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Get workers’ compensation pay history to SSA as early as possible.

G. Remember again, that regional and job numbers are published by Census and SOC

1. Get workers’ compensation pay history to SSA as early as possible.

P

ocos son los abogados que explican a sus clientes y testigos cómo deben responder a las preguntas formuladas por jueces, fiscales o abogados de la parte contraria. Según como sea el proceso, una persona que nunca en su vida haya presenciado un juicio puede verse acorralado en una pregunta formulada por diferentes letrados de manera enrevesada. En muchas de estas ocasiones, saber mantener la calma y responder con seguridad puede resultar fundamental. Precipitarse con un “sí” o un “no”, por ejemplo cuando la pregunta es doble, puede reflejar como respuesta exactamente lo contrario de lo que se quiere decir. La pretensión de cada abogado o del fiscal es llevar a su terreno tanto a los acusados como a los testigos, a fin de acreditar o desacreditar su testimonio en beneficio de los intereses propios de su cliente. En resumen, el abogado de uno mismo utilizará preguntas sencillas, el de la parte contraria será menos directo, utilizará tecnicismos y dobles preguntas más largas y enrevesadas.

Lejos de su especialidad en pleitos laborales, a Virginia se le presentaba la oportunidad de ejercer en uno de los juicios más mediáticos del año y de su carrera profesional, por lo que

repasaba una a una sus propias pautas para interrogatorios de procesos penales. El caso Malvar era el mayor de corrupción inmobiliaria destapado en España, con la implicación directa e indirecta de altos cargos políticos del partido opositor al gobierno, personajes de la alta sociedad, artistas de fama mundial y deportistas de élite entre otros. La cantidad de imputados y los miles de folios y pruebas de los que constaba el sumario no dejaban lugar a duda de lo largo y costoso que sería el desarrollo del proceso. Si aceptaba participar en la defensa del ex jugador del Real Madrid, Fran Llanos, tenía la certeza de que el traslado a Barcelona sería imposible. Un caso tan complicado le daría a su empresa prestigio nacional si el fallo era favorable o si al menos conseguían librar al jugador de algunos de los cargos que se le imputaban, además de los beneficios económicos que les aportaría. Virginia no se lo pensó dos veces antes de aceptar la propuesta y comunicarle su decisión a don Diego, quien la citó en su despacho el jueves, 8 de abril, a primera hora de la mañana.

— Ante todo quiero agradecerle esta oportunidad, don Diego.

— Soy yo quien quiere darte las gracias. Eres una de las más profesionales en tu trabajo y contar contigo en este caso, que yo mismo supervisaré a diario, es muy importante para mí y para toda la compañía.

— Disculpe mi atrevimiento, pero esto significa que lo de Barcelona...

— Eras la candidata ideal para dirigir allí los nuevos despachos, y lo sigues siendo, pero te he notado muy recelosa y no puedo obligarte a ir y arriesgarme a que decidas poner fin a nuestra relación laboral. Te conozco Virginia, y sé que cuando tú das un no por respuesta es más inapelable que una sentencia firme del Tribunal Supremo. Todavía no he decidido quién irá, pero sí sé que tú te quedarás aquí, en Madrid.

— Se lo agradezco.

— Debes saber, respecto a Francisco Llanos y al caso Malvar, que requerirá muchas horas de dedicación y que tendrás que ceder lo antes posible a tus compañeros todos los casos que tengas pendientes. Te quiero centrada sólo, única y exclusivamente en éste. Nos jugamos mucho y si logramos resultados positivos el nombre de este bufette, y el tuyo, tendrán gran relevancia en el ámbito jurídico de este país donde ya casi nadie cree en la justicia.

— No se preocupe, buscaremos hasta el más mínimo detalle que nos pueda ser útil, por insignificante que parezca.

— No lo dudo. Confío en ti y en tus posibilidades. Tienes la intuición, la desconfianza y la juventud necesaria. Por supuesto esto te aportará beneficios económicos en forma de plus por objetivos.

Virginia ya había logrado su primer objetivo sin preocupar a Silvia: no ir a Barcelona. Nada más salir sonriente del despacho de don Diego notificó por mail a todos sus compañeros la necesidad de pasarles sus casos, preguntándoles de cuántos se podría hacer cargo cada uno. Sacó todos los expedientes del archivo e hizo las anotaciones que consideró necesarias para facilitar el trabajo de sus compañeros. La llamada de Marcos le hizo levantar la cabeza del escritorio por primera vez en toda la mañana. Eran casi las dos de la tarde y ni siquiera había hecho un descanso para tomar café.

— Hola huesitos. ¿Qué tal vas?

— Pues me pillas más liada que nunca. Ya te contaré que así por teléfono es un poco largo de explicar.

— Eso suena a que tienes entre manos algo muy gordo. ¿Qué te parece si mañana vienes a cenar a casa y nos lo cuentas?

— Complicado. Mañana he quedado con una amiga para cenar. — Tráela. Ya sabes que tus amigos aquí son bienvenidos.

— Bueno, deja que hable con ella y esta tarde te llamo y te digo algo, ¿vale?

— Me parece muy bien. Espero tu llamada. Y vete ya a comer que no son horas de estar currando. Así estás, que sólo tienes huesos.

— Si es que no me he dado cuenta ni de la hora. Después te llamo. Saluda a Julia.

Silvia no puso ningún inconveniente en cenar con Marcos y con Julia, todo lo contrario. Equivocadamente pensó que por fin Virginia empezaría a presentarla como su novia que era y no como a una amiga más. No entendía que lo hiciera así. Ella vivía abiertamente su relación, con total naturalidad, compartiendo con sus amigos y con su familia el motivo de su felicidad y de su perenne sonrisa, mientras que Virginia ocultaba al mundo sus sentimientos, con miedo a descubrirlos. A pesar de que su prima Joana la había animado y la apoyaba, no había sido capaz de contárselo ni a su hermana, con la que mantenía una estupenda complicidad. Silvia a menudo intentaba comprenderla, pero también hacerle comprender lo sencillo que era vivir sin ocultarse tras una apariencia falsa, algo por lo que tanta gente en un pasado no tan lejano, había sufrido y luchado, dando la cara para terminar señalados con el dedo como apestados. Una noche le contó la historia real de dos mujeres, sucedida a principios del siglo XX. No recordaba con exactitud el año, pero creía que era 1919. Una de las mujeres era hija de un alto mando del ejército español. Se disfrazó de hombre y con un documento de identidad falso logró casarse con la mujer a la que amaba. Su felicidad fue efímera: no tardaron en descubrirlas y las encarcelaron. Nunca pudieron volver a verse. La sociedad no podrá pagar jamás el daño que se les hizo, pero al menos sí dar la cara ahora que nadie señala con el dedo a las parejas del mismo sexo y que incluso pueden ya contraer matrimonio. Otros muchos hombres y mujeres contrajeron matrimonio con personas del sexo opuesto huyendo de su propia sexualidad a lo largo de sus vidas para evitar represalias, desprecios y humillaciones, no sólo de la sociedad sino también de sus familias. Una cara renuncia en beneficio de la hipocresía social que se logró vencer gracias a todos aquéllos que “salieron del armario” a las calles. En su lucha se armaron de banderas con el color del arcoíris que ondearon ante los insultos y despropósitos eclesiásticos que los trataban como a enfermos mentales a los que se podía curar. Silvia nunca había ocultado su sexualidad y no acababa de entender que Virginia, una mujer de carácter fuerte, luchadora, liberal y de mente tan abierta, no derribase ese muro tan frágil a día de hoy, que la separaba de una forma de libertad. Tal vez detrás del caparazón de mujer fuerte estuviera escondida una enorme fragilidad emocional. ¿Qué pasaría si decidían vivir juntas? ¿O acaso Virginia pensaba mantener durante toda su vida la relación disfrazada de amistad? Silvia no podía dejar de pensar en ello a medida que pasaban los días y crecía el amor. Cuando estaban a solas Virginia era tierna, dulce, romántica... capaz de sorprenderla con el beso más apasionado y salvaje para darle luego la noche más tierna y dulce, mimándola con la mirada, con caricias. Pero cuando estaban con amigos, exceptuando a Vanessa, cómplice de excepción de su amor, todo cambiaba. Ahí Virginia se mostraba fría, distante evitando el más mínimo roce o una mirada que pudiera delatar sus sentimientos, inconsciente de que Silvia sufría en silencio ante esa indiferencia, sintiéndose rechazada.

El viernes, a las nueve de la noche, tras dejar la autovía de Extremadura saturada de tráfico como cualquier viernes de primavera, Silvia y Virginia aparcaban, guiadas por el GPS, delante del chalé de Marcos, en el cercano y moderno pueblo de Bruñete, tristemente famoso por la cruda batalla librada en sus montes y campos durante la Guerra Civil española, antes de que Madrid fuera tomada por las tropas franquistas, dando paso a la dictadura que regiría el país hasta 1975. A día de hoy, edificar en Bruñete implica una amplia exploración y estudio del terreno, buscando restos de granadas o bombas, testigos mudos de la herida, todavía abierta, durante la contienda. Su cercanía con la capital y la buena comunicación

tanto en transporte público como por carretera han hecho que mucha gente establezca su domicilio en edificios y chalés de nueva construcción allí, a lo que se añade la tranquilidad y la facilidad para aparcar que en las calles de la capital brillan por su ausencia. A Silvia le recordaba mucho a la casa de su padre, al que tenía un poco abandonado y al que pensó que debería visitar el fin de semana sin falta. Le gustaría vivir en un sitio así, aunque fuera una casa mucho más pequeña que la de Marcos. Un perro juguetón salió a recibirlas en cuanto Julia abrió la puerta.

— ¡Qué alegría verte Virginia!

— Lo mismo digo. Ya sabes que soy muy vaga para llamar a nadie, pero tenía muchas ganas de verte. Ella es mi amiga Silvia.

— Encantada Silvia.

— Virginia me ha hablado de vosotros. Ya tenía ganas de conoceros. — Pasad, Marcos está de cocinero.

Silvia miró a Virginia con seriedad mientras entraba detrás de Julia, desaprobando con su mirada la manera de presentarla. Marcos saludó con dos besos a las dos mujeres y se dirigió a su antigua compañera de trabajo:

— En cuanto termine con esto y suelte los cucharones te voy a dar un abrazo que te vas a quedar sin aire huesitos.

— Me estás asustando y tu mujer se va a poner celosa — respondió sonriendo Virginia—. ¿A qué viene tanta efusividad?

— Creo que tenemos que celebrar algo. ¿Tu estreno en un juicio penal de trascendencia nacional, por ejemplo?

— Vaya, veo que las noticias vuelan. ¿Cómo lo sabes?

— Porque ayer me llamó Iván, ya sabes que es un poco cotilla y que me mantiene informado de todo. Mi enhorabuena, te mereces esta oportunidad, y también te felicito por no irte trasladada a Barcelona. Has salido ganando aceptando el caso.

— ¿A Barcelona? ¿Caso nuevo? — interrumpió Silvia—. Creo que me he perdido algo. — No me ha dado tiempo a contártelo. Después te lo explico — dijo Virginia intentando salir del callejón en el que se había metido ocultándole a Silvia todo aquello.

Silvia cenó poco y apenas habló aunque evitó mostrarse seria. Marcos y Julia recordaron con Virginia el crucero por el Mediterráneo que estaban deseando repetir en verano.

— Yo iré algún día a Marsella. Me encantaron sus calas, su isla con castillo incluido — dijo Virginia.

— ¡Mírala que romántica ella! — rió Julia—. ¿A ti te gustan los cruceros, Silvia? — Sí. La verdad es que me encanta viajar. Creo que por eso soy agente de viajes.

— Pues ya nos estás buscando una buena oferta para la segunda quincena de julio, que repetimos crucero.

Poco después de las dos de la mañana daban por terminada la sobremesa y se despedían prometiendo verse más a menudo. Al subir al coche Silvia se derrumbó moralmente dejando que las lágrimas asomaran a sus ojos y resbalaran incontenibles por su cara. Apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. Virginia detuvo el coche un kilómetro después de haber arrancado.

— Silvia, cariño. Sé que debí contarte lo del caso nuevo. Lo siento mucho.

— ¿Lo sientes? ¿Lo del caso nuevo? ¿Crees que lo del caso nuevo, tu caso lleno de famosos, es lo que me duele? No es eso. ¿Qué es eso de que te ibas a ir a Barcelona? ¿Cuánto tiempo me lo has ocultado? ¿Cuánto tiempo me vas a ocultar a mí detrás de una amistad?

que me equivoqué intentando arreglar lo de mi traslado sin decirte nada. Me equivoqué, lo reconozco y no volverá a suceder. Te lo prometo.

— ¿Te das cuenta de que siento que no significo nada para ti? Me siento como una simple amante a la que escondes en tu habitación para darle noches de pasión y que al salir a la calle paso a ser como cualquier otra amiga tuya, o menos que eso porque además a mí me ocultas cosas.

— No estoy preparada para presentarte como mi novia. No me pidas eso Silvia porque no estoy preparada para enfrentarme a todo el mundo con mi sexualidad. Dame tiempo, por favor. Sabes que te amo, que tú eres mi vida.

— ¿Hasta cuándo Virginia? ¿Hasta cuándo crees que podemos seguir así? ¿Que yo puedo seguir así?

— Dame tiempo, sé que te he hecho daño, que te oculté lo que no debía y no me perdonaré que sufras por mi culpa. Te quiero.

— Quiero irme a casa. Vámonos por favor — pidió Silvia evitando el intento de Virginia de besarla.

La luna llena de abril iluminaba, al fondo, el cielo de Madrid. La luna llena de cuentos y leyendas que a Silvia fascinaba. De niña su madre le decía que no mirase a la luna llena, que se le robaría su energía, que lo que tenía que hacer era enseñarle el culo. “Enséñale el culo a la luna para que sea ella quien pierda su energía”, sin embargo, Silvia se pasaba noches mirándola sin temor a perder energía. Y la miró durante todo el camino, implorándole en silencio fuerzas para confiar en Virginia. Qué bonita podía ser aquella noche y qué amarga estaba siendo.

Al pasar entrar en el túnel de la A-5 a la altura del paseo de Extremadura, Silvia le pidió a Virginia que la llevara a casa, que prefería, que necesitaba, estar sola. Virginia no intentó convencerla y una lágrima de miedo y de culpa resbaló también por su mejilla. Miedo a perder a la mujer a la que amaba, a la que deseaba, con quien quería compartir toda su vida. Culpa por su silencio equivocado, por no haber sido sincera con ella, por callar lo que no debía. Y más miedo, miedo al futuro incierto, a abrir sus sentimientos a los demás, a seguir callando lo que no se atrevía a decir.

La soledad las invadió a las dos por igual, a cada una por separado, en sus camas el insomnio fue esa noche compañía extraña, la tristeza un sentimiento noble y la luna llena pañuelo de lágrimas.