5.5 STATISTICAL MODELING
5.5.6 ANOVA for Reduced Model
*Luis Vicente Miguelez
No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías del espíritu son nueve o doce viene después?
Albert Camus, El mito de Sísifo
Hay algo en toda pérdida, se trate tanto de un ser querido como de una ilu- sión, que es insustituible, que exige de un trabajo psíquico que plantea algo diferente a la operación de sustitución.
‘Trabajo psíquico’ es una noción muy freudiana. En La interpretación de los
sueños (1900), Freud introduce el concepto de trabajo del sueño, referido al
modo en que éste procede con el material inconsciente y con los restos diurnos. Freud se servirá de lo que ese trabajo le enseña como herramienta para la com- prensión de los síntomas neuróticos: la condensación, el desplazamiento, el simbolismo, el cuidado de la representatividad, la regresión tópica. Nociones, como se sabe, fundamentales para el discernimiento de la formación de sín- tomas. Con esos instrumentos que el trabajo del sueño le suministra, Freud va a repensar nuevamente la histeria, la fobia y la neurosis obsesiva.
En 1917, en “La aflicción y la melancolía”, se refiere al trabajo de duelo y es el comienzo de una segunda etapa en la investigación psicoanalítica ca- racterizada por la introducción del concepto de pulsión de muerte y de la nueva tópica: Yo, Super-Yo y Ello, lo cual va a permitirle abrir un panorama que involucra un conjunto mayor de afecciones.
En el texto “La aflicción y la melancolía” Freud plantea que, durante el tiempo del duelo, o sea, durante el tiempo en el que transcurre lo que él llama “trabajo del duelo”, el yo queda obligado a decidir si quiere compartir o no el destino del ser querido muerto o, en términos más vastos podemos
1 Conferencia dictada en la Biblioteca del Congreso de la Nación dentro del ciclo: «Pensar lo Nuevo: Invención y Experiencia Analítica» en el año 2005. Corregida por el autor.
decir el del objeto perdido. Esta es una pregunta fundamental que remite a aquella del epígrafe. En el trabajo del duelo entonces, el yo queda obligado a decidir si quiere o no compartir el destino del objeto perdido y a lo que Freud denomina como una intensa labor psíquica de ruptura del lazo que ata al yo con el objeto desaparecido. ¿Cuál lazo? La respuesta de Freud es clara en ese punto, el lazo narcisista.
¿En qué consiste ese trabajo psíquico? En hacer – lo denomino de esta manera – de la pérdida una inscripción. Se ha también llamado, en relación a ese trabajo, enterrar o, en su versión más simbólica, matar al muerto. Me resulta poco feliz esa fórmula porque refiere más a lo sustituible del objeto que a la dimensión real de la pérdida con la que tiene que vérselas el yo.
Partiré, para aclarar lo que entiendo por eso de hacer de la pérdida una inscripción, de la idea de huella y de marca. El trabajo consistirá en borrar una huella y dejar una marca. La huella, en términos lingüísticos, es lo que se presenta como un índice, algo que posee una estrecha relación con el objeto en sí, una relación de inter-dependencia con la cosa que la produce. La huella instala una relación de contigüidad con el pie que la produjo, mientras que la marca que se hace borrando la huella, inscribe verdaderamente la pérdida del objeto. No posee con el objeto un vínculo de necesariedad ni de conti- güidad, sino que asienta la pérdida definitiva de éste pero permite la asunción de una significación singular. Si uno borra la huella y deja una marca, ya no necesita comparar con el objeto pie para ver a qué pie corresponde esa huella. Al hacer la marca inscribe la pérdida del pie y le da una significación nueva, que puede ser múltiple pero que va a ser propia. En ese sentido, el acto de borrar la huella y dejar una marca vuelve irremediablemente perdido el objeto y también lo hace insustituible. Voy a explicar por qué.
El trabajo del duelo concierne a la pérdida de una ilusión. ¿Cuál sería esa ilusión que de alguna manera va a caer con el trabajo de duelo? La de que algún pie calzara bien en la huella. Esta es la ilusión en juego que se corres- ponde con la idea de sustitución, es decir, que aquello que se perdió dejó una huella y que algo, otra cosa, venga a acomodarse apropiadamente en ella. Otro pie vendría a cubrir bien esa huella y nos pasamos buscando el piecito que vaya bien en el zapato, como el príncipe de la fábula. Por eso, si se borra esa huella y se deja la marca, lo que se constituye es lo irremediable de la pérdida pero también lo insustituible de esta pérdida, de lo perdido.
Hay siempre algo del objeto perdido que no es asimilable a lo semejante, no reductible al juego de sustituciones y desplazamientos. Este resto es lo extraño, en su acepción paradojal, de ajeno a una cosa de la que forma parte. Esta es una definición de extraño, ajeno a una cosa de la que forma parte y a su vez es lo que el sujeto va a extrañar, en el doble sentido, en el de echar afuera y echar de menos.
Una paciente pierde a su padre y entra en una situación de duelo, de tra- bajo de duelo en análisis. Su padre fue una figura muy importe, pero además con una importancia en relación a su vida cotidiana, no era solamente una figura admirada sino con quien también tenía un fuerte lazo cotidiano. La paciente a raíz de su separación de pareja había intensificado más su relación con su padre, pasa un tiempo, y el padre muere.
Transcurre en su análisis un período de duelo, el dolor va cediendo luego paulatinamente y encara nuevamente su vida cotidiana. Conoce una persona de la cual se enamora y establece nuevamente una relación de pareja. Esta persona es mayor que ella, con una postura que en algún punto, por lo que describe, posee esa solvencia que le transmitía el padre. Tiene un sueño – voy llegando al punto que quería comentar – en el que, como generalmente ocurre en los sueños sobre personas queridas muertas, ve a su padre en una reunión y ella sabe que él está muerto aunque su padre no lo sepa. Es una fiesta familiar y comparten la mesa. Ella le presenta ahí a su pareja, a su en- amorado, el sueño termina ahí.
Durante el sueño los sentimientos son de asombro y cierto bienestar. Ella se despierta de ese sueño, se acongoja mucho, llora la pérdida del padre, le vuelve toda la tristeza y tiene un fallido. Se levanta para prepararle el des- ayuno a su hijo y después se acuesta y se vuelve a dormir, dejando de hacer lo que tenía programado, entre otras cosas ir a su análisis. Me llama muy angustiada diciéndome que se quedó dormida y que quiere tener una sesión. Le ubico una hora ese mismo día para más tarde y llega desconsolada. Cuenta el sueño manifestando lo doloroso que significó volver a conectarse con la muerte de su padre. Comenta que hacía poco había hablado con una amiga, que le decía algo sobre esto, que es algo que nunca se termina de clausurar, siempre hay escenas, situaciones donde aparece la ausencia y la pérdida.
En algún momento de la sesión le digo solamente esto: que el sueño le reveló que en la pérdida de su padre hay algo insustituible aún estando al lado del hombre que ama. Esto de alguna manera la alivia.
El sueño viene a inscribir algo de la pérdida, pero a inscribir lo insusti- tuible de esa pérdida. Se produce en el momento en que alguien pareciera ocupar el lugar de cuidado y solvencia que tenía para la paciente su padre. Lo que no es sustituible, ni aún en su semejanza, es lo que retorna como resto a trabajar, abierto al proceso de elaboración. El sueño empieza a borrar la huella del objeto y comienza, no sin dolor, a producir el destino de marca con el que tramitar esa pérdida. La huella buscará siempre fallidamente el pie que la produjo u otro casi igual, la marca se abre a la singularidad de un nuevo encuentro.
Quisiera, entonces, comparar el trabajo de duelo con el proceso creativo. Para Melanie Klein (1929), la creación es, fundamentalmente, reparación.
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Reparar el objeto amado destruido, restaurarlo simbólicamente, darle ca- rácter simbolizante, es decir, asegurarse de su realidad psíquica. Reparando al objeto el sujeto se repara a sí mismo, es un resultado de la elaboración de la posición depresiva. Es decir que, en la literatura kleiniana, se asoció siem- pre creación con reparación de objeto destruido, dañado.
Elliot Jaques (1963) planteaba algo interesante. Decía que lo que impulsa al genio creador en la juventud no es lo mismo que impulsa al genio creador en la edad adulta. Mientras que en la adultez reconocía que se trata, más que nada, de la reparación del objeto como reelaboración de la posición depre- siva, la creación en la primera juventud tiene más relación con la posición esquizoparanoide, es decir, que lo que impulsaría al genio creador son fan- tasmas vinculados con el despedazamiento y la persecución.
En ese sentido es válido resaltar lo siguiente: que el proceso de creación oscila entre dos polos, entre la destrucción de sí y la destrucción del objeto, entre la persecución despedazadora y la depresión, entre el caos psíquico y la muerte.
Si sólo nos quedáramos en el terreno de la reparación del objeto, en- tiendo que estaríamos en la misma dimensión de la operación de sustitución respecto del trabajo de duelo, perspectiva reducida de la cuestión, pero pienso que tomando la oscilación entre esos dos polos: destrucción de sí y destrucción del objeto, la persecución despedazadora y la depresión, el caos psíquico y la muerte, se introduce otra cuestión con lo que el sujeto se las tiene que ver. Cuando hablamos en estos términos estamos en el ám- bito pleno de la pulsión de muerte, es decir, que la creación se vería afectada por la acción de la pulsión de muerte tanto en torno al objeto como en re- lación al sujeto.
La intervención corrosiva de la pulsión de muerte es reconocida en el hecho de que casi siempre el creador duda de su obra – es mala, sin valor, puro delirio personal, no sirve para nada – como si intentara aniquilar la creación en el huevo. Ahora, ¿cómo se sale de esto? Porque efectivamente algunos salen y otros no. De qué manera se sale de ese momento en que la creación, la producción de algo nuevo, se ve amenazada por ese fantasma de destrucción y de aniquilación del objeto y de sí mismo, se ve afectado por el super-yo que dice: no sirve, es malo, no continúes, es puro delirio.
Me serviré de algunos conceptos de Winnicott para profundizar en este tema. Lo que él denominó “madre suficientemente buena” (1960) es, a mi entender, lo que garantiza la experiencia de la omnipotencia primaria sin la cual la realidad externa se impondría como un “mentís” a la capacidad cre- adora del bebé. Lo digo así, es la condición para que éste pueda hacer la ex- periencia de que lo que le es dado, en este caso el pecho, es también creado por él, habitar la paradoja donde lo creado no es ni ciertamente propio ni
ajeno. Esta es la condición para que el espacio transicional, lugar de la cre- ación, tenga lugar.
A partir de entonces quedará habilitada la posibilidad de la enunciación de un “dale que”. A este “dale que” lo pienso como gesto creativo primario y metáfora de toda creatividad – “dale que la silla es un auto” – me refiero al “dale que” del jugar infantil. Que más tarde ese “dale que” encuentre eco o no, es decir, que haya al menos un otro que lo sostenga, el interlocutor válido, el amigo leal, el “público de uno”, como Freud llamó a su amigo Fliess, hará que resulte posible el acto creador. Cuando Freud vacilaba sobre lo que estaba inventando, temiendo que se tratase solamente de un delirio, se encontraba con el amigo fiel, con Fliess, y ese público de uno podía hacer lugar a decir: “dale que la neurosis es producto de la represión de los instintos sexuales”. De manera que el “dale que” no es destruido en su origen.
Ahora bien, para producir ese “dale que”, ya no para alojarlo, sino para producirlo debe actuar una falta. Debe producirse la experiencia primaria de inadecuación del objeto al deseo, que es la primera condición del juego; esta falta de adecuación fue denominada anteriormente como la inadecuación fe- lizmente irremediable de la huella con el pie que la forjó. En un juego una silla no sirve para jugar mientras solo sirva para sentarse, debe quedar vacía de sentido, abierta a nuevas significaciones para entrar en la ronda del jugar. “Dale que la silla es un auto”, este proceso es un proceso de pérdida, el objeto no es idéntico a sí mismo, es inadecuado para cubrir la huella, pasa a ser lo que viene a metamorfosear el deseo. Conjuntamente a esta pérdida deberá estar asegurada la experiencia de omnipotencia que atañe al don. El don es esa capacidad que la madre suficientemente buena posee de dar lo que no tiene, de dar la posibilidad de recrear el pecho. Donar el don es el acto ma- terno por excelencia. Cuando más tarde o más temprano alguien acepta ese “dale que” como válido, o sea sostiene un espacio de satisfacción compartida, el objeto creado quedará más a resguardo de los ataques internos destructivos.
Finalizando, entiendo que estos procesos que conciernen al duelo y a la creación son también afines a los que podemos encontrar a lo largo de un análisis. En los momentos cruciales de un análisis se vuelve a jugar la pérdida de una ilusión, pérdida a inscribir entonces de manera diferente a la pesa- dumbre melancólica por lo que no se tuvo, por lo que se perdió, a la queja narcisista por un amor que no fue. Pasaje en fin, de una posición de goce autoerótico a una posición sostenida por el deseo.
En estos pasajes en transferencia, el analista hará las veces de madre su- ficientemente buena, de padre interdictor, de interlocutor privilegiado y fra- terno. Será madre suficientemente buena en tanto se trate de elaborar, en transferencia, experiencias de omnipotencia fallida; padre interdictor, en tanto la madre suficientemente buena lo fue en exceso; testigo fraterno que
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permita alojar el “dale que” en un espacio de producción y de creación pre- servado para finalmente, igual que el objeto transicional, sin olvido y sin llanto, ceder su lugar a la experiencia de la alteridad, o sea, aquella en que la satisfacción de cada uno encuentre la manera de realizarse con la de otros en una obra humana. Al fin y al cabo, como dijo una vez Lacan (1975), no es necesario llevar el análisis demasiado lejos, cuando el analizante piensa que es feliz por vivir es suficiente.
DESCRIPTORES:TRABAJO DEL DUELO / PERDIDA DEL OBJETO / ILUSION / CREACION / SITUACION ANALITICA.
KEYWORDS:WORK OF MOURNING / OBJECT LOSS / ILLUSION / CREATION / ANALYTIC SIT- UATION.
PALAVRAS-CHAVE:TRABALHO DO LUTO / PERDA DO OBJETO / ILUSÃO / CRIAÇÃO / SITUAÇÃO ANALÍTICA.
Bibliografía
Elliott, J., Muerte y crisis de la mitad de la vida. En la obra colectiva Psicoanálisis del genio creador, Editorial Vancu 1978.
Freud, S. (1900).La interpretación de los sueños. Obras Completas, volumen I, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid 1967.
Freud, S. (1917).La aflicción y la melancolía. Obras Completas, volumen I, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid 1967.
Klein, M. (1929). Situaciones infantiles de angustia reflejadas en una obra de arte y en el impulso creador. Obras Completas, tomo II. Paidos-Horme, 1975. Lacan, J. (1975). Conferencia en la Universidad de Yale.
Winnicott, D. (1960).La distorsión del yo en términos de self verdadero y falso. Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós, 1993.