• No results found

Chapter 3. Project design and methods

3.4. Developing an indicator set

Los científicos están hoy de acuerdo en afirmar que el universo se originó hace aproximadamente catorce mil millones de años en un estallido primordial, conocido hoy

con el nombre dudosamente elegante de Big Bang. Desde aquel instante explosivo hasta este mismo momento, el universo ha continuado expandiéndose; a lo largo de este proceso, los átomos de hidrógeno se fusionaron para formar estrellas, las estrellas se aglomeraron para formar galaxias, y las galaxias se reunieron formando colonias de nuevas galaxias. Hace unos cinco mil millones de años, al fusionarse bajo el impulso de la gravedad los restos de antiguas estrellas que habían explotado, se formó en uno de los rincones de una galaxia nuestro propio sistema solar, constituido por una estrella y diversos planetas. En uno de estos planetas, la Tierra, la vida dio sus primeros pasos hace aproximadamente tres mil millones y medio de años, gracias a la interacción de minerales y gases para formar comunidades de criaturas unicelulares en lo más profundo de los mares. La vida evolucionó después, pasando de estas criaturas unicelulares a otras pluricelulares; del mar estas pasaron a la tierra firme y al aire; la vida vegetal evolucionó hasta alcanzar la vida animal, y muy recientemente los primates evolucionaron hasta dar paso a los seres humanos, mamíferos datados de un cerebro tan amplio y complejamente estructurado que les permite gozar de autoconciencia y libertad, o lo que en la filosofía clásica se denominaba inteligencia –o mente– y voluntad.

Esta visión contemporánea de la historia del universo nos enseña cosas sorprendentes.

• El universo es inconmensurablemente antiguo. Los seres humanos somos unos recién llegados. Carl Sagan se hizo famoso por haber utilizado el horario de un único año terrestre para escenificar el calendario cósmico en su conjunto. Si el Big Bang se produjo el 1 de enero, nuestro Sol y sus planetas hicieron su aparición en el espacio cósmico el 9 de septiembre; la aparición de la vida en la Tierra se produjo el 25 de septiembre; los primeros seres humanos pisaron la Tierra el 31 de diciembre, a las 10.30 de la noche2. Transformando este horario

en un gráfico en movimiento, el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York ofrece la posibilidad de dar un paseo por una escalera en espiral que resume las etapas de la evolución cósmica. El peldaño más alto se encuentra en el nivel del techo y corresponde al momento del Big Bang; cada paso normal que uno da descendiendo por la escalera corresponde a millones de años. Al llegar al suelo, se pasa por encima de toda la historia humana, representada por medio de una capa tan fina como un cabello.

• El universo observable es incomprensiblemente grande. Hay más de cien mil millones de galaxias, cada una de las cuales comprende miles de millones de estrellas, y un número desconocido, pero en cualquier caso inmenso, de lunas y planetas, y toda esta materia visible y audible es solo una fracción de la materia y de la energía existentes en el universo. La Tierra es un pequeño planeta que gira en torno a una estrella de tamaño medio situada al borde de una galaxia en espiral.

• El universo es profundamente dinámico. El Big Bang dio lugar a galaxias de estrellas; el polvo de estrellas dio lugar a la Tierra; las moléculas de la Tierra dieron lugar a criaturas unicelulares vivientes; la vida evolutiva y la muerte de estas criaturas generaron una nueva marea de vida, frágil pero imparable; hasta llegar al derroche de millones de especies actualmente existentes; y de una rama de este matorral de vida surgió el Homo sapiens, la especie en la que la Tierra se hace consciente de sí misma. El pensamiento y el amor humanos no son productos inyectados en el universo desde fuera, sino que representan el florecimiento en nosotros de energías profundamente cósmicas.

• El universo es un todo complejamente interconectado. Todo está vinculado con todo lo demás; nada puede concebirse aislado. ¿A qué se debe que nuestra sangre sea roja? El científico y teólogo Arthur Peacocke explica: «Cada átomo de hierro presente en nuestra sangre no se encontraría ahí de no haber sido producido en alguna explosión galáctica hace miles de millones de años y de no haberse condensado finalmente para formar el hierro en la corteza de la Tierra de la que hemos emergido nosotros»3. Nosotros y todas las demás especies

procedemos del polvo interestelar. La historia ulterior de la evolución no deja lugar a dudas de que los seres humanos compartimos con el resto de los seres vivos que pueblan nuestro planeta un ancestro genético común. Charles Darwin, que descifró tan convincentemente la historia de la evolución, describió el resultado con la metáfora de un gran árbol de la vida4

. Dibuja un árbol evolutivo que, al desplegar sus ramas, vincula entre sí todas las criaturas vivas hasta formar un conjunto indivisible, que abarca todas las edades. La zona periférica de brotes en ciernes y hojas verdes representa las numerosas especies vivas actualmente, que alcanzan su máximo desarrollo al sol. Debajo

hay capas de ramas muertas y rotas que en otro tiempo estuvieron vivas, dando origen a la nueva vida a la que ahora sustentan. ¡Qué excelente sistema natural! Y la historia no ha concluido todavía. Bacterias, pinos, arándanos, caballos, las grandes ballenas azules: todos estamos emparentados genéticamente en la gran comunidad de vida.

Esta explicación de nuestro planeta vivo tiende a despertar temor reverencial. No obstante, los seres humanos estamos causando un daño mortal a nuestro planeta, deteriorando gravemente su identidad como hogar de vida. Nuestra forma de consumir y explotar los recursos y de contaminar está infligiendo un duro golpe a los sistemas que en tierra, mar y aire sustentan la vida. La lista de las amenazas que se ciernen sobre nuestro planeta constituye una auténtica pesadilla: calentamiento global, agujeros en la capa de ozono, bosques tropicales talados y quemados, humedales destruidos, caladeros de pesca colapsados, suelos envenenados. La destrucción generalizada de ecosistemas tiene como consecuencia negativa la extinción de especies arbóreas y animales que prosperan en estos hábitats. Según un cálculo aproximado, pero en cualquier caso conservador, durante el último cuarto del siglo XX se extinguieron un diez por ciento de todas las especies vivas. Durante el siglo XXI este proceso se ha acelerado. El comportamiento de la especie humana está eliminando el nacimiento mismo, lo que pone bruscamente en entredicho la supervivencia a corto plazo de criaturas cercanas a nosotros que necesitaron millones de años para desarrollarse. Su desaparición debe ser para nosotros una temprana señal que nos avisa del peligro de muerte que amenaza a nuestro planeta como tal. En el incisivo lenguaje del Consejo Mundial de las Iglesias, «la cruda señal de nuestros días es un planeta en peligro por la acción del hombre»5

.

El cuadro se oscurece cuando tomamos en consideración la estrecha relación que existe entre devastación ecológica e injusticia social. Los pobres sufren de forma desproporcionada las consecuencias del daño ambiental provocado por la búsqueda de beneficios empresariales. El empobrecimiento de los habitantes de una zona y el deterioro de las tierras de que dependen se dan la mano. Por poner un ejemplo, la explotación de bosques en la India no solo destruye el hábitat de la vida salvaje, sino que condena a la miseria a los aldeanos pobres que, en la periferia de los bosques, sobreviven de la leña, las frutas y los frutos secos, los pequeños animales y el agua potable limpia.

En los Estados Unidos, grandes compañías ofrecen trabajo a fábricas instaladas a lo largo de la frontera mejicana –las llamadas maquiladoras– donde miles de mujeres jóvenes, procedentes del campo, producen a bajo precio bienes de consumo para la exportación, con el agravante de que esas trabajadoras se ven obligadas a vivir en condiciones inhumanas en un entorno contaminado por los residuos tóxicos. Una vez más, mientras quienes gozan de buena situación económica pueden escoger vivir rodeados de amplias zonas verdes, los pobres tienen que alojarse cerca de fábricas, refinerías o basureros públicos, instalaciones todas ellas que contaminan gravemente el entorno. La dureza de esta situación se ve exacerbada por prejuicios raciales, en el sentido de que el racismo medioambiental presiona a la gente de color para que se instale en estos barrios.

El análisis feminista aclara más a fondo cómo la apurada situación del pobre queda reflejada en las mujeres pobres que día a día comprueban que hasta su misma capacidad biológica de dar a luz se ve comprometida por los entornos tóxicos, y cuya tarea de criar a los hijos se ve obstaculizada a cada paso por no disponer de agua limpia, alimentos y combustible. Proyectos iniciados por mujeres, como el movimiento Chipko en la India, que invitaba a las mujeres de las aldeas a «abrazar» –tal es el significado literal del término hindi chipko– los árboles del bosque para evitar que fuesen talados por la industria maderera, y el movimiento del Cinturón Verde, iniciado por la premio nobel de la paz Wangari Maathai, en Kenia, que consiguió que las mujeres plantasen millones del árboles y recibiesen una pequeña paga por cuidar de ellos algún tiempo, demuestran hasta qué punto la recuperación de la Tierra está estrechamente relacionada con la promoción social y económica de las mujeres pobres y de sus comunidades. Tanto la pobreza como su superación tienen rostro ecológico.

Para las personas de fe, la cuestión de Dios está profundamente implicada en estas consideraciones. ¿Dónde es posible encontrar a Dios, creador del cielo y de la tierra, en la inmensidad del universo? ¿Qué hace Dios en un mundo que evoluciona bajo amenaza? ¿Cómo pueden las respuestas que demos a estas preguntas afectar a la respuesta que nos ofrece la fe? Como una de las formas posibles de abordar esta cuestión, el antiguo pero olvidado campo de la pneumatología –es decir, el estudio del Espíritu– puede merecer la pena. En las fronteras de la ciencia cósmica y de la responsabilidad ecológica, el Espíritu impulsa a la creación a pasar de acontecimiento sucedido hace millones de años a asunto de importancia religiosa aquí y ahora.