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Si la ratita presumida hubiera acudido a la consulta de un psicoanalista, éste, en vez de llevarse las manos a la cabeza, se hubiera preguntado: Pero… ¿eligió al peor o eligió «al mejor»?

Me explico; con frecuencia escuchamos a una persona que «dice» que quiere una cosa y sin embargo la vemos «hacer» todo lo que puede para obtener otra, completamente diferente. Por ejemplo, tenemos el caso de Lía, una paciente de treinta y muchos años, que solía repetir en la consulta: «Yo lo único que quiero es casarme y formar una familia», y, sin embargo, pasaba más de doce horas en la oficina, trabajaba los fines de semana y hacía muy poca vida social. Y por otra parte tenemos también el caso de Graciela, con casi cuarenta años, que sólo salía con bohemios, hombres casados o tarambanas, con quienes se embarcaba en relaciones que no duraban más de dos meses. Después de cada ruptura, suspiraba: «Yo lo que quiero es una pareja estable». ¿Qué quieren realmente Lía y Graciela? ¿Lo que «dicen» que quieren o lo que «hacen» para conseguir lo que tienen? ¿A qué parte de ellas habría que creer? Pues a las dos, porque ninguna miente. El problema es que los que no son psicoanalistas, es decir, la mayor parte de la gente normal, suele escuchar sólo a la Lía o a la Graciela que «dice», y nos parece que la Graciela o la Lía que «hace», hace lo que hace porque es víctima de unas circunstancias externas que le son ajenas.

Lía es que tiene un trabajo de mucha responsabilidad y la pobre Graciela no ha tenido suerte con los hombres. De hecho, la Lía que «dice» es la que suele preguntarse perpleja «¿Qué he hecho yo…?» y la única que puede responder a esa pregunta es la Lía que «hace».

En el caso de Lía, después de un tiempo de tratamiento, descubrimos que su «agenda oculta» tenía escrita la historia de una niña pequeña, la más pequeña de una familia numerosa, cuyo máximo interés en la vida consistía en demostrar a todos los mayores: Yo puedo sola. ¿Acaso es mentira que se quiere casar y tener hijos? ¡Por supuesto que se quiere casar y tener hijos! Sólo ocurre que hay algo que

es mucho más importante para ella que sus deseos de mujer adulta, algo que la ha marcado y que son sus deseos de niña pequeña. Sin saberlo, Lía sacrifica una vida de mujer y madre de familia para poder demostrar que ella «es muy mayor y puede solita». ¿A quiénes tendría que demostrárselo? Con toda seguridad a los miembros de su familia, pero de una familia imaginaria que Lía tiene en su cabeza, una familia con una supuesta madre envidiosa de su hijita pequeña, deseosa de verla fracasar y hacer el ridículo en sus intentos por hacerse mayor y con un supuesto hermano mayor desdeñoso y despreciativo de los intentos que su hermanita hace por agradarle y captar su interés. Una familia imaginaria con la que Lía convive sólo en su cabeza, pues a sus verdaderos padres, o sus verdaderos hermanos, nada les haría más felices que verla frágil, normal, casada y atribulada con tres niños.

Graciela, por su parte, «dice» que quiere una pareja estable, está convencida de que sólo quiere una pareja estable y es la primera sorprendida cuando descubre que una y otra vez sus intentos de formar pareja fracasan y el resultado nada tiene que ver con sus deseos conscientes. Lo que ocurre es que, sin que ella misma se entere, hay otros deseos secretos, que ella no controla y que son los que marcan el camino a seguir. En su caso, descubrimos un resentimiento ancestral contra un padre que se fue repentinamente de casa con otra mujer cuando ella sólo tenía siete años. Un resentimiento que la obliga a decir: «En los hombres no se puede confiar, en el momento más inesperado te dejan tirada». Y, en efecto, cada uno de esos hombres con los que ella entablaba relaciones venía a demostrar su máxima: «En los hombres no se puede confiar…». De hecho, parecía que los elegía a conciencia para que cumplieran con el secreto guión que ella les tenían asignado, y cada uno la dejó tirada cuando más enamorada estaba, tal y como había hecho su padre cuando ella tenía siete años. Graciela sufría, sí, pero con su vida demostraba su tesis: «En los hombres no se puede confiar». Si Graciela eligiera otro tipo de hombre, cualquier otro, en vez de un «gato», probablemente podría lograr una pareja estable, pero entonces su teoría quedaría hecha pedazos.

Otro texto que explicaría la repetición interminable de Graciela podría ser: «Esta vez voy a conseguir que el tarambana de papá no se vaya y se quede conmigo». Para lo cual es imprescindible que se busque a un tarambana tan tarambana como fue papá y que lo someta a la prueba del algodón una y otra vez, aunque una y otra vez ella salga perdiendo. «¡Alguna vez lo conseguiré!», es el espíritu secreto que la guía.

ella no fuera casarse y ser feliz, sino demostrar que ella era una ratita diferente, fuerte y especial. En ese caso, aceptar a cualquier otro pretendiente no le habría permitido exhibir sus «superpoderes».

Sólo el gato cumplía los requisitos necesarios para llevar a cabo ese plan secreto, a saber, mostrarle al mundo que, ni ella era una ratita cualquiera, ni su gato era un gato más.

Si vemos a la ratita desde esta otra perspectiva de quien necesita poner sobre el tapete su singularidad, comprendemos que el casting fue impecable y que eligió al mejor de los pretendientes posibles. Eligió al único de ellos que le permitiría poner de manifiesto su extraordinario valor y su capacidad de sacrificio. A la ratita, la podemos imaginar diciendo:

«No te preocupes gato, que yo voy a ayudarte. Conmigo las cosas serán diferentes. Te voy a enseñar a confiar en las ratas, y a quererlas. Yo estaré siempre aquí. Te voy a querer tanto y tan bien, que a mí no podrás hacerme daño… ¡Ya verás! Y si me haces daño, yo podré soportarlo y esperar, porque yo sé que, en el fondo, tú eres un gato extraordinario. No será hoy, no será mañana, tendré paciencia porque sé que algún día me amarás tanto que no desearás devorarme».

Todos pensábamos que la ratita era presumida porque le encantaba verse guapa y gustar. Todos pensábamos que era presumida porque su casa era la más limpia del condado y el lazo de su rabito el más reluciente. Ahora conocemos el alcance de la presunción de la ratita. La ratita presume de ser muy superior a las ratas mortales. Presume de ser única, la única ratita en la historia de su especie capaz de enamorar a un gato y doblegarlo.

Todos hemos escuchado a alguna mujer decir cosas en el mismo sentido de la ratita: «A mi lado dejarás de beber, o de drogarte. A mi lado aprenderás a ser fiel. A mi lado tu carácter agrio será dulce. Yo voy a despertar al ser maravilloso que hay en ti. Cuando descubras lo mucho y lo bien que yo te quiero, perderás el miedo al compromiso y dejarás de dudar... y un día, algún día… querrás estar por siempre conmigo y entonces seremos muy felices…».

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