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Las obras del puerto comenzaron a mediados del siglo XIX, y en 1882 nació el pueblo de Ing. White -Guayte en el lenguaje local68. El ferrocarril se extendió hasta

Bahía Blanca, a donde llegó en 1884 con el objetivo de consumar una conquista espacial e incorporar la ciudad al sistema agro-exportador. Desde esos 80 hasta la década de los 40 del siglo siguiente, se construyó el imaginario de la ciudad de los siete puertos y se puso en marcha el «tiempo de progreso».

La poetisa Berta Gaztañaga en una de sus obras y con motivo de recordarse el centenario de Ing. White, reproduce las reflexiones que el periodista bahiense Carlos Viglizzo publicó en el diario La Nación el 5 de mayo de 1967, acerca de los siete puertos de Bahía Blanca:

Esta fue la lista definitiva: Cuatreros, en el extremo interno de la ría; Puerto Galván, esencialmente petrolero; Puerto Nacional, adonde llegan las manzanas del valle; Puerto Ingeniero White, el de los ubérrimos elevadores trigueros; Puerto Belgrano, con su gris militar, y Arroyo Parejas, ahora Puerto Rosales. La cuenta era clara. Falta, empero uno. Mas allí es donde interviene la historia. El séptimo puerto estaba -todavía pueden verse sus restos- en la desembocadura del arroyo Napostá. Fue el primero: Puerto de la Esperanza69. (Gaztañaga, 1985: 1)

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La construción de los distintos muelles representó una importante fuente de trabajo que atrajo a hombres y mujeres.

69 El Puerto (de la Esperanza), inaugurado por el Cnel. Estomba, sintomáticamente no existe. Queda como primer puerto que se inugura sobre la ría de Bahía Blanca, el de Ingeniero White, nombre dado por iniciativa de Julio Roca, en homenaje a su amigo y presidente del Ferrocaril Sud de ese entonces, Guillermo White.

El Consorcio General del Puerto (CGP) describe así a Guillermo White: «Nieto de un norteamericano llegado al Río de la Plata en el año 1800, White fue fundamental protagonista del desarrollo del espectacular avance del ferrocarril y de las obras en el puerto local. En 1889 por el puerto bahiense ya salían aproximadamente el 4% de las exportaciones del país. En 1891 Bahía Blanca contaba con las tres líneas férreas que la vinculaban con su hinterland. Promediando la última década del s.XIX, el trazado de ramales aumentaba sin cesar generando un movimiento inusitado en sus pequeños muelles. El crecimiento fue explosivo y requirió la ejecución de nuevas instalaciones. El movimiento portuario se intensificó de tal manera que se la llamó ‘La Liverpool del Sur’, en referencia al importante puerto británico» (Consorcio General del Puerto, 2017).

Respecto a lo que sucedía en Cerri, contamos con el relato de Carlos, ex- trabajador del frigórífico, hijo de obreros del frigorífico y estudioso de la historia local, que nos explica la urbanización del antiguo Fortín Cuatreros Viejo:

Esa zanja de los fortineros se fue haciendo arroyo y llegó hasta el mar. Sale donde está el muelle, que es uno de los muelles de la ciudad, porque Bahía era conocida como «la ciudad de los siete puertos», y uno era Cerri, y ahí no había aduana, no había controles nada... (Conversación con Carlos, 70 años, ex-trabajador del frigorífico, en agosto de 2009, en Gral Cerri)70

También en la actualidad, continúa vigente la noción de la ciudad de los siete puertos con el desplazamiento de esta denomiación, tal como lo hemos registrado en el tema musical compuesto por Alejandro, un joven cerrense:

Miro a través del paredón/ y es muy fría la tarde para mí/ Subido a ese viejo árbol contemplo/ el horizonte rojo y el viento/ del pueblo de las siete brujas/ mientras la tele muestra el mundial del antidoping/ y algún otro va, enredado/ en el cambio gubernamental. (Entrevista con Alejandro, 30 años, trabajador industrial, en su casa en Gral. Cerri, el 22 de agosto de 2013. Énfasis añadido)

Al preguntarle por el significado de la frase siete brujas, nos explica: «… lo del pueblo de las siete brujas es en realidad porque no quería nombrar a Cerri, pero siempre acá en el pueblo se habló de la magia negra y las brujerías, que las hay, las hay... Porque es verdad, hay. No se habla mucho, pero está en creer...» (Alejandro, entrevista ya citada). Luego relata que en el pueblo circulan una serie de mitos -el de la llorona, el chupacaras, o el chancho con cadena- que integran las leyendas populares argentinas adaptadas al medio local71.

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Entrevista realizada por la gente del Taller de Historia Barrial, coordinado por Graciela San Román, en Gral. Cerri, entre 2008 y 2010. Se agradece su facilitación.

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Alejandro agrega que «...los paisanos de los alrededores le decían el pueblo de las siete brujas [a Cerri], gente de Medanos, de Luro, de la zona, es un mito igual...» Y nos revela una anécdota que alude a la ignorancia de los paisanos: «...acá contaban una anécdota de una persona que hacía magia negra, contaron que una noche, harán 30, 40 años, habían hecho un asado en la CAP, en la fábrica que ahora esta abandonada, y estaban todos los corderos clavados, y le tomaban el pelo al tipo de que hacía magia negra, y el tipo dice, ustedes quieren ver lo que hago yo (son leyendas, es creer o reventar... pero es lo que cuentan los viejos del pueblo...) y es que salieron los corderos del asador, sin las cabezas sin nada, salieron corriendo como si estuvieran vivos, los que estaban ahí, salieron todos despavoridos, y algunos se quedaron; siempre hay un machote que dice ‘yo no tengo miedo’ y temblaba por dentro... cuando se despertaron todavía estaban los corderos clavados en el asador, como si estuvieran haciendo el asado. Entonces lo quedaron todos mirando, imaginate la ignorancia de los paisanos de esa época...»

Volviendo a la época de la generación del 80, María Jorgelina Caviglia afirma que aún no había desaparecido totalmente el temor a los malones cuando las olas inmigratorias llegaron junto a los capitales para poner en funcionamiento la máquina exportadora. Hacia 1881, Bahía Blanca arrojaba una población total de 2201 habitantes, según el Censo General de la Provincia de Buenos Aires:

Los extranjeros sumaban 988, mientras que los argentinos eran 1213. El número de extranjeros había crecido un 246% en relación a 1869 y los argentinos en un 87%. Entre los primeros, los italianos constituían la mayoría (420), seguidos por los españoles, franceses e ingleses. El aporte de otras nacionalidades no era significativo. (Caviglia, 1984: 38)

La construcción de los muelles se hizo en paralelo a las líneas de ferrocarril. Nuestro informante Carlos continúa explicando que la construcción de la planta ferroviaria tardó unos diez años en hacerse debido a que: «... se hace virtualmente dentro del agua en 1888, 1889[ ...] los planos están en Estados Unidos y tiene algunas cosas muy del sur de los EE.UU., esto era un bañado y se construye un anillo ferroviario que detiene a la marea que sube».

La Bahía Blanca constituía un nodo estratégico que vinculaba, con una finalidad extractiva, La Pampa, Neuquén y Río Negro72. El diario La Prensa lo describió con estas palabras:

La locomotora vuela a través de la inmensa llanura, llega a la orilla del profundo cangrejal que circunda esta bahía. […] El cuadro es deslumbrador; digno de un pueblo joven y fuerte que se precipita en pos de su grandeza, no con las armas de la guerra, sino con las de la labor fecunda del trabajo73.

La llegada del ferrocarril implicó la conquista sobre la naturaleza a partir de un proceso de «deshistorización» construido a la par de una producción de ciudades baldío (Gravano, 2015) con el mandato político de ser pobladas:

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Lo que abarca las regiones del centro del país y norte de la Patagonia. 73

El mandato para poblar, desde este imaginario dominante [...] iba a ser racionalizado luego con el tamiz discursivo del progreso civilizatorio, a partir de la confrontación entre los intereses latifundistas y los de la pequeña burguesía comercial, como parte importante de la base social de la revolución. Y esto se mediría, en el interior bonaerense, en términos de legua ocupada y poblada sobre la tierra baldía, sola de tanta distancia, en el «espacio vacío de la pampa», como tipificara Martínez Estrada. (Gravano, 2015: 263)

El proceso que conceptualiza Gravano comenzó después de la Campaña de Roca, y se corporizó con la Generación del 80, que otorgó prioridad a «los intereses latifundistas»74.

Gravano retomó el tema de las fundaciones urbanas dentro de nuestro actual territorio nacional a partir de la Teoría de la Ciudad Argentina, en la que Bernardo Canal Feijóo (1948, 1951) propuso la existencia de dos tipos de ciudades, una mediterránea y otra de salida. La fundación de cuidades mediterráneas constituye un primer ciclo iniciado «... a partir de 1553, con Santiago del Estero, que siguió con Mendoza (1561), San Juan (1562), Tucumán (1565), Córdoba (1573) y culminó con Santa Fé (1573), tuvo como objetivo netamente conquistador en un sentido original: ingresar “a” la tierra» (Gravano, 2015: 256).

En la perspectiva de Canal Feijóo, el avance sobre las tierras conquistadas depende de dos factores: la relación con el paisaje y con la población indígena. Respecto al primero, los conquistadores evidencian un «profundo desentendimiento del paisaje», excepto por la utilización de los ríos como punto de referencia75.

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En el caso local, Ernesto Tornquist representa a dicha generación. Nacido en 1840, hijo de inmigrantes suecos y amigo del Gral. Roca, tuvo implicancias en la Campaña al Desierto, como se comenta en el pueblo, financiando la confección de los uniformes de los soldados, lo que le fue retribuido con «tierras limpias de indios» en las Sierras de la Ventana y en torno a la ría de Bahía Blanca.

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En este sentido, Gravano considera que la contradicción intrínseca del diseño de ciudades está marcada por la prevalencia del imaginario medieval español, tomándose como referencia las rutas de comercio que se extendían desde Perú a Asunción del Paraguay y pasaban por el Tucumán. De este modo, la conquista ibérica se diferenció de la anglosajona que, con un criterio moderno, «... primero había conquistado las costas y luego el interior, siguiendo un mandato sí que material, indicado por la ansiada meta del oro de los césares, pero imaginado desde la matriz de la cruzada penetración vernácula» (Gravano, 2015: 257).

En cuanto a la relación entre conquistadores y poblaciones nativas, Canal Feijóo resaltó la necesidad de tener en cuenta saberes originarios para concretar las primeras fundaciones, sustrato que evidencian tanto la variedad lingüística como la conformación identitaria en «cada tonada», que sería la marca singular de las distintas ciudades, a raíz de la multiplicidad de lenguas locales. Gravano resalta el enfoque histórico y dialéctico de la obra de Canal-Feijóo que, al incluir a las poblaciones originarias como formadoras del proceso de construcción de ciudades, se oponía a las corrientes dominantes en Antropología en Argentina, en particular a la histórico-cultural alemana.

El segundo ciclo está constituido por las fundaciones del litoral, con el objetivo de consolidar la estructura colonial mediterránea. Canal Feijóo consideraba que la fundación de Buenos Aires (1580) respondía a otro mandato, tratándose de «... la segunda ciudad: la ciudad de salida a otra época». Gravano interpreta que el autor incluye entre ciudades de salida también a otras ciudades del litoral, pensadas precisamente para salir «de» la tierra. Como parte de este segundo ciclo podemos incluir a la ciudad de Bahía Blanca, cuando, unos siglo más tarde, el puerto se consolida como una salida de riquezas.

Sumando las características de los dos ciclos, vemos que el vínculo con las personas responde a lo que algunos autores denominan doble gobernabilidad, en tanto dispositivos que los Estados nacionales accionan sobre los territorios y en el marco de relaciones globales: «... una[gobernabilidad] ejercida hacia adentro, por los Estados nacionales, en su intento por crear identidades homogéneas; otra ejercida hacia afuera, por las potencias hegemónicas, en su esfuerzo por asegurar el flujo de riquezas desde la periferia hacia el centro (Castro-Gómez, 2000)» (Flórez-Flórez, 2007: 257).

En nuestro caso, la doble gobernabilidad es producto de la generación de un espacio vacío fundado sobre la expulsión de las poblaciones originarias en simultáneo

con una invisibilzación cultural de sus sobrevivientes y combinada con una apertura de las fronteras a la inmigración europea, para satisfacer «el mandato de poblar». La simultaneidad aludida se corresponde, por un lado, con la tendencia a homogeneizar las identidades y regular la población:

Pero, por otro, se ignora la dinámica contraria, al olvidar que la homogeneidad (en el sistema) está, parcialmente, garantizada por la tendencia colonial a reproducir jerarquías (hacia las periferias del sistema moderno). Ciertamente, ambos procesos son indisociables. (Flórez-Flórez, 2007: 257-258)

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