«Háblame, Señor, porque te escucho»
(1 Samuel 3,9)
I. Introducción
1. Recuerdo que la medida y el termómetro que me indica si voy bien en los Ejercicios Espirituales que estoy haciendo es ver si voy creciendo, si cada día siento de verdad que en mí hay un aumento de «fe, esperanza y amor».
2. Estamos avanzando en nuestra experiencia espiritual de los Ejercicios de san Ignacio de Loyola en la vida corriente, en la vida diaria. Ya, sin duda, nos podemos sentir mejor que el día en que comenzamos.
Pero, a medida que pasa el tiempo, podemos caer en una nueva trampa: ya no vivimos la novedad, sino que comenzamos a vivir la rutina, todos los días lo mismo o parecido. En esa rutina se puede demostrar nuestra fidelidad y constancia. Y Dios se nos puede manifestar de una manera muy particular precisamente cuando perseveramos más en la oración…
3. Y en medio de la rutina, también el «mal espíritu» puede tentarnos y puede
convencernos, por medio de muchas trampas (por ejemplo: nos convencemos de que no tenemos tiempo, estamos ocupados(as), se han puesto enfermos nuestros hijos, se nos ha presentado un trabajo que no podemos dejar…), para que abandonemos la experiencia.
¿Qué voy a hacer? Yo soy quien tiene que decidir, personalmente, lo que creo que debo responder a Dios. Y es muy sano este ejercicio de decisión. No todos los que comienzan esta experiencia de los EVC pueden seguir hasta el final.
4. Se nos puede presentar otra dificultad: la oración de cada día, la que hago en mi casa, no me resulta tan sabrosa ni tan fácil, posiblemente, como la que hicimos el día de retiro… y eso puede ser verdad.
Quiere decir que tengo que acomodar, profundizar, adaptar, mi oración en casa y que no siempre la oración resulta tan maravillosamente sensible, es decir, gustosa, sino que algunas veces la oración es seca y algo árida. Eso no quiere decir que no sea buena oración y que no produzca un buen fruto, fruto que sabemos que es aumento de
fe, esperanza y amor.
5. Y así, voy avanzando en este camino de fe, me pongo en las manos de Dios… Y Él sabrá cuándo me va a hablar, cómo me va a hablar… Mi responsabilidad es seguir con fidelidad y constancia haciendo mi oración, buscando los medios que sean mejores (silencio, tiempo, lugar, preparación) para que la oración me resulte bien hecha.
6. Al final de estas cuatro semanas de preparación, voy a hacer un balance muy sincero del tiempo vivido en esta experiencia:
a. ¿Cuáles creo que son mis logros, aquello en lo que me ha ido bien y he crecido? b. ¿Cuáles son mis dificultades principales en este tiempo?
c. ¿Voy adquiriendo más comprensión del método de oración?
d. ¿Me voy acomodando bien al sitio, el tiempo, la hora de oración? ¿Aprendo a tolerar el fastidio, la rutina…?
e. ¿Siento algún problema personal y del que debiera hablar con el acompañante? Y después de esto: tomo una decisión muy sincera y personal: ¿sigo o no sigo en la experiencia? Y se lo comunico con mucha sinceridad al acompañante. No me quedo
con mala conciencia, ni con sentimiento de culpa. Lo que haya aprendido me puede ayudar. ¡Otra vez será!
II. Meta y objetivo para esta semana
1. Vamos a recordar que la meta y el objetivo de la semana es lo mismo que la
GRACIA o el FRUTO que queremos conseguir, es decir:
a. Aquello en lo que más insisto en la oración y durante el día, y por eso lo pido con humildad y con el sentimiento de que lo necesito mucho.
b. Aquello que reviso especialmente para ver cómo voy caminando y creciendo en la experiencia de los Ejercicios Espirituales.
c. Y aquello que examino y anoto especialmente y con mucha fidelidad en mi «cuaderno de vida», escribiendo si voy alcanzando o no el fruto que se me propone.
2. Esta semana, la gracia que debo pedir, y que ya es muy fundamental para comenzar con la materia que san Ignacio de Loyola nos propone en los Ejercicios, es «HÁBLAME, SEÑOR, PORQUE TE ESCUCHO» (1 Samuel 3,9).
Porque en esta experiencia de Ejercicios voy sintiendo esta necesidad: «Quiero escuchar lo que me habla el Señor» (Salmo 85,9).
3. Y, como siempre recordamos, conviene que nuestra oración esté siempre hecha
con necesidad y con humildad, muy de corazón.
4. Por lo tanto, la gracia que quiero que Dios me conceda en esta semana es doble: a. Que Él quiera hablarme y decirme esa palabra suya precisa que tanto necesito. b. Que yo lo escuche, que no ponga estorbos ni dificultades para oírle bien.
Y esta doble gracia se la pido a Dios, por intercesión de María, porque para mí es muy importante para esta semana y para toda la experiencia de los Ejercicios Espirituales. Porque, precisamente, los Ejercicios son todo un camino de escucha y diálogo con Dios.
5. Entonces, sabiendo que esto es una gracia y regalo que Dios me puede hacer, yo, por mi parte, pongo todos los medios de atención, preparación, silencio,
constancia, «ánimo y liberalidad-generosidad» que me disponen y preparan para recibir esa gracia.
III. Textos clave para esta semana
Escucha, Señor, mi clamor; estoy muy afligido.
(Salmo 142,7) Si escuchas la voz de tu Dios.
(Deuteronomio 15,5) Si tú conocieras el don de Dios.
(Juan 4,10)
Precisamente, en estos textos se encuentra la frase en la que podemos insistir con más atención en esta semana, según nos pueda ayudar, y que podemos utilizar como petición constante…
«Habla, Yavé, que tu siervo escucha.
IV. Organización y distribución de la oración
durante la semana
Nota previa: Como siempre, las explicaciones que aquí señalamos no son para seguirlas obligatoriamente al pie de la letra. Se trata de dar unas pistas que puedan ayudarnos en la oración y, por lo tanto, las utilizo, como dice san Ignacio, «tanto-cuanto» me ayudan, y no las uso si es que no me sirven para mi oración.