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El acceso a la historia de mi vínculo con la poesía no es, en ningún caso, como extraer la caja negra de un avión para que esta nos diga qué paso según su registro codificado. Recordar implica reconstruir, reinventar y ésta remembranza se sitúa en contexto de recuerdos particulares que hacen de su producto algo variable o mutable, dependiendo de situaciones concretas de recuerdo. La escritura autoetnográfica reflexiva en tanto que trabaja con el pasado, pues no es posible escribir en el presente, se propone como una tarea de Memoria Social (véase en Vázquez, 2001). En el caso de Poética Vitae, hago recuerdo desde el comienzo aparente de mi vínculo histórico con la poesía, que no porque ser más o menos lejano sería diferente, pues el recuerdo que se “trae”, que se construye en la narración, viene a participar en la interpelación y elaboración de una posición relacional en el presente.

El contenido, sentido y afectos de Poética Vitae, son, después de meses de escritura y revisión del texto, miran las exigencias éticas y teórico-metodológicas que les vengo presentando, pues el cometido de la escritura consistía en redactar, en generar, un texto para el presente trabajo de tesis. Aún del motivo analítico del texto, si recomenzara a escribir con el mismo propósito un texto titulado igual a día de hoy, potencialmente presentaría variaciones respecto del escrito anterior, y esto sucede porque la escritura y el análisis también son históricos. Retomando el cariz teórico, la Memoria Social es un proceso y un producto construido a través de las relaciones y

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prácticas sociales en cada momento histórico. Trata con personas sin ser individualista, ya que la mente no anida aislada en la oscuridad del cerebro, sino que es un organismo social. Lo social es aquello que “es instituido como tal en el mundo de significados comunes propios de una colectividad de seres humanos. Es decir en el marco y por medio de la intersubjetividad. Esto implica que lo social no radica en las personas sino entre las personas, es decir en el espacio de significados del que participan o que construyen conjuntamente” (Ibáñez, 1989: 118-119). Narramos nuestra experiencia a través del filtro de los recursos catacréticos y significados compartidos de nuestra comunidad de hablantes. Aunque la experiencia es un hecho lingüístico forjado en el uso de los significados establecidos, lo que no implica que quede encerrada en este orden fijo de significación, como veremos en el siguiente apartado a través de las feministas de frontera.

Al hacer memoria hacemos lugar de enunciación, desde el cruce de vectores instituyentes e instituidos que nos atraviesan controversialmente. Nos construiríamos discursivamente como sujetos de enunciación a partir de las interpelaciones que nos invitarían a ocupar, a posicionarnos en algún lugar identificado (virtual), a establecernos en una posición parcial de sujeto167. Estamos invitados a vivir, a ser “sujetos”, a condiciones definidas de existencia, lo que no quiere decir, que vivamos amoldados ni completamente sometidos a estos ideales discursivos. En el caso de la poesía, por ejemplo, el poeta que quiera ser Poeta168 ha de entrar en circulación ya sea publicando en revistas literarias (digitales e impresas), en “antologías inaugurales”, blogs o publicando libros para que su trabajo como poeta sea conocido, mencionado, criticado. Se puede ser poeta sin que otros digan de uno que es (mal o buen) poeta, o que no es o que sí es, poeta, tal como presento comento en capítulos anteriores sobre la institución de este “poder” de la indicación y la denominación. En cualquier caso, uno escribe o hace poesía (de la forma que sea y lo mal o bien que lo haga) dialogando con lo que otros han hecho y dicho sobre la poesía. La tarea de memoria del presente trabajo es alrededor de la práctica poética, en torno a lo que he venido haciendo y dejando de hacer, pensando y dejando de pensar respecto de algo más o menos abstracto, aterrizado, llamado poesía, que circula en el imaginario social.

Para la autoetnografía reflexiva no hay un standard fijo para valorar, lo que desde los métodos cuantitativos se establece como “validez” (véase en Denzin, 1997), cuestión por la que hoy en día, desde diversos flancos, se la sigue criticando169. Los criterios de bondad de esta práctica investigativa provendrían de la minuciosidad informe del proceso y del potencial evocador de la narración, de que narrado sea

167 Las posiciones de sujeto son situacionales. En relación a ciertas actividades, el cuerpo actúa para ese contexto de actividad (capitán de barco, cantante de boleros, prostituto, aeromozo). La multiplicidad de posturas impiden afirmar cuál de todos los cuerpos soy yo, porque yo soy todos los cuerpos, yo sería tanto participo de las actuaciones.

168 Entiéndase la mayúscula como poeta reconocido por el circuito establecido, más o menos oficial, de la literatura.

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La mayoría de las críticas han sido enfocadas sobre el género del texto reflexivo y la ausencia de un método público mediante el cual se validen los asertos que el autor propone. (Charmaz, 1995; Dawson y Prus, 1993, 1995; Farberman, 1991, 1992; Nader, 1993; Sanders, 1995; Snow y Morril, 1993, 1995). Gran parte de estas críticas son fundamentadas desde los autores de la Grounded Theory (Glaser y Strauss, 1967).

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verosímil, posible y factible (véase en Feliu, 2007)170. No hay por qué tener pánico a otros discursos alternos al discurso convencional de las Ciencias Sociales para hacer Ciencias Sociales. La “realidad” necesita intérpretes de lo social que asuman reflexivamente la posición que ocupan en el mundo, así como también marcos, saberes y metodologías más heterodoxas, híbridas y plurales. Aunque no dispongamos de un standard por el que, fidedignamente, guiarnos y calmar, tal vez, nuestra ansiedad ante el no saber qué hacer. Siguiendo a Richardson (2000), para que nuestro trabajo llegue a buen puerto podemos tener en cuenta cinco dimensiones: (1) Contribución substantiva a las Ciencias Sociales, (2) Mérito estético, (3) Reflexividad, (4) Impacto y (5) Realismo y verosimilitud. Dimensiones, vaga decir, tuve en cuenta en el apartado 5.2.4.1. Sobre

la escritura. 5 Vueltas o aproximaciones, además de en la redacción del texto

autoetnográfico y que los lectores habrán de considerar en la lectura del mismo.

Iniciando la escenografía del proceso de trabajo. Para disparar la escritura de

Poética Vitae, me he guiado por preguntas comunes que nos hacen a los que hacemos

poesía alrededor de nuestro hacer ¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Por qué? ¿Cómo calificarías tu poesía? Preguntas, interpelaciones que invitan a establecer posiciones parciales, que invitan a, parcialmente, sostener un discurso (táctico o estratégico), a “ser”, de alguna forma, congruente, o al menos, aparentemente verosímil con la posición construida. La construcción del discurso está mediada por las circunstancias de interlocución (escenario, circunstancias, interlocutores…). La memoria se construye a partir del imaginario instituido, a partir de las preguntas y de los modos de tramar, establecidos en un grupo social en un tiempo histórico determinado, por ello, la memoria es social. Yo no podría decir cómo es mi vínculo con el hacer de la poesía sin las convenciones narrativas que me indican cómo construir la posición parcial, sin las voces y las prácticas de otros con las que dialogo cuando escribo poesía y, cuando pienso mi vínculo histórico.

Como vengo remarcando, el interés en la escritura autoetnográfica reflexiva, sería que el ejercicio de memoria convocara consigo una disposición crítica, atenta a las disposiciones convencionales de construcción discursiva. Teniendo en cuenta que lo que se recuerda, así como las cosas que hacemos con eso llamado poesía, no sería exclusivo de un momento particular, sino que, también, se encuentra en conexión con el hojaldrado de prácticas pululantes en el imaginario social. Planteé el primer capítulo que la poesía se construye en devenir, en la complejidad de unas circunstancias concretas, en el diálogo y negociación, en marcha, entre diferentes estratos en tensión. No podríamos hablar más que de un acontecer de la poesía en las circunstancias de su uso, más allá de los nudos discursivos que en el imaginario social la acoten en prácticas y características determinadas.

Habremos de intentar interrogarnos desde nuestro cuerpo para localizar las intersecciones y fricciones de los tendidos del imaginario que nos atraviesan e incorporan, y las singularidades que en este espacio particular se producen. El cuerpo sería el espacio primigenio de la memoria, donde habitan los recuerdos en forma de

170 A este respecto Jerome Bruner en Actos de Significado (1990) nos remite a las palabras de Cronbach: “la validez es subjetiva más que objetiva: la plausibilidad de una conclusión es lo que cuenta. Y la plausibilidad, por modificar el dicho, reside en el oído del espectador” (1990: 108).

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marcas, huellas, hitos, como heridas, tatuajes, accidentes, sensaciones, propiocepciones, que al nombrarlas, declararlas y relatarlas nos permitirían seguir, re-construir, re- inventar, su rastro. El cuerpo se propone como el espacio propio, singular, desde dónde las personas, la sociedad, construye, actualiza, las narraciones sobre sí alrededor de vivencias y problemáticas, tal y como abordaré en el siguiente apartado.