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1968, 214. i» Ibid., 217.

este respecto no se basa en motivaciones religiosas sino tácticas. No se basa en algún idealismo sino en un sentido puramente po- lítico y realista... Detesto a quienes permanecen imperturbados o silenciosos y sólo amo a quienes luchan, a quienes se atreven a hacer algo 2 0.

Una discusión significativa de este tema sólo tiene sentido como discusión de las violencias y las condiciones de violencia en nuestra situación concreta. Tiene que ver con quiénes infligen esas violencias y quiénes las sufren, con el propósito que persi- guen y su capacidad para lograr (o no) el cumplimiento de los mismos. Debemos resistir toda hipostatización de la violencia, sea para defenderla, sea para atacarla. La discusión de la violen- cia sólo puede tener carácter «adjetivo» con respecto a la tota- lidad del proceso en marcha en América latina y a la lucha por la liberación. Frases tales como «estamos en contra de la violencia, venga de donde venga» o «rechazamos toda forma de violencia» pecan por exceso o por defecto; lo segundo, si se limitan a afirmar que el cristiano repudia y deplora todo lo que atente contra la vida humana —lo cual es verdad, por cierto—; lo pri- mero si es una pretendida neutralidad con respecto a las formas de coerción que operan en toda dinámica histórica. Las frases pueden ser «seductoras para una sensibilidad humana y cristia- na», como dice Girardi 21, pero, como él mismo continúa, son

a menudo sólo la hipócrita autojustificación de una cooperación inconsciente con la violencia opresiva existente. Sólo tienen sen- tido en labios de quienes están activa y peligrosamente com- prometidos en la eliminación de la violencia prevalente. Y éstos generalmente no las pronuncian.

Esto no significa que pueda aceptarse sin más el uso de la violencia subversiva, particularmente en algunas de las formas de terrorismo que asume hoy en el mundo. La acción no violenta

es la más apropiada, tanto para la conciencia cristiana como para el propósito revolucionario. Este, como el mismo Lenin lo indi- caba en los pasajes citados anteriormente, se propone como

2 0 En la entrevista mencionada en el capítulo 3, n. 12. 2 1 J. Girardi, o. c., 68 s.

meta la eliminación de la violencia. Pero, en la esfera política menos que en ninguna, se puede ignorar la estrecha relación de medios y fines. La acción no-violenta es el medio más coherente con el propósito revolucionario porque respeta la persona huma- na, hace lugar a la internalización del proyecto de liberación en Jas masas y nutre la solidaridad en la construcción de la socie- dad nueva: corresponde, en alguna medida, al sentido que han de tener la vida y las relaciones en la época nueva que se desea inaugurar. Cuando la eficacia (que, como hemos visto, no puede desvincularse del amor cristiano) llega a requerir el uso de la violencia para poner fin a una tiranía injusta, que pone en grave P^igro la vida humana y el bienestar común, como dice la Con- vencía episcopal de Medellín, se crean, en todo caso, una sene

de. graves problemas: la exacerbación del odio, el resenti-

miento y las rivalidades, la imposición de cambios estructura- os por una vanguardia que concentra el poder, sin el corres- pondiente desarrollo de la conciencia en el pueblo, la aceptación I e «Jas reglas del juego» del presente sistema opresivo. La vio-

encia revolucionaria victoriosa corre el riesgo de limitarse a

^•'stituir una forma de opresión por otra y devenir en realidad contrarrevolucionaria. A menudo es seguida de luchas intestinas r\r el poder, purgas y arbitrariedades. El aparato militar prepa-

f r ° y activo no se deja reconvertir fácilmente a nuevos fines.

n.todo caso, la construcción (humana, económica, social, msti-

Jc/onal, cultural, política) necesaria luego de la toma del poder

^ c e tanto más difícil cuanto más prolongado y enconado fta-

sido el período de violencia subversiva. ,

v . s t a misma consideración del costo humano de la revolución

i ? ; l a salud del proceso posterior, que nos ha llevado a recna-

violencia postulada como medio indispensable y superior, v- 1 que nos impide abrazar un pacifismo absoluto. La no- v dlenLla t i e n e también que preguntarse cuál es el costo en

imanas, en sufrimiento, en frustración paralizadora en admu-°y e c c i ó n una conciencia esclava que esta dispuesto a

^exorablemente pagamos un precio por la) elección de

lograr u n cambio. Ningún s e n t i m e n t a l i s m o p u e d e

« a ^ V una sobria evaluación de la situación. Ninguna táctica revolucionaria puede desentenderse de la problema

tica ética que corresponde a la vida humana. Una ética cristia- na no tiene derecho a refugiarse en la apelación subjetiva a «mi conciencia» o satisfacerse con la disposición de sufrir la violencia sin resistirla. Pues esta actitud, que es plenamente cristiana cuando se trata de la dignidad o del derecho propio, deviene pecado cuando se trata del de los demás. Lo que está en juego no es nuestra vida o consuelo y tranquilidad como cristia- nos —en este punto la comunidad cristiana tiene abierto un solo camino: el de la cruz— sino la vida y la humanidad de nuestro prójimo. Ciertamente los cristianos testificarán, en la lucha por la liberación, de su fe y de la meta última del proceso, insistiendo en que se cuente cuidadosamente el costo de toda acción, particularmente cuando se trata de la violencia; luchará contra toda idolización de la destrucción y del espíritu destruc- tivo de odio y venganza; intentará humanizar la lucha, no olvi- dando nunca que más allá de la victoria debe hallarse el camino de la reconciliación y la paz. Todas estas cosas lo harán a veces impopular entre los suyos; es un precio que debe pagar. Pero eso no significa que deba bloquear, por un mal entendido es- crúpulo, un camino claramente indicado por una lúcida eva- luación de la situación. Y menos aún deberá prestarse al juego de la reacción apoyando a quienes sacan ventaja de la violencia presente o debilitando con slogans sentimentales y pseudo-cris- tianos (por mejor intencionados que sean) la voluntad de los oprimidos de luchar por su liberación.

Las particulares condiciones de América latina en los últimos años (particularmente desde 1970) con sus escaladas represivas, la centralización y coordinación de la represión, el surgimiento de bandas armadas de derecha (a menudo parapoliciales o para- militares) que actúan con total impunidad, y otros factores, han creado una nueva problemática en el fenómeno de la violencia. No es fácil saber cómo repensar las clásicas condiciones que la ética cristiana ha enunciado —y que considero básicamente vá- lidas— como la proporcionalidad entre el bien que se procura y el mal que se causa, la razonable certidumbre de la victoria, el respeto por los no combatientes, etc. Es difícil admitir que el te- rrorismo, la provocación de la represión, los «juicios» y «eje- cuciones» sumarios amparados en una supuesta «legalidad revo-

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lucionaria», puedan justificarse ética o políticamente. Aunque no estamos en condiciones de adentrarnos en una discusión pro- fundizada del problema, no podemos menos que llamar la aten- ción a la necesidad de mayor claridad y profundidad en la con- sideración del mismo, no por un prurito de pureza ni por senti- mentalismo sino en bien del propio proceso y fuerzas revolu- cionarias.

Hemos hablado varias veces de la esperanza que estimula el proceso de cambio. Lo que teológicamente llamamos «escato- logía» —una doctrina de las últimas cosas— está presente en toda acción revolucionaria. Marx es un típico ejemplo. Hace más de cuarenta años el filósofo ortodoxo ruso Nicolás Berdiaeff llamaba la atención al hecho que el marxismo era «una escato- logía secularizada»: «Confesaba Marx una forma secularizada, es decir, separada de sus raíces religiosas, del antiguo mesianis- mo judío» 22. Este hecho se muestra claramente en relación con

el problema de la existencia de clases, su conflicto y la violencia. La revolución, la dictadura del proletariado, el establecimiento del socialismo, la progresiva extinción del estado, la transición al comunismo son las etapas mediante las cuales las clases des- aparecen en una sociedad sin clases, el conflicto social es reem- plazado por la solidaridad y la violencia se extingue porque han sido eliminadas sus causas. Es sólo entonces cuando comienza la verdadera historia de la humanidad, el ámbito de la libertad.

Es muy difícil distinguir en estas afirmaciones el análisis de la utopía, la política de la profecía. Un popular Manual de mar-

xismo-leninismo, publicado por Kuusinen en la URSS, utiliza para la descripción de esta fase final del comunismo expresiones como las siguientes: «El comunismo es la sociedad que pone fin para siempre a la necesidad y la miseria y asegura el bienestar a todos los ciudadanos», «en el comunismo el trabajo humano se libera de todo aquello que durante siglos lo convirtiera en pesada carga»; «...es una sociedad sin clases, en la que son li- quidados los últimos restos de las diferencias sociales y de la desigualdad vinculada a ellas...»; «trae consigo el triunfo defi-

2 2 N. Berdiaeff, El cristianismo y el problema del comunismo, Bue-

nitivo de la libertad humana» (subrayado en el original) porque «crea por primera vez condiciones bajo las cuales la coerción se hace completamente innecesaria»; «las relaciones de dominio y de subordinación son reemplazadas definitivamente por la co- laboración libre»; se crean las condiciones para «el desenvolvi- miento ilimitado de la personalidad y el perfeccionamiento fí- sico y espiritual del hombre»; «la participación en la dirección de la sociedad llegará a ser una necesidad tan íntima y habitual de cada uno como el trabajo socialmente útil»; «el hombre del comunismo no será egoísta ni individualista»; la guerra no tendrá lugar en tal sociedad: por el contrario, «el comunismo infundirá un sentido nuevo y más elevado al concepto mismo de 'humanidad', al convertir al género humano... en una sola comunidad universal». Y todo esto, lejos de ser una meta in- móvil es una marcha continua hacia «las resplandecientes cum- bres de la civilización» y el desarrollo humano que al presente ni siquiera alcanzamos a imaginar23.

Es posible sonreír cínicamente ante estas predicciones tanto más cuando las sociedades socialistas no muestran señales de moverse rápidamente en esta dirección. El cinismo, sin embargo, corresponde mal al cristiano frente a la aspiración del hombre por su redención total. Además, no es difícil notar las analogías profundas entre algunas de estas predicciones y las descripcio- nes proféticas del reino de Dios... que tampoco se han cumplido hasta ahora. Las fuerzas revolucionarias y la fe cristiana miran igualmente hacia el futuro, a una reconciliación final de todas las cosas. Pero ven de diferente manera la relación entre la lucha presente, los logros y el progreso y esa consumación final. Esta diferencia deberá reflejarse, a su vez, en la manera de actuar frente a los conflictos históricos. Si es así, la diferencia no con- siste en que el cristianismo enseñe la reconciliación y la revolu- ción incite a la lucha (hemos visto que el amor cristiano no ex- cluye el conflicto ni la lucha revolucionaria renuncia a la re- conciliación). La diferencia consiste, más bien, en que revolu- cionarios cristianos y no cristianos, en su lucha por una

2 8 O. V. Kuusinen, Manual de marxismo-leninismo, Buenos Aires

Reflexión crítica sociedad nueva, relacionan de manera diferente su meta revo- lucionaría y su esperanza final. «Como marxista cristiano, creo en la revolución socialista, como cristiano marxista, creo en la segunda venida de Jesucristo», decía un amigo hace algún tiem- po. ¿Cuál es la diferencia? En esta dirección continuaremos nuestras exploraciones.

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Reino de Dios,

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