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Abstract Implementation

4 Implementing Pur for Concrete Back-ends

4.1 Abstract Implementation

Permítanme que les cuente un pequeño relato sobre el mal. Es una historia que enseñan en la universidad en clase de psicología, pero sin ningún juicio moral, porque los juicios morales no se consideran territorio científico. La historia es sobre John B. Watson, el fundador de

la psicología prevalente en Estados Unidos: el conductismo. Watson era aficionado a decir que si le dabas un niño lo suficientemente pequeño, él podría convertirlo en aquello que quisieras: un científico, un abogado, un criminal.

Como prueba, una vez llevó a cabo un famoso experimento con un bebé de once meses llamado Albert. Watson asoció un ruido terrorífico con la visión de una rata, hasta que el pobre niño llegó a sentirse aterrorizado por las ratas. Después Watson «generalizó» la asociación hasta que Albert llego a sentir pánico de un montón de cosas: perros, lana, objetos peludos, una máscara de Santa Claus. Watson había intentado ver si posteriormente podía eliminar el miedo mediante téc- nicas similares. Por desgracia, la madre de Albert, una trabajadora del hospital, dejó el trabajo y Albert se quedó con sus miedos sin tratar.

En este caso, la «luz» era la ciencia, la «oscuridad» la ignorancia. Cualquier cosa que incrementara la luz era buena, no importa lo que hiciera falta para ello. Déjenme que les ponga otro ejemplo de la psi- cología: las famosas pruebas llevadas a cabo por el psicólogo experi- mental Stanley Milgram a principios de los años sesenta. Cuando Milgram inició estos experimentos, en realidad esperaba demostrar que los alemanes eran diferentes de usted y de mí y que, por lo tanto, el Holocausto era algo que no podría suceder en Estados Unidos. Su idea era llevar a cabo su investigación en Estados Unidos y después ir a Alemania para realizar la segunda parte. Nunca pasó de la primera.

Milgram pedía a un sujeto experimental que le ayudara con un ensayo de aprendizaje con una segunda persona, que se suponía era el sujeto real que había que estudiar. El segundo sujeto tenía que seleccionar la palabra que asociaba mejor con otra palabra de una lista de cuatro o cinco. Si escogía la palabra equivocada, l daban una pequeña descarga eléctrica para ayudarle a escoger mejor la próxima vez. Si volvía a fallar, aumentaban el voltaje.

El experimento presentado en realidad era falso. No se le daba ninguna descarga eléctrica al segundo sujeto; de hecho, éste era otro psicólogo que también participaba en el experimento. El objetivo real del experimento era ver lo lejos que el primer sujeto estaría dispuesto a ir al administrar descargas eléctricas a la otra persona. El sujeto real tenía que administrar el test, girar un disco selector para fijar el voltaje de la descarga y después pulsar un botón para que pasara la electricidad. La máquina tenía un selector con señales que iban desde «descarga ligera» hasta «peligro: descarga grave.» Pasado ese punto había marcas sin etiquetar que se suponía iban más allá de los límites del experimento.

Milgram quería descubrir lo lejos que iría una persona antes de que se negara a administrar más descargas. Ni él ni ninguno de sus colegas creían que muchas personas siguieran hasta el final. Se equivocaban. ¡Todas lo hicieron! Milgram estaba sorprendido y volvió a diseñar el experimento, haciéndolo cada vez más macabro en el proceso. Grabó una cinta de antemano con el supuesto sujeto llorando, pidiendo ayuda,

gritando, y al final del test, silencio total, como si se hubiera desmayado. ¡Un 65 por ciento de los sujetos siguieron con la aplicación del test hasta el final!

Los sujetos no se limitaban a pulsar alegremente los botones. A medida que el test avanzaba, reaccionaban como cualquier otro ser humano. Le suplicaban a Milgram que les permitiera parar. Él fríamente les decía que continuaran. Argumentaban que el sujeto se estaba muriendo. Milgram repetía que el experimento era seguro y que tenía que proseguir. Ésa era la frase clave: «El experimento tiene que continuar.»

De manera sorprendente, Milgram nunca se dio cuenta de que se había colocado en exactamente la misma relación con respecto a las personas que administraban la descarga como ellos con respecto al sujeto que se suponía estaba atado y que recibía la descarga. Milgram insistía en que si él hubiera sido uno de los sujetos, se habría detenido. Pero, de hecho, sí era un sujeto, y no se detuvo.

Su manipulación de los sujetos, mintiéndoles desde el principio, ya era suficientemente mala. Pero, al inicio del experimento, nunca pensó que llegaría a unos resultados tan terribles, a unos resultados potencialmente dañinos, psicológicamente hablando, para sus sujetos. No obstante, tras los primeros experimentos, cuando finalmente se dio cuenta, su humanidad debería haberle hecho detener. Pero no lo hizo; el experimento tenía que continuar.

Milgram nunca admitió que había actuado mal. Muchos psicólogos se quedaron horrorizados ante el experimento. Pero, y esto da mucho más miedo, muchos más psicólogos pensaron que era una idea estupenda y empezaron a diseñar experimentos similares, basados en el engaño del sujeto. Sus argumentos fueron: qué ocasión tan estupenda para conseguir datos reales; no dejemos que el sujeto sepa que es un sujeto, y así conseguiremos respuestas auténticas. La ética de la situación se perdió en medio de las prisas por obtener más datos. Desde entonces han habido muchos experimentos de este tipo, y uno se pregunta si todavía es posible encontrar un sujeto que crea en un experimentador psicológico. Después de todo, ¿acaso no es una constante que el experimentador te pueda estar mintiendo? Pero todo en interés de la ciencia, ustedes ya me entienden.

CP. Snow trató sobre los límites de la actitud científica en su novela

The Sleep of Reason (El sueño de la razón).62 En esta novela, dos amigas de mediana edad, quizá amantes, son juzgadas por haber torturado a un niño. Lo habían hecho básicamente por curiosidad, y con una actitud desapasionada, clínica, que no habría estado fuera de lugar en un laboratorio de investigación. En el transcurso del juicio, todos nuestros intentos normales por distanciarnos de ese tipo de acciones se confunden. Queda claro que, dentro de cualquier definición normal de cordura, las dos mujeres están perfectamente cuerdas. También parece 62CP. Snow, The Sleep of Reason, NuevaYork, Charles Scribner's.

posible que el evento, después de ser cometido, nunca se hubiera repetido. Aunque su acto fue monstruoso, ellas no son monstruos. No podemos descubrir ninguna frontera que las separe de nosotros. A medida que avanza el juicio, el lector se ve forzado cada vez más hacia la conclusión a la que llegó el abogado del siglo XLX quien, después de haber condenado a muerte a un hombre, dijo: «Ahí voy yo, por la gracia de Dios.» O, como Albert el Cocodrilo dice en «Pogo»: «Hemos visto al enemigo y él es nosotros.»

Todos tenemos miedo de mirar a los monstruos que tememos habitan en nuestro interior. La antigua historia de la caja de Pandora nos aconseja que dejemos las cosas escondidasallí donde están. Pero es precisamente cuando no examinamos nuestro lado oculto cuando éste crece hasta proporciones monstruosas e irrumpe en el mundo exterior. Una vez empezamos a reconocer que los monstruos que vemos fuera viven dentro, ese peligro decrece. En lugar de ello, descubrimos el principio de la sabiduría que cada supuesto monstruo nos puede enseñar.

Quizá podemos comprender a los sujetos de Milgram; incluso podemos entender al propio Milgram. Si llevamos la imaginación un poco más lejos, podemos ponernos en el lugar de John B. Watson. Y éste es un primer paso, que tan desesperadamente necesitamos, para integrar la sombra.

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