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Se entiende por identidad nacional la conciencia de determinados rasgos compartidos por la colectividad, y la aceptación de un estilo de vida que incluye un peculiar sistema de normas y valores. En una sociedad colo­ nial y de castas como la Nueva España, era imposible e impensable tal identidad.

El exponente más genuino de la fusión de las razas europea e indí­ gena, el mestizo, se consideraba hijo de puta o hijo de la chingada, es decir, de la mujer abierta, violada, burlada. Cabe mencionar que, en su origen, el uso de la palabra mestizo era despectivo.

El niño mestizo recibía el calor, el afecto, la protección y la cultura a través del contacto con la madre indígena y, con frecuencia, no conocía siquiera a su padre español o criollo. Así, pues, la figura cercana, buena y positiva era precisamente la que representaba y encamaba lo devaluado y des­ preciado...

¡Ardua tarea para los hijos la de identificarse con los padres y con la cultura familiar! La ambivalencia era demasiado estridente. "La divina pareja Cortés y Malinche preside nuestros fastos: gestación, nacimiento, bautizo, sexo, muerte. No los aceptamos. Nos dan coraje, vergüenza, celos, resentimiento; todo mezclado, todo mestizo. Nos convierten, en las palabras de Juan Rulfo, en un rencor vivo".1

Parece que la historia siempre se repite. Así como el mexicano de los siglos pasados admiraba y respetaba al conquistador español, ahora admi­ ra y respeta al conquistador yanqui; y en el fondo detesta a ambos.

De igual modo es ambivalente el sentimiento del mexicano hacia la mujer; por un lado, la respeta y, por el otro, la rechaza. El mexicano exhibe conductas machistas cuando dice:

• "Mi vieja."

• "Vieja el que se raje." • "Palabra de hombre." • "Esto es un desmadre." ® "Me importa madre."

• "Me voy a madrear a fulano."

Sin embargo, y por paradójico que parezca, de una fiesta espléndida se dice que está o estuvo "a toda madre".

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El mexicano no puede hacer que coexistan en armonía el padre vio­ lento con la madre sumisa a la que adora y odia y, con frecuencia, se evade del problema refugiándose en el alcohol.

Además de las ambivalencias, el mexicano experimenta inseguridad, temor, masoquismo, búsqueda del anonimato, de disolverse en lo social, esto es, de disolverse en el fluctuante e impersonal "nosotros".

"El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás; lejos también de sí mismo".2

No permite que el mundo exterior penetre en su intimidad; por eso, lo peor es rajarse; la peor ofensa que se echa en cara a un mexicano es que se rajó o que se quiere rajar porque se abre. Las mujeres, en cambio, han sido consideradas seres inferiores precisamente porque al entregarse se abren, se rajan.

En las crisis de identidad se toma la forma de disimulo y se adoptan máscaras. Ejemplos de ello son:

• El valemadrismo ("me importa madre"): burlarse de sí mismo y aparentar que se ríe del fracaso o de la desgracia.

• Los alardes: mostrarse "muy hombre" y desafiar peligros innece­ sarios.

• El lenguaje procaz.

• Los desplantes de superioridad: menosprecio a los indios, a los provincianos y a los "nacos".

• La rebeldía contra el patrón, erigida en estilo de vida y de com­ portamiento laboral.

En general, estas poses de dureza son mecanismos psicológicos com­ pensatorios para tapar la debilidad, el desconcierto y la confusión.3

México es país de máscaras. El mexicano es un hombre enmascarado. La dolorosa huella que han dejado en él siglos de manipulación, de men­ tira política y de saqueo de las arcas públicas, junto con el hecho de que se nos hizo creer que somos incompletos, que somos inferiores, ha provo­ cado que los mexicanos nos escondamos, nos enmascaremos y que disimu­ lemos. El lenguaje, para el pelado, no es un medio de comunicación, sino una barrera de artificios para defenderse y poder escabullirse. Cantinflas representa al mexicano que da vueltas y vueltas a las cosas hasta marear.

Encontramos a cada paso la mentira institucional. Parece certero un desplegado de toda una plana de Excélsior (17 de junio de 1986) firmado

2 Paz, O., op.cit., FCE, 1970, p. 26.

3 Cf. Basave, Fernández del Valle, A., o p .cit, p. 153.

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por Francisco Villarreal titulado "La mentira": "...Somos un pueblo enfermo y la raíz de nuestra enfermedad es la mentira; hemos perdido el valor de nuestro lenguaje... vivimos bajo el imperio de la mentira oficial, la mentira diaria; la mentira personal de cada uno..."

¿Es posible un pueblo sano en una cultura de la mentira?

¿Es posible una sociedad libre formada por individuos que mienten en forma habitual, se estafan unos a otros, no cumplen sus compromisos, burlan la ley, solapan a los delincuentes y aceptan vivir como esclavos en tanto se les dé comida y pasatiempos?

* * *

Estudios comparativos interculturales del doctor Rogelio Díaz-Guerrero presentan dos cuadros interesantes por sus marcados contrastes:

1. El estadounidense: independiente, activo, individualista, firme, tenso, autoafirmativo, con alta necesidad de logro.

2. El mexicano: complaciente, obediente, afiliativo, flexible, depen­ diente, inhibido.

O bien, como interpreta Díaz-Guerrero, el gringo es un roble, en tanto que el mexicano es un sauce.

Mientras 86 por ciento de los gringos cree y siente que la vida es para gozarla, 63 por ciento de los mexicanos dice que es para sobrellevarla.

¡Dos filosofías de la vida! ¡Dos mundos antitéticos!

El constante temor de perder su identidad hace al mexicano de clase popular patriotero y agresivo.

De ahí nuestra tradición de hombres armados y nuestra larga serie de militares en el poder civil. El primer recurso para resolver los proble­ mas, sobre todo los políticos, han sido las armas. Las guerras, aun las reli­ giosas —como la cristera— han sido por demás crueles e implacables.

¿Será descabellada la conclusión de que somos, como pueblo, un caso psiquiátrico? Histéricos que simulamos para ser aceptados; narcisis- tas que nos autoidealizamos en la fantasía; esquizoides que no acabamos de saber quiénes somos; paranoides que desconfiamos de todo y de todos, fanáticos religiosos que persistimos en creernos "el pueblo escogido", ce­ rrando los ojos a nuestras evidentes miserias...

NUESTRA PSICOLOGÍA PROFUNDA 37

Por fortuna existen recursos positivos para buscar y afirmar la iden­ tidad nacional:

• Los símbolos nacionales (bandera, escudo nacional, Virgen de Guadalupe, calendario azteca, etcétera), a condición de ser asu­ midos sin fanatismo.

• La común idiosincrasia.

• El folklore (ballet, música popular, antojitos, películas, artesanías barrocas, etcétera).

• Las obras de los grandes muralistas. • El deporte (¿el fútbol?).

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