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C om o dice R. A drados, los sofistas proceden de las experiencias m ás va­ riadas de la vida griega del siglo V. Están vinculados a todos los aspectos de la vida in te le c tu a l y, en cierto m odo, p or su carácter sintético, son los representantes m ás característicos de la vida de la ciu dad y, especial­ m ente, de Atenas, com o centro que aglutina a toda G recia y se diferencia radicalm ente de todas las dem ás. Su originalidad intelectual los incluye en la historia del pensam iento, no estric­ tam ente com o escuela filosófica, pero sí com o eslabón significativo entre el pensam iento jó nico y la filosofía so- cráticoplatónica. Ya hem os ad elan ta­ do tam b ién que d e se m p e ñ aro n un im portante papel en la evolución y desarrollo de la retórica y de la orato­ ria en Atenas. Junto con el teatro, es posiblem ente la faceta más significa­ tiva de la vida cultural ateniense, dado que en ella tam bién se expresa la ca­ pacidad participativ a de la ciudad; pero, adem ás, los autores trágicos no dejan de hacerse eco de las preo cup a­ ciones intelectuales m ás propias del pensam iento sofístico, sobre todo E u­ rípides. Tam bién la historiografía su­ frió, con Tucídides, u na serie de trans­ form aciones que los estudiosos no h an dejado de relacionar, de m odo muy preciso, con el m ovim iento de

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los sofistas. La ciencia y la m edicina de la época no perm an ecen , desde luego, al m argen. Todo ello hace que se hable de «Ilustración» com o a m ­ biente general que abarca todos los aspectos de la vida intelectual.

En cierto m odo, com o profesiona­ les de la vida intelectual que venden sus productos, son herederos de la poesía lírica, tan to en su actividad pública y p anhelénica, cual es el caso de «profesionales» com o A nacreonte y Sim ónides, com o en la actitud in d i­ vidualista y u n tanto desarraigada que aparece en autores com o H iponacte o M im nerm o. Todo ello se da precisa­ m ente fuera de A tenas, pero tiene en esta ciudad su centro de m anifesta­ ción m ás significativo. En el conteni­ do, ta m b ié n h e re d a n u n co n c ep to «progresista» de la filosofía jónica, desde Anaxim andro, Demócrito y A na­ xim enes, en el sentido de observar el pasado com o proceso en que se llega­ ba de lo prim itivo a lo civilizado, en que el hom bre m ejora las condicio­ nes de existencia, com o tam bién se expone en el Prometeo de Esquilo.

M uch o del co n cep to que hem os heredado de la palabra sofista se debe a P latón, la m ejor fuente, pero desde luego no la m ás favorable, ya que veía en ellos unos m ercaderes del co­ nocim iento. El hecho de cobrar, para Platón, era paralelo a su contenido m ercenario. Su objetivo principal es la persuasión y la en señanza de la persuasión, en u n a ciudad en que la p alab ra se ha convertido en el prin ci­ pal instrum ento político.

Protágoras es el prim ero y, posible­ mente, el m ás im portante de los sofis­ tas. N acido en Abdera, adquirió gran im portancia en la vida ateniense, d o n ­ de estuvo relacionado con Pericles, y participó en la fundación de la colo­ nia panhelénica de Turios. Fue acu ­ sado de im piedad, y tal vez con esta acusación esté relacionada su muerte. Al parecer, se debió a un escrito Sobre

los dioses, en que se declaraba que no

podía afirm ar la existencia de éstos.

Su frase m ás conocida es la de que «el hom bre es la m edida de todas las cosas». Se dice que adm itía la exis­ tencia de lo que se m anifestaba {phan­

tasia), frente a teorías negadoras de

los testim onios de los sentidos. P la­ tón, en el Teeteto, asim ila a Protágoras a la teoría del «devenir». Su en señ an ­ za pretendía que, com o siem pre, so­ bre todas las cosas, son posibles dos argum entos contrapuestos, se hiciera «m ás fuerte» el razonam iento mejor. Su profesión consistía en la en señ an ­ za de la virtud política, p or m edio de u n a techne q u e está, com o u n iv e r­ sal, por encim a de todas las técnicas particulares.

G orgias procede de Leontinos, S i­ cilia, y va a A tenas en 427 para p er­ suadir a la A sam blea de que la ciu­ d ad se aliara con su ciudad. Los ate­ nienses lo acogieron con entusiasm o. E n su escrito Sobre el no ser tra ta ­ ba de dem ostrar que n ad a existe; si existe, no se conoce; y si se conoce, no se puede expresar, con lo que abarca los tres aspectos rep resen tad os por las cosas, el pensam iento y la palabra.

Su retó rica iba d irig id a d ire c ta ­ m ente a la persuasión. Era inteligente el que persuadía y el que se dejaba persuadir; y se consideraba capaz de convencer sucesivam ente de u na po s­ tura y de su contraria. El personaje de G orgias en el Menón de P latón recha­ za el propósito de en señar la virtud; él se lim ita a hacer buenos oradores, en lo que se diferenciaría sustancial­ m ente de Protágoras.

Sus discursos, Palamedes, Helena y

Epitafio, son m uy significativos de su

estilo, en que el género oratorio p re­ senta rasgos evidentem ente propios y personales que parecen hab er influi­ do en el Pericles de Tucídides, en Li­ sias, en el Panegírico de Isócratcs, en el discurso fúnebre del Menéxeno de Platón. El logos es u n a fuerza irracio­ nal a la que el hom bre no puede ni debe resistirse.

A Pródico lo definen las fuentes antiguas principalm en te com o estu-

La civilización griega en la época clásica

Cabeza de Hermes de Praxiteles

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dioso de la sinonim ia. Es tam bién un ejem plo de la corriente que interp re­ taba la religion com o producto de la divinización de fuerzas naturales y de hom bres benefactores. Jenofonte le atribuye la fábula de H eracles en la encrucijada entre la virtud y el placer: la prim era es la que realm ente co n d u ­ ce a la felicidad.

H ipias de Elis representaba el ideal del saber universal. E staba interesado p o r todo: la historia, la m úsica, el arte, la astronom ía, la dialéctica. P re ­ sum ía de haberse hecho todo lo que llevaba puesto. P lató n le atribuye u n a distinción entre la ley y la n aturaleza según la cual, p or naturaleza, todos los hom bres son iguales. Las diferen­ cias existentes son producto de la ley o convención.

Es ésta la m ism a línea que se o b ­ serva en el pensam iento de A ntifonte el sofista y de A lcidam ante: nadie es esclavo po r naturaleza. A Trasím aco de C alcedonia, en cam bio, le atribuye Platón la teoría de que la justicia es el interés del m ás fuerte.

4. Historiografía

D urante la prim era m itad del siglo V, en el terreno de la historiografía, el pan o ram a no difiera gran cosa del de la época arcaica. Los tem as c o n ti­ n ú an siendo las genealogías o las h is­ torias locales, la geografía se ve acom ­ p añ a d a en ocasiones p o r incursiones en el cam po histórico, pero m ás fre­ cuentem ente en el de la etnografía.

D esde nuestro punto de vista, no cabe duda de que hay que adm itir el m ism o calificativo que la antigüedad atribuía a H eródoto, el de padre de la historia. N aturalm ente, su obra no nace de la nada, sino que es heredera de m últiples tradiciones com plejas, y ello se trasluce en su estructura y co n ­ tenido. Pero, al m ism o tiem po, es u n a obra nueva que, com o tal, com o co n ­ ju n to y unidad, no tiene precedente.

El rasgo nuevo más im portante p o ­

dría estar en su carácter sintético de u n id a d y u n iv ersalid ad . N i es u na historia local ni, por supuesto, genea­ lógica, ni es u n a descripción del m u n ­ do donde se incluyan todos los pue­ blos conocidos. En cierto m odo es, al m ism o tiem po, todo ello, pero su pera­ do p o r la in tencion alidad de descu­ brir un proceso histórico u nitario y universal. El con ju nto de los nueve li­ bros constituye u n a realidad com ple­ ja y heterogénea, p or lo m enos a p ri­ m era vista. En el prefacio, H eródoto dice que se p rop on e escribir las lu­ chas entre griegos y b árb aro s, y la causa de tales enfrentam ientos, para que no caigan en el olvido. La causa puede hallarse, según algunos, en a n ­ tiguas leyendas, donde siem pre está presente el rapto de una m ujer, por ejem plo el de H elena. Esta sería la causa de la tradicional enem istad en ­ tre E uropa y Asia. H eródoto no cree en tales leyendas,-se aparta del tiem ­ po m ítico y se atiene al tiem po de los hom bres. La causa hay que buscarla en el encadenam iento de u n a serie de agresiones, que d aría n com ienzo con C reso de Lidia, cu an d o com etió el error de atacar al reino de los persas. Ahí em pezarían todos los males. Tras u na serie de digresiones, se llegaría al enfrentam iento conocido con el nom ­ bre de guerras m édicas. P or tanto, hay u n a consecución cronológica que viene desde los tiem pos de Creso, lo que le da un carácter am plio, cro no ­ lógicam ente h a b la n d o , a su n a r ra ­ ción. Pero, de otro lado, H eródoto em plea constantem ente la técnica de la digresión y el paréntesis. C ada vez que se hace referencia a un pueblo se describen en detalle todos los rasgos conocidos. Lo m ism o ocurre al tratar de una ciudad o una familia. Por ta n ­ to, la consecución cronológica queda absolutam ente olvidada p o r la cons­ tante referencia a un p asad o en cada uno de los tem as locales. Por ello, la obra en su conjunto da la sensación de recoger toda la tradición de etno­ grafía, genealogía e historia de ciu da­

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des e integrarla bajo u n tem a com ún. Esto h a dado lugar incluso a diferen­ tes hipótesis sobre la com posición: si se trata de un plan de historia general en que se integra lo concreto o si se parte de estudios concretos, p or el sis­ tem a heredado de la «historiografía» existente antes de H eródoto, que lu e­ go fue unificándose. De estos últim os planteam ientos, el m ás significativo es el que considera que H eródoto de H alicarnaso, en Asia M enor, hereda toda la tradición de la prosa jónica y escribe las m ono g rafías co rresp o n ­ dientes. Su viaje a Atenas, que se en ­ cuentra en un proceso de unificación de G recia bajo su dom inio a través de la confederación de Délos, lo hizo to­ m ar conciencia del proceso unitario y llevar a cabo u na historia de carácter universal. La m onografía m ás am plia y m enos fácil de integrar en un plan com ún es la correspondiente a Egip­ to, que ocupa todo el libro II: H ay quien piensa que h abía una m ono­ grafía parecida sobre Persia, por lo m enos en proyecto.

El resultado, en cu alquier caso, es un producto en cierta m anera h íb ri­ do, pero riquísim o de datos y de con­ sideraciones sobre el m undo antiguo, y no sólo sobre G recia. Todavía hoy, H eródoto sigue siendo la m ejor fuen­ te para el estudio del im perio persa. U n aspecto que ha recibido m uchos elogios es su atención a los bárbaros. Algún antiguo, P lutarco en concreto, llegó a acusarlo de filobarbarism o. Sin em b arg o , re cien tem en te se h a com probado.que,.en efecto, H eródoto no actúa con prejuicios contra el b á r­ baro. pero que sostiene u na visión helenocéntrica m ás sutil y utiliza al b árb aro com o m odelo que refleja la realidad invertida de lo griego. Así, en el tem a que se convierte en centro de la exposición, el de las guerras m édi­ cas, lo que llega a ser im portante es el enfrentam iento entre la libertad de la ciudad estado griega y el despotism o im perial de los persas, entre la lib er­ tad y la esclavitud entendida com o

su m isió n m asiva de pueblos, tal y com o está representada p or el estado bárbaro.

Lo propio de esta form a de despo­ tismo es la hybris o desm esura, que llevó a C reso a confiar en exceso en sí m ism o y en su p o d er y riqueza, y que llevó a Jerjes a preten d er la conquista de G recia, aun saltándose las lim ita­ ciones de la geografía al hacer un ca­ nal en el m onte Atos y un puente so­ bre el H elesponto, al hacer de la tierra agua y del agua tierra. Esta desm esu­ ra existe tam b ién entre los griegos, cuando se establece la tiranía, que en definitiva es u n sistem a que im ita los rasgos orientales. H eródoto term ina su n arració n poco después de la b a ta ­ lla de S alam ina, cu an d o parecía que A tenas com enzaba a form ar su im pe­

rio y tal vez a caer a su vez en la des­ m esura. El h isto riad o r hace tam bién alg u n as a lu sio n es a esa situ ació n , au n q u e no com o objeto inm ediato. La cuestión es si H eródoto tenía ya en su m ente los problem as que sopor­ taría G recia com o consecuencia del crecim ien to del im p erio ateniense, au nque el tem a no se trate directa­ mente. Así, los problem as del im perio persa y su cam ino hacia la autodes- trucción a través de la desm esura de su crecim iento, p o d rían ser, en defini­ tiva, los m ism os que tendría Atenas, ahora, en el m om ento en que H eró­ doto escribe. Según esto, el proceso iniciado con la desm esura de Creso no acabaría con la derrota del im pe­ rio persa, sino con los problem as del im perio ateniense a los que ya asistió el propio H eródoto.

Tucídides escribió algo m ás tarde que H eródoto; en el libro I dedicó una serie de capítulos a la Pentecon- tecia, es decir, al período de cicncucn- ta años aproxim adam ente que separó las guerras m édicas de la guerra del Peloponeso. En eso Tucídides es un co n tin u ad o r de H eródoto. Pero las di­ ferencias son m uchas. A pesar de la Pentecontecia, lo que preocupa a Tu­ cídides es la época en que él vivió: lo

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que le preocupa es la historia co n ­ tem poránea. Y si dedicó los capítulos citados a la época anterior, es porque ahí estaba la explicación del fenóm e­ no que más le preocupaba: el im perio ateniense, que se form ó d u ra n te la Pentecontecia. Por eso, en el libro I, la exposición es m uy selectiva. Tam bién es este interés el que lo lleva a tratar, en el m ism o libro, la A rqueología, es decir, la historia arcaica de G recia desde tiem pos de M inos. Tucídides se rem onta a tiem pos m ás antiguos y m ás m íticos que H eródoto, pero lo hace porque le interesan los antece­ dentes del im perio: la talaso c racia m inoica, el poder m arítim o de A ga­ m enón, las flotas de los tiranos, la colonización...

El resto de la obra de Tucídides se ocupa de la guerra del Peloponeso h a sta 411. En ella h ay m ag n íficas descripciones de batallas y de expedi­ ciones, pero lo m ás significativo es la c a p a c id a d p a ra p ro f u n d iz a r en la com plejidad de las relaciones h u m a ­ nas, tanto en la escala de las luchas de ciudades, o pactos o alianzas, como en los conflictos internos de las ciu­ dades mismas. En las partes en que Tucídides m uestra u na m ayor m aes­ tría para p ro fu n d iz ar en la realidad es en los discursos. C ada vez que hay una situación com pleja, no fácil de explicar de m anera expositiva, Tucí­ dides acude a un sistem a m uy exten­ dido en la A tenas de su época en la vida real, el discurso. Es la época de la o ra to ria y de los d eb a te s en la asam blea. N o hay m ejor m anera de reflejar la realidad que con el discu r­ so contrapuesto, con la antilogía, al estilo de A ntifonte o de Protágoras.

La im portancia que Tucídides atri­ buye a la guerra del Peloponeso está en re la c ió n co n esta co m p le jid a d , porque él sabe que los valores se alte­ raron. E n esta guerra, u n as ciudades se esclavizaron a otras, pero cada ciu­ dad tuvo problem as con sus esclavi­ zados. La guerra entre ciudades, p or

otra parte, repercutió en los conflictos dentro de cada ciudad. G u erra civil y guerra externa se co n fu n d ía n en ocasiones.

El problem a principal p ara Tucídi­ des está en el im perio ateniense. La guerra, en realidad, a pesar de todos los m otivos in m ediato s confesados, se p rodujo porq ue el crecim iento del pod er ateniense causó tem or entre los dem ás griegos. Pero el problem a esta­ ba en que ese tem or tenía u n correla­ to invertido dentro de la propia Ate­ nas. La ciudad im perialista actuaba así porque la falta del im perio traería consigo la esclavización del pueblo, que conservaba su libertad y la dem o­ cracia a costa del do m inio sobre los dem ás. A hí está el conflicto sin salida que hace de Tucídides u n pesim ista que considera que los m ales están en la naturaleza, que sólo puede expli­ carse la realidad p or m edio de la con ­ troversia. Su falta de esp e ran z a lo conduce a ser consciente de las agu­ das co ntradiccio nes de la sociedad ateniense y a reflejar com o pocas ve­ ces el profundo dram a de la realidad de su época. Ello hace que haya sido com parado en ocasiones con los trá­ gicos contem poráneos. C o n otro m é­ todo, refleja las m ism as co ntradiccio­ nes insalvables de la realidad. El que no dom ina es dom inado; sólo la ca­ pacidad de A tenas de d o m in ar a las ciu d ad e s y c o n se rv ar la esclavitud preserva al pueblo ateniense de caer en ella y le perm ite conservar su liber­ tad. Pero la guerra los llevó a m ayores contradicciones y la violencia externa se tradujo en violencia interna y en coacción de unos sobre otros dentro de la m ism a ciudad.

Por ello se ha insistido en que en la obra de Tucídides hay u n a peripéteia com o en los trágicos, un m om ento en que el pueblo ateniense, que produce temor, com ienza a actuar porque teme él m ism o, y el m odo de actu ar es a p a ­ rentem ente igual: la ex pan sión im ­ perialista.

La civilización griega err la ép o ca clásica

III. Arte

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P osiblem ente sea en O lim pia donde prim ero aparecen los rasgos propios del estilo clásico, de m anera incipien­ te, en los años posteriores a las gue­ rras médicas. Allí se construyó, por el arquitecto Libón, u n tem plo en ho n o r