Introduction
3.5 Theme three: the process of mindfulness
3.5.2 Accepting challenges
cl audio gay Molino de Puchacay (Provincia de Concepción) Atlas de la Historia Física y Política de Chile, Tomo Primero Ciudades, costumbres y paisajes
de los Andes y apreció la feracidad del terreno; y, por último, la ruta costera desde Quillota a Coquimbo, que le permitió contemplar por primera vez el « gran espectáculo» que para él era el océano Pacifico, comenzar a estudiar la geología del territorio nacional y conocer de cerca a los mineros, «la única gente que uno puede hallar aquí».
«No hay, sin duda, relató Domeyko a un amigo polaco en París a su lle- gada a Coquimbo, otro país que sea menos parecido al nuestro como éste, donde me tocó descansar de la guerra, del ruido parisino y del prolongado viaje. Puras rocas, desierto y mar; no hay ni bosques ni los extensos trigales verdes, ni nuestros prados ni aldeas», agregó en un tono todavía marcado por la añoranza de su tierra, que sólo el tiempo iría atenuando, pero que nunca desaparecería completamente pues, como él mismo decidió, sus memorias eran las de un «exiliado». Entonces, y por una vez más advirtió, «lo que yo hago es escribir esporádicamente, y hasta donde me lo permite el tiempo, para mí mismo y para mis compatriotas, relato las impresiones que recibí y mis propias aventuras».
Entre sus primeras observaciones estuvo la que le permitió advertir que la gente y sociedad con que se encontró mantenía «las leyes, hábitos y cos- tumbres», particularmente en la vida interior y familiar», heredadas de la época colonial. Las que sin embargo estaban «cambiando tan rápidamente que dentro de veinte años los jóvenes chilenos no tendrán una idea de lo que son ahora sus padres». Situación que le permitió afirmar que tal vez sus apuntes, que registrarían esa evolución social y cultural, «podrán ser algún día útiles para los propios americanos pues sólo un extranjero, exento de prejuicios y nada obcecado, como se caracterizó, puede ver y apreciar imparcialmente muchas cosas que los propios chilenos miran ya con ideas preconcebidas». Mostrando así el valor que tienen sus memorias en tanto descripción de un mundo, el cultural, el de los usos y costumbres de la sociedad, en muchos aspectos irremediablemente perdido.
Tal vez fue la añoranza de su Polonia natal, en especial su permanente recuerdo de los elementos propios de su identidad, lo que llevó a Domeyko a prestar especial atención a las costumbres, fiestas, prácticas y actividades propias del pueblo chileno. Este hábito se inició con la descripción de la
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Ignacio Domeyko arribó a Chile en 1838. Su llegada fue consecuencia de su contratación en París, y sólo por seis años, como profesor de Química y Minera- logía del Instituto de Coquimbo en La Serena.
El científico, nacido en Lituania en 1802 y que se licenció en Ciencias Fí- sicas y Matemáticas en la Universidad de Vilma, tuvo una activa participación en la resistencia polaca contra la invasión rusa en la década de 1820. Vencidos los patriotas y obligados los a huir, Domeyko terminó exiliándose en París en 1832, ciudad en la que pudo reanudar sus estudios en la Escuela de Minas. En 1837 rindió sus exámenes finales y fue contratado como ingeniero en Alsacia, ocupación que dejó cuando uno de sus antiguos profesores de mineralogía lo animó a partir a Chile. Entonces escribió: «¡Reviví! Renació en mí la afición infantil por los viajes. Sin pensarlo mucho contesté aceptando». La oferta tenía su origen en la necesidad de contratar un profesor de Química que Charles Lambert, propietario de minas en Chile y apoderado de los vecinos de La Serena, había hecho saber en la Escuela de Minas.
Luego de los indispensables preparativos, que incluyeron la compra de libros y de un laboratorio para desempeñar sus nuevas responsabilidades, además de la sentida despedida de sus compatriotas, Domeyko emprendió el viaje hacia América el 31 de enero de 1838. Su recorrido incluyó el paso por Londres, ciudad en la que el British Museum lo impresionó por su co- lección de fósiles; las islas Canarias y Madeira, en las que tuvo oportunidad de estudiar su composición geológica; Bahía y Río de Janeiro en Brasil, cuya costa lo impresionó con sus formas geológicas y su exuberante naturaleza; el río de la Plata, particularmente Buenos Aires, donde le llamó la atención «la plebe singularmente pintoresca, esos gauchos ataviados con colores vivos y chillones», pero también el tono europeo de la ciudad; la pampa hasta Men- doza, que le permitió conocer mejor el carácter del gaucho y sus costumbres, además de conmoverse con la soledad del que llamó «desierto estepario»; el cruce de los Andes, la cordillera que desde entonces nunca dejó de impre- sionarlo y que lo llevó a realizar numerosas descripciones geológicas y a un sinfín de reflexiones científicas sobre su origen; el valle del Aconcagua, donde comenzó su trato con los chilenos, se dejó maravillar por la majestuosidad
ese tesoro de caros recuerdos y esperanzas de las que te vanagloriabas al abandonar la patria?» escribió en sus apuntes. Y su respuesta no deja lugar a duda respecto de sus motivaciones: «Oh, recuerdo lo que había en el fondo de tu desenfrenado afán de visitar países lejanos y desconocidos para mitigar la tristeza ocasionada por la separación con los tuyos. Era la esperanza de un cielo más despejado que permitiera el regreso a la patria y la certeza de relatar más tarde a la familia y a los amigos lo que has visto, lo que acumulaste con el corazón y con la vista en el ancho mundo».
¿Qué es lo que te inquieta, se pregunta, «que no puedes estarte en un sitio y disfrutar con paciencia de la hospitalidad? ¿Te inquieta, te impide el descanso la ausencia de aquella que, si te la quitan, nadie te dará otra y mejor?». Sin ella, «lo más caro, la patria», se responde Domeyko, «la paz es una quimera, la riqueza es miseria, los honores una nimiedad y hasta el trabajo es estéril». Esta permanente inquietud es la que está tras su firme determinación, luego de cumplir su contrato en Coquimbo, de regresar a Europa a pesar del éxito de su gestión, los reconocimientos recibidos y las relaciones establecidas en el celebración del aniversario de la Independencia el 18 de septiembre de 1838
en La Serena, la que entonces incluyó banderas, cañonazos, Te Deum, fuegos artificiales, bailes, iluminaciones, campanas al vuelo, discursos patrióticos, juegos criollos, tertulias, chinganas y paradas militares. Todas las cuales le dieron oportunidad para reflexionar sobre las costumbres de los diversos componentes de la sociedad, y sobre ésta en su conjunto, en más de una ocasión, comparándola con su natal Polonia.
La añoranza de su patria fue una actitud permanente en Domeyko. Ella se manifestó en Francia a través de su participación en diversas actividades de la colonia de exiliados polacos y en su nunca cumplida esperanza de retornar a su tierra, la que frustrada una y otra vez lo llevaron a emprender rumbo a Chile. En América este sentimiento tuvo una de sus primeras manifestaciones concretas cuando, en la cima de los Andes caminó a Coquimbo y luego de atravesar la Pampa desde Buenos Aires, consciente de la barrera que ahora se interpondría entre él y su anhelo, y a 4.500 metros de altitud, con el viento arreciando, escribió. «Miré todavía durante media hora hacia el este, oteando lejanos horizontes», y «lancé un suspiro nostálgico desde su cumbre» antes de comenzar a descender hacia el valle Aconcagua. En lo que no cabe duda es una imagen retórica motivada por su nostalgia patriótica.
El deseo de retornar a una Polonia libre fue lo que lo hizo resistirse en un principio a firmar un convenio por seis años con Charles Lambert que, en todo caso, podría reducir a cinco si así lo llegara a desear. Tal era su obsesión que en ocasiones fecha su diario con una frase como «ya es la decimosegun- da Navidad que estoy celebrando lejos de la patria», para aludir a la fiesta de 1843. Entonces escribe, sin duda conmovido por la ocasión, «no tengo a quien hablar en polaco. Una mitad de las personas que me querían se murió, la otra tal vez está olvidando», y se pregunta: «¿se produjo algún cambio en mi alma? ¿Amo hoy menos mi tierra natal? ¿Sirviéronme de provecho, de lección, tantos sufrimientos, añoranzas, tantas aventuras, tantas correrías por la larga y ancha vía del peregrinaje, cuyo final no vislumbro?».
En enero de 1845, al momento de iniciar una excursión a la Araucanía que lo llevaría finalmente hasta Osorno, Ignacio Domeyko vuelve sobre las causas de su situación. «¿Estás seguro que cruzando tierras extranjeras conservarás
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Andacollo (26 de diciembre 1836)
Atlas de la Historia Física y Política de Chile, Tomo Primero Ciudades, costumbres y paisajes
«Cómo podía pensar en salir yo de Chile sin haber observado semejante fenómeno», anotó en su diario, justificando su opción con afirmaciones como: «¡Qué campo interesante de observaciones debía haber allí!» o «¡Qué suerte la de presenciar el nacimiento de un nuevo volcán». Al regreso de su excursión, en febrero de 1848, decidió permanecer por un año más en el país ante las «tristes noticias» que llegaban sobre Polonia, las cuales no mejoraron en 1849 y terminaron trastocando los proyectos del naturalista. Éste sin embargo, y a pesar de la desilusión experimentada, «en lo más recóndito del alma no dejaba de tener un rescoldo de esperanza de que ese estado de cosas cambiaría, y que algún día veré la patria». Aunque también mostraba realismo, y ante lo remota que apreciaba esta posibilidad, «sentí el deseo de organizarme una existencia más sólida en el lugar donde recibía de los habitantes pruebas cada vez más patentes de afecto y estima». Tenía entonces 47 años, permanecía soltero, y sus labores docentes, académicas y de investigación eran su principal placebo para los males provocados por la situación de su querida Polonia.
Fue en 1850 que su vida experimentó cambios notables. Junto con adquirir una casa alejada del centro de la ciudad, lo que le permitió eludir la «vida mun- dana, los juegos sociales y las visitas convencionales», entregándose así casi por completo a sus deberes, comenzó a perder el entusiasmo por realizar «alguna lejana excursión, como solía hacerlo antes», aunque todavía en febrero realizó una al valle del Cachapoal, recorriendo sus fuentes y cordilleras contiguas.
A fines de marzo su tranquila existencia, que se componía de actividades docentes y de investigación durante casi todo el día, de una tertulia semanal en casa del arzobispo de Santiago y de ocasionales contactos con amistades, tuvo un giro radical. «Cierto domingo, a fines de marzo», recuerda Domeyko con precisión, mostrando lo significativo de los hechos que a continuación relata, «vino a verme mi excelente amigo el general Aldunate», con el cual paseó hasta la Quinta Normal. Cuando regresaban se desencadenaron los acontecimientos, al pasar frente a una propiedad que, con la puerta abierta, le permitió observar una espléndida plantación de naranjos que llamó su atención. El interés de Domeyko fue satisfecho por su acompañante quien le ofreció entrar a la casa pues en ella vivían parientes, los Sotomayor. Según relata el científico, «no pude negarme, entré con desgano, y en ese instante país. Aun advirtiendo que Chile representó para él «un mundo nuevo» dotado
de «cielo puro, hermosa tierra, magnífica vista de los Andes por el oriente, y el océano por el poniente; de la tranquilidad, cálido y suave carácter de los habitantes», su decisión estaba tomada; y en noviembre de 1846 se encon- traba en Valparaíso esperando el vapor en el cual iba a abandonar América. Fue entonces que ante una demora de la nave que se prolongaría todavía unas semanas viajó a Santiago para despedirse de algunas amistades. Hecho que terminaría cambiando su destino, pero no su condición de exiliado.
En la capital comenzó por acceder a las reiteradas peticiones de sus cono- cidos, muchos de ellos hombres vinculados al gobierno, para que en virtud de sus conocimientos y prestigio participara en la reforma de la educación pública, incluida la universitaria. En medio de esa compleja tarea «pasó el año, sin que de mi mente —escribió Domeyko— se borrara la determinación de abandonar en verano América y regresar donde los míos». Entonces, noviem- bre de 1847, se informó de una erupción volcánica entre El Descabezado y el Cerro Azul, en los Andes, frente a Talca.
Un Baile en la Casa de Gobierno. Aniversario de la Independencia (18 de septiembre) Atlas de la Historia Física y Política de Chile, Tomo Primero Ciudades, costumbres y paisajes
sale corriendo del seto una hermosa señorita quinceañera, alta, recatada, tí- mida, de grandes ojos negros y cabellos algo más claros, peinados en bucles». La escena concluye con las siguientes palabras, «ella se arreboló y yo tal vez palidecí». El romance fue breve pues el 7 de junio de 1850 Ignacio Domeyko ya era esposo de Enriqueta Sotomayor.
Según relata en sus memorias, una semana después del matrimonio reci- bió una carta de Cracovia invitándolo a incorporarse como profesor de Cien- cias Naturales en la universidad. Se trataba de una oportunidad magnífica para regresar a su añorada Polonia. Entonces anota: «Miro la fecha de la carta y veo que llega con un retraso de casi medio año. Mi alma se estremeció». Y en medio de «pasiones contradictorias» decidió quedarse pensando que llegaría el día «en que podré viajar con mi esposa, y acaso con los hijos, a mi patria». Continuando con su relación, confiesa que al llegar el verano de 1851 «no sentí ningún deseo de alejarme de mi esposa, de mi chalet con su abundancia de flores y frutas, y recorrer las cordilleras, como solía hacerlo en los años anteriores». Habían terminado sus sistemáticos viajes de estudio por el país, aquellos que iniciados en 1839 se repetían cada verano y a los que en muchas ocasiones se agregaron traslados circunstanciales motivados por trabajos como perito o juez de minas, o bien por un interés especial en alguna región o fenómeno natural o, sencillamente, por su afán de explorar la cordillera de los Andes.
v i a j e s
g e o l ó g ic o s
En lo que puede considerarse un resumen, o la relación sucinta de sus principales actividades desarrolladas en Chile, Ignacio Domeyko escribió que fue por 1870, luego de la muerte de su mujer y cuando ya ejercía como rector de la Univer- sidad de Chile, que decidió dedicarse con mayor intensidad a sus ocupaciones académicas, y que por lo tanto «a partir de entonces fueron más raros y más breves mis viajes geológicos».
Más allá de la certeza de su memoria, pues lo cierto que su matrimonio ya había hecho disminuir sus excursiones, interesa rescatar los que él consideró viajes dignos de referir y que corresponden, en lo esencial, a los realizados entre 1839 y primeros años de la década de 1850.
cl audio gay Conquiliología
Atlas de la Historia Física y Política de Chile, Tomo Segundo Zoología
Una vez instalado en La Serena e iniciadas sus actividades docentes, Do- meyko inició sus excursiones por los distritos mineros que daban vida a la economía de la región. Las que mientras vivió ahí realizó normalmente al concluir sus actividades académicas, es decir, en los meses de verano.
La primera salida la hizo entre enero y febrero de 1839 a las minas de plata de Arqueros, a mil metros sobre el nivel del mar en medio del desierto, llegando a la placilla un día sábado, justo cuando los mineros terminaban sus labores semanales y, «desnudos y sudorosos, comenzaban a salir uno tras otro de debajo de la tierra, entre quejidos y gritos, y lanzando los últimos capachos llenos de rico mineral ante la choza del mayordomo». Entonces tuvo oportunidad de apreciar sus formas de diversión, entre ellas las que se proporcionaban en las chinganas, las que según observó, les consumían prácticamente toda la paga semanal. También pudo así adquirir «los primeros conocimientos acerca del es- tado de la industria minera y del carácter de los minerales metalíferos en Chile». En el verano de 1840, por dos meses, salió rumbo a Copiapó, visitando numerosas minas de cobre y plata. En particular el gran mineral de Chañar- cillo. También se adentró en los Andes, alcanzando los tres mil metros sobre el nivel del mar. El viaje fue, escribió, «útil para mí y mis alumnos, porque traje de él gran cantidad de observaciones geológicas y de minerales que me sirvieron para dar a mis clases mayor peso».
En 1841 salió con rumbo al sur, a caballo hacia Santiago a través de Com- barbalá, Illapel y Petorca, visitando en su travesía fundiciones y minas. Ya en Santiago tuvo oportunidad de subir a la cordillera, por el cajón del río Maipo, para visitar las famosas minas de San Pedro Nolasco. Al año siguiente regresó al centro del país para catear minas en la cordillera, por el río Cachapoal hacia el interior. Entonces escribió, «pasé sesenta días en la montaña, al aire libre, en alturas que llegaban a los hielos eternos, acompañado sólo de simples mineros». Contratado por el gobierno, al año siguiente emprendió un nuevo viaje a Copiapó por la ruta costera «a fin de conocer la cadena occidental de los cerros chilenos; desde Copiapó atravesar todos los Andes hasta su loma en ambos sentidos, y regresar a Coquimbo por la ruta continental interior». La excursión, que duró casi tres meses, le sirvió para apreciar las característi- cas esenciales de las cadenas montañosas y de los valles que las separaban.
Ortópteros
Atlas de la Historia Física y Política de Chile, Tomo Segundo Zoología
Entonces también recopiló apuntes geológicos, muestras de rocas y una va- liosa colección paleontológica de conchas marinas halladas en los Andes.
En 1844 exploró la zona cordillerana de la provincia de Coquimbo, hasta llegar a sus lomas más altas, las que separaban a Chile de «los Estados Argen- tinos». Nuevos apuntes, observaciones y muestras fueron el resultado de la excursión que realizó en compañía de sus alumnos de mineralogía. Resultado de sus viajes fue la redacción de su obra Recherches sur la Constitution geologique
du Chile, que apareció en 1846 en París, y en la cual daba cuenta de «la contex-
tura exterior y formación de los cerros chilenos». La obra seguía a su Tratado
de ensayes y a la Mineralogía, editadas a expensas del gobierno chileno. Todas se
complementaban con sus trabajos en los Annales de Mines y otras publicaciones en que describía y analizaba minerales descubiertos por él en Chile.
Ansioso por conocer los volcanes chilenos, en 1845, durante un viaje que lo llevaría hasta Osorno, se internó por el río Laja hacia los Andes, más allá del volcán Antuco. Esta excursión geológica le permitió editar su Memoire sur
la composition geologique du Chile a la latitude de Concepción, depuis la baie de Talcahuano jusqu’au sommet de la Cordillere de Pichachen, comprenant la description du volcán d’Antuco. Entonces también aprovechó de hacer una excursión geológica
a los yacimientos de carbón de Lota, oportunidad en la que bajó y visitó los trabajos subterráneos, convenciéndose, como anotó, «que si bien en toda la formación sólo había una bancada de carbón, ella podía proveer en el futuro inmensas cantidades de este valioso producto para la industria minera de Chile».
Además de excursiones a la cordillera frente a Santiago, por ejemplo en 1847 para evaluar las fuentes de agua de la ciudad, pero que también «esti-