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Chapter 5 A Machine Leaning Approach to Automatically Evaluate the Performance of

5.2.6. Additional Classification

La abadesa del convento de Ollioules era joven para ser abadesa: no tenía más que treinta y ocho años. No carecía de inteligencia. Era vivaz, propensa a amar o a odiar llevada por su corazón o por sus sentidos, y carecía del tacto v de la mesura que demanda el gobierno de una casa de este tipo.

Esta casa era mantenida por dos fuentes de recursos. Por una parte contaba con dos o tres religiosas de familias consulares de Tolón, que habían aportado buenas dotes y hacían lo que se les daba la gana. Estas monjas vivían con los monjes salesianos, que dirigían el convento. Por otra parte los monjes, que habían extendido su orden a Marsella y a todas partes, buscaban pequeñas pensionistas y novicias pagas; era éste un contacto enfadoso para las niñas. Ya lo hemos visto en el asunto de Aubanv.

No existía una clausura seria. Adentro habla muy poco orden. En las ardientes noches veraniegas de este clima africano (más pesado, más exigente para las gargantas sofocadas de las recluidas de Ollioules) las religiosas y las novicias iban y venían con bastante libertad. Lo que hemos visto en Loudun en 1630 existía igualmente en Ollioules en 1730. La masa de religiosas (más o menos doce sobre las quince con que contaba el convento), un poco desdeñadas por los monjes, que preferían a las damas encumbradas, eran unas pobres criaturas aburridas, abandonadas; no tenían más consuelo que las charlas, los juegos, algunas intimidades entre ellas v con las novicias.

La abadesa tuvo miedo de que la Cadière viera esto demasiado bien. Puso dificultades para recibirla. Después, bruscamente, tornó partido en sentido contrario. En una carta encantadora, más halagadora de lo que podía esperar una muchachita de una dama de tal categoría, la abadesa expresaba el deseo de que la Cadière abandonara la dirección espiritual de Girard. No era con intención de transferirla a sus salesianos, que eran poco capaces. La abadesa había concebido la idea picante, audaz, de tomarla a su cargo personalmente, de dirigir a la Cadière.

La abadesa era muy vanidosa. Esperaba apoderarse de esta maravilla, conquistarla fácilmente, ya que se sentía bastante más agradable que un viejo director jesuita. Pensaba explotar a la joven santa en beneficio de su convento.

Le hizo el honor insigne de recibirla en el umbral, en la puerta de calle. La besó, la abrazó, la llevó consigo a su hermosa habitación de abadesa y le dijo que ambas la compartirían. Quedó hechizada de la modestia de la Cadière, de su gracia enfermiza, de cierta cosa extraña, misteriosa, conmovedora que tenía la muchacha. La Cadière había sufrido mucho durante el corto viaje. La abadesa quiso que se acostara y le

ofreció su propio lecho. Le dijo que la amaba tanto que deseaba compartir este lecho con ella, que quería que se acostaran juntas, como si fueran hermanas.

Para el plan de la abadesa, esto era ir demasiado lejos, era hacer lo que no se debía hacer. Hubiera bastado con que la santa se alojara en su habitación. Pero, al tener la debilidad singular de acostarla con ella, la convirtió en una especie de favorita. Esta intimidad, muy a la moda entre las damas, estaba prohibida en los conventos, donde se realizaba furtivamente; en todo caso, una superiora no debía dar el ejemplo.

La superiora quedó sorprendida ante la vacilación de la muchacha. Esta vacilación no provenía, sin duda, únicamente de su pudor o de su humildad. Tampoco provenía, seguramente, de que le desagradara la persona de la abadesa, que era relativamente más joven que la pobre Cadière, ya que estaba en la flor de la vida y de la salud, una vida y una salud que hubiera querido dar a pequeña enferma. La abadesa insistió tiernamente.

Para hacerle olvidar a Girard, la abadesa contaba sobre todo con rodear a la Cadière a toda hora. La manía de las abadesas, su más cara pretensión, era confesar a sus religiosas (cosa que permitía hacer Santa Teresa). Esto se hacía, casi por sí sólo, en medio de un dulce acuerdo. Así Catherine no iba a decir a los confesores más que las menudencias, y guardaría en el fondo de su corazón para la persona única. Al atardecer, por la noche sobre la almohada, acariciada por la curiosa, la Cadière debía dejar escapar muchos secretos, los suyos propios y algunos de otras personas.

En un primer momento, Catherine no pudo librarse de un cerco tan vivo. Se acostó con la abadesa. Ésta creía tenerla doblemente atrapada por dos medios opuestos: como santa y como mujer, quiero decir, como se puede atrapar a una muchacha nerviosa, sensible, quizás sensual por debilidad. La abadesa hizo escribir la leyenda de la Cadière, sus palabras, todo lo que ésta dejaba escapar. Por otra parte, anotaba los más humildes detalles de su vida física y enviaba el informe a Tolón. Hubiera hecho de ella su ídolo, su muñeca mimada. En una pendiente tan resbaladiza, el impulso hacia abajo fue sin duda rápido. La muchacha tuvo escrúpulos y un poco de miedo. Realizó un gran esfuerzo, del que parecía incapaz, dada su languidez. Demandó humildemente salir de aquel nido de palomas, de aquel lecho demasiado dulce, de las pensionistas.

Gran sorpresa. Mortificación. La abadesa se creyó desdeñada, se enconó contra la ingrata y no la perdonó jamás.

La Cadière fue excelentemente recibida por las otras monjas. La dirigente de las novicias, la señora de Lescot, una religiosa parisiense, fina y bondadosa, valía más que la abadesa. Pareció haber comprendido que la Cadiére era una pobre víctima del destino, un joven corazón lleno de Dios, pero cruelmente marcado por las fatalidades excéntricas que debían precipitarla a la vergüenza o a algún fin siniestro. La Lescot no tenía más misión que guardarla, preservarla de sus imprudencias, interpretar y excusar lo que había en la Cadiére de menos excusable.

Salvo dos o tres nobles damas, que vivían con las monjas y gustaban poco de misticismos elevados, todas las religiosas tomaron cariño a Catheríne y la consideraron como a un ángel del cielo. La sensibilidad poco ocupada de estas mujeres se concentró sobre la muchacha como un objeto único. Las monjas la encontraban no sólo piadosa y sobrenaturalmente devota, sino buena chica, de buen corazón, amable y divertida, ya no se aburrían. La Cadiére las entretenía, las edificaba con sus sueños, con sus cuentos verdaderos, quiero decir sinceros, siempre mezclados a una ternura pura. La Cadière decía, por ejemplo: "Por la noche ando por todas partes, voy hasta América, en todos lados dejo cartas pidiendo a la gente que se convierta. Esta noche iré a visitaros, aunque os encerréis, juntas visitaremos el Sagrado Corazón".

Milagro. Todas, a la medianoche, recibían, según confesión propia, la encantadora visita. Creían sentir que la Cadiére las besaba, las hacía entrar en el Corazón de Jesús

( págs. 81, 89, 93). Las monjas no tenían miedo y eran dichosas. La más tierna y la más crédula era una rnarsellesa, la hermana Raimbaud, que disfrutó de esta dicha quince veces en tres meses, es decir aproximadamente cada seis días. Puro efecto de imaginación. Está probado por el hecho de que, al mismo tiempo, la Cadière visitaba a todas las otras. Pero la abadesa se sintió herida, primero por celos y por creerse la única afectada; después, al sentir que, por perdida que estuviera la Cadière en medio de sus sueños, bien podría llegar a conocer por medio de tantas amigas íntimas los escándalos del convento.

Estos escándalos no estaban en modo alguno ocultos. Pero, como nada podía llegar a la Cadière como no fuera por vía de iluminación, creyó conocerlo por revelación divina. Su bondad estalló. Sintió una gran compasión hacia Dios, a quien se ultrajaba de esta manera. Y, nuevamente esta vez, imaginó que debía pagar por todas las otras, ahorrar a las pecadoras los castigos merecidos, anotando ella lo que el furor de los demonios puede infligir de más cruel

Todo esto cayó sobre Catherine el 25 de junio, día de San Juan. Por la noche había estado con las hermanas del noviciado, de pronto, cayó hacia atrás, se retorció, gritó, perdió el conocimiento. Al despertarse, las novicias la rodearon, curiosas de lo que la Cadière iba a decir, pero la directora, la Lescot, adivinó las palabras que la Cadiére iba a pronunciar, y comprendió que iba a perderse. La sacó de allí, la llevó directamente a su habitación, y allí Catherine se encontró luego desollada y con la camisa ensangrentada.

¿Cómo podía abandonarla Girard en medio de estos combates interiores y exteriores? Ella no podía comprenderlo. La Cadière tenia necesidad de apoyo y Girard no venía, cuanto más se presentaba alguna vez en el refectorio, y sólo por un momento.

La Cadiére le escribió el 28 de junio (por medio de sus hermanos, porque leía, pero apenas sabía escribir). Lo llamó de la manera más viva y angustiosa. Girard contestó con demoras. Debía predicar en Hyéres, estaba enfermo de la garganta, etcétera.

Cosa inesperada, fue la abadesa misma quien lo hizo venir Sin duda estaba inquieta por las cosas que la Cadiére había descubierto acerca de la vida del convento. Segura de que la muchacha iba a contar todo a Girard, prefirió prevenirlo ella misma. Escribió al jesuita una nota muy halagadora y bastante tierna (3 de julio, pág. 327), rogándole que, cuando viniera, la visitara primero, porque quería, en gran secreto, ser su alumna, su discípula, como lo había sido de Jesús el humilde Nicodemo: “Yo podría, con poco ruido realizar grandes progresos en la virtud bajo vuestra dirección, en favor de la santa libertad que me procura mi cargo. El pretexto de nuestra aspirante me servirá de cubierta y de medio” (pág. 327).

Esta fue una acción sorprendente y ligera, que muestra que la abadesa no estaba muy bien de la cabeza. Como no había logrado suplantar a Girard con la Cadière, quería suplantar a la Cadiére frente a Girard. Se lanzó a la cosa sin preámbulos, bruscamente. Abreviaba las cosas, como una gran dama que se sabe todavía agradable, segura de ser comprendida enseguida, ¡y hasta llegaba a hablar de la libertad que tenía!

La abadesa partía, al dar este falso paso, de la idea justa de que Girard ya no se interesaba en la Cadiére. Pero hubiera podido adivinar que Girard tenía otros motivos de inquietud en Tolón. Éste estaba inquieto por un asunto en que ya no se trataba de una muchachita, sino de una dama madura, acomodada, en buena situación, la más correcta de sus penitentes, la señorita Gravier Los cuarenta años de ésta no la habían defendido. Girard no quería tener en el rebaño una oveja independiente. Una mañana la Gravier quedó sorprendida y mortificada al encontrarse embarazada y se quejó violentamente (julio, pág. 395).

Girard, preocupado por esta nueva aventura, recibió con frialdad los inesperados avances de la abadesa. Temió que estos avances fueran una trampa de los salesianos. Resolvió ser prudente, vio a la abadesa, ya inquieta por el imprudente paso que había dado. Después vio a la Cadiére, pero solamente en la capilla donde la confesó.

La Cadière quedó sin duda herida ante el poco interés de Girard. En efecto, esta conducta era extraña, de extremada inconsecuencia. Girard la habla turbado con cartas ligeras, galantes, llenas de amenazas y bromitas que podían considerarse amorosas (Dépos Lescot, y pág., 335). Además, no se resignaba verla más que en público.

En una nota escrita esa misma noche, Catherine se venga finamente diciendo que, en el momento en que Girard le daba la absolución, ella se había sentido maravillosamente desprendida de sí misma y de toda criatura.

Esto era lo que deseaba Gírard. Sus redes estaban muy enredadas y la Cadiére le pesaba mucho. Quedó encantado con la carta y, lejos de molestarse, le predicó el desprendimiento. Insinuó al mismo tiempo que era necesaria la prudencia. Había recibido – dijo - una carta en la que se lo reprendía severamente por sus faltas. Sin embargo, como partía el jueves 6 para Marsella, prometió verla de paso (pág. 329, 4 de julio, 1730).

La Cadiére esperó. Girard no se presentó. La agitación de ella era extrema. El flujo sanguíneo subió a su cabeza; aquello fue corno un mar, una tempestad. Habló de esto a su querida amiga la Raimbaud, que ya no quiso separarse de ella Y hasta empezó a acostarse a su lado (pág. 73) en contra del reglamento, salvo que dijera que iba sólo por las mañanas. Era la noche del 6 de julio, una noche de calor concentrado, pesado, en este estrecho horno de Ollioules. A las cuatro o las cinco, al verla debatirse en medio de vivos sufrimientos, la Raimbaud creyó que la Cadiére “tenía cólicos y fue a buscar fuego a la cocina”. Durante su ausencia, la Cadiere recurrió a un medio extremo, que sin duda haría venir a Girard al instante. Ya sea que se reabriera con las uñas las llagas de la cabeza, ya sea que se colocara de nuevo la corona de puntas de hierro, lo cierto es que quedó ensangrentada. La sangre caía en gruesas gotas por su cara. En medio del dolor la muchacha pareció transfigurada y sus ojos brillaron.

Todo esto duró unas dos horas. Las religiosas acudieron a verla en este estado y la admiraron. Querían llamar a los salesianos para que la vieran, pero la Cadière lo impidió. La abadesa se guardó muy bien de avisar a Girard, temiendo que éste viera a la joven en aquel estado patético, conmovedor. Pero la Lescot le proporcionó ese consuelo haciendo avisar al sacerdote. Girard vino, pero en lugar de visitar a la Cadière, como verdadero jugador, tuvo él mismo un éxtasis en la capilla, y quedó allí una hora, prosternado de rodillas delante del Santísimo Sacramento (pág. 95). Finalmente subió y encontró a todas las religiosas en torno a la Cadière. Le contaron que, por un momento, la Cadière había actuado como si estuviera en la misa, moviendo los labios como para recibir la hostia. "¿Quién puede saber esto mejor que yo?”, dijo el pícaro. "Un ángel me lo había advertido. Yo dije la misa y la hice comulgar en Tolón”. Las monjas quedaron trastornadas con el milagro, al extremo que una de ellas se enfermó por dos días. Girard se dirigió entonces a la Cadière con una indigna ligereza: “Ah, ah, golosa, ¿así que me robas la mitad de mi parte?”

Todas se retiraron respetuosamente; los dejaron solos. Girard quedó así frente a su víctima ensangrentada, pálida, debilitada Y por lo mismo, mucho más agitada. Cualquier otro se hubiera conmovido. ¿Qué había de más ingenuo que este reconocimiento de su dependencia de él, de la necesidad absoluta que ella tenía de verlo? Esta confesión expresada por la sangre, por las heridas, más que cualquier palabra debía llegar a su corazón. Era un sometimiento. Pero, ¿Cómo apiadarse? Entonces, ¿esta inocente persona había tenido un movimiento natural? En su corta y desdichada vida, la pobre

santa, tan extraña a los sentidos ¿había tenido, pues, una hora de debilidad? ¿Qué había obtenido de la Cadière por voluntad de ésta? Poco o nada. Con el alma, con la voluntad, él iba a lograrlo todo.

La Cadière habla brevemente, como puede suponerse, de esto. En su declaración dice públicamente que perdió el conocimiento. y no supo con exactitud qué pasaba. En una confesión a su amiga, la señora Allemand (pág. 178), sin quejarse de nada, nos deja comprenderlo todo.

En recompensa de un movimiento tal del corazón, frente a esta hechicera impaciencia, ¿qué hizo Girard? La reprendió. Aquella llama que hubiera conquistado a otro, que lo hubiera abrasado, enfrió a Girard. Su alma de tirano no quería más que muertas, juguetes puros de su voluntad. Y la Cadière, con una vigorosa iniciativa lo había obligado a venir. La pupila arrastraba al maestro. El irritable pedante trató todo aquello como sí se hubiera tratado de una rebeldía de colegio. Sus severidades libertinas, su frío egoísmo en un placer cruel hirieron a la infortunada, a quien sólo le quedaron remordimientos.

Cosa no menos chocante. La sangre vertida por él no tuvo más efecto que hacerle explotar esta sangre en interés propio. En esta entrevista, quizás la última, Girard quiso asegurarse a la pobre criatura al menos por la discreción, de manera que, abandonada por él, la Cadière creyera que todavía le pertenecía. Preguntó si él sería menos favorecido que las gentes del convento, que habían presenciado el milagro. Catherine se puso a sangrar delante de él. El agua con que Girard lavó esta sangre fue bebida luego por él, y se la hizo beber a ella,1 y la muchacha creyó entonces que las almas de

ambos estaban ligadas por medio de esta odiosa comunión.

Esto duró dos o tres horas y ya estaba cerca el mediodía. La abadesa estaba escandalizada. Tomó la resolución de presentarse ella misma con la comida y hacer que le abrieran la puerta. Girard tomó té; como era viernes hizo creer que estaba ayunando, aunque probablemente había comido bien en Tolón. La Cadière pidió café. La hermana conversa, que estaba en la cocina, se sorprendió de esto en un día semejante (pág. 86). Pero, sin este fortificante, la muchacha hubiera desfallecido. El café levantó un poco su ánimo y de esta manera logró retener todavía a Girard. Él se quedó con ella (es verdad, no ya encerrado) hasta las cuatro, queriendo borrar la triste impresión de su conducta de la mañana. A fuerza de mentiras, de amistad, de paternidad, consoló, un poco a la frágil criatura, le devolvió la serenidad. Catheríne lo acompañó hasta la salida; marchaba detrás, y como una niñita, dio dos o tres saltos de alegría. Él le dijo secamente: “¡Loquita!” (Pág. 89).

*

La Cadière pagó cruelmente su debilidad. Esa misma noche, a las nueve, tuvo una visión terrible y se puso a gritar: “Oh, Dios mío, alejaos…retiraos de mí”. El 8 por la mañana, durante la misa, no esperó la comunión (juzgándose sin duda indigna), y se encerró en su habitación. Gran escándalo. Sin embargo, era tan querida, que una religiosa que corrió detrás complacientemente, juró que había visto a Jesús dándole la comunión con su propia mano.

1 Esta es la costumbre de los alemanes, de los soldados del Norte, que se hacían hermanos por medio de la

La Lescot, fina y hábilmente, escribía en leyendas y derrames místicos, piadosos suspiros, lágrimas devotas, todo lo que arrancaba a aquel corazón desgarrado. Cosa bien rara, había una conspiración de ternura entre esas mujeres para proteger a una mujer. Nada puede hablar más en favor de la pobre Cadière y de sus dones encantadores. En un mes había llegado a ser como la hija de todas. Hiciera lo que hiciere, la defendían. Inocente de todos modos, no veían en ella más que los asaltos del demonio, Una buena y fuerte mujer del pueblo, hija de un cerrajero de Ollioules y tornera del convento, la Matherone, que había visto ciertas libertades indecentes de Girard, no dejó de afirmar por ello: “Eso no es nada; ella es una santa”. En el momento en que se hablaba de sacarla del convento, esta mujer gritó: “No nos quitéis a la señorita Cadière. … haré fabricar una puerta de hierro para impedirle salir” (págs. 47, 48, 50).

Los hermanos, que venían todos los días, asustados de la situación y del partido que

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