Elegir a un gato produce efectos adversos directos: el gato te hará sufrir, no te tomará en cuenta, exigirá y exigirá sin ofrecer nada a cambio, te hará esperar por un futuro que no llegará nunca, te será infiel, en fin, una lista que, la que más la que menos, cualquiera podría completar. Pero esa elección también viene acompañada de «efectos colaterales», efectos indirectos que no dejan de tener su importancia. Cuando se elige a un gato se pierden otras opciones, se dejan pasar trenes que llevarían a mejor puerto, se descarta de antemano una cierta cantidad de candidatos interesados que pasan por la vida de la ratita sin haber tenido ninguna oportunidad, y todo porque la ratita sólo tenía ojos para su gato. Eso fue lo que le ocurrió a Marta.
Tomás se enamoró de Marta, compañera de la facultad, en la primera semana del primer curso que tomaron juntos. Mientras se preguntaba cómo pasar del estatuto de compinche de pupitre al de pretendiente, se dio cuenta de que otro compañero, Mauricio, también estaba enamorado de ella. Entonces, entre Mauricio y Tomás se estableció una competencia feroz. Manejaron el altercado en los mejores términos, como corresponde a personas inteligentes y con muchísimo sentido del humor. Si coincidían con Marta, competían por ser el más ingenioso, el más divertido, el más ocurrente de los dos. Incluso sus expedientes se vieron favorecidos por el concurso: alguna matrícula de honor le deben a su amor por Marta y a la competencia que cada uno de ellos entabló con el otro.
Una anécdota describe el ambiente que reinaba entre los tres. Una tarde que caminaban juntos, Marta, jugando, propuso que hicieran una carrera a ver cuál de los tres llegaba primero a su destino. Los caballeros le dieron una cierta ventaja a la dama y le permitieron que empezara a correr. Mientras los chicos se preparaban para salir, se miraron…, se midieron…, y los cuchillos afilados de sus ojos se intercambiaron mudas amenazas de muerte. Los dos salieron dispuestos a ganar. Los dos pasaron junto a Marta, adelantándola, y los dos pasaron de Marta. En aquel momento, lo más importante para ellos era competir y demostrar cuál de los dos «era» el mejor. ¿Recuerdan la importancia que «¿ser o no ser?» tenía para
Hamlet y para los hombres en general? El caso es que en su lucha por «ser» el más hombre y tener lo que hay que tener para demostrarlo, habían olvidado por completo cuál era el premio. En el juego de la carrera llegaron empatados, y en el juego de la vida también, Marta no eligió a ninguno de los dos.
Y perdieron los tres. Sucedía que Marta, aunque coqueteaba con ambos, seguía tercamente enamorada de un tercero, un cierto italiano llamado Gino, que olvidaba llamarla, que perdía el avión si algún fin de semana venía a verla a Madrid, que la obligaba a cancelar sus viajes con dos días de antelación por algún imprevisto, que dudaba cada tanto de su amor por ella y que la mantenía perennemente en vilo. Con aspecto de maldito y seductor, Gino insistía en dejar claro que él no quería compromisos prematuros. Y ella estaba dispuesta a esperar por él todo lo que hiciera falta. Al principio, Marta se refugiaba en la idea de que a ella tampoco le convenía una relación cerrada, comprometida, agobiante, porque ella era muy joven, porque su carrera era muy importante para ella, porque… porque… Pero, con el tiempo, empezó a sufrir más con este «acuerdo», que a disfrutar de él.
Han pasado años de esta historia. Sé que Tomás remontó el tropiezo con mucha dignidad y hoy está junto a una mujer atractiva y divertida que borró a Marta de su pensamiento. Del destino de Mauricio nada sé. ¿Y Marta?, nuestra heroína, tan altiva, tan fascinante, tan capaz de poner a competir a dos hombres estupendos por su amor. ¿Qué fue de aquella que tuvo la suerte de elegir entre varios? Marta sigue en su tónica habitual: despierta pasiones que desprecia y sigue enamorada de Gino, su «gato» particular, esperando por él, sujeta a sus olvidos, a sus dudas, a sus plazos. Marta todavía suspira a distancia por el único de sus pretendientes que, sin lugar a dudas, se la puede comer cruda.
De Marta no se puede decir que sea una mujer simple o ingenua. De Marta, como de la ratita, sólo podemos decir que es «presumida» y que elige desde una lógica que se nos escapa, desde una lógica que va más allá de ese principio que suponemos que rige todas nuestras acciones y que consiste en buscar el placer y huir del sufrimiento. El placer que Marta busca en su elección no es el placer corriente y más o menos inmediato de querer y sentirse querida, de amar a un hombre y ser feliz con él. El placer que ella busca parece que es más complicado. Lo que Marta intenta es domeñar a Gino, transformarlo. Si se hubiera decantado por Mauricio, por Tomás,
habría considerado su felicidad simplona, sin gracia, sin mérito. De todos los amores que la vida ha puesto a sus pies, a Marta sólo le interesa alcanzar el más difícil, el que supone un reto para ella. La presunción, la vanidad de Marta, la empuja ciegamente a optar por un gato: Gino. A Marta no la conocí directamente, de manera que el contenido de su «agenda oculta» se me escapa, pero estoy segura de que algo habrá en su historia que explique esta especie de obstinación en permanecer con Gino. Su terquedad, a pesar de toda evidencia, me hacía recordar el viejo chiste de la rana y el escorpión.