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Estrofa

¡Amable Tranquilidad, oh hija de la Justicia que haces grande la

ciudad,

tú que tienes las llaves soblim es y de los consejos y de las guerras, 5 recibe el honor de la victoria Pítica para

Aristóm enes!

Pues tú sabes obrar y gozar por igual la mansedum bre, lo dulce, en exacto

momento oportuno.

Antístrofa

Pero tú, cuando alguien la im plicable crueldad en su alma ha metido, 10 dura saliendo al encuentro

del poder de los malévolos, pones y lanzas

su orgullo al abism o del mar. Tam poco a ti te conoció Porfirio,

irritándote más de lo justo. Muy amable, en cam bio, es el lucro,

cuando alguien lo trae de la casa de uno que en ello consiente.

Epodo

15 La violencia tam bién al soberbio abatió con el tiem po.

Tifón el cilicio, de cabezas ciento, no escapó a ella,

ni tam poco, de cierto, el rey de los Gigantes. Y abatidos fueron

por el rayo, y por los dardos de Apolo, que con mente benévola

de Jenarces al hijo acogió, coronado, por el triunfo de Cirra,

20 con la flor del Parnaso y el dó rico canto de fiesta.

Estr. »1

Y no alejada de las Gracias cayó (y estriba)

la isla, la justa ciudad que rozó en buena parte

las gloriosas excelencias

de la estirpe de Éaco. Perfecta tiene

25 la gloria desde el principio. Pues en m uchos certámenes

portadores de victorias, y en rápidas contiendas,

es ella cantada, la que los más sublim es héroes criara.

Ant.

Mas tam bién por sus hom bres refulge. O cio, em pero, me falta para exponer 30 toda su larga historia

con mi lira y blando sonido de voz, de suerte que no llegue el hastío

punzante. Lo que, em pero,

ante mis pies va corriendo (lo inmediato), lo que a ti se te debe, oh joven, la más

reciente

de tus hazañas hermosas, alada cam ine por mi arte.

Epod.

Pues siguiendo en las luchas la huella de tus tíos maternos,

en O lim pia no sirve de bochorno a Teogneto,

ni en el Istmo al triunfo de Clitóm aco, de m iem bros osados;

y, acreciendo la estirpe de los Midílidas, adelante llevas

la palabra que antaño enigm ática diera el hijo de Oícles,

40 cuando en Tebas, la de Siete Puertas, vio cóm o los hijos

resistían con la lanza,

Estr. 110

cuando de Argos llegaron a segunda cam paña los Epígonos. Así dijo, mientras ellos luchaban: «Por naturaleza refulge la noble 45 manera de ser de padre e hijos. Veo

claro

cóm o Alcm eón en su fúlgido escudo la polícrom a sierpe

hace vibrar, el prim ero ante las puertas de Cadmo.

Ant.

Pero el que fatigado quedó en la prim era lucha,

54 Aka! Historia d e l M undo Antiguo

ahora se mantiene en el mensaje 50 de un ave (de un augurio) mejor,

Adrasto el héroe. Por parte de su casa, en cam bio,

contradicción habrá. Pues sólo él, del ejército Dánao,

tras recoger los huesos de su hijo muerto, por destino de los dioses, volverá con su hueste indem ne

Epod.

75 para poner yelm o a su vida con artes de rectos consejos.

Pero esto no se cim enta en los hombres. Un dios lo concede;

unas veces a éste, otras aquél a lo alto alzando, y a esotro

hace bajar so la m edida de sus manos (fuerzas). En Mégara tienes

el prem io y en el valle de Maratón, tú que de Hera el certamen

80 en tu región, en triple victoria, oh Aristóm enes, con tu acción superaste.

Epod.

55 a las calles anchurosas de Abanto. «Tales cosas

anunció Anfiarao. Y tam bién yo m ismo gozoso

arrojo guirnaldas a A lcm eón, y aun con mi canto lo riego,

porque vecino y guardián de mis bienes a mi encuentro salió cuando fui al

om bligo de la tierra que enaltecen los cánticos.

60 Y augurios divinos ejercitó con el arte heredada.

Estr. IV

¡Tú, que hieres de lejos, Señor del tem plo fam oso que a todos acoge en los valles de Pitia!

Allí el mejor de los gozos

65 otorgaste, y en casa ya antes el prem io ágilm ente arrebatado

del pentatlo en vuestras fiestas introdujiste.

¡Oh Soberano! Con espíritu am able — yo te su p lic o — ,

Ant.

haz que yo pueda con recta m edida mirar

a cada una de las cosas a las que me dirijo.

70 Junto al canto de fiesta, que dulce resuena,

está la Justicia colocada. Y la m irada de los dioses

no envidiosa pido, Jenarces, para vuestro destino.

Pues si uno ha logrado lo noble, no sin larga fatiga,

así aparece a la gente, com o sabio entre necios,

Estr. V

Encima de cuatro cuerpos te lanzaste, tram ando contra ellos derrota; ni — igual que a ti— se dictó para ellos retorno grato en los Juegos de Pitia, 85 ni cuando a su m adre llegaron, acá y

acullá sonrisa dulce

levantó alegría, y por las calles, soslayando enemigos,

agachados van, de infortunio m ordidos.

Ant.

Mas el que algún éxito nuevo logró, sobre grande gloria

90 de esperanza vuela

en viriles virtudes que las alas pujan, y tiene

cuita mejor que la riqueza. Pero sólo en poca cosa

aum enta el gozo de los mortales, y cae así tam bién por suelo,

por sentencia hostil entrem ecido.

Epod.

95 ¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué no es? ¡Sueño de una som bra

es el hombre! Pero si llega la gloria, regalo de los dioses,

hay luz brillante entre los hom bres y am able existencia.

¡Egina, madre querida, con libre rum bo cuida aquesta ciudad en com pañía de

Zeus y el soberano Eaco,

100 con Peleo, con el valiente Telamón y con Aquiles!

La civilización griega en la época clásica 55

Bibliografía

General:

Adrados, F.R.: «Ilustración y política en la G recia clásica», M adrid, Revista de Oc

cidente, 1966, 588 págs.

Gil, L.: «C ensura en el m u ndo antiguo», M adrid, Rev. de Occidente, 1961, 562 págs. Jaeger, W.: Paideia. Los ideales de la cultura griega (reimpr.) México, F.C.E., 1968, 1.151

págs.