• No results found

Chapter 3. Project design and methods

3.2. Analytical framework

S

i pudiéramos preguntarle a Francisco Javier, seguramente estaría de acuerdo en que su vida fue absolutamente sorprendente. Algunos datos: nacido en España, fue a estudiar a la Universidad de París, donde disfrutó de un vida fastuosa: fiestas, afición a las bebidas, lo habitual. Pero terminó siendo compañero de habitación de Ignacio, quien puso en tela de juicio su estilo de vida y, a pesar de su resistencia, logró que se interesase por Jesucristo. Años más tarde, después de haber colaborado con él en la fundación de la Compañía de Jesús, Ignacio lo envió a predicar la fe cristiana a países extranjeros. Apuesto a que al comienzo de su carrera nunca se imaginó que un día abandonaría Europa y viajaría a la India, Malaca, las islas Molucas y Japón. Nunca se imaginó que sus esfuerzos misioneros pudieran atraer a tantas personas a la fe cristiana. Nunca previó que fuera a morir en una remota y desolada isla cuando esperaba alcanzar las costas de China.

Lo realmente reseñable es que Francisco Javier constituye un ejemplo admirable de vida vivida en la fe. De una manera singularmente dramática, experimentó algo que, no obstante, es común a quienes han unido su destino al Dios de la Biblia, porque este es un Dios de sorpresas, que siempre nos llama a «salir de» y «seguir adelante», a aventurarnos a entrar en un futuro prometido, pero desconocido.

Como es natural, algunas personas viven con la atención concentrada en su pasado, en heridas que al recordarlas despiertan en ellas sentimientos de autocompasión o incluso de venganza, o en tiempos felices que rememoran con nostalgia y con el deseo de que las cosas vuelvan a ser como fueron entonces. Nuestra propia cultura tiende a fijarnos en el presente, donde podemos ignorar el sufrimiento de los demás ocupándonos nosotros mismos con mil distracciones, entreteniéndonos nosotros mismos hasta morir. Pero la fe continúa haciendo sonar un redoble inalterable para instalarnos en el futuro, donde el Dios que esperamos saldrá un día a nuestro encuentro de una manera nueva, exigente y consoladora.

Para ilustrar esto que acabo de decir, analicemos dos famosos relatos antiguos, uno griego y otro hebreo, que ofrecen dos opciones contrapuestas sobre la forma de vivir.

El relato griego arranca al final de la guerra de Troya. Describe a uno de sus luchadores, Ulises, que durante diez años trata de volver a su hogar, en la isla de Ítaca. Allí espera reunirse con su fiel esposa, Penélope, su querido hijo Telémaco y su irreemplazable perro Argos. A lo largo de este camino de retorno, Ulises sobrevive a dramáticas adversidades: terribles tormentas, ataques de caníbales, una hechicera que convierte en cerdos a la mitad de sus marinos, naufragio. El relato está salpicado de increíbles experiencias: monstruos de seis cabezas, remolinos, comunicación con los muertos, drogas, amantes. Ulises realiza terroríficas hazañas, como cegar a un enemigo. Su viaje es claramente una aventura. Sin embargo, al final el motivo principal que nueve al héroe es el deseo de retornar al mundo conocido, a la comodidad y el prestigio del pasado que él recuerda.

El relato hebreo tiene como protagonistas a un personaje anciano y a su esposa cuando ya están instalados en su hogar. Dios le transmite a Abrahán, e indirectamente a Sara, una inquietante invitación: «Deja tu país y vete a la tierra que yo te mostraré». La invitación va acompañada de una promesa concreta: «Tu descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo». Esta promesa va acompañada de un compromiso más profundo aún si cabe: Dios estará con ellos. Siglos más tarde, reflexionando sobre este momento, el Nuevo Testamento observa con asombro acerca de Abrahán: «Y salió sin saber adónde iba» (Heb 11,8). A las duras y a las maduras, Abrahán siguió adelante, atreviéndose a arriesgarlo todo, porque confiaba en que Dios sería fiel a su palabra, y, cuando las cosas se pusieron muy difíciles, «esperó contra toda esperanza» (Rom 4,18). El tema recurrente de su aventura y la de Sara fue su fe en el Dios vivo, que los llamó a adentrarse en el futuro y les prometió encontrarse allí con ellos.

Las dicotomías tienden a simplificar excesivamente la realidad, que de suyo es compleja y ambigua. No cabe duda de que uno podría encontrar cierto tipo de esperanza en el relato de Ulises, y toda clase de tropiezos en los patriarcas bíblicos. Sin embargo, ambos relatos se diferencian, incluso geográficamente. Uno de los protagonistas está tratando de volver a sus inicios. Los otros se han lanzado en busca de un nuevo lugar de residencia. En mi opinión, la historia que de verdad ilustra la interpretación cristiana de lo que significa ser humano es la de Abrahán y Sara, no la de Ulises. Los seres humanos tenemos la pasión de ser y de convertirnos en nosotros mismos. Este objetivo es una utopía si tratamos de volver al pasado o nos aferramos al momento presente. Solo si

presionamos por seguir adelante, en dirección al futuro, permitiremos que la plenitud de vida nos encuentre.

Para la mayor parte de los antiguos griegos, la esperanza no representaba una virtud, sino más bien un mal que había que evitar. En el mito de Prometeo, cuando ya todos los otros males habían salido de la caja de Pandora, el único que había quedado dentro era la esperanza. Sumándose a los males de la humanidad, la esperanza se mofa de ellos con la posibilidad de que suceda algo mejor, aunque al precio de que al final la frustración es total. Esto precisamente contribuye a hacer el sufrimiento de los seres humanos más intenso. De ahí deducían los griegos que, si nosotros mismos nos liberáramos de la esperanza y aceptásemos sin más nuestro destino, no volveríamos a sentir semejante dolor.

Por el contrario, en la Biblia el momento presente representa un margen temporal en constante aumento, que se abre cada vez más al sueño de Dios para nuestro devenir. Podría parecer que el Dios vivo no está por encima de nosotros, sino delante de nosotros, llamándonos con una promesa que supera las expectativas. «Sal de la casa de tu padre y vete...», nos dice Dios a cada uno de nosotros. Vete y escoge el lugar, la vocación, las relaciones, el trabajo, las penas y las alegrías que yo te mostraré. El instinto humano nos lleva a reducir esta promesa a la medida que cada uno de nosotros tiene de lo que consideramos posible. Sin embargo, si nos atrevemos a responder, es muy posible que nos descubramos a nosotros mismos en una tierra sorprendentemente nueva. La espiritualidad bíblica rezuma esperanza.

En último término, el futuro hacia el que todos nos encaminamos es la muerte, algo que la ceniza de Cuaresma representa de manera muy concreta. En la Cuaresma, los cristianos revivimos un nuevo capítulo de la historia de Abrahán, a saber, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Al final de su vida, Jesús murió realmente en la cruz y su cuerpo fue depositado en la oscuridad y el silencio de la tumba. Podría parecer que esta historia había concluido. Pero el Dios sorprendente y siempre a punto de llegar inaugura de nuevo, una vez más, el futuro. En un inimaginable acto de amor fiel, Dios resucita al crucificado a una vida nueva, que los creyentes torpemente tratamos de simbolizar por medio de conejitos, flores y huevos. Aunque tal vez el símbolo cristiano más universal y expresivo sea la llama del cirio pascual.

Aquello que Abrahán esperó contra toda esperanza se hizo palpable en la acción que Dios llevó a cabo en favor de Jesús crucificado y, por extensión, en favor de todos nosotros, destinados a morir. La resurrección nos permite ver con claridad cuál fue el propósito de Dios al crear el mundo. Aunque la muerte forma parte de toda vida, al final tanto a nosotros como al cosmos Dios nos destina no a morir y ser destruidos, sino a ser transformados para gozar de nueva vida. Es esta una visión completamente nueva de lo que nos aguarda, aunque nos resulte totalmente inimaginable. Dios no nos tiene preparado un futuro vacío, en el que la muerte nos aniquilará, sino un futuro de vida transformada por medio de la resurrección.

En conclusión: ¿Ulises o Abrahán y Sara? Cada uno de ellos representa una historia de acuerdo con la cual vivir. El cuento de Ulises nos narra la historia del comprensible deseo humano de recuperar el pasado familiar. Abrahán y Sara son los protagonistas de un relato en el que la fe en Dios es una aventura en lo desconocido. Con su muerte y resurrección, Jesús extiende esa aventura más allá de la barrera de la muerte, penetrando en un futuro en el que, en virtud del abrazo del Dios vivo, «veremos cara a cara» y «conoceremos como somos conocidos». Para los cristianos, «seguir adelante» es la historia que nos señala cómo vivir.

Así lo creyó Francisco Javier. Y así lo esperamos nosotros.

Reflexión para los estudiantes en la iglesia de la Universidad de Fordham (2004), como parte de una serie de sugerencias que pueden extraerse de la vida de san Francisco Javier.

SEGUNDA PA RTE: