4.3 Computational aspects of subspace approximation
4.3.1 Acceleration using fast filtering
Respecto de estos resultados es donde considero que el aporte de la interpretaciónpresenta rasgos distinti- vos que permiten fundamentar una relación más com- pleta y compleja entre mundo y lenguaje. A partir de lo que sigue, intentaré mostrar que un tratamiento como el que se hace desde la hermenéutica ricoeuriana en- seña cómo un concepto de interpretación constituido lingüísticamente y que asume el excedente de sentido no solo no disuelve el mundo en lenguaje sino que lo- gra ampliar las condiciones de accesibilidad a la di- mensión extrasígnica.
Lo que una teoría de la interpretación pretende, como metateoría filosófica, es ante todo mostrar el ca- rácter mediado de nuestros tratos con el mundo, en este caso según procesos de formación con base en signos, símbolos, textos y a partir de cuya estructura- ción la relación debe describirse de modo inferencial, conjetural y sujeta a permanente revisión. El largo ro- deo por los objetos, acciones, instituciones y repre- sentaciones de la cultura, por ejemplo, procedimiento que Ricoeur propone para volver sobre nosotros, pero transformados, se sostiene a partir de una descripción
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de nuestro vínculo con el mundo según una estructu- ra básica, antepredicativa, de la que resultará un tipo comprensivo específico según cómo se establezca, pero siempre desde una experiencia de sentido en la que todo se me ofrece como otra cosa.
Por cierto, esta pretensión omniabarcante, masi- va e irrebasable, ha sufrido severas críticas que inten- tan desmentir su capacidad heurística para describir nuestra relación vincular con el mundo. Las críticas van desde objetar, con Maurizio Ferraris (1998), una equivocidad en el concepto de interpretación que la hermenéutica como disciplina filosófica habría intenta- do ocultar a los fines de preservar su unidad histórica; hasta mostrar, con Ramón Rodríguez (2013), que esta equivocidad se traslada a la obra de un mismo autor, tal el caso de Ricoeur, quien solo habría logrado sos- tener su empresa a costa de no resolver este escollo.
Para ser bien claro, lo que me interesa defender frente a esto es precisamente que los rasgos que acabo de asignar para la interpretación no solo no resultan de una confusión conceptual entre objetivos inconci- liables sino, al contrario, que de tenerlos a todos en cuenta es que resultará una contribución importante. Por ejemplo, que explicitación no va reñida con me- diación realizada por inferencias. Por ello, a partir de lo que sigue procederé de un modo indirecto, es decir, respondiendo a las objeciones citadas.
Ricoeur sostiene que la relación vincular mediada según la estructura del “algo en cuanto algo” o “algo como otra cosa” muestra que la actividad interpretativa consiste en desplegar, explicitar, las posibilidades abier- tas por esa relación. Ahora bien, y esta es parte de la crítica, esa tarea de desarrollo que ancla en el mundo de la vida pareciera no poder dar de sí más que la reitera- ción de lo ya sabido, de otro modo —con mayor claridad tal vez para un saber del presente—, pero restringida a “desenrollar”, “desovillar” el contenido ya dado.
Por otra parte, y más grave aún como objeción para un proyecto unificado de la tarea hermenéutica,
no habría modo de relacionar este rasgo de explicita- ción acerca de cómo se dan nuestros tratos percepti- vos con el que pudiera esperarse en el modo simbólico o en el trato con textos. Si con estos últimos lo que se pretende es desocultar un sentido latente a partir de lo manifiesto o revelar un sentido más claro a par- tir de cierta confusión o complejidad inicial en el acto de lectura, para lo cual es importante contar con una actitud interpretativa, en la percepción cotidiana, en nuestra relación con aquello a la mano, debiéramos admitir precisamente lo contrario, es decir, que la re- lación está dada sin más, sin necesidad, por ende, de mayores añadidos, como los que se pretende con una artificiosa mediación interpretativa. Sobre esto último, también Richard Shusterman (1991) les objeta a los interpretativistas ignorar que hay determinadas expe- riencias habituales que, precisamente por ser tales, no muestran la incidencia de lo interpretativo, según los rasgos que ofrecimos para caracterizarlo. Su argumen- to apunta a mostrar que habría cierta espontaneidad, lo suficientemente habitualizada, incluso en nuestras conductas lingüísticas, como para no ameritar el ex- pediente interpretativo, que solo viene a introducir la supuesta necesidad de una mediación donde pareciera que puede prescindirse de ella, en tanto no contribuye a elucidar mejor el fenómeno en cuestión.
Respecto de esto último, entiendo que se trata de un tipo de crítica que omite distinguir si lo que se obje- ta es en función del trato tal o cual de un individuo en una situación específica en la que tiene que arreglárse- las para resolver su cotidianeidad —situación describi- ble desde el punto de vista de las condiciones psicoló- gicas que requieren un estado más o menos consciente para realizar una acción—, o de las condiciones que hacen de ese individuo alguien perteneciente a una cultura, una sociedad, una época histórica, una len- gua; rasgos estos, a su vez, que no necesariamente deben adscribírsele como determinaciones condicio- nantes, sino como horizontes de posibilidad. Es decir, si la objeción es respecto a los requisitos psicológi- cos que debiéramos reunir para tratar con un objeto o acción habitualizados —por ejemplo, una tiza que
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tengo en la mano cuando estoy frente a un pizarrón, el ascenso o descenso de una escalera— es claro que nuestro comportamiento no muestra demora ni transi- ción como para pretender que haya allí interpretación. Pero si lo que se interroga es por la índole de aquello que se me ofrece como habitualidad, el defecto de la crítica —que, sugiero, debe ser revisado— es suponer- la como lo dado.
Para el caso, no solo Ricoeur, sino antes que él Peirce, a quien Ricoeur cita en ocasiones importan- tes, ya había enseñado que la interpretación no es un añadido posterior, de carácter subjetivo, a un primer trato sensorial, objetivo. Así, no hay descomposición posible en el percepto, pero no porque esté dado sin más y completo en su sentido (como pretende la crí- tica que se hace a la partición del momento objetivo y el posterior subjetivo), sino porque nuestro acceso cognitivo/realizativo es siempre a partir de un represen-
tamen que me reenvía a un objeto “inmediato” —dice
Peirce— gracias y según un determinado interpretante. Ahora bien —y contra toda pretensión de acce- so inmediato— este proceso solo puede resolverse vía inferencias, entre las cuales la abductiva aparece como la de mayor productividad. Así, el proceso no es inferencial abductivo solo cuando me hallo ante una situación que ameritaría interpretación porque me resulta confusa, se presta a malentendidos, o bien su significado es para mí incierto. Lo es, y en este sentido siempre lo es, porque nuestro trato par- ticular con una situación tal o cual depende siempre en cuanto semiosis de un reenvío posibilitado por un interpretante. La anterioridad, entonces, aun la más habitualizada, nunca es la de lo dado, porque el in- terpretante es resultado de interpretaciones anterio- res, puesto que si bien el objeto inmediato se sostie- ne en un objeto dinámico, este último no es la cosa en sí, sino objeto inmediato de un dinámico anterior a él; y así sucesivamente. Insisto, no es que solo ante un fallo de la comprensión necesite de interpretación para resolverlo, sino al contrario: el fallo me muestra que ya había interpretado, aunque mal, precisamen-
te por haberme dejado llevar por lo habitual de la experiencia que no se corresponde en ese caso con una determinada situación. La abducción es apues- ta, conjetura, hipótesis, y como tal corre el riesgo de cometer un fallo.