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1.9 Sending maps to other people
C om o dice R. A drados, los sofistas proceden de las experiencias m ás va riadas de la vida griega del siglo V. Están vinculados a todos los aspectos de la vida in te le c tu a l y, en cierto m odo, p or su carácter sintético, son los representantes m ás característicos de la vida de la ciu dad y, especial m ente, de Atenas, com o centro que aglutina a toda G recia y se diferencia radicalm ente de todas las dem ás. Su originalidad intelectual los incluye en la historia del pensam iento, no estric tam ente com o escuela filosófica, pero sí com o eslabón significativo entre el pensam iento jó nico y la filosofía so- cráticoplatónica. Ya hem os ad elan ta do tam b ién que d e se m p e ñ aro n un im portante papel en la evolución y desarrollo de la retórica y de la orato ria en Atenas. Junto con el teatro, es posiblem ente la faceta más significa tiva de la vida cultural ateniense, dado que en ella tam bién se expresa la ca pacidad participativ a de la ciudad; pero, adem ás, los autores trágicos no dejan de hacerse eco de las preo cup a ciones intelectuales m ás propias del pensam iento sofístico, sobre todo E u rípides. Tam bién la historiografía su frió, con Tucídides, u na serie de trans form aciones que los estudiosos no h an dejado de relacionar, de m odo muy preciso, con el m ovim iento de
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los sofistas. La ciencia y la m edicina de la época no perm an ecen , desde luego, al m argen. Todo ello hace que se hable de «Ilustración» com o a m biente general que abarca todos los aspectos de la vida intelectual.
En cierto m odo, com o profesiona les de la vida intelectual que venden sus productos, son herederos de la poesía lírica, tan to en su actividad pública y p anhelénica, cual es el caso de «profesionales» com o A nacreonte y Sim ónides, com o en la actitud in d i vidualista y u n tanto desarraigada que aparece en autores com o H iponacte o M im nerm o. Todo ello se da precisa m ente fuera de A tenas, pero tiene en esta ciudad su centro de m anifesta ción m ás significativo. En el conteni do, ta m b ié n h e re d a n u n co n c ep to «progresista» de la filosofía jónica, desde Anaxim andro, Demócrito y A na xim enes, en el sentido de observar el pasado com o proceso en que se llega ba de lo prim itivo a lo civilizado, en que el hom bre m ejora las condicio nes de existencia, com o tam bién se expone en el Prometeo de Esquilo.
M uch o del co n cep to que hem os heredado de la palabra sofista se debe a P latón, la m ejor fuente, pero desde luego no la m ás favorable, ya que veía en ellos unos m ercaderes del co nocim iento. El hecho de cobrar, para Platón, era paralelo a su contenido m ercenario. Su objetivo principal es la persuasión y la en señanza de la persuasión, en u n a ciudad en que la p alab ra se ha convertido en el prin ci pal instrum ento político.
Protágoras es el prim ero y, posible mente, el m ás im portante de los sofis tas. N acido en Abdera, adquirió gran im portancia en la vida ateniense, d o n de estuvo relacionado con Pericles, y participó en la fundación de la colo nia panhelénica de Turios. Fue acu sado de im piedad, y tal vez con esta acusación esté relacionada su muerte. Al parecer, se debió a un escrito Sobre
los dioses, en que se declaraba que no
podía afirm ar la existencia de éstos.
Su frase m ás conocida es la de que «el hom bre es la m edida de todas las cosas». Se dice que adm itía la exis tencia de lo que se m anifestaba {phan
tasia), frente a teorías negadoras de
los testim onios de los sentidos. P la tón, en el Teeteto, asim ila a Protágoras a la teoría del «devenir». Su en señ an za pretendía que, com o siem pre, so bre todas las cosas, son posibles dos argum entos contrapuestos, se hiciera «m ás fuerte» el razonam iento mejor. Su profesión consistía en la en señ an za de la virtud política, p or m edio de u n a techne q u e está, com o u n iv e r sal, por encim a de todas las técnicas particulares.
G orgias procede de Leontinos, S i cilia, y va a A tenas en 427 para p er suadir a la A sam blea de que la ciu d ad se aliara con su ciudad. Los ate nienses lo acogieron con entusiasm o. E n su escrito Sobre el no ser tra ta ba de dem ostrar que n ad a existe; si existe, no se conoce; y si se conoce, no se puede expresar, con lo que abarca los tres aspectos rep resen tad os por las cosas, el pensam iento y la palabra.
Su retó rica iba d irig id a d ire c ta m ente a la persuasión. Era inteligente el que persuadía y el que se dejaba persuadir; y se consideraba capaz de convencer sucesivam ente de u na po s tura y de su contraria. El personaje de G orgias en el Menón de P latón recha za el propósito de en señar la virtud; él se lim ita a hacer buenos oradores, en lo que se diferenciaría sustancial m ente de Protágoras.
Sus discursos, Palamedes, Helena y
Epitafio, son m uy significativos de su
estilo, en que el género oratorio p re senta rasgos evidentem ente propios y personales que parecen hab er influi do en el Pericles de Tucídides, en Li sias, en el Panegírico de Isócratcs, en el discurso fúnebre del Menéxeno de Platón. El logos es u n a fuerza irracio nal a la que el hom bre no puede ni debe resistirse.
A Pródico lo definen las fuentes antiguas principalm en te com o estu-
La civilización griega en la época clásica
Cabeza de Hermes de Praxiteles
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dioso de la sinonim ia. Es tam bién un ejem plo de la corriente que interp re taba la religion com o producto de la divinización de fuerzas naturales y de hom bres benefactores. Jenofonte le atribuye la fábula de H eracles en la encrucijada entre la virtud y el placer: la prim era es la que realm ente co n d u ce a la felicidad.
H ipias de Elis representaba el ideal del saber universal. E staba interesado p o r todo: la historia, la m úsica, el arte, la astronom ía, la dialéctica. P re sum ía de haberse hecho todo lo que llevaba puesto. P lató n le atribuye u n a distinción entre la ley y la n aturaleza según la cual, p or naturaleza, todos los hom bres son iguales. Las diferen cias existentes son producto de la ley o convención.
Es ésta la m ism a línea que se o b serva en el pensam iento de A ntifonte el sofista y de A lcidam ante: nadie es esclavo po r naturaleza. A Trasím aco de C alcedonia, en cam bio, le atribuye Platón la teoría de que la justicia es el interés del m ás fuerte.
4. Historiografía
D urante la prim era m itad del siglo V, en el terreno de la historiografía, el pan o ram a no difiera gran cosa del de la época arcaica. Los tem as c o n ti n ú an siendo las genealogías o las h is torias locales, la geografía se ve acom p añ a d a en ocasiones p o r incursiones en el cam po histórico, pero m ás fre cuentem ente en el de la etnografía.
D esde nuestro punto de vista, no cabe duda de que hay que adm itir el m ism o calificativo que la antigüedad atribuía a H eródoto, el de padre de la historia. N aturalm ente, su obra no nace de la nada, sino que es heredera de m últiples tradiciones com plejas, y ello se trasluce en su estructura y co n tenido. Pero, al m ism o tiem po, es u n a obra nueva que, com o tal, com o co n ju n to y unidad, no tiene precedente.
El rasgo nuevo más im portante p o
dría estar en su carácter sintético de u n id a d y u n iv ersalid ad . N i es u na historia local ni, por supuesto, genea lógica, ni es u n a descripción del m u n do donde se incluyan todos los pue blos conocidos. En cierto m odo es, al m ism o tiem po, todo ello, pero su pera do p o r la in tencion alidad de descu brir un proceso histórico u nitario y universal. El con ju nto de los nueve li bros constituye u n a realidad com ple ja y heterogénea, p or lo m enos a p ri m era vista. En el prefacio, H eródoto dice que se p rop on e escribir las lu chas entre griegos y b árb aro s, y la causa de tales enfrentam ientos, para que no caigan en el olvido. La causa puede hallarse, según algunos, en a n tiguas leyendas, donde siem pre está presente el rapto de una m ujer, por ejem plo el de H elena. Esta sería la causa de la tradicional enem istad en tre E uropa y Asia. H eródoto no cree en tales leyendas,-se aparta del tiem po m ítico y se atiene al tiem po de los hom bres. La causa hay que buscarla en el encadenam iento de u n a serie de agresiones, que d aría n com ienzo con C reso de Lidia, cu an d o com etió el error de atacar al reino de los persas. Ahí em pezarían todos los males. Tras u na serie de digresiones, se llegaría al enfrentam iento conocido con el nom bre de guerras m édicas. P or tanto, hay u n a consecución cronológica que viene desde los tiem pos de Creso, lo que le da un carácter am plio, cro no lógicam ente h a b la n d o , a su n a r ra ción. Pero, de otro lado, H eródoto em plea constantem ente la técnica de la digresión y el paréntesis. C ada vez que se hace referencia a un pueblo se describen en detalle todos los rasgos conocidos. Lo m ism o ocurre al tratar de una ciudad o una familia. Por ta n to, la consecución cronológica queda absolutam ente olvidada p o r la cons tante referencia a un p asad o en cada uno de los tem as locales. Por ello, la obra en su conjunto da la sensación de recoger toda la tradición de etno grafía, genealogía e historia de ciu da
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des e integrarla bajo u n tem a com ún. Esto h a dado lugar incluso a diferen tes hipótesis sobre la com posición: si se trata de un plan de historia general en que se integra lo concreto o si se parte de estudios concretos, p or el sis tem a heredado de la «historiografía» existente antes de H eródoto, que lu e go fue unificándose. De estos últim os planteam ientos, el m ás significativo es el que considera que H eródoto de H alicarnaso, en Asia M enor, hereda toda la tradición de la prosa jónica y escribe las m ono g rafías co rresp o n dientes. Su viaje a Atenas, que se en cuentra en un proceso de unificación de G recia bajo su dom inio a través de la confederación de Délos, lo hizo to m ar conciencia del proceso unitario y llevar a cabo u na historia de carácter universal. La m onografía m ás am plia y m enos fácil de integrar en un plan com ún es la correspondiente a Egip to, que ocupa todo el libro II: H ay quien piensa que h abía una m ono grafía parecida sobre Persia, por lo m enos en proyecto.
El resultado, en cu alquier caso, es un producto en cierta m anera h íb ri do, pero riquísim o de datos y de con sideraciones sobre el m undo antiguo, y no sólo sobre G recia. Todavía hoy, H eródoto sigue siendo la m ejor fuen te para el estudio del im perio persa. U n aspecto que ha recibido m uchos elogios es su atención a los bárbaros. Algún antiguo, P lutarco en concreto, llegó a acusarlo de filobarbarism o. Sin em b arg o , re cien tem en te se h a com probado.que,.en efecto, H eródoto no actúa con prejuicios contra el b á r baro. pero que sostiene u na visión helenocéntrica m ás sutil y utiliza al b árb aro com o m odelo que refleja la realidad invertida de lo griego. Así, en el tem a que se convierte en centro de la exposición, el de las guerras m édi cas, lo que llega a ser im portante es el enfrentam iento entre la libertad de la ciudad estado griega y el despotism o im perial de los persas, entre la lib er tad y la esclavitud entendida com o
su m isió n m asiva de pueblos, tal y com o está representada p or el estado bárbaro.
Lo propio de esta form a de despo tismo es la hybris o desm esura, que llevó a C reso a confiar en exceso en sí m ism o y en su p o d er y riqueza, y que llevó a Jerjes a preten d er la conquista de G recia, aun saltándose las lim ita ciones de la geografía al hacer un ca nal en el m onte Atos y un puente so bre el H elesponto, al hacer de la tierra agua y del agua tierra. Esta desm esu ra existe tam b ién entre los griegos, cuando se establece la tiranía, que en definitiva es u n sistem a que im ita los rasgos orientales. H eródoto term ina su n arració n poco después de la b a ta lla de S alam ina, cu an d o parecía que A tenas com enzaba a form ar su im pe
rio y tal vez a caer a su vez en la des m esura. El h isto riad o r hace tam bién alg u n as a lu sio n es a esa situ ació n , au n q u e no com o objeto inm ediato. La cuestión es si H eródoto tenía ya en su m ente los problem as que sopor taría G recia com o consecuencia del crecim ien to del im p erio ateniense, au nque el tem a no se trate directa mente. Así, los problem as del im perio persa y su cam ino hacia la autodes- trucción a través de la desm esura de su crecim iento, p o d rían ser, en defini tiva, los m ism os que tendría Atenas, ahora, en el m om ento en que H eró doto escribe. Según esto, el proceso iniciado con la desm esura de Creso no acabaría con la derrota del im pe rio persa, sino con los problem as del im perio ateniense a los que ya asistió el propio H eródoto.
Tucídides escribió algo m ás tarde que H eródoto; en el libro I dedicó una serie de capítulos a la Pentecon- tecia, es decir, al período de cicncucn- ta años aproxim adam ente que separó las guerras m édicas de la guerra del Peloponeso. En eso Tucídides es un co n tin u ad o r de H eródoto. Pero las di ferencias son m uchas. A pesar de la Pentecontecia, lo que preocupa a Tu cídides es la época en que él vivió: lo
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que le preocupa es la historia co n tem poránea. Y si dedicó los capítulos citados a la época anterior, es porque ahí estaba la explicación del fenóm e no que más le preocupaba: el im perio ateniense, que se form ó d u ra n te la Pentecontecia. Por eso, en el libro I, la exposición es m uy selectiva. Tam bién es este interés el que lo lleva a tratar, en el m ism o libro, la A rqueología, es decir, la historia arcaica de G recia desde tiem pos de M inos. Tucídides se rem onta a tiem pos m ás antiguos y m ás m íticos que H eródoto, pero lo hace porque le interesan los antece dentes del im perio: la talaso c racia m inoica, el poder m arítim o de A ga m enón, las flotas de los tiranos, la colonización...
El resto de la obra de Tucídides se ocupa de la guerra del Peloponeso h a sta 411. En ella h ay m ag n íficas descripciones de batallas y de expedi ciones, pero lo m ás significativo es la c a p a c id a d p a ra p ro f u n d iz a r en la com plejidad de las relaciones h u m a nas, tanto en la escala de las luchas de ciudades, o pactos o alianzas, como en los conflictos internos de las ciu dades mismas. En las partes en que Tucídides m uestra u na m ayor m aes tría para p ro fu n d iz ar en la realidad es en los discursos. C ada vez que hay una situación com pleja, no fácil de explicar de m anera expositiva, Tucí dides acude a un sistem a m uy exten dido en la A tenas de su época en la vida real, el discurso. Es la época de la o ra to ria y de los d eb a te s en la asam blea. N o hay m ejor m anera de reflejar la realidad que con el discu r so contrapuesto, con la antilogía, al estilo de A ntifonte o de Protágoras.
La im portancia que Tucídides atri buye a la guerra del Peloponeso está en re la c ió n co n esta co m p le jid a d , porque él sabe que los valores se alte raron. E n esta guerra, u n as ciudades se esclavizaron a otras, pero cada ciu dad tuvo problem as con sus esclavi zados. La guerra entre ciudades, p or
otra parte, repercutió en los conflictos dentro de cada ciudad. G u erra civil y guerra externa se co n fu n d ía n en ocasiones.
El problem a principal p ara Tucídi des está en el im perio ateniense. La guerra, en realidad, a pesar de todos los m otivos in m ediato s confesados, se p rodujo porq ue el crecim iento del pod er ateniense causó tem or entre los dem ás griegos. Pero el problem a esta ba en que ese tem or tenía u n correla to invertido dentro de la propia Ate nas. La ciudad im perialista actuaba así porque la falta del im perio traería consigo la esclavización del pueblo, que conservaba su libertad y la dem o cracia a costa del do m inio sobre los dem ás. A hí está el conflicto sin salida que hace de Tucídides u n pesim ista que considera que los m ales están en la naturaleza, que sólo puede expli carse la realidad p or m edio de la con troversia. Su falta de esp e ran z a lo conduce a ser consciente de las agu das co ntradiccio nes de la sociedad ateniense y a reflejar com o pocas ve ces el profundo dram a de la realidad de su época. Ello hace que haya sido com parado en ocasiones con los trá gicos contem poráneos. C o n otro m é todo, refleja las m ism as co ntradiccio nes insalvables de la realidad. El que no dom ina es dom inado; sólo la ca pacidad de A tenas de d o m in ar a las ciu d ad e s y c o n se rv ar la esclavitud preserva al pueblo ateniense de caer en ella y le perm ite conservar su liber tad. Pero la guerra los llevó a m ayores contradicciones y la violencia externa se tradujo en violencia interna y en coacción de unos sobre otros dentro de la m ism a ciudad.
Por ello se ha insistido en que en la obra de Tucídides hay u n a peripéteia com o en los trágicos, un m om ento en que el pueblo ateniense, que produce temor, com ienza a actuar porque teme él m ism o, y el m odo de actu ar es a p a rentem ente igual: la ex pan sión im perialista.
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III. Arte
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P osiblem ente sea en O lim pia donde prim ero aparecen los rasgos propios del estilo clásico, de m anera incipien te, en los años posteriores a las gue rras médicas. Allí se construyó, por el arquitecto Libón, u n tem plo en ho n o r