Bedoya junto a su hija Isabel Sofía (nieta de Charito) y Melissa Saavedra Gil. Tomada en: apartamento de Katherine, Torres de Comfandi, Cali- Colombia; marzo de 2014 Foto 22: derecha: María Fernanda García Bedoya y Melissa Saavedra Gil. Tomada en: Casa de Esther, barrio Nueva Floresta, Cali-Colombia; marzo de 2014
Con lo anterior, la reconstrucción visual, pero a la vez, textual, de unos espacios de intercambio íntimos, posibilitó el ejercicio de escudriñar sobre un mundo botánico de formas menos “ortodoxas”, permitiendo que la experimentación brotara también a manera de imaginería. Alrededor del escenario íntimo Castillo del Pino (2009) asevera:
El escenario íntimo posee la propiedad de ser observable sólo para el sujeto… (sus actuaciones) pueden ser, y lo son muchas veces, referidas, narradas, en suma comunicadas mediante el lenguaje o expresión verbal (en este caso también escritas), pero eso no las convierte, en puridad, ni en privadas ni en públicas (debido a que) lo íntimo puede decirse (e imaginarse), no mostrarse (en totalidad)… la actuación íntima de alguien sólo puede ser inferida, supuesta, conjeturada por los otros, nunca evidenciada (Castilla del Pino, 2009: 19 y 22).61
Por eso, en estas elaboraciones, las narraciones construidas a través de los relatos de Charito y el grupo de sus hijas, de mis recuerdos autobiográficos en relación a mi abuela y las vivencias herbarias que de ahí desprenden mis intereses investigativos, abordan lo experimental visto como un esculcar subjetividades que componen unas voces que traen un pasado a una memoria presente. Lo íntimo visto desde ese pasado personal hasta el cruce de sus relaciones actuales, los encuentros y desencuentros, recrean el espacio etnográfico y autoetnográfico con el que las investigaciones antropológicas se confrontan continuamente y que para este caso, irremediablemente, trae consigo unos recuerdos herbarios que transcienden el plano de lo “racional” a un relato que contiene legitimidades de otro tipo, pues se enmarca en hacer notaria su ruptura con la dualidad objetivo/subjetivo.
El encuentro entre investigadora y pobladores, según muestran las técnicas etnográficas, está atravesado por una tensión fundante: los usos e interpretaciones del “estar allí” para el investigador/miembro de otra cultura o sociedad, y para los pobladores/informantes, que las técnicas con su flexibilidad permiten identificar y analizar. Pero esta flexibilidad descansa en el investigador que transforma las técnicas de recolección en partes del proceso de construcción del objeto de conocimiento. En esta búsqueda, donde descubre simultáneamente lo que busca y la forma de encontrarlo, el investigador se convierte en la principal e irrenunciable herramienta etnográfica (Guber, 2007: 101).
La conjugación de los “datos” de campo con mi espacio íntimo, con un espacio tanto autoetnográfico como autobiográfico, lo concibo como un lugar en el que el desarrollo de mis memorias pretende conseguir conexiones interculturales que me permitan jugar con lo
“privado” como lo “público”, y así experimentar una construcción genealógica que me cuestiona tanto como el proceso de indagación botánica hacia las otras, las colaboradoras.
En este sentido, mi “Yo” no desaparece sino que se multiplica porque nace desde un recuerdo pasado, pero también de un trabajo de campo con unas relaciones femeninas en un presente. En consecuencia, la relevancia de los relatos íntimos al interior de la construcción textual junto con las fotografías que le acompañan, no se establecen como una “necesidad” de elaboración personal, posicionando a la investigadora como el “ombligo” de la narración (visión narcisista), sino que la sitúan como una “colaboradora” más, que considera dichas vivencias personales no sólo como una mera descripción de una trayectoria en algunos puntos “cercana” a los descritos por las otras mujeres inmiscuidas en este proceso, sino que también se fundan como un grupo de evocaciones que transgreden la “normalidad” antropológica; la narrativa personal se integra como una temprana y sugestiva confrontación con el estado de la escritura investigativa.
Si los datos de campo no vienen de los hechos sino de la relación entre el investigador y los sujetos de estudio, podría inferirse que el único conocimiento posible está encerrado en esta relación. Esto es sólo parcialmente cierto. Para que el investigador pueda describir la vida social que estudia incorporando la perspectiva de sus miembros, es necesario someter a continuo análisis –algunos dirían “vigilancia”- las tres reflexividades que están permanentemente en juego en el trabajo de campo: la reflexividad del investigador en tanto que miembro de una sociedad o cultura; la reflexividad del investigador en tanto que investigador, con su perspectiva teórica, sus interlocutores académicos, sus hábitus disciplinarios y su epistemocentrismo; y las reflexividades de la población en estudio (Guber, 2001: 49).
No obstante, el llevar a cabo interrelaciones entre los diferentes sentidos, vistos desde los significantes y significados como desde las expresiones físicas, conlleva a que la etnografía experimental se expanda por medio de la estructuración de una miscelánea de informaciones dónde la inevitable pregunta de cómo los etnógrafos participan en campo revela no sólo su posicionalidad sino también cómo concibe sus sentidos. Por esa razón, el carácter experimental en esta investigación, une lo textual con la imagen para crear una relato en donde el registro visual, no sólo se limita a ilustrar lo que se menciona de manera oral o escrita, sino que da espacio a que la imagen aporte una nueva narración. Esto
significa que la imagen en esta investigación a la vez trata de dar imagen a la teoría; en
Así, más allá de la comparación entre imagen y texto, se trata de encontrar y examinar las relaciones entre imágenes y discurso, proponiendo una imagen dialéctica a manera de “imagentexto”, pues el trabajo etnográfico no escapa a la creación de imágenes desde su postulación.
Me preocupan las imágenes. Las imágenes son lo que significan las cosas. Piensa en la palabra imagen. Connota algo suave, una piel diáfana que reluce en el aire, como la película irisada de una pompa de jabón. Las imágenes connotan imágenes, la multiplicidad de ser una imagen. Las imágenes se rompen con un pequeño tintineo, su destrucción es tan bella como su ser, en esencia, son instrumentos de tortura que explotan a través de la curtida capacidad del individuo para sentir emociones poderosas e indiferenciadas, llenas de anhelo, insatisfacción y monumentalidad. No cumplen ninguna función social (E. L. Doctorow en Mitchell, 2009: 39).
En este sentido las imágenes fotográficas presentadas se encuentran diferenciadas en su tipo: 1. fotografías pertenecientes a álbumes personales y familiares de las colaboradoras y de la investigadora y 2. fotografías del trabajo de campo llevado a cabo en esta investigación, sacadas por medio de una serie de capturas realizadas al registro fílmico del diario de campo audiovisual.
Foto 23: Detalle de María Fernanda García Bedoya.