trucción de que trabajaran particularmente en este aspecto de su teoría. Por cierto que es difícil reconsiderar aquello a lo que hemos estado acostum- brados y que siempre hemos creído dotado de sentido. No obstante, tratar de desapegarnos de lo que nos es familiar en nuestro modo de pensar (aun- que sea por el breve lapso que dura la lectura de este artículo) puede recom- pensarnos con nuevas ideas, y me apresuro a añadir que estas ideas han sido extraídas de una mina de oro psicoanalítica que aún aguarda nuestra explo- tación clínica.
I
En otro lugar (Schmidt-Hellerau, 2007) me he explayado sobre mi revisión de la segunda teoría freudiana de las pulsiones, de manera que aquí sólo sintetizaré mis ideas principales. Dejemos de lado por un momento esa se- gunda teoría freudiana, el antagonismo entre las pulsiones de vida y de muerte. Sin dejarnos distraer por lo que significan “vida” y “muerte”, ocu- pémonos más bien de su antagonismo, simbolizado en la figura que sigue por un signo (+) y un signo (–). Desde el punto de vista conceptual, ello pone de relieve que la pulsión es una fuerza unidireccional, y que cada pul- sión se empeña casi infinitamente, y en una sola dirección, en alcanzar su objeto de satisfacción. Para el recién nacido, entonces, todo es cuestión de vida o muerte. El hambre es una señal peligrosa que apunta a la muerte y que sólo puede ser frenada por el objeto nutricio. La reiterada interacción con este objeto se almacenará en huellas mnémicas (representaciones) que, cada vez más, detendrán y contendrán las excitaciones pulsionales conse- cutivas emanadas de la misma fuente, y definirán así lo que significa la au- topreservación (el hambre, en este caso). De ello se desprende que es el objeto el que “corta en dos”, por así decir, la pulsión de muerte, y así da
a luz lo que sólo entonces puede definirse como la pulsión de autoconser-
vación. Así pues, la autoconservación es un ámbito de la actividad pulsional arrancado de los empeños de la pulsión de muerte. Dicho de otro modo: la autoconservación y la sexualidad, como actividades pulsionales diferen- ciadas, sólo son introducidas por la intervención estructurante del objeto que cuida y ama (Green, 1993, pág. 117). Sin embargo, las actividades pul- sionales que van más allá de las estructuras de una sana autoconservación alcanzan la dimensión de las pulsiones de muerte.
Estas ideas entrañan una serie de otros cambios:
1) La autoconservación ya no se considera parte de la pulsión de vida (Eros) sino parte de la pulsión de muerte. Esto perpetúa el antagonismo original entre la pulsión sexual y la de autoconservación, pero integra a ambas, como pulsiones parciales, a las de vida y muerte.
2) Freud nunca se explayó mucho sobre su concepto de pulsión de auto- conservación, y Laplanche (1997, pág. 153) ha argumentado que la au- toconservación es un instinto biológico, no una pulsión psicológica, y la ha excluido expresamente del pensamiento psicoanalítico. Creo que esta exclusión y rechazo, compartido por muchos de nosotros, generó en nuestro pensamiento un punto ciego, un vacío llenado con otros concep- tos, a saber, la agresividad y el narcisismo, los cuales pueden ser parte de la autoconservación pero difieren de ésta esencialmente.
3) La noción de “auto-conservación” (self-preservation) es engañosa, porque indica que esta pulsión sólo inviste al self. No obstante, como toda pulsión es capaz de investir diversos objetos (Freud, 1915), de los cuales el self es sólo uno (v. gr., la investidura libidinal del self en el narcisismo), sería más apropiado hablar de pulsión de conservación, cuya meta sería la conservación
tanto del self como del objeto.
4) La actividad de la pulsión de conservación no se limita a la fase preedípica: es un afán importante a lo largo de toda la vida, y exige de continuo llevar a cabo un trabajo psíquico que es todo un desafío. El énfasis en este con- cepto olvidado no apunta, entonces, a defender la problemática preedí- pica o a que apartemos nuestro interés de las pulsiones sexuales. Por el contrario, al diferenciar entre los conceptos de los empeños sexuales y de conservación, podemos ver con más claridad cuándo disminuyen o se
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anulan las actividades pulsionales libidinales en favor de las actividades de conservación del self y del objeto, o sea, podemos ver mejor la distin- ción entre cuidar de un objeto y amarlo. En otras palabras, aunque ambas pulsiones se sienten urgentes, las pulsiones sexuales provocan deseos, en tanto
que las pulsiones de conservación expresan necesidades.
5) Dado que Freud nunca llegó a postular una noción convincente que de- signara la energía de su pulsión de muerte o de autoconservación, he su- gerido el término “energía leteica” (derivado del griego Leteo, el río del olvido que fluía hasta internarse en el reino de la muerte). Esto nos per- mite hablar de investidura leteica y de objetos leteicos del mismo modo que hablamos de investidura libidinal y de objetos libidinales.
6) La agresividad ya no es considerada una pulsión primordial, cuyo único objetivo es la destrucción. En lugar de ello, he sugerido tomar la con- cepción de Freud de 1909 según la cual ambas pulsiones pueden volverse
agresivas para alcanzar sus metas. Además, he propuesto definir la agresi- vidad como la intensificación de cualquiera de las dos pulsiones, la sexual y/o
la de conservación.
Veamos ahora con más detenimiento la segunda de estas figuras. Muestra en el extremo (izquierdo) que los afanes de la pulsión de muerte tienen representaciones establecidas de la muerte, así como de ideas muertas y olvidadas que antaño estuvieron bien vivas, de los objetos muertos y per- didos, y de las sombras de un self traumatizado, muerto (dead) o amorte- cido (deadened). ¿Qué clase de representaciones podemos suponer que habrá en el espacio situado entre las representaciones de la muerte y las de la conservación del self y del objeto sanos? Sugiero que allí podemos ubicar las representaciones del temor a la muerte, de la enfermedad y del padecimiento. Un breve ejemplo señalará qué sentido tiene esto dentro de un continuo de actividad pulsional leteica ilimitada (intensificada, agre-
siva). Si un individuo limita su ingesta de alimento (hambre) a cantidades que no dañan la salud, se conservará bien, pero si se ve llevado de continuo a devorar cantidades mucho mayores, a la larga padecerá un trastorno ali- mentario, quizá tenga problemas orgánicos y hasta puede llegar a morirse. Otro ejemplo paradigmático puede ser la hipocondría.3El hipocondríaco
no se siente sano ni conservado en forma segura; en lugar de ello, se siente amenazado por la muerte. Su self está representado en el ámbito de la en- fermedad, envuelto en un círculo vicioso que lo conduce a un aumento agresivo de su actividad pulsional leteica (lo preocupa toda señal de posible falla orgánica, consulta a una cantidad innumerable de médicos, los insta a que le apliquen procedimientos clínicos invasivos, etcétera), que bien puede resultar autodestructiva o, por el contrario, conservarlo con vida por más tiempo de lo que pronosticaría la expectativa de vida promedio, según señalan las estadísticas. A mi juicio, entre las representaciones de una conservación sana del self (y del objeto) y las de la muerte, hay un área en la que se organizan las representaciones de la enfermedad y de las ame- nazas a la supervivencia, con las consiguientes angustias e inquietudes, te- mores al desvalimiento y fantasías de rescate. Ya sea que tales amenazas a la propia seguridad y supervivencia sean reales o imaginarias, lo cierto es que estas representaciones son investidas por la actividad intensificada de las pulsiones de conservación y traen como consecuencia que el sujeto siente, en su realidad interior, que su supervivencia corre peligro. Visto desde una perspectiva estructural: si faltan estructuras de conservación sólidamente establecidas (el no de la madre... ¿o deberíamos hablar de la ley de la madre?), las excitaciones de la pulsión de autoconservación (p. ej., las ganas de comer) no serán contenidas y limitadas, con lo cual per- mitirán un auge leteico en el ámbito de la enfermedad, y a la larga llevarán a la muerte.
II
¿Cómo se vinculan estas reflexiones con la angustia? Freud siempre con- ceptualizó la angustia en términos cuantitativos. Lo que la provoca es una
cantidad de energía pulsional que supera la capacidad de contención (li-
gazón) del aparato psíquico y, de ese modo, no sólo obstaculiza su fun- cionamiento apropiado y eficaz, sino que además amenaza con dañar y
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3 Freud la explicó, relacionándola con la pulsión sexual, como una sexualización de los ór- ganos internos.
aun destruir las estructuras psíquicas. La idea es que un monto abrumador de energía pulsional (excitación) genera un trauma psíquico interno (aun cuando sea por los efectos de la Nachträglichkeit). La segunda teoría de la angustia también remite a lo cuantitativo, refinado como señal: una mi- núscula porción de energía pulsional que permite al yo probar en minia- tura (invistiendo una fantasía en lo inconsciente) las posibles consecuen- cias que tendría la puesta en acto cabal de su necesidad o deseo inconscientemente activado. La posibilidad de utilizar apenas una pe- queña cantidad de energía pulsional para suscitar la señal de angustia que moviliza las medidas defensivas de protección es un recurso complejo, in- genioso y económico del aparato psíquico para evitar el daño, recurso con que no se cuenta al principio sino que se alcanza en el curso del desarrollo estructural del yo.
En su 32ª conferencia de introducción al psicoanálisis, Freud destaca que la angustia es, desde el nacimiento mismo, una reacción frente al pe- ligro. Este peligro puede ser real (tóxico, externo), y llevar a la “angustia realista”, o bien, si no hay ningún peligro real y de todos modos se produce angustia, la llamamos “neurótica”. Al tratar de encontrar una explicación teórica para esta última, Freud sugiere: “Aquello a lo cual se tiene miedo es, evidentemente, la propia libido. La diferencia con la situación de la an- gustia realista reside en dos puntos: que el peligro es interno en vez de ex- terno, y que no se discierne conscientemente” (Freud, 1933, S.E., vol. XXII, pág. 84).
Al considerar la libido como sinónimo de energía pulsional (excita- ción), Freud capta que la angustia neurótica es provocada por una fantasía de peligro inconsciente (pero a veces también preconsciente e incluso consciente); por ejemplo, el peligro de ser separado del objeto que prodiga cuidados, la castración. Esta fantasía es enteramente psíquica; es expresión de una actividad pulsional específica, porque “cada pulsión busca impo- nerse animando las representaciones adecuadas a su meta” (Freud, 1910,