El fugitivo
El cineasta Roman Polanski es tan famoso en Hollywood por sus películas como por su irresistible pasión por las jovencitas. Esta afición le llevó ante un tribunal de Los Angeles el 24 de marzo de 1977, acusado de drogar y violar a una niña de trece años en la mansión de Jack Nicholson, mientras el actor estaba de vacaciones. Horas antes de ser
condenado, Polanski huyó del país en avión y durante más de veinte años no ha podido volver a Estados Unidos, donde le han mantenido en busca y captura.
«Deseo que pase todo y que pueda llegar a un acuerdo con los tribunales para que deje de ser un fugitivo», declaró en televisión, a su favor, en 1997, Samantha Geimer. La víctima del asalto, que ya tenía treinta y cuatro años y tres hijos, mostró su cara y dio a conocer su nombre, por primera vez, al público. Su ruego coincidió con la campaña legal y de opinión emprendida por los abogados del director, ansioso por acabar con su exilio para relanzar su carrera desde Hollywood.
Dos cambios esenciales marcaban la diferencia entre el día que huyó Polanski y la fecha en la que la mujer pronunció su discurso conciliador. Primero, la muerte, en 1993, del juez Laurence Rittenband, que tramitó el divorcio de Elvis Presley, la custodia del hijo de Marlon Brando y que, presumiblemente, iba a condenar a prisión al realizador polaco. El magistrado había jurado, cuando aquél escapó, que no dudaría en detenerlo si se atrevía a poner otra vez los pies en Estados Unidos.
Tras el fallecimiento de Rittenband, principal obstáculo para un arreglo favorable para el fugitivo, su abogado acordó con Samantha Geimer, por vía civil, abonarle una sustanciosa indemnización. El resultado de la gestión fue que desde 1994 ella ha expresado en varias ocasiones su deseo de zanjar el asunto. «La palabra “violación” siempre me hace pensar en un grado de… violencia que no se dio allí —matizó en 1997—. Más bien
considero que “me hizo” tener relaciones sexuales con él.»
En la primavera de 1977, Polanski era uno de los nombres más admirados del cine, gracias al éxito de El baile de los vampiros, La semilla del diablo y Chinatown. Tenía el problema, en cambio, de que andaba muy corto de dinero y no recibía ninguna oferta de los grandes estudios para llevar adelante nuevos proyectos. Le llegó entonces, como llovida del cielo, una propuesta de la revista francesa Vogue Homme para hacer un reportaje
fotográfico sobre jovencitas del mundo.
El encargo (que la publicación negó haber hecho, cuando estalló el escándalo) le encantó porque resolvía sus problemas económicos y le brindaba la ocasión de conocer a hermosas adolescentes; su mayor afición, aparte del cine. Se puso en contacto con una aspirante a modelo de trece años y convenció a la madre para que le dejase fotografiarla, utilizando como reclamo un número especial de Vogue (revista femenina de moda muy distinta al Vogue Homme), que él había realizado.
Quedó con ella, sola, el 10 de marzo, para hacerle unas fotos en casa de Jacqueline Bisset. Estuvieron un rato con la actriz y sus amigos y, al ponerse el sol, propuso a la chica ir a la mansión de su colega Jack Nicholson, en la que podían apurar la sesión fotográfica, porque, por su situación geográfica, en aquella zona anochecía un poco más tarde. Ella aceptó, ansiosa por conocer al cotizado actor, que, el cineasta no se lo mencionó, estaba ausente por vacaciones, esquiando en Aspen (Colorado).
No fue difícil entrar en la vivienda (vecina a la de Marlon Brando), porque Polanski, muy amigo de Nicholson, vivió incluso en ella alguna temporada. La chica se decepcionó un poco al no poder saludar a la estrella, pero su improvisado anfitrión la compensó con champán, pastillas de Quaaludes (un tranquilizante también llamada Methaqualone, muy de moda en la época) y un remojón en el jacuzzi. Fotos, también hubo, pero sólo hasta que hicieron su efecto el alcohol y la droga.
A partir de ahí, las versiones de ambos protagonistas de la velada difieren mucho. Lo que está claro es que mantuvieron relaciones sexuales de distinto tipo, que Samantha Geimer era menor y que, en California, esa conducta está penada por la ley, consienta o no
la interesada. «Apenas puedo recordar lo que pasó», contó esa misma noche la muchacha al denunciarlo a la policía. Al día siguiente, el director fue arrestado en el vestíbulo del Beverly Wilshire Hotel, en el que se alojaba.
El caso tenía al legendario Errol Flynn como antecedente de excepción. En 1943, dos menores, de moralidad y conducta más que dudosa, acusaron al galán de haberlas hecho el amor. Una de ellas relató cómo la invitó a su yate Sirocco y que una vez allí la penetró ante cada una de las escotillas de la nave. La denuncia, que ocultaba un intento de chantaje a Jack Warner, magnate de Warner Bros., estudio para el que trabajaba Flynn, fue a juicio, pero la estrella resultó absuelta.
La situación se pintaba mucho más negra para Polanski. Fue acusado de seis delitos: suministrarle droga a una menor, cometer un acto obsceno o lascivo con ella, violación mediante uso de drogas, realizar un acto sexual ilícito, perversión [cunnilingus] y sodomía. Entre todos, podían sumar una pena conjunta de hasta cincuenta años de cárcel. El reo invocó en su defensa que, al conocerla, la chica le dijo que tenía experiencia con el sexo, desde los ocho años, y las drogas.
El día del arresto ocurrió otro incidente. La policía fue a registrar la casa de
Nicholson. Allí les recibió de mala gana Anjelica Huston, por entonces novia del actor. La mala fortuna quiso que los agentes encontraran cocaína en el bolso de la actriz, a la que también se llevaron a comisaría. Luego, ésta aceptó declarar contra Polanski, al que había pillado in fraganti con la chica la noche de autos, a cambio de que no la procesaran por tenencia de estupefacientes.
El cineasta salió libre bajo fianza de 2500 dólares. Los titulares de prensa decían: «El horizonte de Polanski está limitado al norte por su desagradable psiquis y al sur por su hiperactiva entrepierna.» En sus memorias (Roman por Polanski, Grijalbo, 1985) escribió: «En mis muchas premoniciones de tragedia, jamás cruzó por mi imaginación la idea de que me encerrarían en la cárcel, y mi vida y mi profesión quedarían destruidas, por haber hecho el amor.»
Atemorizado, aceptó declararse culpable de realizar «un acto sexual ilícito», o sea, de mantener relaciones con una menor, a cambio de ser exculpado de los otros cinco cargos. Su deseo fue siempre establecerse en Estados Unidos para trabajar en Hollywood. Sin embargo, siendo extranjero, una condena por un delito de inmoralidad, y los seis que se le imputaban lo eran, podía conllevar la expulsión del país, una vez cumplida la
correspondiente pena. Algo que truncaría sus planes.
El juez Rittenband ordenó su ingreso en prisión para someterle a un examen psiquiátrico y comprobar que no se trataba de un «delincuente sexual con desarreglos mentales». Si bien le concedió un plazo previo de noventa días para que pudiera rodar la película Huracán (que al final dirigió Jan Troell) en la Polinesia francesa. Días después, la prensa publicaba unas fotos de Polanski, sonriente y rodeado de jovencitas, en la fiesta de la cerveza de Munich (Alemania).
En diciembre se presentó en la prisión estatal de Chino (California), donde pasó cuarenta y dos días en observación, convencido de que esa sería toda su pena. Su sorpresa fue que, al salir, el juez comunicó a su abogado que pensaba ordenar su reingreso en el centro por un período indefinido. Horas antes de conocerse la sentencia, le pidió algo de dinero prestado al productor Dino de Laurentiis y tomó un vuelo a Londres. —Único destino europeo para el que quedaban plazas—, y de allí a París. —Él es ciudadano francés —, para ponerse a salvo de la extradición.
con su cara de muchacho perverso. Nacido en París, el 18 de agosto de 1933, de familia judía polaca, regresó a su país con tres años. Su madre murió, embarazada, en el campo de exterminio de Auschwitz; su padre logró sobrevivir al campo de Mathausen, y a él, que pasó la Segunda Guerra Mundial vagando por Polonia, lo usaron unos soldados nazis como blanco humano para sus ejercicios de tiro.
En los años sesenta, Polanski alcanzó la fama con El cuchillo en el agua, su opera prima, que le enfrentó al gobierno comunista polaco y le obligó a dejar su país. En el exilio se forjó su aura de hombre marcado por la tragedia y sus obras se convirtieron en
premonición de desgracias. La primera señal de aviso la dio la muerte en 1967 de la actriz Françoise Dorléac, de veinticinco años, hermana de Catherine Deneuve, que se abrasó en su coche, tras rodar Callejón sin salida.
No fue mejor lo que le pasó en 1969 a su esposa, la actriz Sharon Tate, que tenía veintiséis años y estaba embarazada cuando murió, de dieciséis puñaladas, en la casa de la pareja en California, junto a cuatro amigos que la visitaban. Sus asesinos fueron un grupo de fanáticos guiados por Charles Manson, que buscaban al anterior inquilino, un productor que se negó a grabarles un disco. Tate se había casado con Polanski en 1968, después de protagonizar El baile de los vampiros, a sus órdenes.
El director, de viaje en Londres, había estrenado poco antes La semilla del diablo, sobre una joven que sufre las maquinaciones de una secta satánica y acaba alumbrando al hijo de Satanás. La carnicería ocurrida en el 10050 de Cielo Drive con Sharon Tate y sus amigos conmovió al mundo y dio lugar a todo tipo de hipótesis. La más extendida, que fueron víctimas de un rito satánico, ya que la opinión pública asociaba a Polanski con la brujería, la magia negra y las drogas.
Su huida de Estados Unidos en 1977 reforzó esta imagen tenebrosa del cineasta. Su primera cinta en el exilio, Tess (1978), sobre una chica violada, la protagonizó Natassja Kinski, con la que se acostaba desde que tenía quince años. «Nunca he ocultado — reconoció— que me gustan las chicas jóvenes, muy jóvenes.» En 1989 se casó con
Emmanuelle Seigner, a la que lleva treinta y tres años (en realidad, es seis años mayor que su suegro), y la lanzó al estrellato en Frenético y Lunas de hiel.
Su último incidente ha sido profesional. En junio de 1996 iba a rodar The Double en París, con John Travolta e Isabelle Adjani. A punto de iniciar el trabajo, Travolta lo dejó todo plantado y se volvió a Hollywood, al negarse a hacer un desnudo. A Polanski no le debería extrañar, menos que a nadie, que la estrella solventase sus problemas tomando el primer avión disponible, ya que es la misma solución que él aplicó a la peor de sus pesadillas.