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Odio tener que escribirlo, pero al final, otra vez, como ocurre con todas las medicinas, todo es cuestión de dosis, de cantidades, de déficit o excesos, de indicación y de posología para que la (lo)cura del amor no se convierta en perniciosa. El enamoramiento es exagerado por definición, es atrevido, nos vuelve tontos, torpes, vulnerables… ¿Hasta dónde esa pasión nos puede avivar sin devorarnos? ¿Cuánto de masoquismo se precisa para no sufrir de más? ¿Cuarto y mitad? ¿Una pizca? ¿Dos kilos? Depender sí, pero ¿hasta dónde?, ¿a qué precio? En definitiva, ¿cómo domesticar a la fiera salvaje del amor?

No hay que pensar que tengo la fórmula. ¡Ya querría! El amor es como el gazpacho, al final cada quien tiene su propia receta y ningún gazpacho se parece a otro. Todos son gazpachos, todos llevan los mismos ingredientes, o casi, pero en distintas proporciones y mezclados a través de procedimientos diferentes. «Yo no le pongo pan». «Es mejor aliñarlo al final». «Mitad de tomates normales, mitad de tomates de pera». «Nada de ajo». «Hay que dejarlo reposar con hielo». En fin, que conozco tantos trucos para preparar el gazpacho como cocineras y tantas formas de amarse como parejas.

Lo cierto es que, por mucho que haya infinitas recetas, algunos gazpachos son objetivamente malos. Repiten, dan acidez, no saben a nada o saben mal. Demasiados ajos, cantidades indecentes de vinagre, exceso de pimiento o de cebolla, una mezcla espesa que hace mucho que dejó de ser un gazpacho y se ha convertido en una bonita mayonesa de tomate, etcétera, etcétera. Gazpachos, en fin, que sólo satisfacen a una sola cocinera y a un solo comensal. Ese vínculo será aceptable exclusivamente entre ellos dos, pero como idea de negocio en hostelería, sería ruinoso. Hay gazpachos que intoxican y hay amores que matan. Lo importante es descubrir ¿qué busca esa cocinera en el ejercicio de su pasión? ¿Qué negocio pretende montar con un amor así? ¿Por qué invierte toda su energía en defender un gazpacho que a todas luces es desastroso para su salud? Hay casos en los que suele haber elementos comunes más o menos identificables. Signos, al principio imperceptibles, que con el tiempo pueden ser señales de alarma que nos

ponen sobre aviso de que nos encontramos ante el peligro inminente de un amor retorcido.

Dios

Al principio hubo un dios. Era una madre mítica —la madre de la gestación y los primeros momentos— que nos hacía sentir completos, que se encargaba de hacernos creer que no nos faltaba de nada. Poco a poco descubrimos que no sólo no estábamos completos sino que, además, dependíamos terriblemente de ese dios, para comer, para desplazarnos, para sobrevivir. Por si fuera poco, caímos en la cuenta de que la dependencia no era recíproca y que ella era autónoma, que no nos necesitaba en absoluto y que en cualquier momento nos podía dejar irremediablemente solos, abandonados a nuestra torpe autonomía. Todo esto nos produjo un sentimiento de vértigo y de horror contra el que luchamos, sin saberlo, cada día, cada minuto de nuestra vida.

Venimos al mundo desprotegidos, pero con una herramienta muy original que es nuestra habilidad para construir imágenes narrativas; historias, mitos, cuentos, leyendas, religiones, que nos permiten hacer más soportable una vida que, así, sin más, nos resultaría incomprensible y muy difícil de digerir. Para olvidarnos del desamparo, y también, claro está, porque nos gusta, hacemos amigos, tenemos hijos, trabajamos, escuchamos música, hacemos el amor, viajamos, escribimos, silbamos, vemos la televisión, jugamos a los videojuegos, leemos, rezamos y cantamos rancheras. Para no sentirnos tan solos y a la deriva, una vez abandonada la ilusión del paraíso terrenal, también creamos dioses.

La creación de un dios, de cualquier dios, obedece a una necesidad muy primitiva del ser humano de regresar a ese estado imaginario de sentirnos completos, en el que nos parecía que no había necesidades, ni carencias y que los peligros de la vida nada tenían que ver con nosotros, porque estábamos a cubierto de las desdichas, protegidos por un ser superior. Así, el amor a un dios, el amor a secas, nos devuelve la ilusión de pertenencia y trascendencia sin la cual la vida quedaría reducida a una rutina hueca y sin sentido.

Creamos dioses que pueden fijar su residencia en el cielo o dos calles más allá de la nuestra, en el Olimpo o al lado derecho de nuestra propia cama. Podemos

dedicarnos al culto del cuerpo, del trabajo, del dinero, de la amistad, o de aquel dios que para cada quien será su único dios verdadero, aquel que dé un sentido trascendente a su vida.

Si pensamos, con Simone de Bouvoir, que el amor ocupa el centro de la vida de muchas mujeres y que en esa medida se convierte para ellas en una religión, entendemos que transforme al objeto de su amor en un dios, con todas las consecuencias y las peculiaridades que reviste relacionarse con ese dios en vez de hacerlo con un hombre.

Cuando caemos en la cuenta de lo que supone que una mujer esté enamorada de dios, tal vez nos resulte un poco más fácil comprender la disposición de algunas de ellas a inmolarse por amor. Porque ningún hombre —ni ninguna mujer— es lo suficientemente extraordinario como para merecer tanto sacrificio, tanto sufrimiento y tanta entrega como aquella que observamos en ciertas relaciones.

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