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2.3.7 Statistical analyses
El cuerpo del delito
recuerda otra en la meca del cine desde Joan Crawford. Su carrera entraba en vía muerta, al final de los años ochenta, cuando tuvo un golpe de fortuna con el éxito sorpresa de Ghost (1990). El instinto le dijo que era su última oportunidad de ser una estrella, y ella afianzó su naciente popularidad desnudándose, embarazada de ocho meses, en la portada de agosto de 1991 de la revista Vanity Fair.
«Estar embarazada —se justificó— me parece una de las cosas que tienen más atractivo sexual. Me siento orgullosa, y mi propósito al hacer aquellas fotos fue comunicar ese orgullo.» Eran desnudos artísticos, que no mostraban nada inconveniente, firmados por Annie Leibovitz, uno de los grandes nombres de la fotografía actual. Sin embargo, lograron lo que, posiblemente, pretendía Demi desde el principio: fijar de una vez su nombre y su imagen en la mente del público con un escándalo soberano.
En Estados Unidos, excepto en Nueva York, los ejemplares se taparon con una funda que cubría la portada. Aun así, muchas tiendas se negaron a vender la revista por estimar que las fotos eran pornográficas. En unos días, sólo en Norteamérica, Demi fue objeto de 64 programas de radio, 95 espacios de televisión y 1500 artículos de prensa. La jugada fue maestra, porque la actriz no tuvo que pagar ni un centavo por toda esa
publicidad que lanzó su carrera para siempre.
La repercusión del reportaje fue inmensa y los desnudos de embarazadas son ya un clásico, que se repite, incluso, en tono humorístico, con hombres. Por ejemplo, la revista Spy sacó en su portada de septiembre de 1991 un montaje de Bruce Willis. —Su marido— desnudo, embarazado, tapándose el pecho con el brazo derecho y acunándose el vientre con el izquierdo, del mismo modo que hacía ella, bajo el titular: «Hollywood’s Next Big Thing» (La próxima campanada de Hollywood).
Demi fue muy hábil al hacer de su desnudo bandera de liberación femenina; lo que no hubiera ocurrido de publicar las fotos en un lugar inadecuado, como Playboy. El feminismo ha sido su mejor disculpa para cada nueva provocación, por lo general sexual, empleada para impulsar una carrera con grandes éxitos, junto a sus colegas varones (Algunos hombres buenos, Una proposición indecente, Acoso), y sonados fracasos, de sus proyectos en solitario (Coacción a un jurado, La letra escarlata).
El error ha sido abusar de ese artificio hasta agotar al público, como demostró el rechazo en taquilla de Striptease (1996), pensada por entero a mayor gloria de la audacia de sus desnudos. Para más señas, el trabajo que la convirtió en la actriz mejor pagada de todos los tiempos, con un sueldo de 12,5 millones de dólares. A razón de más de 265 000 dólares, más de un cuarto de millón, por cada uno de los cuarenta y siete segundos justos en los que sale desnuda, en tres escenas distintas.
La prensa estadounidense se tomó la molestia de comparar su cotización con la de una auténtica bailarina exótica. —Léase de striptease— de Florida, donde se desarrollaba la ficción. Una de esas chicas cobraba cinco dólares por tres minutos de sesión privada de danza tan sólo con una braguita mínima; lo que suponía menos de tres centavos por
segundo. En conclusión, necesitaría bailar unas dos mil seiscientas cincuenta y siete horas, o sea, unos tres meses y medio, para ganar lo mismo que Demi por cada segundo que muestra la piel en la pantalla.
Lo curioso es que antes de aparecer en Vanity Fair ya había hecho otro desnudo embarazada, en La séptima profecía (1988), que pasó inadvertido dada su escasa fama por entonces y la poca repercusión que tuvo ese filme. Además, la tripa que lucía había sido retocada con una prótesis, capaz, eso sí, de dar el pego. Ésa es otra de las imposturas que hay detrás del mito de sus desnudos, porque en más de una ocasión ha usado dobles de
cuerpo, más perfectas que ella, para sus escenas.
La modelo y actriz Amy Rochelle declaró que la había doblado dos veces. En una escena de amor de Ghost, con Patrick Swayze. —Rodada cuando el cuerpo de Demi no se había recuperado aún de su primer parto—, que se descartó en la fase de montaje para evitar problemas con la censura. Más adelante, en Una proposición indecente (1993). Con respecto a esta última cinta, reivindicó: «Las curvas de las escenas más atrevidas y la foto del cartel anunciador son mías y no de ella.»
Demi Moore supo desde niña las posibilidades de promoción que ofrecía un buen cuerpo, aunque no fue su caso durante años. Nacida el 11 de noviembre de 1962 en Roswell (Nuevo México), Demi(tria) Guynes. —Ese es su auténtico nombre— tuvo una infancia muy atípica. Su padre, el piloto militar Charles Hamon, abandonó a su madre, Virginia, antes de su nacimiento, y firmó la autorización para que el nuevo marido de ésta, Danny Guynes, adoptara a la pequeña, casi recién nacida.
Un lío familiar que la interesada no descubrió hasta que tenía trece años y que no alteró sus sentimientos hacia su padrastro, al que siempre quiso como a un padre. Danny Guynes se dedicaba a la publicidad y la familia se mudaba cada pocos meses. En
consecuencia, de niña, la actriz cambió cuarenta y ocho veces de domicilio y asistió a treinta colegios distintos, a una media de dos al año. Cuando tenía quince años, su madre se separó de su padrastro, alcoholizado, que se suicidó dos años más tarde.
Tras el divorcio, su madre se trasladó a Hollywood con sus dos hijos: Demi y su hermanastro Morgan, cinco años menor que ella. Las continuas mudanzas marcaron su carácter, ya que su vida comenzaba de cero cada pocos meses y aprendió a no apegarse a nada ni a nadie para no sufrir con las despedidas. Se aislaba, también, porque estaba acomplejada por su físico. Sufrió del riñón y llevaba gafas y un parche en un ojo para corregir un estrabismo del que tuvo que operarse dos veces.
Dio la coincidencia de que en su nueva casa tuvo como vecina a la intérprete alemana Natassja Kinski, a la que tomó como ejemplo. Se marchó a Europa a probar suerte como modelo y sucumbió a la tentación de posar para revistas eróticas, bajo el seudónimo afrancesado de Vivianne Pollentier, amparándose en su anonimato del momento. Nada elegante, como años después en Vanity Fair, sino fotos en las posturas más procaces, dirigidas a un público fácil, en las que lo mostraba todo.
A su regreso a Estados Unidos logró que la contrataran para la teleserie Hospital General, en la que trabajó entre 1981 y 1983; los años en los que aparecieron publicados esos primeros desnudos en revistas como el Penthouse español (marzo de 1981), el Oui francés (marzo de 1982) y el Playboy alemán (1983). Para entonces, Demi compartía con su madre un grave problema de alcoholismo y se había aficionado a la cocaína a partir de un viaje a Brasil para filmar Lio en Rio (1984).
La gran oportunidad le llegó con St. Elmo, punto de encuentro (1985), título emblemático de las películas que hacía el «Brat Pack» (Hatajo de Mocosos), grupo de jóvenes —Sean Penn, Tom Cruise, Rob Lowe, River Phoenix, etc.— que asaltaron
Hollywood en los años ochenta. En la ficción, encarnaba a una drogadicta; en la realidad, el director Joel Schumacher quiso despedirla por lo mismo, pero ella misma se ingresó en una clínica y en pocos días estaba «limpia» y lista para trabajar.
En el rodaje empezó a salir con Emilio Estévez, hijo de Martin Sheen y hermano de Charlie, muy bien relacionados en la industria. Su amor duró lo justo para que el influyente clan la introdujera en la meca del cine. Le plantó a los tres años, con las invitaciones de boda enviadas; después del fiasco de Wisdom (1986), su debut fallido como director y
guionista. «Había cosas que necesitaba, como la seguridad, que Emilio no estaba en condiciones de ofrecerme», explicó ella.
Pronto encontró quien se las iba a dar. En noviembre de 1987 se casó con el ya muy famoso Bruce Willis, futuro padre de sus tres hijas. Tras celebrarse la boda, quedó claro que no era su primer matrimonio, como trató de demostrar ella en un programa de televisión. Por el contrario, se supo que al dejar su casa, a los dieciséis años, se había casado con el músico Freddy Moore, del que tomó el apellido como reveló él mismo. Hasta ese punto quería Demi, desde cría, entrar en el mundo del espectáculo.
El triunfo de Ghost hizo realidad sus sueños, pero quedó ensombrecido por el fracaso de sus trabajos siguientes: The Butcher’s Wife (estrenada en vídeo en España como Una bruja en Nueva York), Pensamientos mortales (que también produjo) y Nothing But Trouble (estrenada en vídeo en España como El gran lío); las tres de 1991. La taquilla le daba la espalda, pero ella no quería perder su recién ganada celebridad, así que empleó su mejor arma, otra portada de Vanity Fair.
Volvió a aparecer desnuda en la edición de agosto de 1992, al cumplirse un año de la primera portada. Las fotos eran, de nuevo, de Annie Leibovitz, y ella no llevaba nada puesto, salvo un traje de caballero pintado directamente sobre la piel, que, como la otra vez, impedía distinguir nada inconveniente. El titular anunciaba: «Demi’s Birthday Suit» (El traje de cumpleaños de Demi). La reacción del público fue de sorpresa y, una vez más, logró su objetivo promocional.
Lo que no esperaba la actriz fue que su madre, Virginia Guynes, posara desnuda en la revista pornográfica High Society (abril de 1993), por 10 000 dólares. La buena señora, alcohólica, que se intentó suicidar varias veces y había tenido problemas con la ley, imitaba las poses de su hija en Vanity Fair. —Incluido el cuerpo pintado— y la escena del torno de alfarero de Ghost. Al parecer, en 1992 ya se hizo unas fotos para Playboy, que su hija impidió publicar.
Demi Moore, sin embargo, ha seguido con sus portadas escándalo para compensar eventuales descensos de popularidad. La secuencia incluye su desnudo cubierto por flores, en Esquive (mayo de 1993); con los brazos cruzados sobre el pecho, en Rolling Stone (febrero de 1995); travestida de hombre, con barba, abriéndose la camisa y mostrando su pecho, en Arena (junio de 1996); vestida de época, en George (junio de 1996), y abrazada desnuda a su marido vestido, en Spy (diciembre de 1996).
Pocos asumen hoy en Hollywood su papel de estrellas con tanta intensidad como ella. Su ascensión es fruto de una voluntad de hierro al servicio de una ambición sin límites, que le ha valido el apodo de «Gimme Moore», que en inglés se pronuncia casi como su nombre, pero significa «Dame más. —Después de tanto desnudo, un chiste cruel recorrió la meca del cine—. ¿Sabes por qué Demi Moore se ha afeitado la cabeza para rodar La teniente O’Neil?» Respuesta: «Porque no se le ocurría qué otra cosa podía quitarse ya de encima.»