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Chapter 1 Introduction and Background

1.4. Machine Learning

escapar más que haciendo corno ese pez que huye ensuciando el agua,

ennegreciéndola como tinta. Por ejemplo: “El diablo sólo actúa si Dios lo permite.

¿Por qué, pues, castigar a sus instrumentos?" O bien: “Nosotros no somos

libres. Dios permite, como sucedió con el pobre Job, que el diablo nos tiente y

nos empuje, que nos violente con sus golpes... ¿Se debe castigar a quien no es

libre?" Sprenger se las arregla diciendo: “Vosotros sois seres libres (aquí

seguramente citaba los textos). Vosotros no sois siervos más que de vuestro

pacto con el Malo”. A esto la respuesta sería muy fácil: "Si Dios permite al Malo

tentarnos y hacer un pacto, es que Él vuelve este pacto posible, etcétera".

“Soy bien bueno - dice é l- en escuchar a estas gentes. Es tonto quien disputa con el diablo". Todo el pueblo dice lo mismo. Todos aplauden el proceso; todos están conmovidos, estremecidos, impacientes por ver la ejecución. Ya ha habido bastantes ahorcados. Pero el brujo y la bruja, ¡será una fiesta muy curiosa ver estos dos leños ardiendo en la llama!

El juez tiene al pueblo de su parte. No se siente turbado. Con el Directorium bastan tres testigos. ¿Y cómo no encontrar tres testigos, sobre todo para testimoniar lo falso? En toda aldea mendicante, en toda aldea envidiosa, llena de odios de vecinos, abundan los testigos. Por otra parte, el Directorium es un libro viejo, que tiene más de un siglo. En el siglo XV, siglo de luces, todo se ha perfeccionado. Si no hay testigos, basta con la voz pública, con el grito general.1

Grito sincero, grito de terror, grito lamentable de las víctimas, de los pobres hechizados. Sprenger se conmueve profundamente. No creáis que se trata de uno de esos escolásticos insensibles, de uno de esos hombres de seca abstracción. Él tiene corazón. Es justamente por eso que mata con tanta facilidad. Es compasivo, está lleno de caridad. Siente piedad por esa mujer desconsolada, antes encinta, cuyo hijo se ahogó al recibir una mirada de la bruja. Tiene piedad del pobre hombre, cuyo campo la bruja hizo congelar. Se apiada del marido que, sin ser brujo, descubrió que su mujer lo era, y la llevó con la cuerda al cuello a Sprenger, para que la hiciera quemar.

Con un hombre cruel tal vez sería posible arreglárselas; pero, con este bueno de Sprenger, no hay nada que esperar; su humanidad es demasiado fuerte. Aquí se es quemado sin remedio, o es necesaria mucha habilidad, una gran presencia de espíritu. Un día le traen la queja de tres buenas damas de Estrasburgo que, el mismo día, a la misma hora, se sintieron golpeadas por una mano invisible. ¿Cómo es esto? Ellas sólo pudieron acusar a un hombre de mala catadura que parecía haberles lanzado un hechizo. Llevado ante el inquisidor, el hombre protestó, juró por todos los santos que no conocía a esas damas, que jamás las había visto. El juez se negó a creerle. Llantos, juramentos, nada sirvió. La gran piedad que sentía por las damas lo volvía inexorable, lo indignaba ante las negativas. Finalmente se levantó. El hombre iba a ser torturado y,

1 Faustn Hélie, en su erudito y luminoso Traité de l’Instruction Criminelle (t. I, 398), ha explicado

perfectamente cómo Inocencio III, hacia 1200. suprimió las garantías de la Acusación, hasta ese momento necesarias. (Sobre todo la pena de la calumnia, que podía recaer sobre el acusador). Esto fue sustituido por los tenebrosa procedimientos de la denunciación y la inquisición. Véase en Soldán la ligereza terrible de los últimos procesos. La sangre corrió como agua.

allí, el hombre confesó, como lo hacen los más inocentes. Pidió que lo dejaran hablar y dijo: “Recuerdo, en efecto, que ayer, a esa misma hora yo castigué...” “¿A quién?” “No a unas cría bautizadas, sino a tres gatas, que furiosamente vinieron a morderme las piernas…” El juez, que es un hombre penetrante, comprende entonces todo el asunto: el pobre hombre era inocente. Y las damas, seguramente en días determinados, se convertían en gatas que el Maligno se divertía en lanzar contra las piernas de los cristianos para perderlos y hacerlos pasar por brujos.

Con un juez menos hábil, esto no hubiera podido adivinarse. Pero no siempre se puede contar con un hombre semejante. Era necesario que, siempre sobre la mesa de la Inquisición, estuviera presente aquella guía-asnal que revelaba al juez simple y poco experimentado las trampas del viejo Enemigo, los medios de engañarlo, la táctica hábil y profunda que el gran Sprenger había usado tan dichosamente en sus campañas del Rin. Con este fin el Malleus, que debía ser llevado en el bolsillo, fue impreso en un formato pequeño, entonces muy raro. No hubiera sido conveniente que el turbado público viera al juez abrir sobre la mesa un enorme mamotreto infolio. De esta manera se podía, sin afectación, mirar de reojo y, bajo la mesa, hojear aquel manual de tontería.

*

El Malleus, como todos los libros de este género, contiene una confesión singular, la de que el diablo gana terreno y Dios lo pierde; que el género humano, salvado por Jesús, se convierte en la conquista del diablo. Éste, demasiado visiblemente, avanza de leyenda en leyenda. Cuánto camino recorrido desde los tiempos del Evangelio, en los que se contentaba con alojarse en el cuerpo de unos puercos, hasta llegar a la época de Dante, en que, convertido en teólogo y jurista, argumenta con los santos, aboga y, para culminación de un silogismo vencedor, se lleva el alma disputada, diciendo con risa triunfal: “¡Tú ignorabas que yo era también un lógico!”

En los primeros tiempos de la Edad Media, el diablo esperaba la agonía para apoderarse del alma y llevarla consigo. Santa Hildegarda (hacia 1100) cree “que no puede entrar en el cuerpo de un hombre vivo, porque de este modo los miembros se dispersarían; es la sombra y el humo del diablo los que entran únicamente”. Este último resplandor de buen sentido desapareció en el siglo XII. En el XIII encontramos a un prior que teme de tal manera ser tomado vivo por el diablo que se hace custodiar día y noche por doscientos hombres armados.

Aquí se inicia una época de errores crecientes, en que el hombre se fía cada vez menos de la protección divina. El demonio no es ya un espíritu furtivo, un ladrón nocturno que se desliza en las tinieblas; es el intrépido adversario, el audaz “mono de Dios que, bajo el sol, a pleno día, enfrenta a la creación. ¿Quién ha dicho esto? ¿La leyenda? No, los más grandes doctores. Él diablo transforma a todos los seres, dice Alberto el Grande. Santo Tomás va mucho más lejos: “Todos los cambios – dice - que pueden hacerse por la naturaleza y por los gérmenes, pueden ser imitados por el diablo. Sorprendente concesión que, en una boca tan grave, equivale nada menos que a constituir otro creador frente al Creador. “Pero para aquello que puede hacerse sin gérmenes – añade -: una metamorfosis del hombre en bestia, la resurrección de un muerto, estas cosas el diablo no las puede hacer”. La parte de Dios ha quedado bien reducida por cierto. En realidad, no le queda más que el milagro, la acción rara y singular. Pero el milagro cotidiano, la vida, ya no le pertenece únicamente: el demonio, su imitador, comparte con Él la naturaleza.

Para el hombre, cuyos débiles ojos no diferencian la naturaleza creada por Dios de la naturaleza creada por el diablo, el mundo aparece dividido. Una terrible incertidumbre planeará sobre todas las cosas. La inocencia de la naturaleza se ha perdido. La fuente pura, la blanca flor, el pájaro, ¿provienen de Dios o son pérfidas imitaciones, trampas tendidas al hombre?... .¡Atrás! Todo se vuelve sospechoso. De las dos creaciones, la buena está oscurecida e invadida al igual que la otra, la sospechosa. La sombra del diablo vela el día, se extiende sobre la vida toda. A juzgar por la apariencia y por los terrores humanos, ya no comparte el mundo: lo ha usurpado enteramente.

III

CIEN AÑOS DE TOLERANCIA EN FRANCIA. REACCIÓN

La Iglesia daba al juez y al acusador lo que se confiscaba a los brujos. En cualquier parte en donde el derecho canónico ha sido fuerte, se multiplicaron los procesos de brujería, que enriquecían al clero. En cualquier parte en donde los tribunales laicos reivindicaron estos asuntos, éstos se hicieron raros y desaparecieron; por lo menos, desaparecieron durante cien años en Francia, entre 1450 a 1550.

En medio del siglo XV, hubo ya un primer rayo de luz y éste partió de Francia. El examen del proceso de Juana de Arco por el Parlamento, su rehabilitación, hicieron reflexionar sobre el comercio con los espíritus, buenos o malos, sobre los errores de los tribunales eclesiásticos. Bruja para los ingleses, para los más grandes doctores del Concilio de Basilea, Juana es para los franceses una santa, una sibila. Su rehabilitación inaugura en Francia una era de tolerancia. El Parlamento de París rehabilitó también a los pretendidos valdenses de Arras. En 1498 liberó como loco a brujo que le habían entregado. No hubo ninguna condena bajo Carlos VIII, Luis XII y Francisco I.

Por el contrario, España, gobernada por la piadosa Isabel (1506), por el cardenal Jiménez, empieza a quemar brujas. Ginebra, entonces bajo la jurisdicción de uno de sus obispos (1515), quemó quinientas brujas en tres meses. El emperador Carlos V, en sus constituciones alemanas, procura en vano establecer que la brujería, que causa daño a los bienes y a las personas, es un asunto civil y no eclesiástico). En vano suprime la confiscación (salvo en los casos de lesa majestad). Los pequeños príncipes- obispos, una de cuyas mejores entradas proviene de la brujería, continúan quemando furiosamente. El imperceptible episcopado de Bamberg, en un momento, quema seiscientas personas; el de Wurtzburg, novecientas. El procedimiento es simple. Se emplea primero la tortura contra los testigos, se crean así testigos de cargo por medio del dolor, del terror. Se obtiene del acusado, por exceso de sufrimiento, una confesión, y se cree esta confesión contra cualquier evidencia de los hechos. Ejemplo: una bruja reconoce haber sacado del cementerio el cuerpo de un niño enterrado recientemente para utilizar este cadáver en sus compuestos mágicos. El marido de la bruja dice: “Id al cementerio. El niño está allí enterrado” Se desentierra y se encuentra el cadáver en su ataúd. Pero el juez decide, contra el testimonio de sus mismos ojos que esto es sólo una apariencia, una ilusión del diablo. Prefiere la confesión de la mujer al hecho mismo. La bruja fue quemada.1

Las cosas fueron tan lejos con estos buenos príncipes-obispos, que más tarde el emperador más mojigato que haya existido jamás, el emperador de la Guerra de Treinta Años, Fernando II, se vio obligado a intervenir, a establecer en Bamberg un comisario imperial para que se cumpliera el derecho del imperio y para que el juez episcopal no comenzara los procesos por medio de la tortura, que los decidía de antemano y llevaba a todos los acusados a la hoguera.

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Se condenaba a los brujos muy fácilmente por medio de sus propias confesiones, a veces sin necesidad de tortura. Muchas brujas eran semilocas. Reconocían que se transformaban en bestias. A veces las italianas pretendían convertirse en gatas que, deslizándose bajo las puertas, chupaban la sangre de los niños. En las comarcas de grandes bosques, en Lorena y en el Jura las mujeres de buena gana se convertían en lobas, devoraban a los transeúntes - si hemos de creer sus afirmaciones - (incluso cuando nadie pasaba por allí). Por esto se las quemaba. Muchas doncellas aseguraban haberse entregado al diablo y luego, al ser examinadas, resultaba que todavía eran vírgenes. Se las quemaba. Muchas parecían tener prisa, necesidad de ser quemadas. A veces padecían de furor, de locura. Y a veces de desesperación. Una inglesa, al ser llevada a la hoguera, dijo al pueblo: "No acuséis a mis jueces… he querido perderme a mí misma. Mis padres se han alejado de mí con horror. Mi marido renegó de mí... Sólo podría volver deshonrada a la vida... he buscado la muerte. Por eso he mentido”.

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La primera palabra expresa de tolerancia, contra el imbécil Sprenger, contra su terrible Manual y sus dominicos, fue dicha por un legista de Constancia, Molitor. Este hombre dijo con buen sentido que no se podían tomar en serio las confesiones de las brujas, pues aquel que hablaba por boca de ellas era precisamente el padre de la mentira. Se burla de los milagros del diablo, diciendo que son ilusorios. Indirectamente los burlones Hutten y Erasmo, en las sátiras que hicieron de los idiotas dominicos, dieron un golpe violento a la Inquisición. Cardan dice definitivamente: “Para lograr la confiscación de los bienes, los dominicos acusaban, condenaban y, apoyados en esto, inventaban mil historias”.

El apóstol de la tolerancia, Chátillon, que sostiene contra católicos y protestantes a la vez que no se debe quemar a los herejes, y mucho menos a los brujos, puso los espíritus en una dirección mejor. Agripa, Lavatier, sobre todo Wyer, el ilustre médico de CIeves, dijeron justamente que, si esas brujas miserables eran el juguete del diablo, había que atacar al diablo y no a ellas, había que curarlas, y no quemarlas. Algunos médicos de París llevaron la incredulidad hasta el punto de pretender que las poseídas, las brujas, no eran más que unas picaras. Esto era ir demasiado lejos. La mayoría e las brujas eran mujeres enfermas, dominadas por una ilusión.

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El sombrío reinado de Enrique II y de Diana de Poitiers terminó con la época de tolerancia. En tiempos de Diana se quemó a los herejes y a los brujos. Catalina de Médicis, por el contrario, rodeada de astrólogos y de magos, quería protegerlos. Los brujos se habían multiplicado. El brujo Tres-Escalas, juzgado bajo Carlos IX, calculaba que había unos cien mil y declaró que Francia misma era una bruja.

Agripa y otros, sostienen que toda ciencia proviene de la magia. Magia blanca, es verdad. Pero el terror de los imbéciles, el furor fanático, no veía mucha diferencia en esto. Contra Wyer, contra los verdaderos sabios, contra la luz y la tolerancia, surgió una verdadera reacción de tinieblas allí donde menos podía esperarse. Nuestros magistrados, que durante un siglo se habían mostrado hombres esclarecidos, justos, arrastrados ahora en gran número por el Catolicón español v la furia de la Liga, se mostraron más sacerdotes que los mismos sacerdotes. Al rechazar la Inquisición de Francia, lograron igualarla por el deseo que tenían de borrarla. A tal punto que una vez el Parlamento de Tolosa hizo quemar de una sola vez cuatrocientos cuerpos humanos. Imaginemos el horror, el negro humo de tanta carne y grasa que, en medio de gritos agudos, de los aullidos, se derrite atrozmente, hierve. ¡Espectáculo nauseabundo y execrable que no se había visto desde los asados y las parrilladas de los albigenses!

Pero esto parece todavía demasiado poco a Bodin, el legista de Angers, adversario violento de Wyer. Este hombre empieza por decir que los brujos son tan numerosos que podrían rehacer en Europa el ejército de Jerjes, de un millón ochocientos mil hombres. Después expresa (a la Calígula) el deseo de que estos dos millones de hombres se juntaran para que él, Bodin, pueda juzgarlos y quemarlos de una sola vez.

La competencia se hace sentir. Los legistas empiezan a decir que el sacerdote, a veces demasiado ligado a la bruja, no es ya un juez seguro. Los juristas, en efecto, inspiraron más confianza en un momento. El abogado jesuita Del Río en España; Remy (1596) en Lorena; Boguet (1602) en el Jura; Leloyer (1605) en Anjou, son personas incomparables, dignas de hacer morir de envidia a Torquemada.

En Lorena hubo una especie de terrible epidemia de brujos, de visionarios. La muchedumbre, desesperada por el continuo pasaje de tropas y de bandidos, ya no rezaba más que al diablo. Los brujos arrastraban consigo al pueblo. Los habitantes de muchas aldeas, aterrados, entre el horror de los brujos por un lado v de los jueces por otro, sentían deseos de huir, de abandonar las tierras, si hemos de creer a Remy, el juez de Nancy. En su libro, dedicado al cardenal de Lorena (1596), asegura haber quemado en dieciséis años ochocientas brujas. “Mi justicia es tan buena – dice -, que el año pasado hubo dieciséis que se mataron para no caer en mis manos.

*

Los sacerdotes estaban humillados. ¿Hubieran podido acaso hacer algo más que este laico? Así, los monjes señores de Saint-Claude, en contra de sus súbditos entregados a la brujería, tomaron por juez a un laico, el honesto Boguet. En esa triste región del Jura, pobre comarca de escasos pastos de abetos, el siervo sin esperanza se entregaba al diablo. Todos adoraban al gato negro.

El libro de Boguet (1602), gozó de inmensa autoridad. Los señores

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