Un grupo clave de periodistas comprometidos en esta guerra es el denominado “Periodistas de a Pie”. Como ellos mismos dicen, es “una organización de periodistas que busca elevar la calidad del periodismo en México, a través de la capacitación y del intercambio, entre colegas, de técnicas de investigación, experiencias, estrategias de reporteo, estilos narrativos y formas de abordaje”36.
Nacido en 2007, cinco años después publicaron un volumen de crónicas fundamental: Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte. Un conjunto de 11 relatos escrito por otros tantos cronistas y en cuyo inicio y a manera de justificación se exponen los argumentos del grupo:
En ese extraño, nebuloso campo de batalla, varios periodistas nos sentimos retados a escapar del horror, o por lo menos a no quedarnos paralizados ante él. A combatir, con investigación, datos, análisis y testimonios, el anonimato oficial
35 La investigadora mas acusiosa y comprometida (que hasta amenzada vive) del fenómeno
narco y la decadencia política mexicana, Rosanna Reguillo, creó el término narcoñol para referirse a este nuevo dialecto que crean, conjuntamente, los narcos y los grandes medios.
36 “Periodistas de a Pie. Red de periodistas sociales” es un grupo muy activo de periodistas
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de las víctimas. A recoger las historias de familiares, sobrevivientes y testigos que describían una realidad distinta a la narrada por los hacedores de la guerra en sus mantas o en sus boletines oficiales. Sentíamos esa urgencia de gritar que detrás de cada una de las noticias sobre los asesinatos, quedaban víctimas heridas y silenciadas que necesitaban solidaridad, ser escuchadas, atendidas. Cuando nos sacudimos del aturdimiento inicial varios de nosotros escribimos crónicas o participamos en libros donde documentamos los impactos de la violencia en la sociedad. En las charlas y presentaciones de nuestro trabajo abundaba el dolor. Pero también entre el público surgía una inquietud: ¿qué podemos hacer? La pregunta no dejaba de resonar. Entre periodistas nos cuestionábamos si podíamos escribir sobre la violencia sin abonar a la parálisis, a la desesperanza de la gente. Y cuáles son las historias de vida ocultas entre la muerte, cuáles las que más urge contar. Ante estas incertidumbres se abrió paso una respuesta: las que dan aliento. Era verdad37.
Nos detenemos en algunas de estas crónicas, comenzando con una de entre las periodistas de a pie (son bastantes hombres pero muchas mujeres en esta asociación): Thelma Gómez Durán. Su relato de esperanza recopilado en Entre las cenizas nos cuenta la historia de resistencia del municipio indígena de Cherán. Una población que año tras año mermada por las drogas y expuesta a la dictadura de los traficantes, decidieron hacer frente al narco. Han logrado, no sin dificultades y sometidos al aislamiento, autoabastecerse e incluso formar sus propios órganos de gobierno, independientes del Estado mexicano. Afirman que viven en uno de los territorios más seguros del país. El problema lo tienen cuando salen, porque son una isla, rodeada por un mar de cárteles del narcotráfico y de corrupción policial.
Otro caso singular de autonomía territorial aparece recogido en la crónica de Daniela Rea “La justicia de todos”. Esta vez es la comunidad indígena de la Montaña de Guerrero. Los indígenas de esta zona llevan más de 20 años organizados de manera independiente. Crearon, a raíz de padecer constantes asaltos, homicidios y violaciones, la llamada Policía Comunitaria. Un sistema al margen de la policía estatal, formado por hombres elegidos por su honestidad y que entran a trabajar voluntariamente. En vista de que no servía de nada que esta Policía Comunitaria capturase a los culpables y se los entregara a la justicia mexicana, decidieron también organizar su propio sistema judicial, con jueces, consejeros y plan de reeducación. En la mayoría de los
37 El libro completo de Entre las cenizas, como independiente cada crónica con muchas de
las fotografías pueden encontrarse y descargarse en http://entrelascenizas.periodistasdeapie. org.mx/ [recuperado el 10 de febrero de 2015]. Con todo el libro fue publicado en papel en 2010 por la Asociación.
casos, la pena se cumple con servicios y trabajos a la comunidad. A partir del 2009, las circunstancias se han ido complicando, entre otros motivos porque la población ha pasado de cultivar la droga a consumirla; asunto que está causando muchos problemas por falta de orden, robos y dejación de funciones.
Daniela Rea no escatima detalles a la hora de presentar las soluciones y formas de actuación de la comunidad. También pone de manifiesto las dificultades de la autogestión. En ocasiones, la arbitrariedad es palpable, tanto como la corrupción del sistema judicial del Estado mexicano, en el que un delincuente puede comprar su libertad.
Alberto Nájar da cuenta en su crónica de la vida en la llamada “ruta de la muerte”. Esa que recorren tantos migrantes centroamericanos sin papeles. El tren de la muerte (“La Bestia”, ya hemos dicho que le llaman), que llega hasta la frontera con Estados Unidos, se llena por completo y principalmente de salvadoreños y hondureños indocumentados. Pero no es el terrible viaje cual ganado lo peor que padecen estas gentes, sino la acción de los cárteles del narcotráfico, en especial de los Zetas.
Son estos “Zetas” un grupo criminal, creado por exsoldados de elite, que vivía, sobre todo, de la droga, pero que al romper su alianza con el cártel del Golfo se puso a buscar nuevas fuentes de ingresos. Y las encontraron con el tráfico de personas, secuestro y venta de mujeres como esclavas sexuales.
Los migrantes indocumentados son carne de cañón, víctimas fáciles que a nadie le importan. Este cártel es el responsable de la matanza de 72 personas indocumentadas en el rancho de San Fernando, en Tamaulipas de la que hablamos anteriormente. Nájar nos cuenta las luces entre las sombras de este trayecto. Se detiene en narrar la hazaña de esas que llaman “las locas que andan corriendo atrás del tren”, la obra diaria de 14 mujeres del pueblo de Las Patronas que cada mañana se levantan y cocinan arroz y frijoles en cantidades ingentes para socorrer a quienes llegan en La Bestia. Es un pequeño alivio para aquellos que vienen de un viaje tan doloroso, en el que han visto o padecido atrocidades; un pequeño resuello para lo que les queda hasta la frontera: territorio de los Zetas.
Otra luz en este recorrido la aporta el sacerdote Juan Pantoja con su albergue Belén, con un área de atención psicológica, casi más importante que cualquier otra cosa, en vista de cómo llegaban de traumatizados algunos. La historia personal de Ramón, un adolescente de 14 años que llevaba tres meses en el albergue es ejemplar. Pensaban que era mudo hasta que, con una adecuada terapia, empezó a contar despacio, a trompicones, lentamente, su particular historia de sufrimiento y horror en el tren de la muerte.
“Las voces de la guerra” de Daniela Pastrana es otra de las crónicas del volumen. Nepomuceno Moreno Núñez es un hombre que llevaba buscando a su hijo desaparecido, Jorge Mario, 310 días. A lo largo de la crónica, los lectores se incorporan
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a una sucesión de marchas que tuvieron su origen en la “Caminata del Silencio”, que partió desde el municipio de Cuernavaca y llegó hasta la plaza del Zócalo de México D. F., abanderada por el poeta Sicilia y por Le Barón, que también habían perdido a sus hijos. A la multitudinaria marcha se fueron sumando padres y madres que llegaban de todas partes del país, con un mismo objetivo: pedir justicia para sus hijos. Una movilización de protesta que imitan en estos días los padres y madres de los 42 escolares de Ayotzinapa de los que hablábamos al inicio de este texto.
Esta connivencia y movilización social originó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Y de aquí surgieron otras marchas, como la que se dirigió a uno de los lugares que más han padecido estas muertes y desapariciones, Ciudad Juárez. Y de aquí también surgieron encuentros con las instituciones del país; con el propio Felipe Calderón y otras acciones.
A todos estos actos, en todas estas caminatas, está Nepomuceno Moreno. Los lectores van asistiendo y participando de esta onda expansiva de reivindicación silenciosa. De esta marea humana que tiene nombres y apellidos en la crónica; como los de sus muertos y sus desaparecidos. Daniela Pastrana lanza esa piedrecita al lago de los 40.000 muertos y desaparecidos durante el sexenio de Felipe Calderón y vamos viendo ensancharse las ondas. El lector es partícipe, como Nepomuceno Moreno, de la alegría de sentirse acompañado en su dolor; entiende su tímida ilusión al verse escuchado, al poder contar su desgracia, al encontrar el apoyo y la empatía de los otros caminantes, que también llevan sus dolorosas realidades a cuestas. Va conociendo a los protagonistas de estos movimientos, que son tantos, y que conquistan las ciudades a las que llegan. Y también se siente informado de las disensiones internas del Movimiento para la Paz, de ciertas desavenencias que, sin embargo, no impiden que las marchas proliferen.
La cronista no abandona nunca a Nepomuceno Moreno en su lucha. Su devenir es rescatado en el transcurso de la crónica una y otra vez; es el hilo conductor en cada fragmento, en cada parada en el camino. Pero el final de este, el final de la crónica es demoledor. Digamos que fustiga y zarandea aunque no tumbe. Solo permite agarrarnos al conocido poema de Kavafis, que se cita en un momento del relato, en el que lo importante es el viaje a Ítaca; que ya llegará el futuro alentador, porque por ahora lo único que hay es un presente de lucha; de una lucha que ya es de todos porque como comentaba Nepomuceno Moreno citando a Martin Niemöller:
Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó. Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. Ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde.
La mexicana Marcela Turati complementa, en parte, la crónica anterior de Pastrana. Es una de las virtudes de este periodismo: que se muestran todas las capas que recubren un suceso, una situación. Unos discursos complementan otros para tener una visión amplia de lo sucedido. “Tras las pistas de los desaparecidos” refleja la lucha de las madres y los padres de los desaparecidos:
Esta es la tercera reunión de madres con hijos desaparecidos en el norte. En la primera, en Saltillo, se contaron cómo la tragedia les partió la vida. En la segunda, en Monterrey, intercambiaron experiencias de lucha y detectaron que por más plantones, huelgas de hambre o mesas de trabajo logradas con los distintos gobiernos estatales y federal, la respuesta común fue la burla institucionalizada. En esta tercera, en Chihuahua, compartieron el aprendizaje legal de las veteranas, comenzaron a validar sus sentimientos y crearon la Red de Defensoras y Defensores de Derechos Humanos y Familias de Desaparecidos del Norte38.
Turati se extiende en explicar los “mecanismos de impunidad” sobre los que se sustenta el gobierno mexicano. Pero también subraya la dignidad última de estas mujeres que se reúnen y organizan. Con ellas quiere terminar su crónica; con la luz tenue de esperanza y de restitución que representan.
Y para completar este mapa que ronda a los detenidos y desaparecidos de la guerra contra el narcotráfico están las dos crónicas que se reúnen bajo el título de No
nos arrancarán sus nombres. La periodista Elia Baltazar nos habla de uno de estos
desaparecidos, Jethro Ramssés Sánchez Santana, y de la escuela que su padre Héctor Sánchez ha fundado en honor de su hijo, como continuación de la tarea formativa que llevaba a cabo este joven, que tenía 26 años cuando lo asesinaron. Por su parte el periodista Luis Guillermo Hernández rescata a dos de estos jóvenes asesinados, los jugadores de fútbol Rodrigo Cadena y Juan Carlos Medrano, dos víctimas más, “daños colaterales”, que, según el gobierno, “en algo estarían metidas”, “por algo les pasó”, “uno nunca sabe”. Estos perfiles recuperan sus historias y ponen rostro a estas víctimas de la guerra de Felipe Calderón.
También en Entre las cenizas, John Gibler se ocupa, como no podía ser de otra manera, de retratar el valor de los periodistas locales mexicanos. En concreto de Cuernavaca, aunque esta realidad por desgracia la comparten en otros muchos
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lugares del país. Gibler nos cuenta en su crónica cómo comenzaron las bajas entre los periodistas; las muertes y desapariciones. Del peligro que corren, de la impunidad de quienes matan y de la connivencia que mantienen con la policía. De cómo el narco es el dueño de las redacciones. Cómo los periodistas, cuando escriben una noticia, no están pensando si le gustará al jefe de redacción, o al director del periódico, o al ciudadano: solo pueden pensar en si esto le molestará al narco.
Nos cuenta in situ cómo es esta particular lucha por informar. Cómo no les quedó otra a los periodistas de Cuernavaca que autoprotegerse, agruparse, estar constantemente pendientes los unos de los otros, registrar en cada momento dónde están y qué noticia están cubriendo y aprender también a emplear un lenguaje y un discurso adecuado en sus noticias, que, sin pretenderlo, hiciera propaganda del miedo a los narcos.
El ritmo vertiginoso de la escena final de esta crónica; su relato narrativo; los personajes; el periodista local Pedro Tonantzin que la protagoniza; nuestro cronista involucrado en la situación; la acción e inacción de la policía; la afluencia de periodistas al lugar; la barriada en que se encuentran; la impunidad… todos los recursos narrativos, toda la retórica puesta para subrayar la importancia y el peligro de informar, de ejercer el periodismo en estas zonas.