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Chapter 5 A Machine Leaning Approach to Automatically Evaluate the Performance of

5.5. Conclusion

Podemos imaginar lo que fue este golpe atroz para la familia Cadière. Los ataques de la enferma volvieron a ser frecuentes y terribles. Y, cosa cruel, estos ataques se convirtieron en una epidemia entre sus amigas íntimas. Su vecina, la señora Allemand, que también sufría éxtasis, pero que, hasta ese momento, había creído que provenían de Dios, se aterró y sintió la presencia del infierno. Esta buena dama (de cincuenta años) recordó que, en efecto, había tenido con frecuencia pensamientos impuros, se creyó así entregada al diablo, no vio mas que diablos en su casa, y a pesar de estar custodiada por su hija, abandonó su alojamiento v pidió asilo a los Cadière. La casa se convirtió entonces en un lugar inhabitable, el comercio se volvió imposible. El mayor de los hermanos Cadière, furioso, lanzaba inventivas contra Girard, gritaba. “Le pasará lo mismo que a Gauffridi... también él será quemado”. Y el jacobino añadía: “Antes que dejar la cosa así, devoraremos todo el patrimonio de la familla”.

En la noche del 17 al 18 de noviembre, la Cadière se puso a aullar, sofocada. Creyeron que iba a morir. El hermano mayor, el cormerciante, perdió la cabeza, salió a la ventana y gritó a los vecinos: ¡Socorro, el diablo estrangula a mi hermana!” Todos corrieron casi en camisa. Los médicos y los círujanos describieron el estado de Catherine como una sofocación de la matriz, y quisieron aplicarle ventosas. Mientras iban a buscar las ventosas, lograron entreabrirle las mandíbulas y hacerle tragar una gota de aguardiente, que la hizo volver en sí. Los médicos del alma se presentaron también, entre éstos un viejo sacerdote, confesor de la madre de la Cadière y otros curas de Tolón. Tanto ruido, tantos gritos, la llegada de aquellos sacerdotes en traje de ceremonia, todo el aparato del exorsismo, había llenado la calle de gente. Los que llegaban, preguntaban: "¿Qué pasa?” “Es la Cadière, que ha sido ernbrujada por Girard". Podemos comprender fácilmente la piedad y la indignación del pueblo.

Los jesuitas, muy alarmados, quisieron devolver el temor, e hicieron algo bárbaro. Volvieron a visitar al obispo, ordenaron y exigieron que juzgara a la Cadière, que la prendiera ese mismo día... que la pobre muchacha, en la cama misma en que se había revolcado poco antes en estertores, después de la horrible crisis, recibiera de improviso la visita de la justicia...

Sabatier no dejó al obispo hasta qtie éste no llamó a su juez, a su funcionario, el vicario general Larmedieu, y a su promotor o procurador episcopal, Esprit Reybaud, y ordenó a éstos que procedieran enseguida.

Esto era imposible, ilegal por el derecho canónico. Era necesario un informe previo de los hechos, antes de iniciar el interrogatorio. Otra dificultad: el juez eclesiástico sólo tenía derecho a dar un paso semejante en caso de rechazo del sacramento. Los dos

legistas de la Iglesia plantearon, sin duda, esta objeción. Pero Sabatier no escuchó nada. Si las cosas se prolongaban así, en la fría legalidad, él arriesgaba perder su golpe de terror.

Larmedieu, o Lágrima de Dios, era - bajo este nombre conmovedor - un juez complaciente, amigo del clero. No se trataba de uno de esos rudos magistrados que avanzan en línea recta, como jabalíes enceguecidos, por el camino de la ley, sin ver, sin distinguir a las personas. Larmedieu había tenido actuación en el asunto de Aubany, el guardián de Ollioules. Había procedido con bastante lentitud para que Aubany se salvara. Después, cuando supo que este hombre estaba en Marsella, como si Marsella hubiera estado lejos de Francia, como si hubiera sido la última Thulé o la terra incognita de los antiguos geógrafos, ya no hizo más nada. Aquí sucedió todo lo contrario, este juez, paralítico en el asunto de Aubany tuvo alas en el asunto de la Cadière, las alas del rayo. Eran las nueve de la mañana cuando los habitantes de la callejuela vieron con curiosidad llegar a casa de la Cadière una hermosa procesión encabezada por el señor Larmedieu, a quien acompañaba un promotor de la corte episcopal, ambos honorablemente escoltados por dos vicarios de la parroquia, doctores en teología. Invadieron la casa. Interrogaron a la enferma. Le hicieron jurar que diría la verdad, aun contra ella misma, le hicieron jurar que se difamaría diciendo a la justicia cosas que pertenecían sólo a su conciencia y al secreto de confesión.

La Cadière hubiera podido negarse a contestar, porque no se había observado ninguna formalidad, pero no discutió. Juró, cosa que equivalía a quedar desarmada, entregada. Ligada por el jurarnento, lo dijo todo, hasta esas cosas vergonzosas y ridículas cuya confesión es tal cruel para una muchacha.

El proceso verbal de Larmedieu y su primer interrogatorio revelan un plan bien preparado entre él y los jesuitas. Este plan consistía presentar a Girard como víctima, como engañado por las picardías de la Cadière. ¡Un hombre de cincuenta años, doctorado, profesor, director espiritual de religiosas, había seguido siendo inocente y crédulo, al punto que para atraparlo había bastado una muchachita, casi una niña! La pícara, la desvergonzada, lo había engañado con sus visiones, pero no lo había arrastrado en extravíos. Furiosa, se había vengado entonces, atribuyendo a Girard todas las ínfamias que podía sugerirle su imaginación de Mesalina.

Aunque el interrogatorio no confirma esto ni de lejos, aparece en éI, conmovedoramente, la dulzura de la víctima. Visiblemente, la Cadière sólo acusa obligada y forzada por el juramento que ha prestado. Catherine es dulce para sus enemigos, hasta para la pérfida Guiol, quien (según su hermano) la entregó e hizo todo para corromperla, y quien en último término la perdió, haciéndole devolver los papeles que habrían podido salvarla.

Los Cadière quedaron aterrados de la ingenuidad de su hermana. En su respeto por el juramento, ella se había entregado sin reservas, ¡ay!, se habla envilecido para siempre, se había convertido en tema de canciones y de burlas, hasta para los enemigos de los jesuitas y los tontos burlones libertinos.

Ya que la cosa estaba hecha, los hermanos quisieron, por lo menos, que se hiciera exactamente, que el proceso verbal de los sacerdotes fuera controlado por un acto más serio. De acusada, -como parecía serlo, los hermanos la convirtieron en acusadora, tomaron una.posíción ofensiva y obtuvieron del magistrado real, el teniente civil y criminál Marteli Chantard, que fuera a oír la declaración de Cadière. En esta declaracíón, corta y neta, encontramos claramente establecida la seducción; además, están consignados los reproches que ella hacía a Girard por sus caricias lascivas, cosa que parecia divertirle mucho; aparece también el consejo que él le daba de dejarse obsesionar por el demonio ; aparece también la succión, por medio de la cual el bribón mantenía vivas las llagas de la muchacha, etcétera.

El enviado del rey, el teniente, podía retener el asunto en su tribunal, ya que el juez eclesiástico, en su precipitación, no había llenado las formalidades del dercho canónigo, lo que viciaba el acto de nulidad. Pero el magistrado laico no tuvo valor. Se dejó uncir a la infomación clerical, soportó a Larmedieu como asociado y hasta llegó a instalarse a escuchar a los testigos en el tribunal del obispado. El escribano del obispo fue quien escribió (y no el escribano del enviado del rey). ¿Puede decirse exactamente qué escribía? Podemos dudarlo, cuando vemos que este escribano eclesiástico amenazba a los testigos y que, todas las noches, mostraba lo que éstos declaraban a los jesuitas.1

Los dos vicarios de la Parroquia de la Cadière, que fueron escuchados antes, declararon secamente, no a favor de la muchacha, pero tampoco en contra o a favor de los jesuitas (24 de noviembre). Éstos vieron que la cosa iba a fracasar. Perdieron entonces todo pudor y, a riesgo de indignar al pueblo, resolvieron romper con todo. Obtuvieron una orden del obispo para poner presa a la Cadière y a los principales testigos que ella quería hacer oír. Eran éstos la señora Allemand y la Batarelle. La última fue llevada al Refuge convento-prisión; en cuanto a la otra, fue llevada a una prisión, el Buen Pastor, donde se encerraba a las locas y a las rameras escandalosas para su corrección. La Cadière (26 de noviembre), sacada de su lecho, fue entregada a las ursulinas, penitentes de Girard, que la depositaron en un lecho de paja podrida.

Una vez establecido el terror, se podía oir a los testigos, en primer lugar dos de éstos (28 de noviembre), respetables y escogidos. Uno era la Guiol conocida por proporcionar mujeres a Girard. Esta mujer, de lengua directa y acerada, quedó encargada de lanzar el primer dardo y abrir la llaga de la calumnia. La otra era la Laugier, la modistilla que la Cadière había alimentado y cuyo aprendizaje había costeado. Cuando estabi encinta de Girard, la Laugier había protestado contra él. Ahora se lavó de esta falta burlándose de la Cadière, mancillando a su bienhechora, aunque todo lo hizo torpemente, como buena desvergonzada que era, atribuyendo a la Cadière palabras vergonzosas, muy contratrias a sus costumbres. Después declararon la señorita Gravíer y su prima la Reboul; en fin, todas las girardinas como se las !lamaba en Tolón.

Pero las cosas no pudieron arreglarse tanto que, por momentos, no se hiciera la luz. La mujer de un procurador, en cuya casa se reunían las girardinas, dijo brutalmente que aquello no podía seguir, que las mujeres trastornaban toda la casa; habló de sus carcajadas enloquecidas, de los banquetes pagados con las colectas que se hacían para los pobres, etcétera (pág. 55).

Se temía mucho que las religiosas se declararan a favor de la Cadière. El escribano del obispado fue a decirles (de parte del obispo) que se castigaría a aquellas que hablaran mal. Para proceder todavía con más fuerz7a, se trajo de Marsella al galante padre Aubany, que tenía mucho ascendiente sobre ellas. Se arregló primero el asunto de la violación de la muchachita. Se hizo entender a los padres de ésta que la justicia no iba a hacer nada. Se estimó que el honor de la niña valía ochocientas libras, que fueron pagadas en nombre de Aubany. Así pues, él pudo volver lleno de celo jesuita a ocuparse de su rebaño de Ollioules. ¡Pobre rebaño, que temblaba cuando el buen padre Aubany manifestó estar encargado de decirles que, si no se portaban bien, tendrían la cosa (Procés, infolío 12, t II, pág. 191).

Con todo esto, no se obtuvo lo que se quería de aquellas quince religiosas., Sólo dos o tres se declararon en favor de Girard y todas recitaron hechos, ocurridos el 7 de julio, que directamente lo abrumaban.

Desesperados, los jesuitas tomaron un partido heroico para asegurarse los testigos. Acamparon en un lugar fijo, en una sala del corredor que llevaba al tribunal. Allí

detenían, hablaban, amenazaban, y si los testigos estaban contra Girard,Ies impedían entrar al tribunal a la fuerza, impúdicamente, los ponían en la puerta (infolio 12, t. l. pág. 44).

Fue así que el juez de la Iglesia y el enviado del rey no fueron más que unos muñecos en manos de los jesuitas. Toda la ciudad entendía y se estremecía. En diciembre, enero y febrero la familia de la Cadière formuló e hizo pública una queja por negación de justicia y soborno de testigos. Los jesuitas comprendieron que no podían sostenerse. Pidieron entonces ayuda de arriba. Lo mejor parecía un sencillo decreto del Gran Consejo, solicitando el pase del asunto para sofocarlo luego (como había hecho Mazarino en el asunto de Louviers). Pero el canciller era d’Aguesseau; los jesuitas no querían que el asunto pasara a París. Lo retuvieron, pues, en Provenza. Hicieron decidir por el rey (16 de enero de 1731) que el Parlarrento de Provenza, donde ellos tenían muchos amigos, estaría encargado de juzgar, basándose en la información que dos de sus consejeros debían obtener en Tolón.

Un laico, el señor Faucon, y un consejero de la Iglesia, el señor de Charleval, fueron allí, en efecto, y visitaron a los jesuitas (pág. 407). Estos comisionados impetuosos ocultaron tan poco su violenta y cruel parcialidad que lanzaron contra la Cadière una orden de detención, como se hace con los acusados, mientras que Girard fue cortesmente llamado y dejado en libertad, continuó diciendo la misa y confesando. Así, la litigante quedó bajo los cerrojos, en manos de sus enemigos, en poder de las devotas de Girard, a merced de cualquier crueldad.

La recepción que le hicieron las buenas monjas ursulínas no habría sido otra sí hubieran estado encargadas de matarla. Le dieron como habitación la celda de una religiosa loca, que todo lo ensuciaba. La Cadière se acostó en la paja que había usado la loca, en medio de un hedor atroz. Con gran trabajo, sus padres pudieron introducir al día siguiente una manta y un colchón. Le dieron como custodia y enfermera el alma condenada de Girard, una conversa, hija de la misma Guiol que la había entregado, digna hija de su madre, capaz de hechos siniestros, peligrosa para el pudor de la Cadière y tal vez para su vida misma. Le infligieron la penitencia más cruel para ella: la de no poder confesar ni comulgar. La Cadière volvió a enfermarse a partir del momento en que no comulgó. Su furioso enemigo, el jesuita Sabatier, visitó la celda y, cosa extraña, nueva, intentó ganarla, tentarla por medio de la hostia. Regatearon. Toma y daca: para poder comulgar era necesario que la Cadière se reconociera calumniadora e indigna de la comunión.

Tal vez la Cadière lo hubiera hecho, por exceso de humildad. Pero, al perderse, hubiera perdido también al carmelita y a sus hermanos.

Reducidos a las artes farisaícas, sus palabras eran interpretadas. Fingían entender como dentro de la realidad material lo que ella decía en sentido mistico. La Cadière demostró, al esquivar todas aquellas trampas. lo que menos se hubiera esperado de ella: una gran presencia de ánimo (véase en especial pág. 391).

La trampa más pérfída, arreglada para que el público perdiera interés en ella y convertirla en pasto de las burlas, consistió en endilgarle un amante. Se pretendió que la Cadière había propuesto a un joven medio loco que huyeran juntos a correr el mundo.

Los grandes señores de aquella época, a quienes les gustaba hacerse servir por los niños, por pajecitos, tomaban de buena gana a su servicio a los hijos más bonitos de sus campesinos. Así lo había hecho el obispo con el hijo de uno de sus granjeros. En el primer momento, se contentó con asearlo. Después, cuando el favorito creció, para que mejorara su apariencia, lo tonsuró, le hizo tomar aires de cura. le dio el título de limosnero a los veinte años. Fue el señor abad Camerle. Criado en medio de la gente de librea, y haciendo toda clase de trabajos, Camerle fue, como suele suceder con los

campesinos a medias pulídos, un rústico tonto y cazurro. Camerle se dio cuenta, desde su llegada a Tolón, que el prelado sentía curiosidad por la Cadière y estaba en una actitud poco favorable hacia Girard. Pensó jugar y divertirse, convirtiéndose en espía, en Ollioules, para los posibles contactos sospechosos. Pero a partir del momento en que el obispo cambió, cuando tuvo miedo de los jesuitas, Camerle, con idéntico celo, sirvió activamente a Girard y lo ayudó contra la Cadière.

Como otro José, se presentó a decir que la señorita Cadière ( como la mujer de Putifar ) lo hibía tentado, había intentado vencer su virtud. Si esto hubiera sido cierto, si ella le hubiera hecho el honor de sentir alguna debilidad por él, Camerle habría sido aún más cobarde al castigarla, al abusar de una palabra aturdida. Pero la educación de paje y de seminarísta no proporciona honor ni gusto por las mujeres.

La Cadière se defendió con vivacidad y bien, cubriéndolo de vergüenza. Los dos indignos comisionados del Parlamento, al verla responder de manera victoriosa abreviaron las confrontaciones, limitaron los testimonios. De sesenta y ocho testigos llamados por la Cadière no convocaron más que a treinta y ocho (infolío 12, t. 1, pág. 62). Sin tener en cuenta las demoras ni las formalidades de la justicia, precipitaron la confrontación. Con todo, no negaron nada. El 25 y el 26 de febrero todavía, sin variantes, la Cadière repitió sus afirmaciones abrumadoras.

Los jueces se enfurecieron tanto que lamentaron no tener en Tolón al verdugo y a la tortura "para hacerla cantar un poco”. Ésta era la última ratio. Los Parlamentos, durante todo el siglo, la habían utilizado. Tengo bajo los ojos un elogio vehemente de la tortura,2

escrito en 1780 por un sabio parlamentario convertido en miembro del Gran Consejo, dedicado al rey Luis XVI y coronado por una halagadora aprobación de Su Santidad Pío VI.

A falta de la tortura que la hubiera hecho cantar, hicieron hablar a la Cadière por un medio aún mejor. El 27 de febrero, muy temprano, la hermana conversa que le servía de carcelera, la hija de la Guiol, le llevó un vaso de vino. Catherine se sorprendió; no tenía sed y nunca bebía vino por la mañana, y mucho menos vino puro. La conversa, criada ruda y fuerte, como suele haber en los conventos para someter a las indóciles, a las locas, para castigar a los niños, abrumó con insistencia amenazadora a la débil enferma. La Cadière no quería beber, pero bebió. Y la obligaron a beberlo todo, hasta el fondo, que ella encontró desagradable y salado (págs. 243-247).

¿Qué era este chocante brebaje? Hemos visto, en la época del aborto, cuan experto en remedios era el antiguo director espiritual de religiosas. Aquí hubiera bastado con el vino puro para una enferma tan agotada, para embriagarla y hacerle decir aquel mismo día algunas palabras tartamudeantes que el escribano hubiera transformado en un desmentido completo. Indudablemente se añadió al vino una droga (tal vez la hierba de las brujas, que turba durante varios días) para prolongar la embriaguez y poder disponer de la Cadière, haciéndole cometer actos que impedirían luego retractarse o desmentirse.

Tenemos ante nosotros su declaración del 27 de febrero. ¡Hay aquí un cambio súbito y completo, una apología de Girard! Los comisionados (cosa rara) no percibieron un cambio tan brusco. El espectáculo singular, vergonzoso, de la muchacha embriagada no los sorprendió, no los puso en guardia; hicieron decir a la Cadière que Girard no la había tocado jamás, que ella nunca había experimentado placer ni dolor, que lo único que había sentido provenía de su enfermedad. Era el carmelita, eran sus hermanos quienes le hicieron contar como hechos reales cosas que no fueron más que sueños.

No contenta con blanquear a Girard, Catherine ennegreció a los suyos, los abrumó y les echó la cuerda al cuello.

Lo que resulta maravilloso es la claridad, la precisión de la declaración. Sentimos aqui la mano de un hábil escribano. Sin embargo, hay algo que sorprende: estando ya en tan buen camino, no se continuó por él. Se la interrogó un sólo día, el 27. Nada el 28. Nada entre el 1° y el 6 de marzo.

Probablemente el 27, bajo el influjo del vino, la Cadière pudo hablar todavía, decir algunas palabras que arreglaron luego. Pero el 28, bajo el efecto del veneno, Catherine cayó en un estupor completo o en un indecente delirio (como el del aquelarre) y no fue posible mostrarla. Por otra parte. con la cabeza totalmente turbada, fue posible darle otros brebajes sin que ella tuviera conciencia ni recuerdo.

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