de apertura y conciencia, una permanente pedagogía del ser que lo ayude a abrirse, desde su voluntad, al hambre que lleva dentro. La exigencia es entonces que el educando procure el silencio, como una pedagogía de su voluntad, solo así se atiende a lo profundo. Es un ejercicio donde el hombre educado se inicia en un proceso de renuncia y dominio de sí, una ascética interior y exterior que, en esa dinámica, enriquece cada vez más al hombre. (Doig Klinge, 1987). El corazón, invitado por el alma, busca entonces responder a sus anhelos inmateriales para poder desplegarse de manera permanente.

Solo la conciencia plena de la antropología y el misterio ontológico del hombre permitirá que este se sienta invitado a contemplar el misterio de su propia realidad. La apertura a su propia grandeza constituye un paso fundamental del ser humano, solo así trascenderá de una educación para las habilidades para encontrar una educación de seres humanos formados, educados, integralmente. En la medida que se va atendiendo cada vez más a lo profundo de sí mismo integrando constantemente el todo del ser, se va descubriendo y haciendo categorías más claras sobre el ser pleno y trascendente. Es entonces un proceso de doble vía, un contrapunteo donde lo exterior posibilita el encuentro profundo y lo interior se expresa en las actitudes hacia afuera, así el camino de la antropología educativa debe ser claro para responder a este ser trascendente.

La educación y las bases de la misma deben poder parecerse el máximo a la realidad sobre la cual se encuentra, como un producto de la cultura donde se da. Sin embargo tiene el reto de la autenticidad de su misión y acción, de esta forma no puede depender de «visiones subjetivistas, de los deseo subjetivos, ni de los sucedáneos que nos inventemos o nos encontremos en el camino… un hambre profunda que todo ser humano siente. Pero el adolescente y el joven la suelen sentir de una manera más acuciante» (Figari, Una aventura fascinante, 2001, p. 7). El hambre que surge en el niño, joven, adolescente y adulto se mantendrá viva, y no se saciará de alimentos perecederos y momentáneos en la medida que sea constantemente cuestionado y convidado a observar su propia existencia desde su auténtica naturaleza y condiciones.

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Ya se ha propuesto entonces uno de los dinamismos más profundos y a la vez controversiales del ser humano, su nostalgia de infinito. Esta nostalgia puede o no ser percibida, sin embargo, como se ha mostrado, puede prescindir de una prueba empírica sensorial en la medida que se piensa desde una perspectiva existencial, el desafío de la educación surge en la capacidad de crear espacios y formas de responder a esta hambre permanente del ser humano.