Chapter 3. Project design and methods
3.6. Applying indicators
Al final de su conocida obra Breve historia del tiempo, el físico Stephen Hawking plantea una pregunta que se ha hecho famosa: «¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas?»6. Consecuente con su
postura atea, el físico inglés deja abierta la cuestión. La fe bíblica responde que es el Espíritu quien insufla vida en el exuberante, diverso e interrelacionado universo. El misterio del Dios vivo, absolutamente trascendente, es también la fuerza dinámica que está presente en el corazón del mundo y de su evolución. No me refiero al decir esto al comienzo del mundo, al instante del Big Bang, sino también al instante actual, en que el universo sigue sin cesar tomando las formas que mostrará en el futuro. El Espíritu Creador es el flujo incesante, dinámico, de fuerza amorosa que sostiene el mundo, lleva adelante la vida, teje conexiones entre todas las criaturas y corrige los daños que provoca el paso del tiempo, y todo ello lo consigue estando profundamente presente en el corazón de las cosas.
Esto no siempre se ha tenido en cuenta. Un logro brillante de la teología clásica fue establecer sin titubeos la trascendencia de Dios. En cambio, esa misma teología no puso tanto empeño en subrayar la inmanencia de Dios, la proximidad del Dios incomprensible que habita en las profundidades del mundo desde el principio, a través de la historia y hasta el final. Precisamente, al redistribuir el conjunto de relaciones existentes entre los seres humanos y la Tierra, la nueva cosmología redescubre de alguna manera esta verdad. Evidentemente, no estoy sugiriendo que la teología tenga que ignorar la trascendencia, o pasar por alto la diferencia entre Dios y el mundo. Pero el deslumbrante mundo que nos ofrecen la cosmología del Big Bang y la biología evolutiva nos invita más bien a cambiar la perspectiva a la hora de considerar la relación de Dios con el mundo: más que como cima de la pirámide del mundo, a Dios hemos de verlo inmerso y en estrecho contacto con los momentos cruciales del ciclo de la vida, con su aparición, sus luchas, su vida y su muerte.
Para recuperar este antiguo sentido de relación, la teología necesita un marco trinitario. Este podrá expresar de múltiples formas la interpretación cristiana según la cual el Dios que hemos conocido a través de Jesucristo y del Espíritu es trino, es decir: trascendente, encarnado e inmanente al mundo. Hacia finales del siglo II, antes del
desarrollo de una doctrina propiamente dicha, el teólogo Tertuliano se sirvió de una serie de imágenes tomadas de la naturaleza para explicar esta idea. Si Dios Padre puede compararse al Sol, Cristo es el rayo de sol que llega a la Tierra, y el Espíritu Santo es el bronceado, la mancha de calor que deja el Sol en el lugar concreto adonde llega y produce un efecto. Igualmente podemos comparar la Trinidad con una fuente de agua que brota del subsuelo, con el río que se forma a partir de ella y con la acequia de riego gracias a la cual el agua llega a las plantas y las hace crecer. El Dios trino puede compararse también con la raíz, el brote y el fruto de un árbol: una profunda base inaccesible, su brote que se extiende en el espacio del mundo y el poder que tiene de producir flores, fragancia, frutos y semillas7
.
Todas estas son metáforas para hablar del Dios que está más allá del mundo, que como Dios se encarna para estar con el mundo a lo largo de la historia y como Dios actúa de nuevo realmente al servicio del bien en el mundo. Obsérvese que en este marco el Espíritu es siempre Dios, que llega en todo momento, aproximándose y pasando inadvertido con su poder vivificante. Se entiende que esta presencia divina presente como mínimo las tres características siguientes:
Presencia creativa
Desde la escena inicial de la Biblia –en que el Espíritu se cierne sobre la faz de las aguas al comienzo de la creación– hasta su última escena –en que el Espíritu invita a todos los que tienen sed del agua de vida a «venir»–, el Espíritu de Dios, o ruaḥ en hebreo, también conocido como «aliento» o «soplo», está presente por doquier en el mundo natural. El efecto de esta presencia es hacer que todo exista y potenciar su vida. El Libro de la Sabiduría lo expresa elocuentemente:
«Amas a todos los seres
y no aborreces nada de lo que has hecho;
si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado... Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido?...
¿Cómo conservarían su existencia si tú no las hubieses llamado?... Todos llevan tu soplo incorruptible» (11,24–12,1).
Siglos más tarde, el credo niceno expresa esta misma idea con diferentes palabras, cuando afirma que el Espíritu Santo es «Señor y dador de vida», en latín Dominum et
vivificantem, el Vivificante.
Un esquema teórico que permite una interpretación inteligible de esta inhabitación de Dios en el mundo es lo que se conoce como «panenteísmo», término formado por las tres palabras griegas pân- en-theós, que significan «todo-en-dios». Al contrario que el teísmo filosófico, que sostiene que Dios es un ser solitario increado absolutamente distante del mundo creado, y al contrario que el panteísmo (literalmente «todo es Dios»), que elimina toda distinción entre lo creado y lo increado, identificando por lo tanto a Dios y al mundo, el panenteísmo postula una relación en virtud de la cual todo se mantiene en el Espíritu Creador, que a su vez lo abarca todo. Aquí el Dador de Vida no está solo «sobre todo», sino también «entre todos y en todos» (Ef 4,6). Y, a la inversa, en este Dador de Vida nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). El resultado es, pues, una inhabitación de Dios y del mundo de la que el cuerpo de la mujer encinta nos ofrece una buena metáfora.
Ya hace siglos describió san Agustín esta relación permanente mutua en términos memorables:
«Ponía yo ante los ojos de mi alma toda la creación, no solo lo que podemos ver en ella (como el mar, la tierra, el aire, las estrellas, los árboles y los animales), sino también lo que no vemos... Pero a ti, Señor, te imaginaba como a un ser que la rodeaba y penetraba por todas partes, aunque infinito en todas las direcciones, como si hubiese un mar único en todas partes e infinito en todas direcciones, extendido por la inmensidad, el cual tuviese dentro de sí una gran esponja, bien que limitada, la cual estuviera llena en todas sus partes de ese mar inmenso. De este modo imaginaba yo tu creación, que siendo finita estaba llena de ti, infinito, y decía: He aquí a Dios y he aquí las cosas que Dios ha creado; y Dios es bueno, sí, más excelente e infinitamente mejor que todas sus criaturas...»8.
En tiempos de san Agustín el mundo natural se concebía como algo estático: creado por Dios al principio de los tiempos, había continuado sin sufrir cambios importantes. La presencia creativa de Dios que él intuyó toma nuevos contornos en un universo evolutivo. Presente como el mar en la esponja, el Espíritu de Dios es energía supremamente radiante y relacional, que crea sin cesar dentro y a través de procesos de la naturaleza que poseen su propia integridad. Como gran matriz creadora, el Espíritu de
Dios fundamenta y sustenta el mundo y lo atrae hacia el futuro. Gracias a la amplia envergadura de la evolución cósmica y biológica, el Espíritu abraza la raíz material de la vida y sus nuevas e ilimitadas potencialidades, reforzando el proceso cósmico desde dentro. Por su parte, el universo se autoorganiza y autotrasciende, y animado por la fuerza vivificante del Espíritu pasa de las galaxias espirales a la doble hélice de la molécula de ADN.
Presencia cruciforme
Todavía queda algo por decir, ya que el mundo natural no es solo hermoso en sus rasgos armónicos. También nos obsequia con un cuadro implacablemente duro y sangriento, salpicado de sufrimiento y muerte. La existencia corporal exige comer. De ahí que la depredación constituya una parte insoslayable del modelo de la vida biológica. A gran escala, la historia de la vida misma depende de la muerte; sin muerte no se habría producido ningún desarrollo evolutivo de una generación a otra. La historia de la vida es una historia de sufrimiento y muerte a lo largo de millones de milenios. La tentación es negar la violencia y refugiarnos en una visión romántica del mundo natural. Pero existe otra opción: buscar al Espíritu Creador en medio del dolor.
Para hacer esto, la teología realiza una maniobra típica, consistente en apartar sus ojos de la cuestión directamente discutida para consultar al Evangelio. La teología cristiana interpreta a Jesús como la palabra y la sabiduría de Dios, y por tanto su vida, muerte y resurrección revelan el carácter del Dios vivo. ¿Qué vislumbramos a través de esta lente? Un amor misericordioso que no conoce límites, una compasión que penetra hasta lo más honde en las vidas de pecado, sufrimiento y muerte aterradora de los seres humanos para ofrecerles nueva vida. Una visión ecológica da a la teología la garantía de cruzar la línea de la especie y extender esta solidaridad divina a todas las criaturas. El Espíritu de Dios habita en compasiva solidaridad con cada ser vivo que sufre, desde el dinosaurio barrido del mapa de la Tierra por un asteroide hasta la cría de impala comida por una leona. Ni un gorrión cae al suelo sin suscitar un dolorido conocimiento en el corazón de Dios, que incesantemente trabaja por renovar la faz de la Tierra.
Semejante visión de la ecología no pretende glorificar el sufrimiento, trampa que debe evitarse cuidadosamente. Simplemente trata de resolver la implicación de la relación
del Espíritu vivificante con el sufrimiento del mundo evolutivo con la vista puesta en la misericordia divina. El llanto de la naturaleza es escuchado por el Espíritu, que gime con los dolores de parto de toda la creación para dar a luz lo nuevo (Rom 8,22-23). De esta manera, la pauta de muerte y resurrección se aplica aquí a escala cósmica.
Presencia orientada al futuro
El universo no es un lugar estable, sino que cambia constantemente. Al principio fue un mar homogéneo de radiación. Pero, en lugar de mantenerse en el nivel granular de existencia, con el paso del tiempo ha tomado una exuberante variedad de formas, cada vez más elaboradas. Biólogos como Stephen Jay Gould y otros advierten del peligro de interpretar esta historia como una marcha necesaria, direccional y lineal, que iniciada con el Big Bang ha culminado con la aparición de la especie humana. La historia de la vida se parece más a un arbusto ramificado, con la misma especie humana como uno de sus brotes recientes en una de sus ramas. Incluso admitiendo este idea, otros científicos sostienen que, puesto que el universo como un todo se ha desarrollado de hecho en una determinada dirección a partir de sus orígenes cósmicos, sería ingenuo negar que en él existen tendencias a una complejidad, una belleza y una novedad ordenada siempre crecientes. Mirada esta evolución a largo plazo, comprobamos que desde sus inicios el universo se presenta sembrado de promesas, y en cualquier caso grávido de sorpresas. En general, lo más ha estado precedido de lo menos. La historia del cosmos se ha caracterizado por constituir una inquieta aventura que produce lo genuinamente nuevo.
Cercana al mundo con creativa misericordia, la presencia del Espíritu Creador está orientada hacia el futuro, en el sentido de que procura que el mundo siga sendas de avance creativo. Esta comprensión conecta directamente el mundo natural con la historia bíblica, en la que Dios es un Dios de sorpresas que sin cesar se aproxima al ser humano y lo invita a «seguir adelante», hacia un futuro prometido, pero desconocido. Pensemos en la llamada que hace a Abrahán y a Sara, pidiéndoles que abandonen la casa paterna y se pongan en camino hacia una nueva tierra, y todo ello rematado con la sorprendente promesa de tener un hijo cuando ambos son ya estériles por su edad (Gn 12–21). Pensemos en el llamamiento que dirige al pueblo hebreo esclavizado en Egipto para que atraviese el mar hacia la libertad (Ex 1–15). Pensemos en la sorprendente anunciación hecha a una joven desconocida en una insignificante aldea de Galilea invitándola a que
acepte ser madre del Mesías (Lc 1,26-38). Pensemos en el encargo que Cristo da en la tumba vacía a las mujeres que formaban parte del círculo de sus discípulos de ir y anunciar al resto de los discípulos que el Maestro ha resucitado (Mt 28,1-10; Jn 20,1- 18).
La presencia divina en la historia humana no cesa de actuar sorpresivamente para desvelar el futuro. Y así también con respecto al mundo natural: el Espíritu vivificante actúa sin cesar, desde siempre, haciendo que generosamente surjan novedades en el mundo natural. Y esta aventura todavía no ha concluido. El mundo natural es portador de la promesa divina que lo encamina hacia el último día, cuando cielo y tierra sean transformados por la bendición divina: «Mira, renuevo el universo» (Ap 21,5).